PROLOGO

Se pretende que sea éste un espacio dedicado a entretener y deleitar (... a través de la fotografía fundamentalmente) ... a dar a conocer (...o traer al recuerdo) ciertos monumentos o espacios situados en el término o cercanías de Lahiguera. ...a llamar la atención por el estado de abandono y deterioro de muchos de ellos, ...y si llegara el caso, a remover la conciencia de todos los que somos "herederos" de tales monumentos y espacios, y que con nuestra aportación ayudásemos a la conservación de los mismos.

viernes, 12 de agosto de 2022

EL COMIENZO DE LA GUERRA CIVIL EN LA PROVINCIA DE JAÉN.

LOS TRENES DE LA MUERTE Y LOS PLANES DE BATALLA DE AMBOS MANDOS.

“Como  alguien dijo, la guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen, y no se odian, se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan. La tercera España fue la que más pagó el pato”.

Las guarniciones del Norte de África, con las banderas de la Legión y los tabores de Regulares, eran fieles seguidores de los generales Franco y Mola, sus antiguos jefes, que delegaron la jefatura de la conspiración en un hombre de su total confianza: el teniente coronel Yagüe. El Gobierno de la República, receloso de este Ejército, dudó antes de autorizar las maniobras, que se tenían que realizar el 12 de julio en Llano Amarillo (Marruecos), pero dio su visto bueno a fin de distraer la tensión en que ya se encontraba la guarnición.

En principio, la fecha del final de las maniobras, se estimó buena para el alzamiento, decidida ya la idea de Mola de asegurar la sublevación fuera de Madrid, para caer luego sobre la capital. Los desacuerdos del “Director” (así firmaba el general Mola) con los carlistas y otras dificultades de última hora, hicieron que esta fecha se aplazara. El asesinato de José Calvo Sotelo, perpetrado por el Gobierno republicano el 13 de julio de 1936, puso fin a todas las dudas.

El asesinato de Calvo Sotelo (Parte 1 de 2)


https://www.youtube.com/watch?v=xSbYH5cfBio

El 13 de julio de 1936 el diputado monárquico José Calvo Sotelo, que se había distinguido en las Cortes por denunciar el estado de desorden público que se vivía en España desde el triunfo del Frente Popular, fue sacado de su casa por un grupo de militantes del PSOE y miembros de las fuerzas de seguridad del Estado exaltados por el asesinato del teniente Castillo. Su cadáver apareció horas más tarde en el cementerio de la Almudena. El asesinato de Calvo Sotelo sirvió para decidir a quienes aún estaban indecisos de tomar parte en el alzamiento, como el general Franco.

El asesinato de Calvo Sotelo (Parte 2 de 2)


https://www.youtube.com/watch?v=ZtBqwXZp0Cw

13 de julio de 1936: José Calvo Sotelo es asesinado


https://www.youtube.com/watch?v=-KGLRqW3RKg
https://www.youtube.com/watch?v=-KGLRqW3RKg

En Llano Amarillo se puso a punto el Alzamiento en Marruecos. Terminadas las maniobras del Llano Amarillo, las tropas volvieron a sus cuarteles. En la ceremonia de clausura, y ante las máximas autoridades republicanas, se palpaba ya el espíritu de levantamiento, sobre todo en los oficiales más jóvenes, adictos en gran número a Falange. En Llano Amarillo fueron captados para el Movimiento militar los coroneles Luis Soláns y Emilio Peñuelas, que se unieron a los jefes de la conspiración, los tenientes coroneles Yagüe (delegado general en Ceuta), Gautier (Ceuta), Sáenz de Buruaga, Asensio Cabanillas y Beigbeder (Tetuán), Losas y Alfaro (Larache), Juan Bautista Sánchez (Villa Sanjurjo) y Seguí, Bartomeu, Barrón, Delgado Serrano y Gazapo (Melilla).

Maniobras de Llano Amarillo del 5 al 12 de julio de 1936. Tribuna de autoridades, entre las que se encontraría el general Romerales. Foto de Alcantara.
La consigna definitiva para el alzamiento, que Yagüe haría circular telefónicamente el día 16, fue redactada por el “Director” en esta escueta forma: “El 17, a las 17”. Lo que en realidad quería decir que, a partir de las cinco de la tarde del 17 de julio, había que estar en guardia y pendientes de los acontecimientos de Ceuta, pues el punto de partida debía marcarlo la llegada de Franco a la ciudad del Estrecho.

El 17 de julio por la mañana, en Melilla, los coroneles que estaban al tanto del alzamiento militar, se reunieron en el departamento cartográfico en el edificio de la Comisión de Límites, para trazar los planes de ocupación de los edificios públicos, planes que comunican a los dirigentes falangistas. Uno de los dirigentes locales de la Falange informa al dirigente local de Unión Republicana, llegando esta información al general Manuel Romerales Quintero, comandante militar de Melilla, que a su vez informa al presidente del Gobierno Santiago Casares Quiroga.

General republicano Manuel Romerales Quintero.
Romerales envía por la tarde una patrulla de guardias de Asalto y policía de paisano a registrar el departamento cartográfico. El teniente coronel de Estado Mayor Darío Gazapo Valdés, jefe de dicha comisión, hace retrasar el registro, alegando que para que la policía pudiese llevar a cabo tal registro, en una dependencia militar, era precisa la previa autorización del comandante militar de la plaza, general de brigada Romerales, y aprovecha para llamar al cuartel de la Legión, hablando con el teniente Julio de la Torre, el cual se presenta con una veintena de legionarios. Ante estos, la patrulla se rinde y los sublevados proceden a arrestar a Romerales, proclamando el estado de guerra, iniciando de esa forma anticipadamente el levantamiento, informando inmediatamente a los compañeros del resto de Marruecos que habían sido descubiertos, lo que hizo que en Marruecos se adelantase la fecha prevista. Por ese motivo Mola establece el 18 de julio como la fecha de la sublevación que se generaliza en casi toda España, y el 19 de julio de 1936 ya es general la sublevación.

Fue en la plaza de Melilla donde se inició el alzamiento militar en julio de 1936. Como ya hemos dicho, el día 17 estando reunidos en el edificio de la Comisión de Límites un grupo de oficiales comprometidos en la conspiración para derrocar al Gobierno del Frente Popular, irrumpieron en dicha reunión una sección de guardias de Asalto con la pretensión de realizar un registro. 

Se opuso a ello el teniente coronel de Estado Mayor Darío Gazapo Valdés, alegando que era precisa una autorización del comandante militar general de brigada Manuel Romerales Quintero. Puestos al habla por teléfono, el citado general le dijo que la orden era correcta y que la había dado él. Entonces Darío Gazapo llamó al teniente de la Legión Julio de la Torre, al que pidió que se personara con algunos hombres en el edificio de la Comisión de Límites, no haciéndose esperar la respuesta, y minutos después, una veintena de legionarios, se presentaron en dicho edificio. El teniente De la Torre, que veía la cosa perdida, ordenó que hicieran fuego contra la Guardia de Asalto, lo que impidió el oficial que mandaba esta última fuerza, haciendo causa común con los sublevados, los cuales ocuparon la Delegación del Gobierno y la Comandancia Militar, poniéndose al frente de la misma el coronel de Infantería Luis Soláns Labedán. El teniente coronel Maximino Bartomeu González Longoria, que se hallaba en Melilla en situación de disponible, procedió a declarar el estado de guerra en nombre del general Francisco Franco Bahamonde. Tras algunos brotes de resistencia, se restableció la calma. Un grupo de Tropas Regulares ocupaba el aeródromo de Tahuima.

El día 17 de aquel mes de julio, se produjo la sublevación del ejército en la guarnición de Melilla, cuyo plan consistió en el levantamiento del ejército situado en el norte de África.

Edificio de la Comisión Geográfica de Límites, lugar donde se inició la sublevación militar el 17 de julio de 1936. Foto de Alcántara.

Al día siguiente el levantamiento militar se extendió por las distintas regiones de la provincia y se declaró el estado de guerra. Franco declaro el estado de guerra y se apodero de Canarias, Mola conquistó Navarra, Cabanellas se hizo con Zaragoza, el general Goded con Mallorca y algunos militares con Castilla La Vieja. Por otra parte, en Andalucía la resistencia republicana fue superior y ciudades como Jaén, Málaga y Almería se mantuvieron fieles a la República, a excepción de Sevilla en la que triunfo rápidamente la rebelión.

El sábado 18 de julio de 1936, el alzamiento se extendió por Andalucía y triunfó en: Sevilla, Cádiz, Córdoba y Granada. Un día después se unió Huelva, que en un primer momento fue fiel a la República, aunque al final fue ocupada y conquistada por los sublevados. Los generales Valera y López Pinto conquistaron Cádiz mientras que Ciriaco Cascajo se hizo con Córdoba y León Maestre con Granada. Por otra parte, las provincias de Almería, Jaén y Málaga quedaron bajo el gobierno de la República después del fracaso del alzamiento.

Por la que respecta a Jaén, la noche de 17 al 18 de julio del 36, en torno a 500 hombres agrupados en milicias de acción ciudadana, esperaron la llegada de armas a las afueras de Jaén. Estas armas procedentes de la comisaría de la Guardia Civil no fueron entregadas a la Junta del Alzamiento debido a la duda del coronel Pablo Iglesias en aquellos momentos. Desde esa misma noche pudo considerarse fracasado el alzamiento en Jaén, ya que tanto, la Junta de Alzamiento, como, las milicias falangistas y algunos requetés se quedaron a la espera de recibir el armamento necesario. La señal acordada del disparo de un cohete no se produjo debido a la indecisión de los guardias civiles momento que aprovechó el Frente Popular para movilizarse (1).

Desde que se conoció la sublevación militar, los miembros del Frente Popular se organizaron y se aglutinaron en la Casa del Pueblo, tomando como primera medida la declaración de huelga general, además de un llamamiento para atraer al mayor número de campesinos posibles. Esa misma noche el llamamiento se hizo efectivo, contando el Frente Popular con la colaboración de los campesinos venidos de los distintos parajes cercanos que se agruparon en la plaza de San Francisco alrededor de la Casa del Pueblo. La tensión fue en aumento y se tomó la decisión de impedir cualquier intento de unión a la rebelión, por lo que, en las semanas siguientes se procedió a la persecución de los derechistas. Alejandro Peris Caruana y Nemesio Pozuelo Expósito (PCE) exigieron al gobernador civil él envió de delegados por toda Jaén con el objetivo de movilizar al pueblo ante la amenaza fascista.

El gobierno civil por petición del Frente Popular, ordenó a la Guardia Civil armar al pueblo, pero estos se negaron provocando una búsqueda masiva de armas por parte del campesinado en todo el cuartel y en otros lugares de la ciudad (2).

Esta concentración de armas en manos inexpertas unida a la tensión política del momento dio lugar a muchas muertes. El día 19 de julio, dominada la situación por el Frente Popular se desplazaron hacia Úbeda, Andújar y Linares más de doscientos guardias civiles, mientras que el resto, lo hicieron hacia la capital controlando los diferentes focos de adhesión al alzamiento surgidos en la provincia. En pocos meses tanto un bando como otro, iniciaron una represión que se basó en la eliminación física del enemigo. Se inició así un enfrentamiento entre los miembros de la Guardia Civil y el gobernador civil por la desobediencia, comenzando una sucesión de peleas callejeras (3).

En julio de 1936, estaban concentradas en la capital las fuerzas de la Guardia Civil de toda la provincia, en total unos 800 hombres, al mando del teniente coronel de dicho cuerpo Pablo Iglesias Martínez, ejerciendo de segundo jefe el comandante Eduardo Nofuentes Montoro, ambos sancionados a consecuencia del comportamiento que habían observado cuando el 10 de agosto de 1932, el general José Sanjurjo se sublevó en Sevilla contra la República. Al producirse el alzamiento militar el día 17 de julio de 1936, gran parte de la oficialidad y de los guardias civiles se mostraron partidarios de unirse a la rebelión, pero los citados Iglesias y Nofuentes y el comandante Ismael Navarro Serrano, trataron de disuadir a sus subordinados, diciéndoles que, en principio, estaban de acuerdo con ellos, pero que era mejor dejar pasar algún tiempo para poder reflexionar con calma y proceder en consecuencia. Pero al fin, la escasa guarnición militar de la plaza, fue motivo para no hacer ninguna tentativa de alzarse en armas contra el Gobierno.

Los citados jefes de la Guardia Civil de Jaén, el coronel Pablo Iglesias y los comandantes Nofuentes y Navarro, estuvieron deliberando en el cuartel, que actitud tomar ante el levantamiento y finalmente ante la indecisión que tuvieron, provocaron que Jaén no se uniera al alzamiento. Santiago Cortes González junto con José Rodríguez de Cueto fueron los responsables de un conjunto de operaciones que tuvieron como consecuencia la declaración en rebeldía de la mayor parte de los guardias civiles que se encontraban en la provincia. El enfrentamiento entre la comandancia de la Guardia Civil y las autoridades del Frente Popular fue una realidad. La desobediencia de la misma ante las autoridades del frente dio lugar a un aumento de las tensiones y choques violentos. 

A finales del mes de julio, entro en Jaén la columna al mando del general Miaja que se dirigía a Córdoba. El día 28 se situó en Andújar donde se reforzó con más de 2000 milicianos. En ella, el capitán Reparaz concentro 90 guardias civiles ante las peticiones de Miaja de unir estos guardias a su columna, llegando al acuerdo de que un total de 40 permanecerían en la misma pero las autoridades municipales de esta localidad temerosas ante la presencia de esta guarnición allí, decidieron pedir a Miaja que se los llevara consigo. Después de negociar la retirada de estos guardias se trasladó al paraje conocido como el Lugar Nuevo. La situación se hizo cada vez más tensa en la capital entre la Guardia Civil recluida en un solo cuartel y la población armada. Los jefes de la Guardia Civil le propusieron al gobernador civil que permitiera que se instalaran en un lugar aislado ante la amenaza que había contra ellos. Se pensó en un primer momento en Porcuna y finalmente se optó por el Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza (4).

El levantamiento militar no triunfo en la provincia, debido a la escasa presencia de efectivos militares y de militantes de derechas dispuestos a unirse al alzamiento, a la rápida reacción del campesinado que contribuyó a eliminar elementos conspiradores y a la indecisión de la Guardia Civil a la hora de unirse o no al levantamiento en los momentos del conflicto. El Frente Popular jiennense actuó contra lo que la República considero peligroso.

Ya en el mes de mayo fue detenido Francisco Rodríguez de Acosta dirigente provincial de la Falange Española. También fueron detenidos algunos falangistas jiennenses como Carmelo Torres.

Cuatro días antes del alzamiento el Frente Popular se reunió. En dicha reunión se acordó reunir a 10 delegaciones que recorrieran la provincia y evitaran las organizaciones, a la vez que, tomaran las medidas necesarias para que grupos armados de este frente, controlaran de cerca los cuarteles de la Guardia Civil, los terratenientes y los caciques. En los pueblos y en el capital fracaso el golpe militar, sin embargo, en algunos pueblos colindantes tuvieron lugar algunos actos de intentos golpistas de carácter provocativo que fueron sofocados este fue el caso de la localidad de Andújar (5).

En Andújar, la Guardia Civil al frente de Reparaz y Francisco Ruano concentraron sus fuerzas provocando al pueblo y asesinando a seis ciudadanos. Ante el temor de que se apoderaran de él, el Frente Popular mando a dos compañeros a la sierra donde reclutaron colonos y campesinos armados obligándoles a reclutarse en el cuartel donde se harían fuertes hasta la llegada de la columna de Miaja que les obligaría a marchar en defensa de la República (6).

La desconexión mostrada por las unidades militares, que se encontraban en la demarcación de la provincia de Jaén, junto con la rápida reacción de los dirigentes izquierdistas, provoco el fracaso de las débiles adhesiones derechistas registradas en la misma durante el alzamiento. Como consecuencia de la sublevación se produjo una oleada reaccionaria, protagonizada en su mayoría por sectores del campesinado, ante el riesgo involucionista que se había producido a raíz de este alzamiento. Poco después, surgieron los comités locales con una triple función: sostener la guerra durante los primeros meses, destruir los posibles enemigos que pudieran surgir en la retaguardia republicana y ocupar las fincas de los medianos y grandes propietarios (7).

El 18 de julio de 1936, numerosas ciudades y provincias españolas se sublevaron a favor y en contra del golpe de estado militar, que, desde África se iniciaba contra el gobierno del frente popular. Entre los lugares donde el golpe fracasa y donde se asienta firmemente la autoridad republicana fue la Provincia de Jaén.

A nivel de los ciudadanos de la calle, las primeras noticias del golpe militar, comenzaron a circular por Jaén, de un modo vago e impreciso, durante la mañana del día 19 de Julio de 1936. Se hablaba de la sublevación del Ejército de África y del levantamiento de algunas capitales. 

D. José Calvo Sotelo.

Cadaver de D. José Calvo Sotelo antes de comenzar la autopsia.

Desde el asesinato de Calvo Sotelo, el acontecimiento era esperado y parece que se habían dado fechas y consignas, para que el movimiento fuese secundado por todos los afines y simpatizantes; pero, esa consigna no llegó a darse y esto contribuyó a aumentar la ansiedad y la desorientación entre las gentes de derechas en los primeros instantes. Mientras tanto, el gentío, se había echado ya a la calle, haciéndose dueño enteramente de ella e inaugurando el periodo de violencias que duró treinta y dos meses y que había de conducir algo más tarde en una espantosa serie de crímenes.

El campesinado y la formación de milicias populares jugaron un papel importante en la consolidación de los ideales sobre los que se sustentaba el nuevo ejército popular. También fueron de gran importancia la constitución de las llamadas Milicias Populares que jugaron un papel muy importante a la hora de frenar los efectos de la sublevación en esta provincia. Estas milicias operaron durante los primeros meses en los campos de batalla y estuvieron controladas por las organizaciones que formaban el Frente Popular. El 19 de julio llegaron a Jaén, campesinos y mineros pertenecientes a grupos socialistas, comunistas y sindicalistas dispuestos a llevar a cabo una acción de auxilio en la ciudad cordobesa, que había caído en manos sublevadas. Gracias a esta ayuda fue posible ocupar la localidad cordobesa de Villa del Río.

Alejandro Peris y Alberto Fernández Ballesteros llegaron desde Madrid para incorporarse a los batallones de milicia popular, y acabar con la resistencia derechista, que había en esos momentos en Montoro (Córdoba). Durante el mes de octubre surgieron dos Batallones de Milicias Populares que tuvieron como objetivo la defensa de las instituciones republicanas. Los propios partidos políticos y las organizaciones sindicales, creadoras de los comités locales, fueron responsables de la administración de la vida local y provincial de los pueblos y la capital jiennense a comienzos de la Guerra Civil. Las campañas de movilización y preparación de los batallones de milicias contaron con el apoyo masivo del campesinado y de los sectores populares. Las propias organizaciones sindicalistas, a través de la junta de movilización, reclamaron la presencia de estos campesinos y obreros, para que estuviesen preparados, en el momento que fuese necesario, para incorporarse a las filas republicanas. Dicha junta se encargó de instruir militarmente a los campesinos (8).

Soldados y milicianos republicanos en la Guerra Civil Española.

En la provincia de Jaén solo tres municipios que fueron Alcalá la Real, Porcuna y Lopera cayeron en manos sublevadas, mientras que el resto de poblaciones incluida la capital, se mantuvieron fieles a la República. Tras la declaración de estado de guerra los jefes militares condenaron a los izquierdistas a través de juicios sumarísimos. En la zona sublevada primero se declaraba el estado de guerra, después se ocupaban los edificios oficiales y por último se sustituía a la autoridad republicana (9).

La represión en la zona republicana fue llevada a cabo por los campesinos y sus aliados ante la sublevación militar. La violencia siguió dos esquemas: la eliminación física y el encarcelamiento. La eliminación física respondió a una sed de venganza por el bombardeo que sufrió la ciudad por parte de la aviación franquista en las conocidas sacas del 37. Las tareas de eliminación emprendidas por los campesinos y sus aliados se centraron en eliminar a todos aquellos que pudieron poner en peligro la República. La mayor parte de los encarcelamientos, las detenciones y los asesinatos de los funcionarios derechistas fueron frecuentes al principio de la guerra, continuando después organizándose en jurados y Tribunales Populares.

La radio oficial, acaparada por el Gobernador Civil Luis Ríus Zenón y las organizaciones obreras llamaban a rebato a sus afiliados en forma apremiante y desaforada; las autoridades reclamaban la entrega de coches, armas y municiones, en tanto que patrullas de milicianos recorrían las calles haciendo detenciones y practicando registros domiciliarios para apoderarse de escopetas, pistolas, puñales, cuchillos y de cuantos elementos de lucha encontraban a mano.

En la capital comenzaron a flamear profusamente los primeros símbolos rojos en colgaduras y banderines, en el brazal de los milicianos y en la pelambre de las mujeres, que bullían y alborotaban en un desenfreno de aquelarre; la Plaza de San Francisco, la Carrera y las calles afluentes no podían contener el hervor de la muchedumbre; pasaban autos y camiones en carrera vertiginosa, con grupos armados de milicianos, entonando himnos internacionales; todo era ruido, estridencia, estrépito resonante, con el que se mezclaba la voz enardecida de oradores improvisados que arengaban a las masas encaramados en la verja de la Diputación provincial y en la escalinata del Palacio de Comunicaciones.

Fueron horas horribles de agitación, de angustia, de nerviosismo; era un constante moverse de gentes enfebrecidas, delirantes, frenéticas. Unos pobres frailes de la Merced, que acertaron a pasar por entre la enloquecida muchedumbre, cayeron bárbaramente apuñalados por la espalda, como si con este crimen cobarde quisiera hacer la revolución su bautizo de sangre, que ya se abrió paso, triunfante y rugidora.

Todo fue cuestión de horas. En Jaén, no había guarnición, pero existían fuerzas de seguridad y Asalto y algunas de Carabineros; se había concentrado toda o casi toda la Guardia Civil de la provincia; había ya dos o tres mil presos en la Catedral y en la cárcel y muchos centenares de ciudadanos en sus casas esperando el aviso, la consigna, la orden de echarse a la calle…

En esa indecisión, se adelantaron los republicanos, ganaron la vez y eso fue todo.

En la provincia jiennense, la rápida acción miliciana y la descoordinación y falta de iniciativa de las gentes de derechas provocaron el rápido control de izquierdas en la zona, a pesar de los levantamiento civiles armados a favor del Alzamiento en Orcera, Benatae, Siles y Villarrodrigo en la Comarca del Segura, y en el resto de Jaén, con conatos de rebelión armada en los grandes núcleos de población más  occidentales de la provincia (La Carolina, Arjonilla, Andújar, Martos...) protagonizados únicamente por la fuerza armada y sin apoyo popular. Una vez controlados estos intentos de sublevación en la provincia, se asienta definitivamente el frente de guerra en la mayor parte del Jaén republicano, que inicia una dura represión de retaguardia contra las decenas de presos derechistas detenidos.

Ya desde el amanecer del día 19 de julio de 1936 se conocían en Jaén, y demás poblaciones de la provincia, los sucesos ocurridos en el protectorado africano el día anterior. Los diferentes organismos provinciales se pusieron en contacto con los departamentos gubernamentales de Madrid para afianzar sus decisiones políticas. El gobernador civil de nuestra provincia, D. Luís Ríos Zuñón, presionado por los sectores adictos a la legalidad republicana, (él era militante de Izquierda Republicana) se decidió a armar las milicias populares para defender la IIª República. En el Cuartel de la Guardia Civil de la capital, única fuerza militar importante de la provincia, se había concentrado un número importante de sus efectivos, pero reinaba la indecisión entre muchos de sus componentes. Aunque no se aceptaba la orden del gobernador de proporcionar armas al pueblo, los mandos estaban divididos sobre la opción que debían tomar, entre el bando republicano o el nacionalista sublevado.

Sólo tres capitanes, entre ellos Santiago Cortés, manifestaron su decidido apoyo al alzamiento militar. Sin embargo, el teniente coronel y algunos comandantes no vieron clara la situación, y por tanto no se decidieron a salir a la calle para dirigir la situación a la vista de los acontecimientos. De esta manera, los paisanos preparados de antemano, tuvieron que recluirse también en sus domicilios, y la rebelión militar fracasó en la capital y en la práctica totalidad de la provincia. La guardia civil prefirió no intervenir y las calles fueron tomadas por la milicia popular, que se adueñó totalmente de la situación. De esta forma, las milicias republicanas tomaron las calles y el sistema de colectividades se extendió muy rápidamente por toda la provincia de Jaén. Con el estallido de la guerra civil española el 18 de julio de 1936, las poblaciones de la provincia se vieron inmersas, con diferentes grados de implicación, en los diferentes movimientos y corrientes ideológicas, las mismas que se vivían también en todo el país, con la amalgama en cada población de la mezcla de los odios y venganzas personales.

En Jaén, como en el resto de España, la Guerra Civil estalló como resultado de una acción colectiva para conquistar el poder, con la sublevación de una parte de la Guardia Civil apoyada por falangistas, tradicionalistas y monárquicos para derribar al gobierno republicano. Sin embargo, se encontraron con una fuerte reacción defensiva protagonizada por las masas populares y, sobre todo, por los afiliados y simpatizantes de los sindicatos de trabajadores y de los partidos obreros.

Ante el vacío de poder generado por la sublevación militar, estos grupos militantes consiguieron que se les entregasen las armas, eran grupos bastante comprometidos políticamente. Una vez pasados los primeros momentos, casi inmediatamente, pusieron en marcha una serie de acciones con las que trataron de implantar sus distintos modelos políticos, sociales y económicos. Aunque, a veces, por razones de equilibrio de las fuerzas políticas y sindicales a escala local se vieron obligados a compartirlos.

En el caso jiennense, los socialistas eran la fuerza mayoritaria. Debido a la importante afiliación campesina con que contaban las sociedades de agricultores de la FTTUGT. Esto les permitió, inicialmente, ejercer el poder efectivo local en los comités organizados, bien en solitario, bien compartiéndolo con el PCE y la CNT.

Mapa que muestra la marcha de la Guerra Civil en noviembre de 1936.

En estos primeros días de conflicto civil, fracasó la rebelión militar en la capital, al igual que en el resto de la provincia de Jaén. Durante estos primeros meses de guerra, una buena parte de las fincas rústicas de muchos términos municipales fueron incautadas por la denominadas “Colectividades” en las poblaciones, que pertenecían a la UGT, y puestas bajo el control de un comité popular.

Se puso en práctica en gran escala el sistema de incautaciones, en virtud de una declaración de desafección al régimen contra la persona que era víctima de la expoliación. Así, se desposeyó de sus fincas rústicas y urbanas a millares de ciudadanos, que quedaron en la mayor miseria, mientras aquellas pasaban a mano de las organizaciones políticas y sindicales, a las llamadas “colectividades” constituidas especialmente para la explotación de los predios rurales.

Los registros domiciliarios fueron abundantes, unas veces, sobre todo, en los comienzos de la revolución, realizados por iniciativa exclusiva de milicianos; otras ordenados por la autoridad, pero, todos, presididos por el mismo designio, el de desvalijar implacablemente todo lo que se encontraba a mano; dinero, alhajas, artículos de despensa, camas, colchones, muebles, máquinas de escribir y de coser, mantas, prendas de vestir, vajillas, cubiertos, etc. etc., haciendo, en suma, almoneda con todo, desmantelando hogares acomodados para adecentar los clubs y las casas de los rojos con el producto de los saqueos.

El estallido del golpe de estado militar el 18-19 de julio de 1936 fue contestado en toda España con contundencia, aunque con diferente resultado.

En Jaén, como cuenta el investigador Luis Miguel Sánchez Tostado, reinaba la tensión entre el gobernador civil, leal al gobierno republicano, y los efectivos militares, sobre todo la Guardia Civil, dudosos del papel que debían tomar.

Esta indecisión de los militares ante el camino a tomar favoreció que los milicianos republicanos, con el apoyo del gobernador civil jiennense Luis Ríos Zuñón, tomaran la localidad y la rebelión militar fracasara en la capital y en la práctica totalidad de la provincia sin apenas resistencia de las derechas (a pesar de ser terreno abonado para ellas), representadas en la provincia por FE-JONS, dirigida desde 1933 por Francisco Rodríguez Acosta, y por Renovación Española, dirigida por Antonio Acuña, al mismo tiempo afiliado y militante de la Falange local.

El día 20 de Julio los rumores fueron más concretos y llevaron un poco de aliento al espíritu de los jaeneros simpatizantes con el alzamiento militar. Se sabía que la sublevación había triunfado en Sevilla y en Córdoba y se esperaba que el chispazo corriese a Jaén; se decía que las fuerzas de Córdoba y los elementos militares de Jaén estaban ya en contacto, que, de un momento a otro, nuestra capital, ganando el tiempo perdido, se uniría también al movimiento. Se oía decir: “Ya están en el Carpio”, “Ya están en Villa del Río”, “Ya vienen”, “Ya se acercan”.

Jaén era un caldo de cultivo ideal para el triunfo del alzamiento nacional, y solamente la indecisión de la fuerza armada de la provincia, a la hora de tomar por las armas el poder político, como si se hizo en provincias como Sevilla o Granada, decantó el fracaso de la sublevación en la zona a favor de los republicanos.

Es decisivo e importante tener esto en cuenta ya que, de haber triunfado el golpe en Jaén, hubiera sido clave para unir esta provincia con otras zonas ya sublevadas en la región, como Cádiz, Sevilla, parte de Granada o gran parte de Córdoba.

En zonas donde los republicanos si tuvieron mayor autoridad, especialmente en Jaén ciudad y la zona occidental de la provincia, el número de represaliados y presos de derechas fue mucho mayor.

En el Santuario de la Virgen de la Cabeza (Andújar), entre 1936-1937, un grupo de guardias civiles y familiares suyos, retirados de diversos puntos de la provincia donde habían triunfado los milicianos, se sublevan y encierran en el santuario al mando del Capitán Cortés, dando lugar al asedio y rendición del lugar por las fuerzas republicanas, dejando un saldo de entre 150 y 170 muertos.

Capitán Santiago Cortés González.

Tras ello, fue la propia capital, Jaén, quien tuvo el protagonismo en el terreno de la represión política en la zona, a través de dos símbolos de la represión republicana en la ciudad: la Prisión Provincial, y la Catedral de Jaén.

Aquí, una vez más, las cifras bailan. En el expediente de la Causa General registra en unos folios unos 750-800 reclusos, y en otros unos 8258 presos entre 1936-1939 en la Prisión Provincial de Jaén (que Santiago Mata confunde con la Catedral, número que se achaca erróneamente a ésta última).

La Catedral de Jaén fue habilitada el 3 de agosto de 1936 como prisión, y registra unos 800 reclusos en el expediente anterior, similar cifra a la que ofrece el propio investigador Sánchez Tostado que las eleva a, entre 700-800 presos a lo largo de la guerra civil.

En ambas instituciones (que fueron los principales en la capital), entre las cuales hubo unos 9000 presos de derechas de toda la provincia de Jaén a lo largo de la guerra, se produjeron entre 1936-1939 al menos dos grandes sacas o traslados de presos políticos fuera de las cárceles que se saldaron con sonoras masacres.

La primera y más conocida fue la de los trenes de la muerte, un trágico suceso que tuvo a Madrid como escenario protagonista, como a continuación veremos.

El Gobernador Civil, Luis Ríos Zuñón, en su propia función y en la de presidente del Frente Popular, no era nada; a lo sumo, un distinguido camarada, a quien no se le tomaba opinión, ni consejo, y cuya autoridad se veía constantemente desobedecida o rebasada por los acontecimientos.

Sobre esto, se produce un hecho concreto, que resulta muy elocuente. Era en los primeros días de Agosto de 1936 y desempeñaba el cargo de Gobernador el señor Luis Ríos Zuñón, de abolengo republicano, hombre de espíritu apocado que no tardó en darse cuenta de la pugna en que se encontraba con el Frente Popular y sus procedimientos.

La Catedral y la Cárcel estaban abarrotadas de presos y consta que el Gobernador temiendo por ellos, exteriorizó su alarma oficialmente rogando en telegrama cifrado al Director General de Prisiones, Don Pedro Villar, hijo de la Provincia, para que dispusiese el traslado de los detenidos a lugar más seguro. El Director, con innegable buen deseo, atendió la indicación y ordenó la salida de dos expediciones para el penal de Alcalá de Henares. La primera, la efectuó el día once de Agosto de 1936 y al llegar a Madrid, fueron seleccionados y fusilados seguidamente diez u once expedicionarios, entre los que figuraban los exdiputados agrarios Don José Cos Serrano y Don Carlos Álvarez Lara, también los exgobernadores provinciales Don Juan Antonio Torres Romero y Don Fernando López Obregón y algunos señores más de significación notoriamente derechista.

Al día siguiente salió una nueva expedición mucho más numerosa, de la que formaban parte el Obispo de Jaén con sus familiares y el Deán de la Catedral. La expedición, como es sabido, no pudo pasar de la estación de Villaverde, donde los marxistas la esperaban para fusilar en masa a los presos.

El 11 de agosto salió el primer tren con 322 presos escoltados por medio centenar de guardias civiles y milicianos. Embarcaron en la estación de Espeluy llegando a Madrid al día siguiente. Durante el viaje el tren fue recibido en cada parada por masas de exaltados frentepopulistas, siendo algunos de los detenidos atacados y amenazados por las masas congregadas en los andenes, aunque el tren logró llegar a la estación del Mediodía de Madrid con todos sus presos vivos. Al salir de la estación camino de Alcalá de Henares el tren fue detenido por los ferroviarios anarquistas de la estación de Atocha. En esta estación se había fundado una checa de la CNT integrada por ferroviarios aragoneses liderados por Eulogio Villalba Corrales. En octubre de 1936 esta checa se mudaría al nº 9 de Príncipe de Vergara.

Once de los presos, principalmente terratenientes y figuras prominentes de la derecha jiennense, fueron sacados del convoy por los milicianos a las órdenes de Villalba Corrales para ser llevados a una tapia cercana y ser asesinados. Los restantes 311 presos lograron llegar a la prisión de Alcalá de Henares. Entre estas 11 víctimas se encontraban: José Cos Serrano, presidente de la Federación Provincial de Labradores de Jaén y antiguo diputado del Partido Agrario; León Álvarez Lara, diputado por el Partido Agrario; Carmelo Torres Romero, jefe local de Falange en Jaén; dos sacerdotes y dos monjas.

La noticia del primer convoy de presos en tren llegó desde Jaén a Madrid enviada por diputados socialistas. Tras el fracaso parcial del primer asalto al primer tren se produjo la preparación concienzuda de la segunda y más mortífera matanza.

El segundo tren partió de Jaén el 12 de agosto con 245 presos escoltados por 50 guardias civiles a las órdenes del alférez Manuel Hormigo Montero. Esta vez el tren evitó su paso por Atocha para no caer los presos en manos de Villalba Corrales y sus milicianos.

En el tramo de vía de la estación de Santa Catalina-Vallecas un grupo de milicianos anarquistas paró el convoy y desenganchó la locomotora. El jefe de estación y el alférez Hormigo, que mandaba la escolta del convoy, hablaron por teléfono con el Director General de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez, informándole que los anarquistas habían parado el tren y les apuntaban con tres ametralladoras a la altura de El Pozo del Tío Raimundo. El Director General de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez ordenó a los guardias civiles que abandonasen a los presos a su suerte. Luego se justificaría diciendo que “la poca autoridad que aún conservaba el gobierno se vendría abajo si las exiguas fuerzas de orden público acababan siendo arrolladas en un enfrentamiento con el pueblo armado”.

Una vez se retiraron los guardias civiles los milicianos comenzaron a ejecutar con total impunidad a gran parte de los presos que transportaba el tren. Lo que ocurrió, según declaró el superviviente Andrés Portillo Ruiz bajo juramento en la Causa General, fue lo siguiente:

El Obispo de Jaén, Don Manuel Basulto Jiménez asesinado en el segundo tren.
“Entonces como ya estábamos en poder de los rojos, estos pusieron el tren en marcha con dirección a Alcalá de Henares, pasado en ésta línea el apeadero de Santa Catalina, hay un sitio que se llama “Pozo del Tío Raimundo” donde paró el tren y bajando a los detenidos por la cabeza del tren de 10 en 10 no sin antes quitarles todo cuanto a ellos se les figuraba de valor...”

Continua la Causa General:

“Venían de Jaén unos trescientos detenidos, prensados en el tren. Cerca ya de Madrid, en Villaverde, se apoderaron de ellos los milicianos del pueblo, a pesar de los cuarenta guardias civiles encargados de su custodia, y comienzan allí mismo el fusilamiento más feroz e inhumano en grupos de veinticinco, sin indagar sus personas ni delitos. Hay tristes escenas de padres, que presencian la muerte de sus hijos y viceversa. El Obispo de Jaén, Excmo. E Ilustrísimo Sr. Don Manuel Basulto, cae de rodillas exclamando:

- Perdona, Señor, mis pecados y perdona también a mis asesinos:

Esto es una infamia, exclama su hermana Teresa, yo soy una pobre mujer.

-No te apures, se le contesta, a ti te matará una mujer.

Y acto seguido, se adelanta una desgreñada miliciana llamada Josefa Coso “La Pecosa”, que la sacrifica allí mismo a sangre fría. Cuando faltaban unos cuarenta, se adelanta del grupo Leocadio Moreno, joven de 19 años, y, encarándose con el jefe de milicias, le dice que él responde con su vida de todos los del grupo remanente (...) El feroz mandamás suspende las ejecuciones amenazándole:

- ¡Ay de ti, si me engañas! Llevad a éstos a Vallecas y que demuestren su inocencia”.

Leocadio Moreno logró escapar de aquellos fusilamientos junto con 40 compañeros gracias a mostrar un carnet de estudiante y alegando pertenecer a los socialistas universitarios. Diez días después Leocadio volvió a burlar a la muerte durante su estancia en la cárcel Modelo haciéndose pasar por un preso común, para terminar, combatiendo en el bando republicano durante toda la guerra.

Los 40 supervivientes de la masacre del Pozo del Tío Raimundo terminaron ingresados en la Cárcel Modelo de Madrid. Muchos de ellos serían asesinados unas semanas después en Paracuellos del Jarama.

Pero la historia completa según la documentación existente es la siguiente:

“El tren, que fue desviado de su trayectoria a Madrid y llevado a una vía o ramal de circunvalación hasta las inmediaciones del lugar ya mencionado del Pozo del Tío Raimundo. Rápidamente empezaron los criminales a hacer bajar del tren tandas de presos, que eran colocados junto a un terraplén y frente a tres ametralladoras, siendo asesinados el Excelentísimo e Ilmo. Sr. Obispo y el Vicario General Don Félix Pérez Portela. La hermana del Sr. Obispo, que era la única persona del sexo femenino de la expedición, llamada doña Teresa Basulto Jiménez, fue asesinada individualmente por una miliciana que se brindó a realizarlo, llamada Josefa Coso “La Pecosa”, que disparó su pistola sobre la mencionada señora, ocasionándole la muerte; continuando la matanza a mansalva del resto de los detenidos, siendo presenciado este espectáculo por unas dos mil personas, que hacían ostensible su alegría con enorme vocerío. Estos asesinatos, que comenzaron en las primeras horas de la mañana del 12 de agosto de 1936, fueron seguidos del despojo de los cadáveres de las víctimas, efectuado por la multitud y por las milicias, que se apoderaron de cuantos objetos tuvieran algo de valor, cometiendo actos de profanación y escarnio y llevando parte del producto de la rapiña al local del Comité de Sangre de Vallecas, cuyos dirigentes fueron, con otros, los máximos responsables del crimen relatado”. (Copia literal del Libro: La Causa General. Páginas 177 y 178).

Según el testimonio de Ángel Aparicio Alonso, que en la Modelo convivió con algunos de los supervivientes de los trenes de Jaén, afirma que le “contaron el caso del sacerdote al que torearon y mataron con un estoque, como si de un toro se tratara”.

El 12 de agosto fueron asesinados 193 entre los que se encontraban el obispo de Jaén Manuel Basulto Jiménez, su hermana, el marido de esta y el vicario general de la diócesis jiennense Félix Pérez Portela. Todas las víctimas fueron enterradas en dos zanjas abiertas junto a las tapias del cementerio de Vallecas. En la década de 1940 fueron sus restos trasladados a la cripta de la Iglesia del Sagrario de la catedral de Jaén. En la catedral de Jaén se encuentran varias lápidas de mármol con casi todos los nombres de los asesinados en el Pozo del Tío Raimundo. Sus asesinos no fueron perseguidos ni condenados por estos crímenes por las autoridades republicanas. Cuando el gobernador civil de Jaén, Luis Ríos Zuñón, se enteró de lo ocurrido, desolado ante los asesinatos perpetrados, presentó su dimisión, siendo reemplazado por Manuel Martín Galeano.

Según consta en los expedientes de la Causa General, figura un testimonio del jiennense Ignacio Valenzuela, testigo visual de los sucesos los días 10, 11 y 12 de agosto de 1936 que afirma que hubo dos trenes de la muerte; un primer tren que sale de la Cárcel de Jaén completamente lleno con 40-50 guardias civiles de escolta, es detenido en la Estación de Atocha, donde son fusilados 10 presos del mismo.

   Página del listado de presos de los trenes de Jaén, llamados "los trenes de la muerte".
Al día siguiente, afirma el testigo, salieron de la Catedral de Jaén el día 11 de agosto de 1936 a media noche, llenando un tren entero de 10 vagones con más de 500 presos, y una escolta de unos 70 guardias civiles.

Llegaron a la estación de Villaverde a las 4 de la tarde del 12 de agosto de 1936, donde, según el testigo, les esperaban unos 500 milicianos armados. Un guardia de asalto interviene liberando la escolta del tren, y el testigo consigue zafarse de la situación haciéndose pasar por extranjero, afirmando que una hora más tarde ve nuevamente el tren únicamente con 50 presos, habiendo sido fusilados el resto.

Otro testigo directo de los hechos, el republicano miliciano Emilio Díaz Hernández, afirma que estando en Vallecas fue llevado por el Comité Revolucionario de Vallecas a un tren ubicado junto al Cerro de Santa Catalina, a 2 kilómetros de Vallecas, y escoltado por unos 200 milicianos.

Afirma el testigo que al poco tiempo llega un automóvil con 3 ametralladoras que se ubican a 50 metros del tren, y van sacando a los presos de los vagones, y ubicados en la explanada del cerro, donde son fusilados, primero un grupo de 10 presos, y posteriormente a grupos más grandes de 35-40 presos, calculando un numero de 250 fusilados en el lugar, si bien otro testigo, el ubetense Andrés Portillo Ruiz los eleva a unos 400, y el investigador Santiago Mata calcula unos 194 fusilados. 

Posteriormente, los 40-50 presos supervivientes corrieron otra suerte. Según el testigo Emilio Díaz, “fueron traídos presos a Madrid”. Andrés Portillo afirma que después de la matanza, los supervivientes fueron llevados a Entrevías y después al Ateneo de Puente Vallecas, al Circulo Socialista de Puente Vallecas, a la Dirección General de Seguridad y posteriormente a la Cárcel Modelo de Madrid, en el barrio de Moncloa.

Así pues, entre los 10 fusilados del primer tren el día 11, y los, entre 190-250 fusilados del segundo tren el día 12 de agosto, en total debieron ser fusilados unos 200-260 en apenas dos días en Madrid, según las fuentes. Eran presos políticos de derechas sacados de la Cárcel provincial y de la Catedral de Jaén. Entre ellos figuraban unos 18 presos de Beas de Segura (que, sumados a los dos fusilados en la localidad elevan el número a unos 20 en total), unos 52 de Cazorla, unos 34 de Peal de Becerro, 8 presos de Vilches y unos 28 de Villacarrillo, entre ellos Manuel Basulto Jiménez, natural de Cazorla, y en ese momento Obispo de Jaén y su hermana.

¿Quién dio el aviso de la marcha de estas expediciones? ¿Cómo se estableció el contacto de Jaén con Madrid para salir al paso de esas caravanas de detenidos y malograr el intento previsor del Gobernador Civil y del Director de Prisiones?

En la respuesta a estas preguntas va envuelta implícitamente la presunción de que el Frente Popular de Jaén suplicó en este caso, quién sabe si en algunos más, la acción criminal de las Checas, ya que solo el Frente Popular o algunos de sus más destacados dirigentes, fueron quienes únicamente pudieron establecer la comunicación con las hordas congéneres de Madrid, para prevenirles de la marcha de los trenes y llevar a cabo la bárbara matanza.

Esta matanza provocó que buena parte de la sociedad internacional empezase a considerar que la Republica Española había dejado de ser un Estado de Derecho con legitimidad para reclamar la solidaridad de las democracias occidentales.

La segunda masacre de presos de derechas de la provincia de Jaén tuvo lugar poco después, entre el 2 y el 7 de abril de 1937.

En las noches del dos al seis de Abril se sacaron de la cárcel varias expediciones de presos que fueron fusilados despiadadamente. No podemos precisar el número. Lo indudable es que la cifra de los fusilados fue verdaderamente extraordinaria, figurando entre los ejecutados personalidades muy prestigiosas, como el Abogado del Estado, Don Antonio Martín Acuña, el Teniente Coronel Don Felipe Serrano Tabares, Don Ángel Méndez, Ingeniero Industrial, Don Salvador Mifsut, Jefe del servicio forestal, Don Melchor Cobo Medina, ex-Alcalde de Jaén durante el Gobierno de Lerroux-Gil Robles.

Uno de los acontecimientos más importantes que tuvo lugar durante el desarrollo de la guerra fue el bombardeo que sufrió la ciudad de Jaén el 1 de abril de 1937. Como señala Cuevas: “Los aviones, seis trimotores aparecieron desde detrás de las peñas de Castro, después de haber rodeado Jabalcuz a baja altura y encararon la ciudad hacia el sur” (10).

Mapa  con los bombardeos realizados por uno y otro bando de la Guerra Civil.
Esta masacre ocurrió como consecuencia de un ataque aéreo sobre la capital jienense ocurrida un día antes, el 1 de abril de 1937, cuando, a similitud de lo ocurrido pocos días después en la villa vasca de Guernica, un grupo de aviones de la Legión Cóndor alemana realiza un bombardeo de castigo sobre la capital republicana de Jaén, dejando un saldo de 159 jienenses muertos fruto del ataque indiscriminado ordenado por el General Gonzalo Queipo de Llano.

La capital jiennense sufrió durante el conflicto fuertes bombardeos por parte de la aviación nacionalista, siendo el más virulento el sufrido a las 17:22 horas del día 1 de abril de 1937 cuando cinco trimotores Junkers de la Legión Cóndor del ejército alemán al servicio del bando nacionalista, fueron enviados a Jaén por el General Gonzalo Queipo de Llano. Su misión fue ordenada como una operación de castigo sobre la población civil jiennense. Tras sobrevolar la capital, dejaron caer su mortal carga sobre una población indefensa, compuesta fundamentalmente por refugiados y desguarnecida de defensas antiaéreas. El balance fue trágico. Se contabilizaron 159 fallecidos por acción directa de las bombas, así como 280 heridos.

La reacción de odio popular y venganza de los republicanos de Jaén no se hizo esperar y en seguida se dirigieron a las cárceles y centros de detención de la ciudad para vengarse de los presos políticos de derechas encerrados en la capital.

Este hecho desató las iras del Frente Popular que rápidamente decretó, en los posteriores días 2, 3, 4, 5 y 7 de abril de 1937, la conducción de 128 presos derechistas desde la Cárcel de la Catedral y la Prisión Provincial hacia el cementerio de Mancha Real, donde fueron fusilados como represalia por este bombardeo. A raíz de estos hechos se construyeron en la ciudad de Jaén numerosos refugios antiaéreos. En la actualidad se conservan dos de ellos: el de la Plaza de Santiago y el que existe junto al Hospital de San Juan de Dios.

Entre los días 2 y 7 de abril de 1936, grupos incontrolados de milicianos republicanos asaltaron la Cárcel Provincial de Jaén y realizaron sucesivas sacas de presos, que fueron fusilados en las tapias del cementerio del pueblo de Mancha Real, un pueblo ubicado apenas a 20 kilómetros de la ciudad de Jaén, dejando un saldo de aproximadamente 130 fusilados en esos 5 días, en represalia al bombardeo nacional de la capital. 

Miliciano leyendo el periódico ABC.

Así, entre los 170 muertos del Santuario de la Cabeza, los 260 de los trenes de Jaén y los 130 de las sacas de 1937, en menos de un año debieron ser fusilados en diferentes puntos de Jaén y Madrid alrededor de más de 500 presos políticos de derechas, elevándose, según afirma Luis Garrido González a más de 1.830 personas el total de fusilados en el Jaén republicano, contando con los fusilados en cada uno de los pueblos de la provincia de Jaén alrededor de los tres años de guerra, un numero bastante elevado si tenemos en cuenta a una provincia tan pequeña demográficamente hablando, y donde los republicanos de izquierdas no tenían hasta ese momento un predominio excesivamente marcado a nivel político y social, lo que evidencia hasta qué punto hubo de ser necesario para éstos controlar la provincia a sangre y fuego que, de otro modo habría caído, si hubiera tenido el apoyo de la guardia civil que tuvo en otros lugares como Cádiz, Sevilla o Granada, en manos de los nacionales de una forma bastante rápida en los primeros días del golpe militar.

No hubo en los primeros momentos Ejércitos propiamente dichos, ya que Jaén solo contaba con algunas fuerzas de la Guardia Civil, de Seguridad y de Carabineros.

Más tarde, en los avances de la guerra, cuando verdaderamente hubo Ejército, este se limitó a actuar en los diversos frentes de la provincia, quedando la plana Mayor en la capital, concretada también su misión a su peculiar cometido, sin que en ningún momento se hubiesen notado pugnas entre el mando civil y el militar ni entre este elemento y los partidos políticos republicanos. Unos y otros parecen haber coexistido en armónica relación dentro de sus respectivas funciones, sin llegar a disputarse hegemonías ni preponderancias.

Se vio frecuentemente, a los jefes militares y Comisarios, asistir a actos políticos de propaganda y tomar parte activa en ellos alternando con los dirigentes marxistas y republicanos y hasta compitiendo en ocasiones con los mismos, especialmente durante el largo periodo del Coronel Menoyo y Cayetano Redondo en el mando respectivamente, del Noveno Cuerpo de Ejército y del Comisariado del mismo, pues tanto uno como otro asistían complacidos a los mítines y soltaban también inflamadas peroratas.


La provincia de Jaén, sin embargo, salvo el incidente sobradamente conocido protagonizado por los guardias civiles liderados por el capitán rebelde Santiago Cortés, y algunas otras escaramuzas protagonizadas por elementos fieles al golpe en algunas poblaciones, permaneció fiel a la República. En ese sentido, las primeras tareas en las que hubieron de empeñarse los ayuntamientos de la provincia una vez consumado el golpe militar, fue la de atender las peticiones del gobernador civil Luis Ríus Zenón, que pertenecía al partido de Unión Republicana. Luis Ríus Zenón había ocupado el cargo de Presidente de la Diputación de Cuenca en 1933, y tras el triunfo de Frente Popular, era nombrado Gobernador Civil de Soria en 1936. A la altura de ese mes de julio de ese mismo año fue nombrado Gobernador Civil de Jaén, cargo que desempeñó hasta el mes de agosto, por dimisión tras las matanzas de los “trenes de la muerte”, en que era reemplazado por Manuel Martín Galeano.

El gobernador civil Luis Ríus Zenón, hizo peticiones a los municipios provinciales, que fueron cursadas para que procediesen al reclutamiento de milicias voluntarias solicitadas por el general José Miaja, cuyo plan era avanzar por el Valle del Guadalquivir en un intento de recuperar Córdoba capital y diversos municipios de su entorno que habían caído en manos de los rebeldes. Luis Ríus Zenón, afiliado a Unión Republicana, había autorizado el reparto de armamento a los partidarios de la República y ordenaba la concentración de numerosos efectivos de la Guardia Civil en la capital haciendo fracasar la intentona golpista antirrepublicana en la provincia.

La columna de milicianos voluntarios reclutados en diferentes municipios de Jaén, se concentraba en Marmolejo los días siguientes a la sublevación. Iban dotados con armamento requisado en diferentes pueblos, y se solicitaron para su equipación urgentemente más armas al gobierno de Madrid.


Los voluntarios partieron por el valle del Guadalquivir dirección Córdoba, entrando en Villa del Río donde quedó establecido el cuartel general. Desde allí se lanzó la ofensiva principalmente contra Montoro: “Este pueblo cordobés estaba en poder de los facciosos. La columna de obreros armados, a los que acompañaban unos cuantos números del Cuerpo de Asalto, ocupó el pueblo sin resistencia. Inmediatamente comenzó el acoso a Pedro Abad, que quedó convenientemente guarnecido, y se siguió adelante atacando El Carpio. En este pueblo, baluarte de los sublevados cordobeses, desde el torreón de la iglesia hicieron intenso fuego de ametralladora, bombas y fusiles contra la columna jiennense. La lucha fue dura. Varias horas de fuego en las que los rebeldes sufrieron pérdidas considerables, pero al fin, El Carpio fue tomado por las fuerzas republicanas, que hicieron el ejemplar castigo sobre las fuerzas rebeldes. La columna de Jaén continuó en marcha triunfal y tomó Villafranca, pueblo que está a las puertas de Córdoba. En éste se hizo descanso preparando el ataque definitivo a la capital... Pero no queda aquí reducida la labor de los republicanos de Jaén. Inmediatamente se organizaron otras columnas que avanzan en distintas direcciones para conquistar el mismo objetivo: Córdoba. Estas nuevas columnas tuvieron luchas muy enconadas en Luque y Bujalance y esta última ciudad se rindió, al fin, conquistada por las tropas republicanas. Las avanzadas de las columnas de Linares la formaban los mineros de aquel pueblo y La Carolina, provistos de gran cantidad de dinamita, y la eficacia de su lucha es tan evidente que pueblos casi inexpugnables como El Carpio y Bujalance no pudieron resistir el avance de los mineros” (11).

Treinta división del Ejército Popular republicano.

En su avance hacia Córdoba el general Miaja y las milicias de Jaén, con varios diputados del Frente Popular en sus filas, después de recuperar El Carpio y Montoro el día 28, establecieron el cuartel general en Villa del Río con la misión, entre otras, de organizar la vida en la retaguardia y las relaciones con la provincia de Jaén.

El cuartel general se transformó a finales de julio, antes del ataque a Córdoba, en Estado Mayor, y estuvo formado por los diputados socialistas Alejandro Peris Caruana y Alberto Fernández Ballesteros; por los comunistas Francisco Ortega y Antonio Pareja y por el teniente coronel Leopoldo Menéndez, que ostentaba el mando de las cinco compañías del Batallón de Jaén. Menéndez era destinado al frente de Córdoba dentro de la jefatura del estado mayor de Hernández Saravia con la misión de reorganizar a los batallones de milicias de la zona de Jaén, aunque con poco éxito ya que Queipo de Llano terminó ocupando amplias zonas de aquella provincia (12).

El diputado del Congreso Alberto Fernández Ballesteros, Diputado por Sevilla capital, elegido en febrero de 1936. El 18 de julio de 1936 viajaba en tren desde Madrid a Sevilla junto a los también diputados socialistas, Manuel Barrios Jiménez, Víctor Adolfo Carretero Rodríguez y José Moya Navarro. Él tuvo que bajarse en Andújar por un encargo de la Comisión Ejecutiva de la Federación de Trabajadores de la Tierra para resolver un conflicto local de los obreros agrícolas de Andújar, lo que le salvó la vida, pues sus tres compañeros fueron fusilados al triunfar el golpe militar en Sevilla. Durante la Guerra Civil fue Comisario Inspector del Ejército de Andalucía y Extremadura, según datos extraídos de la Fundación Pablo Iglesias.

General José Miaja Menant en su despacho.

También se encontraban entre los hombres de Miaja, el diputado de Izquierda Republicana por Córdoba, Antonio Jaén Morente (que nacido en Córdoba (1879) murió en San José de Costa Rica, en 1964) fue abogado, historiador, profesor, político y diplomático. En febrero de 1936 era elegido diputado por Córdoba en la candidatura de Izquierda Republicana dentro del Frente Popular. El levantamiento militar le sorprendió fuera de Córdoba, lo que le permitió salvar la vida y ser en los primeros momentos de la guerra civil uno de los más intensos propagandistas del gobierno republicano. Se unió al general Miaja y desde radio Linares y radio Jaén llevó a cabo discursos políticos en apoyo de la República y del ejército republicano (13).

En Córdoba el 18 de julio de 1936, el comandante militar y jefe del Regimiento de Artillería, el coronel Ciriaco Cascajo Ruiz, siguiendo instrucciones del general Gonzalo Queipo de Llano, procedió a proclamar el estado de guerra, sin encontrar oposición alguna, ya que el gobernador civil Antonio Rodríguez de León, si bien no estaba comprometido con los nacionales, veía el alzamiento militar con buenos ojos. Cascajo se limitó a emplazar sus cañones frente al Gobierno Civil, y después del segundo cañonazo, los republicanos se entregaron a los nacionales. El coronel de Artillería Ciriaco Cascajo, asistido del teniente coronel de la Guardia Civil Bruno Ibáñez, comenzó la persecución, encarcelamiento y fusilamientos de los elementos afines al Frente Popular.

En Cádiz, en julio de 1936, era comandante militar de la plaza el general José López Pinto, comprometido con el alzamiento. El 18 de julio, obedeciendo órdenes de Queipo de Llano, que se hallaba en Sevilla, puso en libertad al general José Enrique Varela Iglesias, preso en el Castillo de Santa Catalina por sus sospechosas actividades conspiradoras, el cual, una vez libre, protagonizó prácticamente la sublevación. El gobernador civil, secundado por el presidente de la Diputación Provincial y otras autoridades civiles y militares, se opusieron a la acción de Varela, que había sacado las tropas a la calle, haciéndose fuertes, con las fuerzas de orden público, en el Gobierno Civil, en el Ayuntamiento y en el palacio de Comunicaciones. Temiendo López Pinto no poder dominar la situación, habló con el teniente coronel Juan Yagüe, que se encontraba en Ceuta, pidiéndole refuerzos. En la madrugada del día 19 llegó al puerto de Cádiz el buque Ciudad de Algeciras, escoltado por el destructor Churruca, transportando, el primero, un escuadrón de Regulares, y el segundo, un tabor de las mismas fuerzas, las cuales, una vez desembarcadas, entraron en acción. Dos horas después, los republicanos se rindieron a los nacionales, siendo detenidas las primeras autoridades y los líderes de los partidos de izquierda y de las organizaciones sindicales.

En Málaga, en julio de 1936, la guarnición militar estaba compuesta por la 4ª Brigada de Infantería, mandada por el general Francisco Patxot Madoz. Al enterarse del asesinato del líder monárquico José Calvo Sotelo, decidió sumarse a la rebelión. El día 18 del citado mes, fuerzas encabezadas por el capitán Agustín Huelín Gómez procedieron a fijar el bando declarando el estado de guerra. Cuando parecía asegurado el triunfo de los alzados, el gobernador civil José Antonio Fernández Vega, afiliado a Izquierda Republicana, apoyado por la Guardia de Asalto y por la Policía gubernativa, se negó a entregar como una autoridad el mando a la otra autoridad en circunstancias excepcionales. La Guardia Civil, al mando del coronel Fulgencio Gómez Carrión, que en un principio se había mostrado partidaria de secundar el levantamiento, se replegó a sus cuarteles. Los refuerzos pedidos a Marruecos no llegaban, y por el contrario las organizaciones obreras se lanzaron a la calle dispuestas a abortar el alzamiento. En la mañana del día 20 Málaga está dominada por la multitud y al grito de ¡UHP! (Uníos Hermanos Proletarios) se suceden las manifestaciones a las que se unen guardias de Asalto y Carabineros. La calle de Larios sufre el vandalismo, destruyendo el Café Inglés, el Círculo Mercantil y el palacio de los marqueses de Larios. En unas horas sólo quedan ruinas y Málaga se cubre de una nube de humo provocada por los incendios de iglesias y edificios. Los cuarteles y la Comandancia Militar se entregan sin ofrecer resistencia. El general Patxot es detenido y lesionado se le conduce prisionero. Muy pronto Málaga se convierte en el lugar de concentración de la Flota de la República y desde allí saldrá hacia Algeciras, Cádiz y Ceuta en sus ataques. Dominada la ciudad por las fuerzas adictas a la República, comunistas y anarquistas se dedicaron a cometer cientos de asesinatos y actos de pillaje, dejándola sumida en un lamentable estado moral y material.

En Almería, el 20 de julio de 1936, el comandante militar de la plaza y jefe del Batallón de Ametralladoras y de la Caja de Reclutas, el teniente coronel de Infantería Juan Huertas Topete, auxiliado por el comandante del Cuerpo de Carabineros Toribio Crespo Puerta y con el asentimiento de la mayoría de los jefes y oficiales, procedió a declarar el estado de guerra, detuvo a los militares adictos al Gobierno, ocupó la Casa del Pueblo y sitió el edificio del Gobierno Civil, pero la llegada de milicianos de Granada, la movilización de la masa ciudadana y la arribada al puerto del destructor Lepanto, procedente de Cartagena, y que amenazó con bombardear la ciudad si los nacionales no deponían las armas, hicieron fracasar el levantamiento, entregándose Huertas Topete y los demás sublevados a las autoridades de la República. Pocos días después fueron todos asesinados.

En Granada el mes de julio de 1936, la capital estaba compuesta por el Regimiento de Infantería nº 2 mandado por el coronel Basilio León Maestre y el Regimiento de Artillería Ligera nº 4, del cual era jefe el coronel Antonio Muñoz Jiménez. El comandante militar de la plaza era el recién ascendido a general Miguel Campins Aura, el cual a pesar de estar comprometido con el alzamiento, el 18 de julio se entrevistó con el gobernador civil César Torres Martínez y con algunos líderes del Frente Popular, a los cuales aseguró que las fuerzas a sus órdenes se mantendrían fieles al Gobierno, e incluso que llegado el momento entregaría las armas que estaban bajo su custodia a las milicias de los partidos políticos de izquierda y a las organizaciones sindicales. El Gobierno exigía desde Madrid a las autoridades granadinas una gran resistencia ante cualquier conato de alzamiento militar. Campins visitó varios cuarteles comprobando que la oficialidad en pleno, la Guardia Civil, la de Asalto y algunos falangistas y requetés estaban dispuestos a sublevarse. Al propio tiempo, su ayudante el comandante Francisco Rosaleny Burguet, que obedecía órdenes del general Queipo de Llano, le conminó a firmar el bando declarando el estado de guerra, a lo que accedió Campins, no obstante, lo cual fue detenido por sus propios subordinados, haciéndose cargo del mando de los alzados el citado coronel Antonio Muñoz Jiménez. Las tropas salieron a la calle, publicando el bando y procediendo a detener a las autoridades adictas al Gobierno.

En Huelva, el 18 de julio de 1936, al conocerse la sublevación de las fuerzas militares destacadas en Marruecos y de algunas otras guarniciones de la Península, el gobernador civil de la provincia ordenó que la Guardia Civil de Huelva se trasladase a Sevilla para coadyuvar a la sofocación del levantamiento del general Queipo de Llano, poniéndose a sus órdenes una vez que dicha fuerza llegase a su destino, en vez de cumplir el cometido que legalmente se le había confiado. Pero como que la guarnición de Huelva era más simbólica que, de hecho, la ciudad permaneció en los primeros momentos con el Gobierno republicano, en cuya actitud desempeñó un destacado papel, además del citado gobernador, el teniente coronel jefe de la Guardia Civil Julio Orts Flor, evitando toda clase de desmanes. Tras el fracasado envío de los guardias civiles a Sevilla, ordenó el gobernador una nueva expedición, integrada por mineros de la zona, pero fue detectada en el camino por los nacionales y voladas las cargas de dinamita que transportaban, resultando 30 bajas entre muertos y heridos, y siendo hechos prisioneros 69 hombres, todos los cuales fueron fusilados acto seguido. El 27 de julio, los 500 guardias civiles de toda la provincia onubense que se habían concentrado en la capital gubernativa, se alzaron en armas contra la República y ocuparon la ciudad, poniendo en libertad a los aproximadamente quinientos presos políticos (la mayoría de ellos falangistas o simpatizantes con esta ideología) que se encontraban en la cárcel. Huidos el gobernador civil, el alcalde y los jefes de la Guardia Civil y de Carabineros, fueron hallados poco tiempo después por los alzados, los cuales procedieron al fusilamiento de todos ellos.


Mientras tanto, a lo largo de todo el mes de agosto, la vida de los pueblos giennenses de esta zona estuvo supeditada a las necesidades impuestas por las tropas de Miaja, cuyo objetivo principal era recuperar Córdoba para la República, aunque finalmente no pudiera conseguirlo. Sin embargo, si alcanzaron otros objetivos durante las primeras semanas de agosto en el norte de la provincia, donde se recuperaron pueblos como Añora (cinco de agosto), Adamuz (día diez), Belalcázar (día catorce), Alcaracejos, Villanueva del Duque y Pozoblanco (todos ellos el día quince). En realidad, los hechos se sucedieron de forma imprevista y vertiginosa, circunstancia que aprovecharon los golpistas para provocar el desconcierto y ocupar capitales tan importantes como Sevilla y Córdoba.  Por todo ello la defensa de la legalidad republicana se hubo de hacer con precipitación y a golpe de órdenes cursadas vía telegrama. Mediante un telegrama del día dos de agosto el Gobernador Civil de Jaén instaba a todos los individuos que hubiesen prestado servicio militar para que se presentasen ante el Gobierno Civil con el fin de organizar una milicia y constituir un cuerpo de voluntarios al servicio del general Miaja, reclamando, de paso, a los alcaldes facilitaran los medios de transporte hasta la capital provincial.

Otro telegrama de cinco de agosto de la Comandancia Militar de Jaén comunicaba al Ayuntamiento “que los cabos y soldados que se encontrasen de permiso o situación cualquiera, quedarían a disposición de la comandancia hasta nueva orden”. Por su parte el gobernador civil comunicaba a Ignacio Expósito, Alcalde de Marmolejo, que ese mismo día “sin pretexto alguno disponga recogida de fusiles haya en ese pueblo enviándolos inmediatamente medio más rápido a Villa del Río, Cuartel General Militar, dando cuenta a este gobierno haber realizado el servicio y número de armas recogidas y enviadas a dicho pueblo.

El general republicano José Miaja Menant, Jefe de Operaciones del Ejército del Sur en julio de 1936.

Así mismo Luis Ríus Zenón le transmitía a Ignacio Expósito las órdenes recibidas del general Miaja: “Ordene con la mayor urgencia al Alcalde, disponga que los fusiles y mosquetones, rifles carabinas, con todas sus municiones correspondientes, sean recogidas a los milicianos y paisanos retirados del frente, y con las existencias en ese pueblo se remitirán hoy mismo”. Finalmente, el día 6 de agosto, la máxima autoridad provincial volvía a solicitar mediante cable telegráfico que “los soldados y militares se encuentren con permiso y no puedan verificar incorporación a sus cuerpos (por estar estos en poder de los rebeldes) lo hagan a esta columna de Montoro”.  Los reiterados llamamientos tuvieron eco entre la población obrera local que se inscribió voluntaria en la milicia junto a obreros de Andújar, Jaén, Martos, y otras localidades de la provincia, en su afán de salvar a la República.

La C.N.T., hay que decirlo en honor a la verdad, no entró a formar parte del Frente Popular ni de las corporaciones públicas. Sus dirigentes, sean los que fueren sus antecedentes anteriores, llegaron a Jaén, como pregoneros de la revolución, ciertamente, pero de una revolución sin exceso, sin violencias estériles y se convirtieron en defensores espontáneos de todos los elementos de orden y de la clase media burguesa, salvando no pocas vidas, conteniendo la racha de crímenes alevosos, dando en fin, una noche el ejemplo aleccionador de ejecutar dentro del coche que utilizaban para sus correrías a unos cuantos afiliados suyos, que se dedicaban abiertamente al saqueo, quebrantando la consigna de la organización.

Milicianos anárquistas al inicio de la Guerra Civil.
Los tribunales populares comenzaron a funcionar en la capital jiennense en el mes de Octubre de 1936. Magistrados, Fiscales, Letrados, todos, menos los jurados, eran figuras decorativas. Todas las causas iban ya de antemano prejuzgadas, sometidas fatalmente al fallo inexorable de unos hombres sañudos y rencorosos, que entraban “a hacer justicia”.

En los primeros meses de actuación el espectáculo del tribunal no podía ser más deprimente. No se usaba la toga, y, desde el Presidente hasta el último Jurado, pasando por el fiscal, ¡llevaban la pistola al cinto! Allí no estaban desarmados más que el reo y el Abogado, semejando el abogado un reo más, que comparecía cohibido y medroso para desempeñar a la fuerza el triste papel de una defensa, ajustada a normas rígidas y frías para no herir la susceptibilidad revolucionaria, una defensa convencional, ceremoniosa, saturada de inevitables adulaciones a un tribunal público.

El Tribunal Popular de Jaén registra en su haber una siniestra y larga lista de asesinatos legales. Fueron muchas las sentencias de muerte que la Checa oficial dictó y que fueron ejecutadas sin compasión. Pero, lo más monstruoso, lo más espeluznante de este Tribunal fue que al juzgar los delitos de rebelión, el jurado apreciaba en todos ellos la agravante de premeditación, que llevaba consigo la imposición de la pena de muerte y que, por ser inherente, consustancial con el delito mismo, no podía considerarse como circunstancia modificativa de la responsabilidad penal. En todas las causas, los defensores plantearon esta tesis, de puro y elemental sentido jurídico, con la noble finalidad de librar a los acusados de la aplicación de una pena irreparable. Al cabo del tiempo, el Tribunal Supremo, de acuerdo con aquella doctrina, resolvió que la premeditación estaba implícitamente envuelta en el concepto de rebelión, como integrante del delito mismo y que no podía, por tanto, estimarse como circunstancia agravante. Pero ya era tarde. La doctrina del Supremo llegó a conocimiento del Tribunal cuando ya se habían pronunciado más de ochenta sentencias de muerte y cuando los pobres acusados habían ya caído para siempre ante el piquete de ejecución…

Las penas de muerte acordadas por el Tribunal popular, que eran a la postre una forma oficial de asesinato, muy numerosas en los primeros meses del dominio rojo, se ejecutaban en el Tiro Nacional, formando el piquete guardias de Asalto, no faltando tampoco la presencia de milicianos, ni de curiosos, que saciaban su bestialidad en la contemplación del horrendo espectáculo.

Los crímenes de las Checas se cometían generalmente fuera del término municipal, dando el trabajo de recoger y enterrar los cadáveres a los del término municipal vecino. Los lugares, preferentemente elegidos para el trágico paseo eran las carreteras de Jaén a Mancha Real, la de Jaén a Albacete y la de Jaén a Madrid. Las ejecuciones se realizaban al borde mismo de las carreteras, donde a veces los cadáveres quedaban insepultos por algunos días. Los enterramientos se hacían tan a flor de tierra que algunos caminantes vieron con espanto asomar fuera de la improvisada sepultura el pie o el brazo de algún desgraciado que acaso fuera enterrado con vida.

A medida que el tiempo fue avanzando las condenas a muerte, en un principio fulminantes y terribles, fueron disminuyendo, la actuación del Tribunal se hizo más benigna, como si aquel se espantase ya de su propia obra y así se llegó a los últimos meses de la guerra en que presidido por Don Emilio Aguado, un Magistrado de corazón y de conciencia, logró imponer plenamente su autoridad encauzando la actuación del Tribunal por senderos de amplia, serena y tolerante ecuanimidad dentro de las duras realidades de la legalidad marxista.

Profesiones de los procesados por los Tribunales Populares de Jaén de septiembre a diciembre de 1936.

                                                        Profesiones Número              Porcentaje

Patronos/Empresarios                                              76                        20,4

Profesionales con estudios universitarios              31                           8,3

Profesionales sin estudios universitarios                8                           2,1

Comerciantes                                                               22                           5,9

Empleados                                                                    38                         10,2

Artesanos                                                                      54                         14,5

Trabajadores manuales cualificados                     23                           6,2

Trabajadores manuales no cualificados               58                          15,5

Fuerzas armadas                                                          7                            1,9

Religiosos                                                                      16                            4,2

Estudiantes                                                                    13                           3,5

Amas de Casa                                                                 7                            1,9

Sin clasificar                                                                  20                            5,4

Total:                                                                            373                        100,0

Fuente: Chamocho Cantudo, M. A.: La justicia del pueblo. Los tribunales populares de Jaén durante la Guerra Civil, Jaén, (2004). IEG. Páginas 250 a 261. (14).

Posiblemente en los primeros momentos y aun algunos meses después, el Gobierno se vio en ocasiones rebasado por el Frente Popular, y este y aquel, a su vez, rebasados por bandas de malhechores, controladas por partidos y organizaciones afectas al Gobierno, pero que obraban con exclusiva independencia sin otro móvil que el del saqueo, la expoliación y el crimen.

Quizá a la autoridad gubernativa le fue imposible o muy difícil en esos instantes dominar de plano la situación, pero no es menos cierto que no se vio, ni se supo que hiciera nada para contener o paliar siquiera el desenfreno. Fueron muchos los atropellos, los desmanes que en Julio y Agosto de 1936 llevaron a cabo individuos más o menos destacados del Socorro Rojo y de otras organizaciones marxistas, sin que el Gobernador Civil, ni el Frente Popular hiciesen otra cosa que permanecer impasibles, cruzados de brazos ante las más indignantes audacias.

Más tarde, cuando el clamor de la población civil, torturada, se hizo más denso y cuando repercutió con escándalo en la opinión pública extranjera el eco del terror con que el dominio rojo iba señalando su paso, el Gobierno, espantado de su propia obra y de la de sus colaboradores, reaccionó hipócritamente, lavándose las manos como Pilatos, protestando de lo que llamaba desbordamiento inconsciente de las masas y declarando con ridícula solemnidad que, dueño ya de la situación, efectuaría las depuraciones precisas para sancionar los desafueros pasados y contener y reprimir los que pudieran cometerse en lo sucesivo. Los actos vandálicos, los crímenes en general, fueron disminuyendo, pero, no como consecuencia de la reacción del Gobierno, sino porque realmente la mortandad y el robo habían dado ya a la revolución su máximo contingente.

Aquellos falsos cantos a la democracia del Gobierno Negrín-Prieto y aquellas ridículas e inocentes declaraciones de Irujo, Ministro entonces de Justicia, que querían dar la sensación de que “la España leal” era el prototipo del orden y de legalidad ciudadana, una nación venturosa, que salvaguardaba los derechos y el respeto más absoluto a la Religión, la Propiedad, la Familia. Por aquellos días precisamente, un Presidente de la Audiencia provincial que había hecho lo suyo y que se decía amigo de Irujo, en un acto de contrición, fue a Valencia a informarle de las monstruosidades que en el orden extralegal se habían desarrollado en Jaén y como consecuencia de esta visita, el Ministro de Justicia nombró Juez especial encargado de practicar las depuraciones oportunas. Este Juez especial, quedó designado, pero no llegó a actuar. No le dejaron ni el Gobernador ni el Frente Popular ni ninguno de los mandones, mandoncillos y mandoncetes que el régimen rojo había venido produciendo para sonrojo e ignominia de Jaén.

Las colectividades socialistas que se extendieron por gran parte de la provincia de Jaén, no fueron el resultado de una acción totalmente espontánea e incontrolada. Por el contrario, habían tenido su antecedente en los arrendamientos colectivos, que las sociedades obreras de la FTTUGT estaban autorizadas a realizar, si encontraban tierras para ello, y que en algunos casos se pusieron en marcha entre 1931 y 1936, ya que los propietarios de fincas apenas ofertaron tierras para efectuarlos.

Tradicionalmente, se había pensado que las colectividades que se crearon durante la Guerra Civil habían sido, exclusivamente, cosa de los anarquistas. Sin embargo, en el caso jiennense fue exactamente lo contrario y los verdaderos protagonistas del proceso colectivizador de una gran parte de la economía rural fueron los socialistas. Ellos crearon las primeras experiencias de puesta en práctica de una economía social en el mundo rural, que tendría su solución de continuidad en las cooperativas olivareras posteriores (15).

El sistema de colectividades se extendió por las zonas republicanas debido al abandono de las tierras por parte de sus propietarios durante el comienzo de la Guerra Civil. De acuerdo con el decreto del 7 de octubre de 1936, el ministro de Agricultura Vicente Uribe incautó más de 75.000 hectáreas entre 1937 y 1939, aunque a finales de 1938 estas entraron en crisis y algunos grupos políticos del PSOE y del PCE propusieron sustituirlas por un sistema de cooperativas, debido a los enfrentamientos entre los campesinos sin tierra y los pequeños propietarios, además de los malos rendimientos que daban.

En el año 1939 se puso punto y final a este sistema por el descenso de la producción y el respectivo abandono de las tierras por parte de sus propietarios ante el temor franquista.

Con la sublevación militar se inició un proceso revolucionario en el que estas representaron uno de los aspectos más destacados. Este proceso se inició durante el comienzo de la guerra, aunque sus antecedentes se remontan a la II República.

Surgió como la evolución a un proceso de lucha de clases en el campo que se venían produciendo años atrás y se creó como una iniciativa revolucionaria de los trabajadores ante la situación de abandono de sus tierras, el vacío legal y el desconcierto que genero el levantamiento militar en la provincia de Jaén.

El proceso de colectivización fue necesario para los campesinos ya que, sin él, no hubieran sido capaces por sus propios medios de trabajar la tierra y mantener sus cosechas. Los verdaderos protagonistas de este proceso en la capital fueron los socialistas que junto con la UGT en julio de 1937 a raíz de la situación que se estaba viviendo intentaron cambiar las viejas estructuras socioeconómicas. Fue una alternativa a los problemas que la población campesina tuvo desde la crisis en el siglo XIX y significaron la culminación de un ciclo tradicional de movimientos sociales. Se aspiró no solo a conseguir una mejora del sistema de producción, sino también, a mejorar el nivel de vida de los colectivistas.

Las colectividades fueron unas auténticas unidades de producción gestionadas como empresas agrícolas con cierto grado de división del trabajo y de racionalización. Formadas por un consejo o una administración e integrados por un cabezalero, un secretario y dos síndicos fueron las responsables de vigilar, administrar y almacenar la producción. Los salarios de los trabajadores eran de tipo familiar. Según su trabajo cada familia recibía de 4 a 6 pesetas, aunque, en ocasiones se pagaba con productos agrícolas y teniendo más en cuenta la necesidad de la familia. En cuanto a su tamaño, estuvieron formadas por 4 fincas, aunque en algunos casos, hubo tan solo de 1. Las fuerzas políticas con mayor relevancia en el movimiento colectivista fueron la UGT y CNT. Durante el año 1936 en la provincia de Jaén, se tuvo constancia de cinco colectivizaciones de la UGT, dos de la CNT–UGT y una de Izquierda Republicana – Unión Republicana. Durante los primeros años de guerra muchos pequeños propietarios se vieron obligados a formar parte de la colectivización ante el miedo de quedarse sin trabajo. Durante el 1937, estos pequeños propietarios abandonaron las colectivizaciones. En este mismo año, se produjeron 17 colectivizaciones de la UGT, 17 de la CNT, 14 colectivizaciones mixtas de la UGT – CNT, 4 del PCE y una del partido de Izquierda Republicana (16).

En Jaén como en otros lugares, el movimiento antirrepublicano se intentó justificar, entre otras razones, por el peligro de que estallase la revolución, y ante el desorden que, desde el triunfo electoral del Frente Popular en febrero de 1936, se había generalizado en las zonas rurales. En la provincia de Jaén hubo 19 huelgas agrarias los seis meses y medio que transcurrieron hasta el 18 de julio de 1936. En contraste con las 101 huelgas agrarias que se produjeron en los años 1930-31, las 305 huelgas agrarias de los años 1932-33, y las 135 huelgas agrarias del año 1934 (17).

Por lo que respecta a las fuerzas militares nacionalistas, en los primeros planes de la sublevación, Gonzalo Queipo de Llano queda encargado de movilizar la 7ª División, sita en Valladolid. Pero el general Andrés Saliquet intercede y mueve a Queipo de Llano hasta la plaza de Sevilla, que contra todo pronóstico se convierte en una de las primeras ciudades en caer del lado nacional.

En Sevilla en julio de 1936, la guarnición estaba compuesta por fuerzas de Infantería, Caballería y Artillería, todas ellas bajo el mando del general José Fernández de Villa-Abrille Calivara. Al conocerse el 18 de julio la noticia de la sublevación de las fuerzas destacadas en el protectorado de Marruecos, dicho general reunió en su despacho a los jefes de cuerpo con el fin de adoptar las medidas al respecto, al tiempo que el comandante de Estado Mayor José Cuesta Monereo trataba de convencerle para que se uniese a los alzados, cosa que no consiguió. Sobre las 2 de la tarde, irrumpe en el despacho el general Gonzalo Queipo de Llano Sierra, hasta aquel momento inspector general de Carabineros, el cual propone al citado Fernández de Villa-Abrille que se sume a la rebelión, respondiéndole éste que no, que está con el Gobierno. Queipo de Llano hace el mismo requerimiento al general Julián López Viota, jefe de la II Brigada de Artillería, el cual también le contesta negativamente. Reacciona Queipo de Llano y a pesar de que no dispone más fuerzas que la propia, ordena que ambos queden detenidos. Asegurado así el control de la división, se lanza a la calle, visitando el cuartel donde se aloja el Regimiento de Infantería, enfrentándose con el coronel de dicha unidad Manuel Allanegui Lusarreta, que tampoco está dispuesto a alzarse contra el Gobierno, el cual es asimismo detenido. Se hace cargo del mando el capitán Carlos Fernández de Córdoba Vicens, el cual proclama el estado de guerra. Son apresados el gobernador civil José María Varela Rendueles y las demás autoridades locales. Así y todo, al llegar la noche del 18 de julio, Queipo de Llano y sus seguidores sólo dominan el centro de la urbe. El resto, que parece una hoguera, pues han sido incendiadas la mayoría de las iglesias, está en manos de la masa ‘leal’ al Gobierno, por los anarquistas de la CNT y de la FAI y por los comunistas. Queipo de Llano ordena, con gran habilidad, la puesta en libertad de los presos políticos, con lo cual ve incrementadas sus menguadas filas. Por otro lado, corta de raíz todo intento de ir a la huelga general, empleando el medio radiofónico, advirtiendo que combatirá con toda energía cualquier intento de paralización, aplicando el castigo que marca la ley con el máximo rigor. Cesada toda resistencia popular, la ciudad quedaba incorporada al bando nacional.

El General Gonzalo Queipo de Llano en Sevilla el 12 de octubre de 1937 en el Paseo de la Palmera.

Nombrado Jefe del Ejército del Sur, Gonzalo Queipo de Llano asumió el gobierno militar y civil. Ascendido a teniente general, con un número reducido de hombres dirigió el golpe e inició una fuerte represión. Se destacó por su uso de la radiodifusión como medio de guerra psicológica, con sus famosas charlas a través de Unión Radio Sevilla. Se impone al jefe de la 2ª División, el general Villa-Abrile, y pese a las pocas fuerzas hábiles en la ciudad, logra la rendición del gobernador y la adhesión del Regimiento de Artillería 3º Ligero.
 La resistencia obrera de barrios como Triana o La Macarena es pronto aplacada con detenciones y fusilamientos.

Jaén fue la excepción a las restantes provincias andaluzas, que sí decidieron sublevarse en respuesta a la llamada realizada por Gonzalo Queipo de Llano desde Sevilla, que declaró inmediatamente el estado de guerra en toda Andalucía.

General republicano José Miaja Menant en El Capricho, en foto dedicada al periódico ABC.

Por parte republicana el mando del ejército en Andalucía lo ostentaba el General José Miaja, que nació el 20 de abril de 1878 en Oviedo. Participó en la guerra de Marruecos desde 1900. En el año 1912 fue ascendido a comandante. En 1932 alcanzó el grado de general.

Cuando comienza la Guerra Civil española en julio de 1936, Miaja estaba destinado en Madrid, al frente de la I Brigada de Infantería. Muchos de sus subordinados estaban implicados en la sublevación nacionalista, y, él mismo, en un primer momento, no adoptó una actitud decidida, aunque posteriormente decidió permanecer leal al gobierno. Es designado ministro de la Guerra en el gabinete de Diego Martínez Barrio, en la madrugada del 18 al 19 de julio de 1936. No aceptó el mismo cargo en el gobierno de José Giral. El 25 de julio de 1936 fue nombrado Jefe de Operaciones del Sur, lo que le convirtió en el jefe militar republicano de la zona Centro-Sur que todavía conservaba la República tras el corte de su territorio en dos, así que partiendo el 28 de julio de Albacete al mando de una fuerza de 5.000 hombres con la que se aproxima a Córdoba, su indecisión le hace perder tiempo dando lugar a la actuación de la aviación de los sublevados y sufre una gran derrota el 5 de agosto (18).

La propaganda fue una de las armas más poderosas del gobierno republicano, y uno de los pocos servicios relativamente bien organizados. Conocían el Gobierno y las organizaciones lo que en aquella se jugaban y, desde un principio, pusieron el mayor empeño en perfeccionarla. No había, como es natural, otra propaganda que la que al régimen interesaba, la que se “fabricaba” en la llamada España leal y la que se importaba de Rusia, en forma de libros, folletos, gacetillas y, sobre todo, en películas de la más pura marca soviética, a la que se hacía un reclamo formidable. Los modos y las modas rusas tomaron carta de naturaleza y la U.R.S.S. fue durante mucho tiempo, hasta los días postreros del fatídico Negrín, el inspirador de las masas, el mito que alimentaba todas las esperanzas y todos los fanatismos.

Órganos principales de propaganda eran la radio y la prensa y actores, desde el primer ministro hasta el último ciudadano.

La radio forzaba su potencia hasta la máxima sonoridad para difundir las soflamas revolucionarias. Los mítines y las asambleas de partido eran muy frecuentes, con nutrida presencia de oradores escogidos que se emulaban en dar las notas más agudas e impresionantes. El tema, por regla general, era cantar las excelencias de la democracia, la potencialidad y eficiencia del ejército republicano, la fe, indestructible en la victoria final.

En Jaén, se publicaban tres periódicos el 18 de Julio de 1936 “Eco de Jaén” que había sucedido al “Pueblo Católico”, “La Mañana” del partido agrario y “Democracia” órgano de los grupos marxistas. Las organizaciones sindicales se apoderaron de los tres periódicos, sin variarles el título, convirtiéndolos en órgano de los nuevos ideales contra la Religión, contra la propiedad y contra la ciudadanía. Eran muchos periódicos para tan pocas plumas. “Eco de Jaén” desapareció pronto y “La Mañana” quedó reducida a un calco de “Democracia”.

Granada 12 de agosto de 2022.

Pedro Galán Galán.

Bibliografía:

(1) Sánchez Tostado, Luis Miguel: La Guerra Civil en Jaén, historia de un horror inolvidable, Jaén, (2006). Edición del autor.

(2) Sánchez Tostado, Luis Miguel: La Guerra Civil en Jaén, historia de un horror inolvidable, Jaén, (2006). Edición del autor.

(3) Garrido González, L.  coord.: Nueva historia contemporánea de la provincia de Jaén (18081950), Jaén, (1995). IEG.

(4) Cobo Romero, F.: La Guerra Civil y la represión franquista en la provincia de Jaén (19361950), Jaén, (1993). IEG.

(5) Sánchez Tostado, Luis Miguel: La Guerra Civil en Jaén, historia de un horror inolvidable, Jaén, (2006). Edición del autor.

(6) Sánchez Tostado, Luis Miguel: La Guerra Civil en Jaén, historia de un horror inolvidable, Jaén, (2006). Edición del autor.

(7) Cobo Romero, F.: La Guerra Civil y la represión franquista en la provincia de Jaén (19361950), Jaén, (1993). IEG.

(8) Cobo Romero, F.: La Guerra Civil y la represión franquista en la provincia de Jaén (19361950), Jaén, (1993). IEG.

(9) Rodrigo Sánchez, Javier (ed.): Retaguardia y cultura de guerra, 1936-1939, Dossier de Ayer, n. 76. (2009).

(10) Cuevas, J.: El bombardeo de Jaén. (2013). Jaén: Asociación para la recuperación de la memoria histórica de Jaén, D.L. Página 37.

(11) Diario “La Libertad”, de 30 de julio de 1936, n.º 5096. Madrid.

(12) Suero Roca, María Teresa: Militares republicanos en la Guerra Civil de España. Ed. Península Ibérica.

(13) Gorrell Jaén de Mckay, Ángel; Toribio, Manuel y otras: Antonio Jaén Morente, Hijo predilecto de Córdoba: biografía ilustrada. Editorial Utopía Libro. Córdoba 2017.

(14) Chamocho Cantudo, M. A.: La justicia del pueblo. Los tribunales populares de Jaén durante la Guerra Civil, Jaén, (2004). IEG. Páginas 250 a 261.

(15) Luis Garrido González: Jaén y la guerra civil (1936-1939), página 211.

(16) Garrido González, Luis: Las Colectividades Agrarias en Andalucía: Jaén.

(17) Garrido González, L.: Riqueza y Tragedia Social: historia de la clase obrera en la provincia de Jaén (18201939), Jaén, (1990). Diputación provincial de Jaén, 2 tomos.

(18) Moreno, Víctor; Ramírez, María E.; de la Oliva, Cristian; Moreno, Estrella y otros: Biografía de José Miaja Menant.

Páginas web consultadas:

https://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/6162/Jose%20Miaja%20Menant

http://desdemicampanario.es/2015/07/06/el-alzamiento-del-18-de-julio-en-las-capitales-espanolas/

https://www.larazon.es/memoria-e-historia/20201222/n6d5lev6fzaljlgaf3jsbzr7aa.html

https://lugardemarmolejo.wixsite.com/marmolejo/la-guerra-civil-en-la-frontera-repu 


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