LOS
PANES, LAS LEGUMBRES, LA CARNE Y EL PESCADO QUE CONSUMIERON NUESTROS
ANTEPASADOS EN LAHIGUERA.
En
este artículo vamos a considerar cómo era la vida cotidiana en nuestra villa en
los siglos XV y XVI. No disponemos de datos de fuentes
escritas sobre el devenir de la vida de nuestros paisanos es estos siglos en
los que dependíamos de la Orden de Calatrava, tiempo en el que se construyó el
templo medieval, hoy denominado de Nuestro Padre Jesús de la Capilla.
Lo
haremos conociendo toda la serie de los productos alimenticios consumidos por
las gentes de nuestra villa, y por los pueblos de nuestro entorno y en general
de la provincia de Jaén en la Edad Media, que en realidad, (variando a partir
de las condiciones climáticas y ambientales del medio físico donde estuviera
ubicada la población), eran muy parecidas en las demás poblaciones de nuestra
provincia, y también eran muy parecidos a los productos alimenticios que se
continuaron consumiendo hasta los años de la década de 1950, de la primera
mitad del siglo XX en la amplia mayoría de los poblaciones provinciales,
diferenciándose tan sólo en el modo de preparar los alimentos para la mesa y en
la forma dada a muchos de ellos en su preparación culinaria.
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Torre del templo calatravo de Lahiguera del año 1959. Foto de José Cordones Cobo.
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| Panorámica parcial de Lahiguera. Foto de José Cordones Cobo tomada desde el entorno de las piscina municipal. |
Dice
Le Goff, que “la sociedad medieval puede ser definida como un universo donde
reina el hambre” (1).
Los
textos que hablan de situaciones de pobreza hacen referencias inmediatas a la
comida. Pan negro, comida de pobres, frente a pan blanco, comida de ricos.
Panizo, alimento de los pobres en épocas de escasez, frente al trigo candeal de
las mesas acomodadas. Sardinas para los pobres, frente a pescado blanco para
los ricos. Vino aguado para pobres, exquisitos vinos torronteses (de Martos) para
mesas de poderosos. Carnes de ternera, cordero y cabrito para personas notables,
vísceras y carnes de peor calidad para pobres. Pero estos parámetros no eran
únicamente para aquellos pobres que no son mendigos o aún no han caído en la
más absoluta precariedad. Estos últimos viven absolutamente de la caridad de
los vecinos y en épocas extremas, alimentándose con raíces del campo, mientras
sus vidas se iban apagando.
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Panoramica nocturna de Lahiguera. Foto de José Cordones Cobo.
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Se
calcula que mucho más del 50% de los habitantes de nuestras villas estaba marcado
por una vida de pobreza en estos siglos. Veamos por ejemplo la diferencia entre
comida de ricos y comida de pobres (2) :
El
Condestable Iranzo y las clases poderosas necesitaban, al igual que los
canónigos de Jaén, que un barbero les practicara sangrías, cada cierto tiempo,
porque sus comidas abundantes y nutritivas aumentaban la presión arterial, ya
que respondían a un patrón similar a éste:
"Todos
los quales fueron abastados de muchas gallinas e pollos e palominos e cabritos
e corderos e carneros e terneros e caçuelas e pasteles de diversas maneras e de
muchos huevos cocidos e quesos frescos e muy finos vinos torronteses e
tintos".
Los
miembros de las capas populares comían pan, cuando lo había, en abundancia, 1'500
kilogramos por persona y día, con los “torreznos”, tocino, carne de vaca, (en
reducidísima cantidad), y vino barato.
Carne
de cerdo, de la que debían estar cansados, pues al decir de la Lozana: “...
diría peor de ellas que de carne de puerco”, y hortalizas en forma de menestra,
algunas de ellas tratadas despectivamente: “más dejativa que menestra de
calabaza”.
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Condestable Miguel Lucas de Iranzo, canciller mayor de la Corona de Castilla, Alcaide de Alcalá la Real, Andújar y Jaén. Corregidor de Úbeda y Baeza. Estuvo al servicio del rey castellano Enrique IV.
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En
momentos de escasez, muy frecuentes y prolongados, aparecía el fantasma del hambre.
Tras el cerco de Jaén por el maestre de Calatrava, en 1465, dice en su carta el
Condestable Iranzo al papa Sixto IV:
“Siguió
después desto un año, de tanta fambre que pensé que se acabara quasi de
despoblar la cibdad...”. Al cerco siguió un año de duras hambres (3).
Gran
parte de la población se debía contentar con sólo pan; como decía la Lozana:
haces muchos servicios y no tomas “sino pan para comer”, en el mejor de los
casos, o como las nodrizas de niños expósitos de Jaén, a finales del siglo
XVIII: “son pobrísimas que nunca se satisfacen de pan”.
Una
alimentación escasa, en definitiva, entre las amplias capas populares que
constituían un volumen mayoritario de la población, especialmente en épocas
difíciles de sequía, como la de 1474, durante la cual, según Escavias, alcaide
de Andújar, en su Repertorio de Príncipes, “muchas personas miserables se
mantenían y pasavan con cardos y otras raíces del campo”.
El
tópico, por tanto, de las pantagruélicas comidas y cenas del medievo, no
cuadra, sino con las habituales comidas de los poderosos nobles y canónigos.
Los pequeños y medianos labradores y artesanos y otras capas inferiores, de
forma más notable, se tenían que conformar con una frugal comida, donde las
sopas estaban siempre presentes y, en muchos momentos, la carestía de comida, y
ropa eran la tónica dominante.
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Escena de banquete en una miniatura de La verdadera historia de Alejandro Magno. Principio del siglo XV.
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Las
legumbres debieron ser, sin duda, aparte del pan cuando los hubo, el plato
fuerte de las mesas de los pobres. Garbanzos, lentejas, habas, yeros y otras
semillas, en general, fueron los manjares más frecuentes en el puchero de los
pobres.
Respecto
a los vestidos, eran tejidos vastos, harapientos, a la desnudez acompañaba el
hambre: “El hombre empobrecido, trae capa muy cativa, cuando habe la camisa non
puede haber la saya; desfayéscele la calça, trae rotas las çapatas, por pecados
non ha bragas que pueda cobrir la nazga” (4).
(El
“Libro de miseria de omne” es un texto de autor desconocido, escrito
probablemente en los primeros años del
siglo XIV o quizá muy a finales del siglo XIII. El anónimo autor predica para
las gentes de la época, y en su obra se
hacen permeables los conflictos y preocupaciones que con más fuerza laten en su momento: la crítica del
amor desmedido por el dinero y la denuncia de las condiciones de vida de los más desfavorecidos
y de los abusos de los señores contra los
campesinos. Sin embargo, los contenidos políticos o sociales, así como
los “exempla” que intercala, han de
entenderse como mero marco narrativo y en un contexto exclusivamente literario.
Estamos
ante un predicador que busca atraer a su auditorio al fondo de su mensaje,
haciéndole ver su condición mísera y degradada para llevarlo hasta su verdadero
objetivo: la búsqueda de la penitencia y
la huida de la soberbia y de la avaricia. El códice se guarda en la Biblioteca
Menéndez Pelayo de Santander.
Este
era el aspecto de la mujer pobre: “la mujer empobrecida trae mesquino tocado,
haber rota la camisa e paréscele el costado, muchas son tan malastrugas e tan
mesquino fado que no tienen con que cubran el vergonçoso forado”.
Comenzaremos
por decir que el alimento fundamental, básico para la alimentación del hombre
del medievo era el pan, es decir, los cereales, “los panes”, como los
denominaban los hombres del siglo XV, en sus diferentes versiones de “pan por
mitad trigo y cebada”, de centeno, escaña, panizo y, a veces, de avena. En
general, eran panes hechos con harina de un solo cereal; pero a menudo, dadas
las necesidades y carencias de la época, mezcladas las harinas de otros
cereales…, otros cereales que en tiempo de buena cosecha sólo eran consumidos
por los animales domésticos. El pan de trigo, casi siempre, salvo en mesas
ricas y exquisitas o con motivo de una fiesta importante, se confeccionaba con
harina integral. El pan era el manjar imprescindible de todos y de cada una de
las comidas que se hacían al cabo del día.
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| Pan medieval negro. |
Las
carnes eran otro alimento básico de las tierras jiennenses. Las carnes de
ganado vacuno, ovino, cabrío, cerda (especialmente, tocinos y cecina) , eran
consumidos en cantidades no despreciables, sin que faltara junto a ellos, y no
en pequeñas proporciones, la carne proporcionada por la caza mayor (ciervos,
jabalíes, cabra montés) o la caza menor (conejos, liebres, perdices, tórtolas,
zorzales y otras aves).
En
Cuaresma, durante todos los viernes del año y en otras fiestas reglamentadas
por la Iglesia (un total de unos 150 días al año), la gente estaba obligada a
consumir pescado, que además y sin que estuviese preceptuado se consumía,
asimismo, en otras épocas del año, tanto invernales como veraniegas. Se trataba
de pescados de mar, procedente de Sevilla, especialmente en los tiempos de
guerra con el reino Nazarí de Granada, o pescados de las costas granadinas,
durante los prolongados períodos de paz entre castellanos y nazaríes, sobre los
que se cobraba (por los nazaríes del reino de Granada) a los castellanos el
derecho del Tigual (una tasa de origen nazarí impuesta a la venta del pescado
conocida como tigual) (Archivo Municipal de Alcalá la Real: Libro Primero de
las Ejecutorias y Privilegios de Alcalá, folios. 626 y 629v.)
Del
mar procedían numerosas clases de pescados frescos: atún, corvinas, anguilas,
sábalos, tollos, pescada, cazón, pulpo y, sobre todo, sardinas. También se
consumían pescados secos, que era el llamado “pescado cecial”, especialmente el
pulpo, que remojado se consumía igualmente en las mejores mesas.
También
fueron muy consumidos los pescados de río, entre los que se establecían
distinciones cualitativas según se tratase del Guadalquivir, del río
Guadalbullón o de algún otro río de la zona como el Salado y Salaillo.
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Alimentos de las despensas de los poderosos en la Edad Media.
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Recuerdo
como hace años un amigo me comentaba que había encontrado un anzuelo bastante
bien conservado en las inmediaciones del Salado y Salaillo en nuestro término
municipal, algo que hoy parece impensable…, eran unas las condiciones
pluviométricas y ambientales, radicalmente diferentes.
Después
de publicado este artículo me comenta mi amigo Manolito Agudo Gavilán, fiel lector
de todo lo publicado, ... que peces como carpas y bogas se mantuvieron en el rio
Salado hasta tiempos bastante recientes, dice que él en su adolescencia había
pescado en el Salado, y que la gente del pueblo cuando había riadas fuertes, y
el río se salía de caja acudía a coger los peces que habían quedado varados en
tierra sin poder volver al cauce. Me afirmó que él había comido pescado del
Salado, y que era algo habitual, que muchos vecinos de Lahiguera estaban
pendientes en las primeras riadas del otoño para ir a recoger los peces que
quedaron aislados sin poder volver al curso del rio, dándose el caso de ver a
veces carpas de más de un kilo de peso. Porque me parece una aportación
interesante lo incluyo ahora.
En
estos siglos los pescados más demandados y comercializados fueron las truchas y
los albures.
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Albur o lisa.
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También
eran muy consumidos la leche y sus derivados, tanto el queso, como la
mantequilla, aunque en moderadas cantidades.
Las
legumbres secas o frescas constituyeron el más importante aporte proteínico
para las capas más populares del antiguo reino de Jaén, que en forma de potajes
o sopas consumían con relativa frecuencia, garbanzos, habas, lentejas, yeros y
otros tipos de semillas.
Contrariamente
a lo que la mayoría de nuestros paisanos podían pensar, aunque suponemos que
alguna vez faltó la producción de aceite en nuestra villa para el consumo local,
ya que ésta fue bastante más modesta de lo que puedan hacernos pensar hoy las
grandes extensiones de olivar, que ocupan la mayor parte del suelo de nuestro
término y el de la provincia, a excepción de las zonas muy montañosas de
sierras muy rocosas. Lo que hoy podemos considerar como el olivar de Europa,
contó en la Edad Media con un policultivo propio de una economía de
subsistencia y nada más que eso; en la que el olivar no era más que otro
producto a consumir, llegándose a situaciones en que determinadas ciudades y
pueblos grandes de la zona fueron deficitarios en la producción de aceite,
debiendo importarlo sus arrieros de la rica comarca aceitera sevillana, del
Aljarafe y Ribera, zonas que por aquellos tiempos eran los máximos productores
del hoy nuestro “oro líquido”.
También
puede sorprendernos, hoy por su escasez de viñedos que los vinos jiennenses
eran abundantes y de variadas clases, y tan buenos o mejores que los de
Montilla y Moriles que hoy conocemos.
Las
hortalizas del Alto Guadalquivir, sobre todo las de Jaén y Bedmar, fueron
célebres no sólo en las respectivas comarcas circundantes, sino en otras
tierras como La Mancha, lo que no obstaculizó el buen abastecimiento de las
poblaciones de origen por parte de los hortelanos, que llevaban a ellas los
excedentes de producción de sus huertas, con cantidades apreciables de
cebollas, ajos, coles y lechugas, a las que muy a menudo acompañaban una gran
variedad de hortalizas silvestres: alcachofas, alcaciles, cardos, espárragos,
alcaparras, berenjenas, espinacas, acelgas, escarolas, etc.
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Productos de la despensa del rico en la Edad Media.
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Las
frutas tanto las frescas como las secas, propias de la tierra, no faltaron nunca
en las mejores mesas y recepciones, donde se pudieron ofrecer desde el dulce
melón y la jugosa sandía, pasando por las uvas, higos, guindas, cerezas,
duraznos, melocotones, ciruelas, peras, manzanas, albaricoques, albérchigos,
granadas, limones, naranjas, etc., y frutos secos, entre los que no faltaron
las almendras, bellotas, castañas, higos y avellanas.
La
miel de abeja se produjo en grandes cantidades, tanto en los abundantes
matorrales de Sierra Morena y Sierra Magina, como en los abundantes cortijos de
la Campiña, dotados de numerosas colmenas.
Las
especias eran unos productos muy demandados y consumidos por los vecinos de
nuestros pueblos de estos siglos, que los utilizaban tanto para aderezar y
condimentar los alimentos en fresco, como para simular el sabor de algunas
carnes ya casi pasadas por las dificultades de mantenimiento en muchas
ocasiones. Las especias siempre
estuvieron disponibles en los pequeños establecimientos de cada una de nuestras
poblaciones.
La
sal, muy abundante en las numerosas salinas jiennenses también era muy
utilizada para mantener las carnes de la matanza. También se utilizaban
abundantemente los ajos, el azafrán, ajonjolí, cominos, matalahúva, alcaravea,
culantro y plantas aromáticas del monte como la alhucema.
El
aguador con su asno o acémila cargado con sus cántaros y pregonando el agua por
las calles de las poblaciones de cierta entidad poblacional, fue una figura
familiar en las calles y plazas de la ciudad de Jaén, y en otras ciudades más
pequeñas de nuestra provincia, pese a la riqueza de manantiales que nacían
dentro mismo de algunas de estas poblaciones, como consecuencia de su primera
ubicación como pueblo cerca de la fuente o manantial de agua bebible.
El
leñador y el carbonero, eran dos imágenes familiares en las calles de nuestras
villas en el medievo, por la importancia de esas profesiones se encuentran
reglamentadas en ordenanzas y actas capitulares de la ciudad de Jaén y de otras
poblaciones de la provincia, no sólo por lo que respecta al cuidado del monte y
señalización de espacios donde se podía cortar leña y hacer carbón y picón,
sino en los precios a que podían vender las cargas o partes de su mercancía, de
ineludible necesidad no sólo para la calefacción, sino para la preparación de
los alimentos.
A
parte de los productos autóctonos de la tierra, los vecinos de las poblaciones
jiennenses consumieron otros numerosos artículos proporcionados por el
comercio, tal como nos muestran y transmiten diferentes aranceles y aduanas de
pago de impuestos en los diferentes caminos de paso o puertos de montaña del
antiguo reino de Jaén.
Por
ejemplo, el arancel de Bailén, punto de control de una concurrida y obligada
encrucijada nos habla, entre otros, de mercancías con probable destino a la
iluminación, como las periódicas cargas de sebo o unto.
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Unto que todavía se utiliza en Galicia para la caldeirada.
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Los
moros de Cambil regalaron a Enrique IV, pan, miel, quesos, pasas, almendras,
los mismos productos que semanalmente, en épocas de paz, llevaban a vender a
Pegalajar, a los que, aparte del el intercambio de productos entre las gentes
llanas, añadían el pescado, especialmente sardinas, (muy demandadas en estos
siglos por el pueblo llano); como también lo fueron el azúcar, alfeñique y
ganado. Idénticas transacciones a las realizadas, sin duda, con mayor volumen,
se daban en el Puerto de Alcalá la Real, paso de todo tipo de productos entre
nazaríes y castellanos.
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Alfeñiques, especie de caramelos hechos con azucar de caña.
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Los
intercambios de productos alimenticios entre unas y otras poblaciones del Alto
Guadalquivir fueron frecuentes y los productos muy variados. Desde la ciudad de
Jaén se exportaban a Baeza tocinos, vino, hortalizas, quesos, pescado
(especialmente sardina), vacas, bueyes, carneros, ovejas, ganado cabrío,
porcino y cargas de fruta verde y seca, así como aceite.
Estos
mismos productos eran también exportados desde Baeza a Jaén (Archivo Municipal
de Jaén: Actas Capitulares de 1480, folios 65,
66 y 86).
Son,
en definitiva, los productos que habitualmente se vendían en las tiendas o
casas de particulares en la ciudad de Jaén y en nuestros pueblos, que según la
relación que de ellos nos ofrecen las cuentas de alcabalas de 1478 (5),
estaban compuestos por los siguientes productos: pan, vino, carne, pescado,
fruta, hortaliza, aceite, leña, leche y queso, miel y especiería. La
manufactura o comercialización de los productos dieron lugar a numerosos
oficios empleados en dichas funciones, tales como molineros de aceite,
molineros de pan, horneras y horneros, naranjeros, pescaderas, carniceros,
menuderos, taberneros, mesoneros, bodegoneros, especieros, confiteros, etc.
(Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén, folios 144r. y v).
Por
el análisis de la difusión de estos productos e intensidad del uso de cada uno
de los productos alimenticios nos permite vislumbrar la importancia dada a cada
uno de ellos en el sistema alimenticio jiennense a lo largo del siglo XV:
El
pan (de trigo, cebada, centeno, escaña y panizo) fue el alimento básico de la
población medieval, de tal modo que su necesidad le convierte en barómetro
fundamental de la situación económica general en cada una de las poblaciones de
nuestra provincia.
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Pan de centeno, hoy tan habitual en panaderías y supermercados.
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| Pan de panizo, hecho con maiz. |
La
producción cerealista mostró una clara tendencia alcista en los últimos años
del siglo XV y durante todo el siglo XVI. El Reino de Jaén producía trigo
suficiente, tanto para el consumo interior, como para desarrollar una cierta
exportación con el excedente de los consumos locales (6).
Para
ilustrar nuestro intento nos basta con cotejar la producción de “pan, trigo y
cebada” de tres parroquias de Jaén, en el año 1495 (7),
que pueden ser prototipo de las restantes parroquias en muchas de otras
ciudades grandes y pequeñas de nuestra provincia, cuyas cantidades contrastadas
o repartidas entre el número de habitantes que tienen estas parroquias en el
año 1500 (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1500), nos puede ofrecer
posibilidades de análisis y producción, que nos permitirán una estimación del
consumo aproximado de estos cereales por habitante y año:
Parroquia Producción en Kilogramos Habitantes
San
Juan.................................... 454.432 2.060
La
Magdalena............................654.720 2.044
San
Bartolomé...........................190.300 540
La
distribución de la producción de cada una de las parroquias entre los
habitantes que tienen nos dan las siguientes cantidades de consumo de pan (de
trigo y cebada) compuesto por harina integral, no refinada, por habitante y
año:
San
Juan: 220 kilogramos por
habitante y año.
La
Magdalena: 320 kilogramos por
habitante y año.
San
Bartolomé: 333 kilogramos por
habitante y año.
Como
vemos son unas cantidades susceptibles de proveer con bastante desahogo a la
población, aunque con harina de mediocre calidad. La falta de coordinación, no
obstante, entre consumo interior y exportación, debido al uso inmoderado de las
exportaciones de los excedentes de consumo, dio lugar, con frecuencia, a que
las tierras jiennenses fuesen granero para otras tierras de provincias
limítrofes con carencias, a costa de la estrechez alimenticia de su propia
población, con limitaciones importantes en el consumo especialmente en años de
carestía producida fundamentalmente por las frecuentes alteraciones climáticas
(por sequias o exceso de humedad), que durante ciclos de años alternos reducían
notablemente las cosechas, dado el caprichoso clima andaluz. Si además de todo
lo dicho, le añadimos que la parte de cereal destinada al comercio era siempre
equivalente a un tercio de la producción, nos haremos conscientes de las
relativas cantidades de cereales que quedaban para abastecer a las diferentes
poblaciones (8).
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Templo de la parroquia de San Juan de Jaén.
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Templo de la parroquia de La Magdalena de Jaén.
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Templo de la parroquia de San Bartolomé de Jaén.
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Pero
el comercio era necesario para los labradores productores de cereales, a fin de
que los labradores pudiesen conseguir dinero con que hacer frente a sus labores
y haciendas, más el pago del diezmo eclesiástico y otras rentas e impuestos,
con lo que se concluía que la cantidad de trigo disponible para el autoconsumo
quedaba reducida a un tercio de la cosecha conseguida, aproximadamente, lo que
nos quiere indicar, que las carencias de alimentos básicos entre los sectores
de las poblaciones menos favorecidas, eran prácticamente endémicas, o sea, que
eran situaciones que se presentaban en una población o en un grupo de
poblaciones dentro del área geográfica de nuestra provincia casi habitualmente.
El
pan, el más común de los alimentos, no era igual para todos, ni en cantidad ni
en calidad. El pan blanco era propio de la mesa de los ricos o de fiestas de
especial relieve. No en vano se empeña el autor de los Hechos del Condestable
en resaltar en la descripción de sus banquetes y festines la presencia de
grandes canastas de pan blanco, puestas en los aparadores.
El
pan que consumían las capas populares de la población era el pan de harina
integral de trigo, pero que en la mayor parte de las veces y a la menor
carestía productiva se convertía en pan elaborado con harina de trigo y cebada,
en proporciones similares de mitad por mitad. Durante los años de notable
escasez, que solían ser bastante frecuentes y numerosos, por desgracia, el pan
de cebada se convertía en uno de los alimentos fundamentales, al que
necesariamente debían recurrir las personas pobres como base de su
alimentación, que dicho sea de paso componían casi la mitad de la población de
los diferentes núcleos de población provinciales. Las características de este
pan básico eran tan poco agradables, que su uso ordinario en los monasterios
era utilizado a modo de disciplina como castigo para los monjes que habían
cometido alguna falta. En muchos lugares constituía el recurso habitual de las
gentes del campo, aunque al decir de algunos, tenía la cualidad de mantener a
“las mujeres más bellas y más frescas”, siguiendo el viejo dicho de que el que
no se convence es porque no quiere (9).
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Plantación de panizo.
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Un
tipo de cereal poco apreciado en la época, pero de elevados rendimientos,
debido a su carácter de cultivo de regadío, fue el panizo. Era éste el cereal
al que debían recurrir los pobres en épocas apretadas. Así nos lo transmite uno
de los testigos de un pleito celebrado en el año 1426 en Jaén (Archivo Catedral
de Jaén, Gaveta 22 y 23, núm. 32).
“...dijo
que de treinta y cinco o quarenta años, que se acuerda y save, el dicho lugar
Albendín y sus términos vido senbrar en las tierras y término del dicho lugar
Albendín y cojer a muchos labradores, en cada un año de los sobredichos, mucho
trigo y zevada y zenteno y garbanzos y fabas y otras semillas, y los panizos en
los tienpos apretados, y que los ha visto y be cojer a los labradores que ende
las sienbran y otras personas, y que es buena canpiña y buenas tierras de pan
levar”.
El
panizo, era cultivado en los distintos rincones del Alto Guadalquivir (10), y fue, sin duda, el pan de los tiempos
difíciles o de los necesitados, en circunstancias normales de sus vidas. La
opinión que considera a este cereal como el último recurso en tiempos de
necesidad debió ser constante durante toda la Baja Edad Media en el antiguo
Reino de Jaén, pues un siglo después inciden en dicho sentido las declaraciones
del concejo de Jaén cuando la amenaza del hambre se estaba cerniendo sobre la
población, tras la completa ausencia de cosecha, en 1520, cuando las
previsiones estimadas, en torno a 1521, eran de que en este año se mantendría
la pertinaz sequía con sus ineludibles secuelas de carestía y hambre, ya que el
precio de la fanega de trigo rondaba los 375 maravedíes, cuando en períodos de
ciclos cerealistas normales su precio ordinario oscilaba entre los 40 y 50
maravedíes (11).
Lanzado
el concejo por la amenaza de un año agrícola sin precipitaciones, a la búsqueda
de tierras con posibilidad de irrigación y tras haber conseguido reunir,
después de duros esfuerzos, 155 fanegas de tierra de regadío con las que
intentar paliar la necesidad de los vecinos más indigentes, se llegó al
inevitable sorteo de una fanega de tierra por vecino, donde se pudiese sembrar
un celemín de panizo. Las súplicas angustiadas de quienes presentían que la
exigua superficie de tierra, a distribuir entre tantos vecinos necesitados, no
les iba a permitir participar en el sorteo, arrancó de las autoridades,
agobiadas por el peso de la impotencia, la desesperada frase que en dicho
contexto evidencia, por sí misma, la gran importancia y valor que las tierras
cerealistas irrigadas tenían para aquella población, siempre al borde de la
incertidumbre productiva y con una personalidad histórica fraguada en una
sociedad injusta, con unas tierras mal distribuidas, que obligaba a los
desheredados a estar armados de una interminable paciencia: “y los otros que
ayan paçiençia, pues no ay tierra para todos” (Archivo Municipal de Jaén: Actas
Capitulares de 1521).
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Campos de trigo al atardecer.
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El
trigo, del que Jaén era gran productor y del que los campesinos acomodados
tenían acopio más que suficiente para sus necesidades alimentarias (12),
era vendido a las panaderas y o tras gentes privadas en el Mesón o en la
Alhóndiga de la ciudad de Jaén (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén,
folios 118v. y 119r).
Sus
precios experimentaron notables oscilaciones según las fluctuaciones del clima
y las licencias de exportación otorgadas por los monarcas o por los mismos
cabildos municipales, dándose situaciones en que algunos años como en 1488
podía bajar hasta 30 maravedíes la fanega, mientras que en los años de intensa
carestía de 1502, 1504 y 1506, que pueden ser considerados como trágicos, subió
a 800 y 1.000 maravedíes la fanega de trigo en algunas poblaciones (13).
En
Santisteban del Puerto se compraba el trigo, en 1504 y 1505, a 600 maravedíes
la fanega (Archivo Parroquial de Santisteban del Puerto: Cuentas de Fábrica.
Libro 1. °, fol. 17v.)
Sin
embargo, en años de normal producción, tales como 1508, 1509 y 1510, la fanega
de trigo llegó a mantener los precios estables de 40 maravedíes y la de cebada
osciló en torno a los 30 maravedíes (Archivo Parroquial de Santisteban del
Puerto: Cuentas de Fábrica. Libro 1. °,
folio 23v.)
El
alcance real de estos precios sólo podremos vislumbrarlo si tenemos presente
que el salario de un peón solía oscilar, en dichos años, entre 20 y 25
maravedíes (14),
es decir, el dinero suficiente para poder adquirir 1’400 kilogramos de trigo,
al precio de 600 maravedíes la fanega.
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Don Pedro Girón, Maestre de la Orden de Calatrava.
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A
estas circunstancias deben añadirse las épocas de guerras entre castellanos y
nazaríes, muy frecuentes, de otra parte, que abocaban a situaciones extremas,
análogas a las que produjo el cerco de la ciudad de Jaén y del condestable
Miguel Lucas por el maestre de Calatrava don Pedro Girón, situación en la que
cercada la ciudad y talados sus panes, en 1465, junto con los años de escasez
productiva que siguieron, crearon las condiciones idóneas para que la fanega de
trigo valiese a enrique, es decir, 350 maravedíes, y la de cebada a 150
maravedíes. (15).
La
moneda llamada “el enrique” de Enrique
IV de Castilla labrado en Toledo, de menos ley que el primitivo llamado Viejo,
equivalió a 350 maravedíes (16)
La
indigencia producida no permitió que las quejas de ambos bandos quedasen
silenciadas. Mientras, el maestre de Calatrava don Pedro Girón, se lamentaba
del control de los molinos harineros y aceñas por parte del condestable Miguel
Lucas de Iranzo: “En tal manera que llegó a valer una fanega de fariña en los
lugares de la dicha orden (Calatrava) siento e veinte maravedíes e más,
valiendo la fanega de trigo a veynte maravedíes (17).
Con
esta afirmación de la cita anterior, podemos confirmar que en nuestra villa
cerca de Arjona o de Andújar la fanega de harina en los lugares de la orden de
Calatrava era de 20 o más de veinte maravedíes, valiendo para los agricultores
la fanega de trigo a veinte maravedíes, toda una muestra de la pobre situación
de los labradores de nuestra villa, obligados a vender a los precios
establecidos desde la Orden de Calatrava, otro de los variados perjuicios
sufridos por nuestra villa en estos tiempos, bajo la batuta poderosa de la
orden de Calatrava desde 1434.
El
condestable, por su parte, se quejaba de las perniciosas consecuencias del
cerco de la ciudad de Jaén por el maestre de Calatrava don Pedro Girón,
circunstancia que le obligó a recurrir a realizar registros de trigo en casas
de clérigos, mercaderes y labradores ricos en busca de reservas de trigo, y
pese al lenguaje ampuloso y triunfalista de la crónica que dice, “fallóse
tanto, que nunca faltó ni subió de quarenta maravedíes la fanega”, una
situación en la que sólo se pudieron moler diariamente en Jaén, para toda la
población de unos 15.000 habitantes, unas 68 fanegas de trigo (18), lo que equivale a 190 gramos de harina
integral por habitante y día; desde luego no para nadar en la abundancia como
parece querer indicar el autor de los Hechos del Condestable don Miguel Lucas
de Iranzo.
Ello
explica que en épocas de cierta normalidad sociopolítica las gentes
acostumbrasen a hacer en el campo “moragas de trigo, cebada, garbanzos o yeros”
(Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén), que de alguna manera vendría a
paliar aunque no a completar las necesidades alimenticias de los habitantes.
Las moragas eran reuniones de vecinos con asado de alimentos al fuego hechos al
aire libre, generalmente de frutas secas o pescado. Aunque en realidad lo
harían con los alimentos disponibles como en este caso eran de trigo, cebada,
garbanzos o yeros.
Sin
embargo, la vida cotidiana no era así, pese a la nefasta frecuencia de tales
situaciones. La producción de cereal era más que suficiente para mantener a la
población y la reglamentación del sector se hacía en función de esas
circunstancias habituales.
Quedaba
determinado el número de hornos de pan en la ciudad que, en 1480, era un horno
por cada 60 vecinos (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1480, folio 31.)
En
ellos, una panadera, ordinariamente, se encargaba de comprar el cereal en la
alhóndiga, molerlo en el molino y elaborar los distintos tipos de piezas de
panes: pan integral y de cebada, pan blanco de los días extraordinarios y de
lujo, cerniendo previamente la harina, y el bizcocho que era cocido dos veces para
las campañas de guerra o como soporte para las viandas acompañadas de salsas;
aunque este último solía ser sin levadura, al que se le daba el nombre de pan
cenceño (19).
 |
| Pan ceceño o pan ácimo sin levadura. |
El
pan cenceño o ácimo, es el pan que se hace sin levadura. Su masa es una mezcla
de harina de algún cereal con agua, a la que se le puede añadir sal. A esta
masa se le da la forma deseada antes de someterla a temperatura alta para
cocinarla. La harina utilizada generalmente era de trigo, cebada, maíz u otro
cereal. Por mucho tiempo el pan cenceño o ácimo fue el único que conocía la
humanidad; se preparaba con harina integral y se cocinaba poniendo la masa
sobre piedras calentadas al sol o cenizas calientes. Hoy se le da el nombre de pan
árabe.
Se
ordenaba a las panaderas que hiciesen cada día el pan para la venta (Archivo
Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén, fol. 132r.), lo que indica que se podía
comer pan tierno, a diario, en el siglo XV, el cual debía venderse por las
plazas (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén, folio 131v.), a fin de
que tuviese acceso a él todo el que pudiese y lo desease.
En
los hornos y plazas de la ciudad se vendía el pan cocido hecho con harina
tostada, llamado “pan cocho”, en piezas de distintos pesos:
En
1505:
—
La Pieza de dos libretas de pan cocho a 3,5 maravedíes (Archivo Municipal de
Jaén: Actas de 1505, 15 de enero, folio 14.)
—
La Pieza de una libreta de pan cocho a 2 maravedíes (Archivo Municipal de Jaén:
Actas de 1505, 17 febrero, folio 13; I de abril, folio 57.)
En
1514, 12 de mayo:
—
La Pieza de dos libretas y media de pan cocho, a 2 maravedíes (Archivo
Municipal de Jaén: Actas de 1514, folio 18r.)
—
La Pieza de veinte onzas, a 1 maravedí (Archivo Municipal de Jaén: Actas de
1514, folio 18r.)
—
La Pieza de diez onzas, a 1 blanca (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1514,
folio 18r.)
Pero
el pan consumido no dependía exclusivamente de la venta en hornos o plazas.
Muchos particulares acudían a los hornos en los que amasaban y cocían su propio
pan, a cambio del pago de los servicios recibidos, conocido vulgarmente por
“cochura” o “poya”. En este contexto se insertan las quejas presentadas por los
vecinos de Jaén, en 25 de agosto de 1505 (Archivo Municipal de Jaén: Actas de
1505, folios 125v. y 131.), alegando que “les fasen agravio en les levar demás
de la “poya”, “panezillo para la fornera”, que era el precio de la cochura
estipulada, suplicando, en consecuencia, la adecuada solución a este problema,
que las autoridades municipales tratan de resolver con la siguiente ordenanza:
“Otrosí,
que en los dichos hornos de pan cozer desta çibdad e su término poyen de esta
manera: de los panes que cozieren de a maravedí, de treinta panes, uno, e de
los de a blanca, de veinte panes uno, e de los pequeños, de quinze panes uno, e
de las hogazas de a dos maravedíes e dende arriba, de treinta e finco hogazas
una, e qualquier que menos pan poyare, que por cada vez pague en pena doze
maravedíes” y “que las horneras ni horneros nin alguno dellos non pidan ni
tomen panezillo, demás de la poya”.
Consecuencia
de esta reglamentación fue que los dueños de los hornos elevaron también su
correspondiente reivindicación, ya que las horneras, privadas de su “panezillo”
acostumbrado, solicitan, por su parte, subida de salario. El funcionamiento de
estos hornos en Jaén, donde había uno por cada sesenta casas (Archivo Municipal
de Jaén: Actas Capitulares de 1480.), debió ser semejante al de los restantes
hornos de Andalucía, de los que encontramos una detallada y clara descripción
de su funcionamiento con motivo de los hornos de Morón de la Frontera (20):
Se
reglamenta por parte de las autoridades municipales que los hornos del concejo
de la villa estén calentados para cuando amanezca, de modo que al ser de día
los que fuesen a cocer su pan encuentren los hornos calientes y aderezados, y
dispuestas al trabajo las horneras a quienes corresponda hornear. Éstas deberán
cocer el pan de los vecinos, moradores o cualesquier otras personas que así lo
demandaren con todo cuidado, llevando por su derecho de “poya” o cochura, de 30
hogazas, una, de 25 panes “castros”, uno, de rollos y tortas, de diez, una y de
20 rosquillas una.
 |
El panadero y la panadera medieval.
|
Si
cualquier persona no hubiese podido amasar temprano y necesitase cocer el pan
antes de anochecer, si lo hace saber a la hornera, ésta deberá mantener el
horno abierto para cocer dicho pan, aunque sea anochecido.
La
necesidad de amasar se impone incluso al descanso preceptuado para las fiestas
de guardar, de manera que si el mayordomo del concejo así lo juzga y requiere a
horneras y horneros que enciendan sus hornos, ellos están obligados a hacerlo,
teniéndolos debidamente calientes para cocer el pan.
Cuando
los horneros u horneras actúan “por malquerencia o por malicia o por mala
voluntad” no accediendo a cocer el pan de algunas personas, o haciendo daño en
sus panes, sin razones suficientes, o expulsándoles del horno, de forma
pertinaz, el concejo o mayordomo, queda en la potestad de poner un nuevo
hornero u hornera a costa del arrendador o arrendadores de los hornos,
prohibiendo a tales horneros para siempre la vuelta a dicho horno.
El
horno que se supone arrendado por un año, debe ser reparado al final del mismo
por su arrendador, a excepción de la pared, capilla, tixera o viga quebrada,
que corren de cuenta del concejo.
Aparte
de las tortas de pan que fueron habituales en las ofertas realizadas en la
iglesia con motivo de los bautismos (21)
En
Segura de la Sierra, población no integrada en el obispado de Jaén, el clérigo
percibía con motivo de una boda “dos candelas grandes, dos tortas y una espalda
de cordero”, y forman parte del salario
del sacristán “las tortas que traen con los niños que bautizan e traen en la
Missa del Alva e fiestas e los oficios de defunctos que fazen los
capellanes...” (22). |
Segura de la Sierra con su bello castillo en la cumbre del monte.
|
La
documentación al alcance, referida al Alto Guadalquivir, no habla de otros
tipos de panes, aunque puede que también, como en otros lugares de Andalucía,
se hiciesen las rosquillas. Por tanto, nos encontramos con piezas de pan de
tres tamaños diferentes:
Pieza
de dos libretas y media de peso, es decir, 1.180 gramos, que teniendo en cuenta
que la libra equivale a 460 gramos en Castilla, dos libras son 920 gramos, más
230 gramos de media libra, equivalen a 1.150 gramos.
La
Pieza de 20 onzas de peso, equivalente a 560 gramos, ya que la onza son 28
gramos aproximadamente.
La
Pieza de 10 onzas de peso, equivalente a 280 gramos.
Respecto
al consumo de la carne decir que en el siglo XV y comienzos del siglo XVI se
consumía por parte de los jiennenses todo tipo de carnes.
A
parte de la matanza del cerdo llevada a cabo por los labradores con cierto
desahogo económico (23),
que proporcionaba carne fresca, por unos días, y salada y condimentada para
todo el invierno, en forma de tocinos, cecinas y embutidos, aunque también se
consumían carnes procedentes tanto de ganado doméstico, como de la caza.
Ovejas, carneros, cabras, machos cabríos, cabrones, vacas, bueyes, becerros, corderos,
puercos, lechones, eran animales sacrificados habitualmente y en número
apreciable, para abastecimiento de la población del Alto Guadalquivir (Archivo
Municipal de Jaén: Ordenanzas de Baeza, folios 71v., 73v., 74v., 89v., 91 v.,
100v. y 115r.)
El
sacrificio de las reses estaba sometido, al menos en las ordenanzas, a una
estricta organización y reglamentación: el rastro o matadero era lugar obligado
donde había de sacrificarse cualquier tipo de res, cuyas carnes eran
distribuidas desde este matadero municipal en las cinco tablas de carnicerías
que contaba en el siglo XV la ciudad de Jaén, para la venta pormenorizada entre
los diferentes vecinos que allí acudían a proveerse de ella (Archivo Municipal
de Jaén: Actas Capitulares de 1514, folios 4r. y 160v.)
 |
Matanza de ganado vacuno.
|
La
alcabala vieja de la carne o renta de Lope Ruiz (24),
así como las Actas Municipales de 1511 (Archivo Municipal de Jaén: Actas de
1511.),
nos hablan de res vacuna, ternera de leche, carnero, oveja, cabrón, cabra,
cordero o cordera, ciervo o cierva, cabrón y cabra montesa. La carne aportada
por los cazadores a las carnicerías era, en efecto, muy importante, ya que en
el siglo XV existía una notable actividad centrada en la caza mayor por parte
de los “ballesteros del monte” (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén,
folio 100v.), pues los extensos montes del Alto Guadalquivir hacían posible una
abundante montería, de la que dan cuenta diferentes noticias, así sabemos que a
primeros de junio de 1458, Enrique IV permaneció durante 15 días en Jaén,
“corriendo toros e jugando cañas e andando a monte de puercos e osos” (25).
La
abundancia de animales salvajes permitía a los señores una actividad de caza
casi ininterrumpida. Es el caso de Miguel Lucas, quien pasadas las fiestas de
navidad de 1460, “estovo en la villa de Baylén diez o onze meses corriendo
montes e matando muchos puercos e osos e otros vestiglos...” (26).
La
copiosa presencia de animales salvajes de todo tipo a lo largo y ancho de
nuestra geografía provincial permitía practicar la actividad de la caza a todos
los vecinos, de acuerdo con sus posibilidades. Juan II concedía, el 30 de junio
de 1420, a los ballesteros y demás vecinos de la ciudad de Jaén “matar en la
sierra puercos y osos, sin pena” (27).
La
caza de venados en las montañas prebéticas y subbéticas debió ser práctica
generalizada entre la población, según parece desprenderse del documento
fechado en 1486, que nos muestra a los vecinos de la villa de Torres alcanzando
sus reivindicaciones de seguir practicando la caza de jabalíes y osos, antes
habitual entre ellos, pero que de cierto tiempo a esa parte, se la había
reservado el comendador de la Orden de Calatrava (28).
 |
Pelea de machos en la sierra.
|
La
arraigada costumbre de la caza mayor por parte de los jiennenses fue esquilmando
las montañas subbéticas salpicadas de numerosos núcleos de población, de manera
que a finales del siglo XVIII escribía el deán Mazas: “la caza mayor de benados
y jabalíes es abundante en toda la Sierra Morena, pero no se halla sino rara
vez en estos montes de hacia Granada...” (29).
A
caso destacara más por la abundancia de piezas y su menor apetencia por parte
de los señores, la caza menor: conejos, liebres y perdices (30).
Sus
numerosas piezas alimentaron una importante venta en carnicerías, plazas y
calles de las poblaciones jiennenses, e incluso se animó un activo comercio
entre las distintas comarcas del que son testimonio los aranceles de aduanas y
puertos (31).
En
general, la importante actividad ganadera del Alto Guadalquivir que superaba
incluso a la producción cordobesa (32),
permitía un satisfactorio abastecimiento de carne. Sirva como ilustración, al
respecto, la ciudad de Jaén que, a finales del siglo XV, contaba con unas
60.000 cabezas de ganado mayor y menor (33).
Un
número de cabezas deducido, de forma aproximada, a partir de la noticia que nos
proporcionan las Actas Capitulares de 1480, el 16 de octubre de dicho año
(Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1480, folio 105.):
“Montaron los mrs. del repartimiento de los ganados de Jahén a razón de tres
blancas el par de las cabegas de ovejas e carneros e cabras e puercos, e de las
vacas e yeguas, a mr. la cabera, quarenta mil e dosientos e sesenta e çinco
mrs.
Trajo
el jurado Pedro de Berrio de las aldeas seis mil mrs.”.
Si
hacemos una estimación sobre la base de la tributación a un mr. por cabeza de
vacas y yeguas (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1514, fol. 18 r.),
obtendríamos la cifra de 40.265 de la ciudad, más 6.000 de las aldeas, es
decir, un total de 46.265 cabezas de ganado mayor; pero si la estimación la
hacemos sobre la base del ganado menor, el resultado oscilaría en torno a
61.686 cabezas.
 |
Topetazos a mansalva en la pelea de los carneros.
|
Lógicamente,
una cabaña ganadera de semejante tamaño permitía el sacrificio de gran número
de carneros diarios, y así parecen darlo a entender las autoridades municipales
jiennenses que el 11 de abril de 1514, ordenaban que se repartiesen cada día 20
carneros para pesar en las carnicerías nuevas, sólo en dos tablas (Archivo
Municipal de Jaén: Actas de 1514, folio 4r.)
Si
tenemos presente que las carnicerías de Jaén contaban con 5 tablas, con 3
tablas en las carnicerías de la plaza de San Juan y 2 tablas en las Carnicerías
Nuevas (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1514, folio 160v.), nos encontramos
que serían 50 carneros los sacrificados diariamente en Jaén, aparte del número
de cabras, vacas y cerdos. Una cifra muy superior, desde luego, a la de 14.000
ovejas anuales sacrificadas a finales del siglo XVIII en la ciudad de Jaén y su
tierra, según notificación del deán Mazas en su Retrato al natural de Jaén.
A
pesar de ello, las actas de 1511, nos dicen el día 1 de mayo, que el arrelde de
carne 1.840 gramos en Jaén, resultaba 5 maravedíes, estaba más caro que en
Córdoba y Sevilla, a causa de diferentes imposiciones que pesaban sobre ella,
tales como la alcabala del 10% del valor, un derecho para los propios de por
cada 16 uno , el derecho llamado de Lope Ruiz o Alcabala Vieja de 3 arreldes de
cada res mayor y medio arrelde de la menor, traducidos en dinero (Archivo
Municipal de Jaén: Actas de 1511, folio 188.)
El
arrelde era una unidad de medida equivalente a diez libras, reducida a cuatro
en 1268, utilizada principalmente para el peso de la carne y también para el
sebo y por tanto para establecer los precios. La Real Academia Española
considera el arrelde como el peso correspondiente a cuatro libras.
Los
precios de las carnes vendidas en Jaén cambian con relativa frecuencia, según
la correlación de oferta y demanda, encargados los munícipes de variar sus
precios cuando las circunstancias lo requerían. Ello podemos observarlo en la
lectura de los diferentes precios fijados por el cabildo en varias actas
capitulares:
Según
Juan de Arquellada (34),
“En sábado, veinte y seis días del mes de junio del dicho año (1462) se pregonó
el coto en las carnes y pescados...”.
Los
precios de las carnes quedaron como siguen (35):
Precio
de la carne en maravedíes:
El
carnero castrado bueno......... 80 maravedíes
El
cojudo bueno………………………60
El
arrelde de carnero....................8
El
arrelde de vaca.........................6
Una
oveja buena.........................50
Una
cabra buena........................60
Un
cabrón bueno castrado........80
Un cabrito bueno......................20
Un cuartillo de cabrito...............5
Un cordero de leche bueno…....30
Un
cordero temprano................50
La
carne de monte, el arrelde…..4
En
el año 1476:
Durante
la Cuaresma, se pone el arrelde de carnero a 16 maravedíes (Archivo Municipal
de Jaén: Actas de 1476, folio 93.)
En tiempo no cuaresmal:
•
El arrelde de carnero a 17 maravedíes (Archivo Municipal de Jaén: Actas de
1476, folio 148v.)
•
El arrelde de vaca a 14 maravedíes (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1476,
folio 148v.)
En
el año 1479:
•
El arrelde de carnero merino a 17 maravedíes (Archivo Municipal de Jaén: Actas
de 1479, folios 10v, y 11r.)
•
El arrelde de carnero castellano a 16 maravedíes (Archivo Municipal de Jaén:
Actas de 1476, folios 10v, y 11r.)
•
El arrelde de oveja, cabra o cabrón (el 11 de septiembre) a 13 maravedíes. (Archivo
Municipal de Jaén: Actas de 1479, folio 116r.)
En
el año 1500:
•
El arrelde de cabrito (el 11 de noviembre) a 22 maravedíes (Archivo Municipal
de Jaén: Actas de 1500, folio 124.)
En
el año 1505:
Desde
el 17 de febrero a Carnestolendas del año venidero (Archivo Municipal de Jaén:
Actas de 1505, folio 13.)
•
El arrelde de vaca, buey, ternero, puerco y cabrón (con matizaciones) a 14
maravedíes.
•
El arrelde de carnero merino de verano a 18 maravedíes.
•
El arrelde de ternera, de cuarenta arreldes abajo de peso, a 17 maravedíes.
 |
Castillo de Mengíbar.
|
—
Los Precios en Mengíbar, aldea de la tierra de Jaén, el 18 de agosto de 1505
eran de los siguientes precios: (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1505,
folio 122.)
•
El arrelde de vaca a 17 maravedíes.
•
El arrelde de carnero a 21 maravedíes.
•
El arrelde de puerco y macho (cabrío) a 17 maravedíes.
•
El arrelde de oveja y cabra a 16 maravedíes.
Con
pocas variaciones proporcionales en las distintas fechas se observa la
siguiente gradación en el aprecio de las carnes:
El
cabrito, (animal de poco tiempo) 20 maravedíes en 1462, el animal entero, y 22
maravedíes el arrelde, el 11 de noviembre de 1500.
El
carnero castrado bueno y el cabrón castrado bueno, el animal entero, tienen el
precio más elevado de la escala, en 1462, con 80 maravedíes. El arrelde de
carnero, en 1479, se vende a 17 maravedíes, con ciertas matizaciones:
•
El arrelde de carnero merino a 17 maravedíes.
•
El arrelde de carnero castellano a 16 maravedíes.
La
ternera a 17 maravedíes el arrelde, en 1505.
El
puerco y el macho cabrío a 17 maravedíes el arrelde, en 1505.
La
oveja buena y la cabra buena estaban a 50 y 60 maravedíes, respectivamente, el
animal entero, en 1462. El arrelde de oveja y cabra, en 1505, estaba a 16
maravedíes.
La
oveja, el puerco, la cabra y el cabrón, estaban a 13 maravedíes el arrelde, en
1479.
La
vaca, el buey, el ternero, puerco y cabrón, estaban a 14 maravedíes el arrelde,
en 1505.
 |
Cabritos con sus madres en manada.
|
Podríamos
decir que las carnes más apreciadas en las distintas listas de precios son las
de los animales tiernos, tales como el cabrito, la ternera, el cordero de
leche, el cordero temprano. Y en cuanto a preferencias, éstas se inclinan por
el carnero y la cabra, siendo los más caros el carnero y el cabrón castrados.
En
las carnicerías se venden habitualmente carne de caza mayor o montería: carne
de ciervo, cierva, cabrón o cabra montés (36) y jabalíes (37).
Especial
mención merecen algunos de los productos del cerdo:
Se
vende tocino en pedazos (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén, folio
136v.), y el arrelde de este producto alcanza el precio de 30 maravedíes el 3
de mayo de 1514 (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1514, folio 11v.)
La
longaniza, “el palmo de longaniza, que es quarta de vara”, a 1 maravedí. (38).
El
cabildo hace ordenanzas para el correcto funcionamiento e higiene de las
carnicerías: Se prohíbe vender determinadas partes del animal (Archivo
Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén, folios 130r., 134r., 135r. y 144r.)
Sólo
se permite vender carne en pie con destino a bodas, cofradías, caballeros y
escuderos (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén, folio 130v.)
Se
establece, por otra parte, que las carnicerías permanezcan abastecidas de
carne, de sol a sol, con carnes de ovejas, puercos, cabras y cabrones (Archivo
Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén: Actas de 1479, folio 116r.)
Aunque
el carácter proteccionista de la economía medieval parece estar presente en
todo tipo de documentos, mediante tajantes prohibiciones y sanciones a quienes
osen sacar fuera o vender sebo, caza, carnes muertas, frescas, saladas o
tocinos (39) ,
lo que alguna vez se plasma en la realidad, como el registro de tocinos hecho
el 27 de noviembre de 1505 en casa de los regatones, obligándoles a venderlos
en la ciudad y no fuera de ella (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1505,
folio 183.),
debido, con probabilidad, a la escasez de alimentos vigente en esas fechas; sin
embargo, el arancel de Bailén de 1491 (40) ,
recoge noticias del paso de esos productos con destino a otros lugares de
fuera, tales como cargas de tocinos y cecinas, bueyes, vacas, novillos,
puercos, puercas, ganado ovino y cabrío, con especial mención a cabritos.
Cargas de gallinas, pollos, perdices, conejos y otras aves y productos de la
caza. Otra
fuente de proteínas cárnicas la proporcionaron los animales de corral y la caza
menor. De esta última tenemos noticias de tipo general que nos hablan de carga
o collera de conejos para vender (41),
de liebres (42) y
perdices (43).
 |
Foto antigua de Jaén.
|
Los
precios de estos animales, generalmente vendidos por piezas enteras, en
diferentes momentos del siglo XV y comienzos del siglo XVI fueron los que
siguen:
—
1432 y Ordenanzas de Baeza:
•
El par de perdices del monte: 6 maravedíes.
•
El par de perdices de la cuesta o lo labrado: 7 maravedíes.
—
Perdices, según las Ordenanzas de Baeza (44):
•
El par de perdices en la ciudad: 25 maravedíes
•
El par de perdices en las aldeas: 20 maravedíes
—
Los Conejos de Baeza:
•
Conejo de Baeza en 1432 (45)
•
Conejo según ordenanzas de Baeza (46):
En
la ciudad: 7 maravedíes
En
las aldeas: 6 maravedíes
 |
Santisteban del Puerto antiguo.
|
La
venta de la caza de conejos debió ser muy importante en ciertos lugares de
Jaén, como Santisteban del Puerto, a juzgar por las constituciones del Sínodo
de Jaén de 1492, que dedican una expresamente al diezmo de los conejos:
“Iten,
nos fue pedido que la caga de los conejos que fue sienpre Piede Altar, e lo
parten sienpre los clérigos servidores e fueles revocado por el obispo don
Ferrando, e que reformemos en ello a los dichos clérigos de Sant Estevan que lo
ayan. A esto ordenamos que lo partan segund que los otros diesmos» (47).
La
caza en el antiguo reino de Jaén, durante la Edad Media, no era una actividad
arbitraria y voluntarista, sino que estaba perfectamente reglamentada por los
propios concejos. Las ordenanzas de Jaén se expresan al respecto de la forma
que sigue:
“...y
que ninguno no pueda cagar perdiz ni conejo, ni matar ciervo ni puerco...” (en
tiempo prohibido) (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén, folio 155 r.)
Año 1462
(48):
Precios
en maravedíes de las aves:
El par de gallinas buenas………………. 20 maravedíes.
El
par de pollos buenos........................10
El
par de anadones buenos……………...16
El
par de palominos.............................. 3
El
par de tórtolas.................................. 3
El
par de palomas torcaces……………….5
El
par de perdices............................... 10
El
par de perdigones............................ 6
La
docena de zorzales.......................... 4
Un
conejo............................................. 0,25
Un
gazapón grandullón..................... 2
Los
caracoles debieron tener bastante importancia en el Alto Guadalquivir, tanto
por su consumo como por la exportación que de ellos se hacían. El arancel de
Bailén de 1491 (49),
recoge, entre los diferentes productos que debían tributar en dicha aduana, las
cargas de caracoles.
Para
averiguar el consumo de carne por habitante y año, hemos de tener en cuenta que
aunque no cabe duda del interés que representa la descripción de cada una de
las especies de animales sacrificadas para el mantenimiento de la población, lo
que realmente nos interesa es adquirir un conocimiento lo más aproximado
posible de la cantidad de carne consumida por habitante y año, a partir de los
datos del propio mercado, pues, sin duda, que muchos vecinos consumirían su
propia caza o animales criados por ellos mismos, sin tener que conseguirlos en
el mercado. La media de consumo no deja de ser un simple indicador que en
manera alguna nos refleja la realidad, puesto que frente al gran consumo de
proteína animal que consumían poderosos laicos y eclesiásticos, amplias capas
de la población ni siquiera probarían la cazada o criada por ellos mismos, ya
que tendrían que venderla para conseguir productos alimenticios más baratos y,
con seguridad, de peor calidad. Sin embargo, es un indicador más fiable que los
dietarios de hospitales, cofradías o comidas de poderosos, que hablan de
cantidades abundantes, de las que, sin duda, carecían amplias capas de la
población.
Los
cálculos y estimaciones realizados sobre la base de la carne vendida en las
carnicerías, a partir de los datos aportados por la renta de la alcabala de la
carne en Jaén, el año 1511 (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1511, folio
26.), que ascendía a la cantidad de 500.000 maravedíes nos permiten obtener
estimaciones bastante aproximadas al consumo medio por habitante y año.
Teniendo
en cuenta que la alcabala representa el 10% del total de carne vendida, ésta
arrojaría una cantidad del orden de los 5.500.000 maravedíes, los cuales,
divididos entre 17 maravedíes. que viene a ser el precio medio de un arrelde de
carne en dichas fechas, nos darían un total de 329.411 arreldes, que multiplicados
por 1.840 gramos que es la equivalencia del peso del arrelde, nos proporcionan
la cifra nada insignificante de 604.276 kilogramos de carne consumida durante
dicho año, sólo en Jaén, cantidad que, distribuida entre los aproximadamente
19.000 habitantes que la ciudad contaba en esas fechas, obtenemos la cifra de
31 300 kilogramos de carne por habitante y año, que distribuida entre los 365
días del año, indica que a cada habitante de Jaén correspondía la cantidad
media de 8 gramos de carne diaria, no excesiva como es patente, pero si tenemos
presente que los grupos privilegiados formados por nobles, mercaderes ricos,
alto clero y labradores acomodados consumían diariamente apreciables
cantidades, es obvio que una gran multitud de vecinos quedarían prácticamente
privados de sus correspondientes 8 gramos por cabeza de media durante casi todo
el año.
Visto
el deficiente acceso a la alimentación de proteínas animales de la población de
nuestros núcleos urbanos, cabe preguntarse: ¿Hasta qué punto suplirían los
pobres la falta de proteína animal con el consumo de pescado, como tan tas
veces se ha escrito y aventurado?
Un
análisis similar al realizado con la carne puede que nos convenza de que tampoco
este producto fue la solución proteínica del pueblo llano.
El
pescado fresco, salado y seco era vendido en Jaén habitualmente, con mayor
intensidad en tiempo de Cuaresma y días de ayuno y abstinencia. Las pescaderías
y plazas de la ciudad contaban con pescado de varias especies, que las
pescaderas debían ofrecer al público, de sol a sol (Archivo Municipal de Jaén:
Actas de 1480, folios 4r. y v.)
 |
Alcalá la Real (Jaén)
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De
los pescados de mar, el Alto Guadalquivir fue siempre abastecido de pescados
frescos traídos del mar, de Sevilla en épocas de guerra y de las costas
granadinas en época de paz. En Alcalá la Real se pagaba el derecho del Tigual
por el pescado traído de Vélez Málaga (Archivo Municipal de Alcalá la Real:
Libro Primero de las Ejecutorias y Privilegios de Alcalá, folios 626 y 629v.)
Del
pescado de mar fresco fueron diferentes las especies de pescado de mar fresco
vendidas en el alto Guadalquivir, tanto de una como de otra procedencia: atún (Archivo
Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén, folios 134v. y 144r.), cazón (Archivo
Municipal de Jaén: Actas de 1480, folios. 4r. y v.), corvinas, “peces o
angulas”, albures, sábalos (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén,
folio 127v.), “pescada o tollo” (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén,
folio 135v), pulpo (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1480, folios 4r. y v.),
sardina morisca (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1505, folios. 154 y 185),
sardina castellana (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1480, folios 4r y v.),
sardina sevillana (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1505, folio 154.),
sardina blanca (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1505, folio 180.), sardina
prieta (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1511, folio 28.), sardina
“arancada” (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1505, folios. 7r., 22v., 154,
180, 185, 190 y Actas de 1511, folio 28.)
Del
pescado de mar seco, pescado cecial o seco (Archivo Municipal de Jaén: Actas de
1476, folio 162v.) y
otros (Archivo Municipal de Jaén: Actas de Jaén, folio 143v.)
Del
pescado de río, la documentación registra los peces del Guadalquivir y los
peces del Guadalbullón (50).
Precios
de las distintas especies de pescado en diferentes momentos del siglo XV:
En
1440, en Baeza (51):
Albures a 5 maravedíes la libra.
Anguilas
a 3,5 maravedíes la libra.
Los
peces a 3 maravedíes la libra.
Pescado
cecial a 4 maravedíes la libra.
Pulpo
a 2,5 maravedíes la libra.
Tollo
a 3 maravedíes la libra.
En
Jaén en el año 1462 (52)
Cazón
bueno a 2 maravedíes la libra.
Pescado
cecial a 3,5 maravedíes la libra.
Peces
del Guadalquivir a 3,5 maravedíes la libra.
Peces
del Guadalbullón a 4 maravedíes la libra.
Tollo
bueno a 2 maravedíes la libra.
Par
de truchas a 6 maravedíes la libra.
En
1476, en Jaén durante la Cuaresma (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1476,
folio 62v.)
—
Pescado cecial: 9 maravedíes.
—
Pescado de sardina y tollo: Precio habitual.
En
1480, en Jaén, el 28 de junio (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1480, folios
4r. y v.)
Atún
a 4 maravedíes la libra.
Pescado
cecial remojado a 6 maravedíes la libra.
Pulpo
a 4 maravedíes la libra.
Sardina
morisca a 4 maravedíes la libra.
Sardina
Castellana a 4 maravedíes la libra.
Tollo
o caçon a 4 maravedíes la libra.
En
1505, en Jaén, el 27 de enero (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1505, folios
7r., 22v.), el 24 de septiembre (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1505,
folio 154.) y el 21 de noviembre (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1505,
folio 180.), el 1 de diciembre (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1505, folio
190.)
Pescado
cecial remojado, hasta finales de abril 7 maravedíes la libra.
Sardina
morisca muy buena y fresca 5 maravedíes la libra.
Sardina
morisca a 4,5 maravedíes la libra.
Sardina
sevillana a 5 maravedíes la libra.
Sardina
blanca a 4,5 maravedíes la libra.
Sardina
prieta a 7 maravedíes la libra
Sardinas
“arancadas” a 7 maravedíes la libra.
Las
sardinas mejores se pusieron el 1 de diciembre a 5 maravedíes la libra para que
los vendedores no se llevasen la mercancía, con el riesgo de dejar a la ciudad
de Jaén sin pescado.
De
las diferentes listas de precios se deduce que el pescado más apreciado era el
pescado cecial y la sardina “prieta” y la “arancada”.
El
pescado era llevado desde Sevilla a las poblaciones del Alto Guadalquivir: Así
queda testificado en los Hechos del Condestable, quien la víspera de la fiesta
de Navidad «mandó repartir por los cavalleros e dueñas e monasterios de la
dicha çibdad muchos pescados frescos que le troxieron de la çibdad de Sevilla
enpanados y en pipotes” (53) Empanados: dícese del aposento de una cosa que no tiene
luz ni ventilación directa. Pipote: Pipa pequeña que sirve para encerrar y
transportar licores, pescados y otras cosas.
En
las prolongadas épocas de paz con los moros de Granada, el pescado llegaba
también a Jaén desde las costas granadinas, así lo dejan patente las Actas
Capitulares que fijan con gran frecuencia el precio de la sardina morisca (Archivo
Municipal de Jaén: Actas de 1476, fol. 62v.; Actas de 1505, folio 154.)
Su
transporte se hacía de forma ordinaria con acémilas, pues la documentación nos
habla de cargas de pescado fresco o salado (54).
La
venta de pescado se realizaba en las pescaderías, como la situada en la Fuente
de los Caños de Jaén (Archivo Municipal de Jaén: Actas de 1476, folios 15 y 16.),
o en las plazas de la ciudad donde las pescaderas debían ofrecer los pescados
que tuviesen, transportados en costales (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas
de Jaén, folio 143v), cargas o banastas (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas
de Jaén, folio 127v.) cada día de Cuaresma, los viernes de todo el año y otros
días de ayuno (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén, folio 132v.)
El
peso es la medida ordinaria de venta al por menor (Archivo Municipal de Jaén:
Ordenanzas de Jaén, folio 128v.), pero no faltan datos que nos ilustran acerca
de la venta de sardinas no a peso, sino contándolas (Archivo Municipal de Jaén:
Ordenanzas de Jaén, folio 143v.)
Las
autoridades municipales suelen reglamentar con frecuencia la higiene en la
venta del pescado, en unos tiempos carentes de to d o medio moderno de
conservación, exigiendo a las pescaderas que el pescado no se remoje más de una
vez (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de Jaén, folio 136r.), así como
queda terminantemente prohibida la venta de las cabezas, colas, alas de los
tollos y las de los otros pescados, procurando, acaso también, el que los
consumidores no fuesen defraudados (Archivo Municipal de Jaén: Ordenanzas de
Jaén, folio 135v.
 |
Fuero de Baeza otorgado por el rey Fernando III tras la conquista de la ciudad.
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Los
peces de río son poco mencionados en las Actas Capitulares. Las escuetas
noticias registradas en 1462, quedan ampliadas y completadas con cierto detalle
en el Fuero de Baeza (55):
“Los
peces del río véndanse la libra de la carne: la libra es de XL e VIII onças” (Una onza equivale a unos 28
gramos de peso) :
—
La libra de truchas, desde una cuarta a un codo: 1 sueldo.
—
La libra de truchas, de una cuarta abajo: 10 dineros.
—
La libra de barbeiones, desde cuarta a codo: 8 dineros.
—
La libra de peces menudos, hasta la cuarta: 8 dineros.
—
Trucha y barbiellos de codo, véndalos al pescador a cuanto más pueda.
—
El pescado de mar y anguilas, como el concejo mandare.
Consumo
de pescado
En
el año 1487 se consumen en la ciudad de Jaén, según la alcabala, 156.340 maravedíes
de gastos de pescado (56),
hechas las correspondientes reconversiones a semejanza de lo que hicimos con el
consumo de carne, encontramos un consumo de pescado del orden de 143.832 kilogramos
anuales, repartidos entre unos 15.000 habitantes en que se puede estimar la
población (57),
supondría un consumo de 9,5 kilogramos de pescado por habitante y año, en la
ciudad de Jaén. Podemos calcular que el consumo medio de pescado en España,
actualmente, oscila en torno a 30 kilogramos por habitante y año.
A
ello habría que añadir la pesca de los ríos, cuyo volumen desconocemos, pero
que no sería muy notable. En cualquier caso, el consumo de pescado debió ser
mínimo, pues distribuidos los 9,5 kilogramos entre los 150 días estimados que
comprendería la Cuaresma, viernes del año y días de ayuno y abstinencia, no
corresponde a cada habitante de media más que 6 gramos para su consumo en los
días preceptuados por la Iglesia.
Hay
mucho más que relatar respecto a otros alimentos consumidos por nuestras gentes
en esos siglos, pero lo dejaremos para otro día. “Hay más días que ollas”.
Granada 7 de febrero de 2022.
Pedro
Galán Galán.
Bibliografía
y referencia de citas:
(1) Le
Goff, J.: 1979 "Les marginaux dans l'Occident Médieval", en Les
Marginaux et les excluses dans l'Histoire. Paris.
(2). Rodríguez
Molina, José: La vida en la ciudad de Jaén en tiempos del condestable Iranzo.
(3) Carriazo
Arroquia, Juan de Mata: Hechos del condestable don Miguel Lucas de Iranzo
(Crónica del siglo XV), Madrid, 1940, página 471.
(4) Libro
de miseria de omne.
(5)
Rodríguez Molina, José: El Reino de Jaén en la Baja Edad Media. Aspectos
demográficos y económicos. Granada, 1978, pág. 244.
(6)
Rodríguez Molina, José: Niveles de producción agropecuaria de Andalucía Bética
(1510-1512). En Actas I Coloquio de Historia de Andalucía. Andalucía Medieval,
Córdoba, 1982, páginas 171 a 196.
(7)
Rodríguez Molina, José: El Reino de Jaén en la Baja Edad Media. Aspectos
demográficos y económicos. Granada, 1978, pág. 244.
(8) Pérez
Gallego, M.: El Concejo de Morón (1402-1550). Universidad de Granada, página
74.
(9)
Lacroix, P.: Moeurs, usages et costumes au Moyen Age et a l’époque de la
Renaissance, París, 1878, páginas 113 y siguientes.
(10)
Rodríguez Molina, José: Regadío Medieval Andaluz. Jaén, 1991, páginas 188 y
siguientes.
(11)
Rodríguez Molina, José: El mundo rural andaluz en la Edad Media, Jornadas de
Historia Medieval Andaluza. Jaén, 1985, páginas 31 a 60.
(12)
Argente del Castillo Ocaña, Carmen: Bienes muebles e inmuebles de pequeños
labradores y artesanos en Jaén (1511), Actas del III Coloquio de Historia
Medieval Andaluza. La Sociedad Medieval Andaluza: Grupos no privilegiados.
Jaén, 1984, páginas 199 a 210.
(13)
Domínguez Ortiz, Antonio: El Antiguo Régimen. Los Reyes Católicos y los
Austrias, en Artola: Historia de España, Alfaguara, tomo III. Madrid, 1973,
página 19.
(14)
Domínguez Ortiz, Antonio: El Antiguo Régimen. Los Reyes Católicos y los
Austrias, en Artola: Historia de España, Alfaguara, tomo III. Madrid, 1973,
página 19.
(15)
Carriazo Arroquia, Juan de Mata: Hechos del Condestable don Miguel Lucas de
Iranzo. Madrid, 1940, página 384.
(16) Mateu
y Llopis, Felipe: Glosario hispánico de numismática, pág. 70.
(17)
Carriazo Arroquia, Juan de Mata: Hechos del Condestable don Miguel Lucas de
Iranzo. Madrid, 1940, página 284.
(18)
Carriazo Arroquia, Juan de Mata: Hechos del Condestable don Miguel Lucas de
Iranzo. Madrid, 1940, página 275.
(19) Pan
cenceño. Delicado, F.: La Lozana, página 70.
(20) Pérez
Gallego, A.: El concejo de Morón (1402-1550). Universidad de Granada, volumen
III, páginas 68 y siguientes.
(21)
Carriazo Arroquia, Juan de Mata: Hechos del Condestable don Miguel Lucas de
Iranzo, Madrid, 1940, página 260.
(22)
Rodríguez Molina, José: Estatutos de la Catedral de Jaén de 1368, Recopilación
de 1478, Boletín del Instituto de Estudios Giennenses (Jaén), LXXXV y LXXXVI
(1976), título 12, página 17)
(23) Argente
del Castillo Ocaña, Carmen: Bienes muebles e inmuebles de pequeños labradores y
artesanos en Jaén (1511), Actas del III Coloquio de Historia Medieval Andaluza.
La Sociedad Medieval Andaluza: Grupos no privilegiados. Jaén, 1984, páginas 199
a 210.
(24)
Rodríguez Molina, José: Colección Diplomática del Archivo Histórico Municipal
de Jaén. Siglos XIV y XV. Jaén, 1985. Documento CX, páginas 290 y siguientes.
(25) Carriazo
Arroquia, Juan de Mata: Hechos del Condestable don Miguel Lucas de Iranzo,
Madrid, 1940, página 18.
(26) Carriazo
Arroquia, Juan de Mata: Hechos del Condestable don Miguel Lucas de Iranzo,
Madrid, 1940, página 36.
(27)
Rodríguez Molina, José: La ciudad de Jaén. Inventarios de sus documentos (1549
y 1727). Jaén, 1982, número 43, página 53.
(28) Don
Lope de Sosa, 1913, páginas 164 y siguientes.
(29)
Martínez de Mazas, José: Retrato al natural de la ciudad y término de Jaén.
Jaén, 1794. Reimpreso por Editorial El Albir. Barcelona, 1978, páginas 348 y
349.
(30)
Argente, Carmen y Rodríguez, José: Ordenanzas de Baeza, título XI, páginas 57 y
siguientes.
(31) Rus
de Castro, Alfonso: El señorío de Bailén en la Baja Edad Media. Universidad de
Granada, 1984.
(32)
Rodríguez Molina, José: Niveles de producción agropecuaria de Andalucía Bética
(1510-15129, Actas I Coloquio de Historia de Andalucía. Andalucía Medieval.
Córdoba, 1982, páginas 171-196.
(33) Rodríguez
Molina, José: Colección Diplomática del Archivo Histórico Municipal de Jaén.
Siglos XIV y XV. Jaén, 1985. Documento CX, página X.
(34) Arquellada,
Juan de: Sumario de prohezas y casos de guerra acontecidos en Jaén y Reinos de
España y grandeza de ellos, desde el año 1353 hasta el año 1590. Citado por Toral
Peñaranda, Enrique: Jaén y el Condestable Miguel Lucas de Iranzo. Jaén, 1987,
página 79.
(35) Toral
Peñaranda, Enrique: Jaén y el Condestable Miguel Lucas de Iranzo. Jaén, 1987,
páginas 70 y 71.
(36)
Rodríguez Molina José.: Colección Diplomática de Jaén, Documento CX, páginas
290 y siguientes.
(37) Carriazo
Arroquia, Juan de Mata: Hechos del Condestable don Miguel Lucas de Iranzo,
Madrid, 1940, páginas 18, 22 y 36.
(38)
Argente del Castillo, C.; Rodríguez, J.: Ordenanzas de Baeza, título XIII, capítulo
XVIII.
(39)
Argente del Castillo, Carmen; Rodríguez,
José: Ordenanzas de Baeza, título XIII, capítulo III.
(40) Rus
de Castro, Alfonso: El señorío de Bailén.
(41)
Rodríguez, J.: Sínodo de Jaén de 1492 título LVI folios 85 v. y 86 r.
(42)
Argente, C.; Rodríguez, J.: Ordenanzas de Baeza», tít. XI, págs. 57 y
siguientes.
(43)
Argente, Carmen.; Rodríguez, José: Ordenanzas de Baeza, título XI, páginas 57 y
siguientes.
(44)
Argente, Carmen; Rodríguez, José: Ordenanzas de Baeza, título XI, páginas 57 y
siguientes.
(45) B.R.A.H.:
Colección Salazar, B-85, folios 150 y siguientes.
(46)
Argente, Carmen; Rodríguez, José: Ordenanzas de Baeza, título XI, páginas 57 y
siguientes.
(47)
Rodríguez José: Sínodo de Jaén de 1492, título 2/56, folios 85v y 86r.
(48) Toral
Peñaranda, Enrique: Jaén y el Condestable Miguel Lucas de Iranzo. Jaén, 1987,
páginas 70 y 71.
(49) Rus
de Castro, Alfonso: El señorío de Bailén.
(50) Toral
Peñaranda, Enrique: Jaén y el Condestable Miguel Lucas de Iranzo. Jaén, 1987,
página 71.
(51) B. R.
A. H.: Colección Solazar, B-85, folios 150 y siguientes.
(52) Toral
Peñaranda, Enrique: Jaén y el Condestable Miguel Lucas de Iranzo. Jaén, 1987,
página 71.
(53) Carriazo
Arroquia, Juan de Mata: Hechos del Condestable don Miguel Lucas de Iranzo,
Madrid, 1940, página 69.
(54) Rus
de Castro, Alfonso: El señorío de Bailén, Arancel de 1491
(55) Roudil,
Jean: El Fuero de Baeza. La Haya, páginas
235 y 236, número 903.
(56) Rodríguez
Molina, José: El Reino de Jaén en la Baja Edad Media. Aspectos demográficos y
económicos. Granada, 1978, página 244.
(57) Rodríguez
Molina, José: El Reino de Jaén en la Baja Edad Media. Aspectos demográficos y económicos.
Granada, 1978, páginas 136 y 137.