PROLOGO

Se pretende que sea éste un espacio dedicado a entretener y deleitar (... a través de la fotografía fundamentalmente) ... a dar a conocer (...o traer al recuerdo) ciertos monumentos o espacios situados en el término o cercanías de Lahiguera. ...a llamar la atención por el estado de abandono y deterioro de muchos de ellos, ...y si llegara el caso, a remover la conciencia de todos los que somos "herederos" de tales monumentos y espacios, y que con nuestra aportación ayudásemos a la conservación de los mismos.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Juan Montoro




Juan Montoro




           Juan Montoro González vivía en el número 44 de la calle Real. En esa misma casa regentaba una tienda de las que se rotulaban de ultramarinos; es decir, vendía de todo. Es muy recordado por su carácter bromista, pero de esa broma sana donde la víctima era el primero en celebrarla. Conocida y referida es la de los «garbanzos falangistas», ya recogida en este blog por Pedro Galán, y Rafael Órpez en su pregón de San Juan.



          En los tiempos en que ocurre nuestra historia apenas había alumbrado público: una bombilla, que lucía menos que un candil, aparecía de vez en cuando. Y eso en las principales calles, otras nada de alumbrado tenían. En muchas ocasiones, bastantes, todas las calles se quedaban a oscuras: se iba la luz.





          Había casas, las de los más adinerados, que en su fachada, por encima de la puerta de entrada, ponían una bombilla; era un signo de distinción que no todo el mundo podía costearse. En ocasiones, se encendían estas bombillas particulares, por ejemplo cuando el apagón era total; cómo brilla la casa de fulanito. También se daba la escena romántica de tener la luz encendida para que el dueño de la casa pudiera guiarse cuando volvía, casi siempre de alguna taberna, en la oscura noche. El momento culminante llegaba cuando, por Semana Santa, pasaban las procesiones y se iban encendiendo estas luces. No digamos si el santo se paraba en alguna casa, los dueños brillaban más que su bombilla. Juan Montoro tenía una de estas luces en la puerta de su tienda, pero su objetivo no era otro que el de siempre: bromear y pasarlo bien con todos.





          El buen hombre hizo que le pusieran un interruptor al lado de la cama, para que, acostado, pudiera encender y apagar la luz de la calle. Y así lo hacía. Cuando oía pasos daba la luz para que, quien pasara, pudiera alumbrarse. Quizá también pensando en su negocio, si ayudaba a librarse a alguien de un seguro tropezón y más que un probable cepazo; la persona, agradecida, iría a su tienda; aunque no le hacía falta: siempre la tenía llena de parroquianos.

          Ocurrió que la juventud, aquellos que vivían en la parte alta del pueblo, cuando volvía de la Plaza para recogerse, cada noche por allí pasaba. Tras varias veces en que Juan les alumbró, tomaron la costumbre de, al llegar al cerrillo de Paco Pérez, comenzar a gritar:




          ―¡Qué la encienda! ¡Qué la encienda! ¡Qué la encienda! ― a lo que Juan, amablemente, accedía. Gritos de bien, viva Juan Montoro, risas, palmas; en fin, todo lo que unos muchachos predispuestos a la diversión podían decir y hacer.

          ―¡Qué la apague! ¡Qué la apague! ¡Qué la apague! ―Juan cumplía lo requerido, se apagaba la luz y de nuevo se repetía la algarabía. Y así estaban, pidiendo que encendiera y apagara la luz (Juan los obedecía, se lo pasaba mejor que ellos), hasta llegar a los escalones de la cuesta de la Amargura, hasta el Albarral. También era alegría para los vecinos de la calle, no se molestaban; no éramos, entonces, como ahora somos.

           Pero la historia no termina aquí. Una noche Juan oyó ruidos extraños, a deshora. Se levantó y miró por una rendija del balcón. Frente a su casa vivía Peleas. Unos ladrones querían, por un balcón, entrar a robar. Después se dijo que uno de los criados de la casa estaba compinchado y había dejado el balcón abierto.





           El hecho es que Juan, heroicamente, encendió su luz. Los ladrones se vieron sorprendidos. Tenían un mulo con los cascos vendados con sacos para no hacer ruido. Uno de los ladrones ya estaba puesto de pie sobre lomos y albarda del animal alcanzando los hierros del balcón para trepar. Juan encendía y apagaba la luz, una y otra vez, hasta que los oyó alejarse mascullando maldiciones.

           Así salvó a su vecino de un robo, o algo peor.






Manuel Jiménez Barragán

5 comentarios:

PEDRO GALÁN GALÁN dijo...

Encantador personaje el que traes a nuestras páginas del Blog. Como vecino y de la familia por su esposa Juana, tuve la ocasión de tratarlo en innumerables ocasiones. Ir a la “Tienda de Juan montoso” era abrir una caja de sorpresas, por lo ocurrente que era como persona y el agrado y simpatía que desbordaba en su trato. Siempre salías de la tienda riéndote de alguna ocurrencia, que después recordabas gratísimamente.
Como siendo yo niño no tenía teléfono en su casa, utilizaba el teléfono de mi abuelo José María, y recuerdo que una de las numerosas veces que fui a decirle a su casa que tenía una llamada de teléfono, me dijo: Enseguida voy, pero dile, que mientras llego, se callen todas las niñas de Primera Comunión que hay en la sala. Era que mi abuela Ana tenía un comedor con sillas de estilo, para recibir visitas, que tenían como protección unas fundas blancas, donde había una mesa central y un reloj de pared. Las seis sillas alrededor de la mesa y pegando a la pared, daban ciertamente la idea surrealista de un grupo de comulgantes en actitud silenciosa.
Las tiendas tenían cada una su olor característico. Durante muchos años estuvo ayudado de su hija Isabel, muy agradable al igual que Teresa y Antonio, años después.
¡Gracias por traer a nuestra memoria tan enriquecedor personaje!
Juan Montoro fue una persona muy querida en toda la vecindad y diría que en todo el pueblo.
Cordiales saludos, Manolo.

Kunkache Juan José Mercado G. dijo...

Muy pequeñito estaba yo en los últimos años de existencia de esta tienda; pero lo que no se me olvidará jamás es ese olor tan característico de la misma. Famoso es el chiste del tartajoso que fue a comprar puntas (clavos), y al pedirlos..."deme 100grs de pun...punnn...punnn...", a lo que Juan contestó: "calla ya hombre...que las vas a clavar todas antes de comprarlas". No sé si cierto o ficción, pero no me extrañaría por las reseñas de Juan Montoro. Estupendo artículo, Manuel. Un abrazo.

Lahiguera dijo...

(Primera parte)

Yo conocí también a Juan Montoro y sabía de su permanente buen humor y de lo buena persona que era. Como regente de la tienda me acuerdo poco. Recuerdo más a Antonio Zafra y a su hija despachando en la tienda, que a él. En cambio, lo conocía más por su faceta de "banquero", ya que era corresponsal del Banco de Bilbao y acompañé a mi madre más de una vez y más de dos, a firmar letras de cambio, adeudadas a una tienda de tejidos de Arjona en la cual mi familia se encontraba abocada a ir a comprar las telas para confeccionar la ropa de vestir como las sábanas, las mantas y la ropa de abrigo para toda la familia a aquella tienda; porque la única tienda de tejidos que había en Lahiguera, por entonces, era la de "Molinilla", en la cual no se podía comprar con este tipo de pago. Siempre nos recibía con el buen humor que lo caracterizaba y nunca tuvimos problemas con él. También era conocida por todos los higuereños e higuereñas, su asistencia puntual a todos los entierros, ya fueran los muertos ricos o pobres, y su solidaridad y afecto por los familiares en momentos tan tristes.
Sobre las bromas que le gustaba hacer, yo fui "victima" de una, o de dos, como veremos, que no se me olvidará jamás: Me mandó mi padre a comprar un par de docenas de puntas a su tienda, y como llevaba más de media hora esperando en silencio que me despacharan y su hija estaba de charloteo con una clienta, y viendo desde las trastienda que a su hija le importaba bien poco mi espera, salió de la trastienda y me dijo: ¿Qué quieres crisantillo? a lo que le contesté: un par de docena de puntas que no sean muy grandes ni muy pequeñas. Entonces, poniendo cara de sorprendido, y dando a entender que había oído PUTAS exlamó: "¡Por Dios niño, aquí no tenemos sitio para alojar a tantas mujeres. Además tampoco tenemos tanto papel para envolverlas". Intenté aclararle lo que quería realmente, pero su hija, que pese a la animada conversación que seguía manteniendo con la clienta, se percató del asunto, se me anticipó y le dijo con voz potente y separando las dos sílabas a su padre: "PUN-TAS, CLA-VOS, papá. Que estás más sordo que una tapia". "Ay, perdón - se disculpó con una amplia sonrisa en sus labios y guiñándole un ojo a la hija- Te había entendido otra cosa". Yo nervioso perdido y avergonzado, no sabía si salir corriendo o disimular el bochorno, optando finalmente por lo segundo. Entonces, Juan, no contento con la bromita que me acababa de gastar, me dijo: "Vamos a ver, crisantillo: ¿cómo las quieres de largas o de cortas las puntas? Entonces yo con el dedo índice de la mano derecha sobre el otro dedo homólogo de la mano izquierda, le indiqué la longitud aproximada que deberían tener las puntas, según me había indicado mi padre utilizando el mismo procedimiento.

(continúa en el comentario número 2)

Lahiguera dijo...


(Segunda parte)

Juan entonces, ni corto ni perezoso cogió el cuchillo de cortar jamón, que debería tener una longitud de casi cuarenta centímetros, y acercándose a mí me dijo: "Pon el dedo sobre el mostrador e indícame por donde lo tengo que cortar, porque si no, no hay forma de saber lo grandes que deben ser las puntas". Con el cuchillo en la mano apoyado sobre el mostrador, esperaba que yo pusiera el dedo para "completar la faena", pero viendo mi reticencia y mi desconfianza a que me "cortara el dedo", soltó el cuchillo y me dijo: "Ya veo que no quieres perder el dedo. Entonces tienes que volver a tu casa y decirle a tu padre que te diga, en centímetros, la largura de las puntas y vuelves; entonces, yo te vendo todas las que quieras". No dejé que acabara de decírmelo cuando sin decir ni siquiera "hasta ahora", salí como alma que lleva el diablo y al llegar a mi casa sofocado y sudoroso, mi padre me preguntó por las putas puntas, además de por qué estaba tan sofocado y le conté lo sucedido. Mi padre que conocía a Juan muy bien, no pudo más que reírse a carcajadas y exclamar: "Pero tontoleche, ¿no te has dado cuenta que todo ha sido una broma?" A pesar de la tranquilidad que supusieron las palabras de mi padre, le dije que yo no volvía a aquella tienda a por las puntas, ni a por ninguna otra cosa, aunque me lo ordenara Franco, que ya es decir. No porque pensara que intentaría de nuevo cortarme aquel hombre cualquier otro miembro de mi cuerpo, sino porque estaba seguro de que me volvería a gastar cualquier otra broma, que siendo yo por entonces tan tímido y temeroso de todo, no estaba dispuesto a pasar otro bochorno como el que acababa de sufrir. Yo por entonces debería tener unos once o doce años. Un par o tres años después, cuando empecé a trabajar con mi padre de ayudante en todo lo que le salía y maduré un poco, fui muchas veces a la tienda a comprar pintura, pinceles, brochas y también herramientas de albañilería, y siempre que lo encontraba detrás del mostrador, me decía: "Cómo las quieres de largas? y ambos nos reíamos a carcajada limpia.

Para terminar mi agradecimiento infinito a Manuel y a todos los colaboradores del blog (los dos "Juanjos", Pedro, Manuel) por acercarnos a ese pasado lejano, y no tan lejano, de nuestro pueblo, que de no ser por ellos, muchos higuereños se quedarían sin conocer.
Espero que tanto el anterior comentario como esté hayan llegado a su destino, que de momento no tengo constancia. Saludos y un abrazo a todos los lectores del blog.

Andrés Teruel

Manuel Jiménez Barragán dijo...

Gracias a los tres, Pedro, Juanjo, Andrés, por vuestros comentarios y aportaciones. Hay algo que quiero resaltar: esta mañana me lo ha comentado mi compañero Javi, bisnieto de Juan Montoro, también otros paisanos.

Juan fue una persona muy solidaria, en aquellos terribles años ayudó mucho, quitando hambre. Siempre fio, al que no tenía, en su tienda; sin preocuparse por el dinero si no se lo devolverían.

Es un dato que no conocía, y que más agiganta su persona.