PROLOGO

Se pretende que sea éste un espacio dedicado a entretener y deleitar (... a través de la fotografía fundamentalmente) ... a dar a conocer (...o traer al recuerdo) ciertos monumentos o espacios situados en el término o cercanías de Lahiguera. ...a llamar la atención por el estado de abandono y deterioro de muchos de ellos, ...y si llegara el caso, a remover la conciencia de todos los que somos "herederos" de tales monumentos y espacios, y que con nuestra aportación ayudásemos a la conservación de los mismos.

miércoles, 7 de octubre de 2026

RECORDANDO AL CERCA DEL MILLÓN DE ANDALUCES QUE EMIGRARON A CATALUÑA EN LOS AÑOS SESENTA DEL SIGLO PASADO.

 LA EMIGRACIÓN ANDALUZA A TRAVÉS DE LA HISTORIA.

Desde las postrimerías del siglo XV y de manera más intensa desde finales del siglo XIX, distintas olas emigratorias han marcado el devenir de Andalucía y sus habitantes a resultas de esos procesos generales que hoy llamamos modernización y globalización. Los picos migratorios de las décadas de 1880, 1940 y 1960, y quizás de 2010, señalaron a varias generaciones de andaluces con la experiencia de la emigración. Independientemente de su destino en América, norte de África, distintas regiones españolas u otros países europeos, los movimientos migratorios presentan dinámicas comunes en el tiempo: tanto emigrantes por razones económicas como exiliados por motivos políticos tienen que afrontar varias cuestiones básicas: cómo salir y costearse el viaje, con qué parientes o contactos cuenta en el exterior; cómo ganarse la vida en el país de destino y cómo relacionarse con su nuevo entorno.

La emigración es uno de los fenómenos contemporáneos que de manera más radical ha definido y conformado la realidad andaluza en la segunda mitad del siglo XX. Aunque la mayor parte de los emigrantes tiene como punto de destino otros lugares del Estado español, y particularmente Cataluña, no se debe desdeñar el número de andaluces que emprende la emigración exterior, fundamentalmente a lo largo de la década de los sesenta del siglo XX. En estos tres decenios emigran a Europa casi 370.000 andaluces, estableciéndose una diferencia en cuanto a los puntos de destino según las décadas. Así, en los sesenta más de la mitad se dirige a Alemania; en los años setenta, cuando la política migratoria de Alemania se endurece, limitando el número y restringiendo el tipo de permisos, el destino principal fue Suiza, que concentraba aproximadamente la mitad de las llegadas, durante los años ochenta, la emigración se limita casi exclusivamente a Suiza y a Francia.

Después de la Guerra Civil España presentaba un panorama desolador en términos de muerte, pobreza y represión. El país quedó destruido para muchos años y los efectos de la posguerra se hicieron sentir duramente: escasez generalizada y padecimiento de hambre en grandes sectores de la población, ritmo de crecimiento económico muy bajo debido a que la producción del país era eminentemente agrícola, autarquía económica debido al aislamiento y el bloqueo internacionales, insuficiencia de infraestructuras…, características de una época dura que empujó a muchos españoles a buscar mejores condiciones de vida en la emigración a Europa. Este movimiento migratorio empujó más allá de los Pirineos a una masa de población que oscila entre el millón y medio y los dos millones de españoles que se asentaron en varios países europeos. 

Tras la destrucción ocasionada por la Segunda Guerra Mundial, Europa comenzó su reconstrucción gracias al Plan Marshall (1948) y una política de cooperación entre países que abandonaran viejos conflictos. A partir del año 1958, el insuficiente crecimiento demográfico de varios países de Centroeuropa planteaba un problema de cobertura de la demanda de fuerza de trabajo que la expansión industrial les reclamaba. Se produjo así un movimiento de población importantísimo orientado desde los países de la cuenca mediterránea, en el que la emigración exterior española tuvo un peso importante, y la andaluza dentro de ella, significó la más numerosa entre los emigrantes españoles. Valgan como ejemplo las siguientes cifras, por porcentaje correspondiente al número de emigrantes de cada región, para comprender la importancia del fenómeno migratorio: Andalucía (28%), Comunidad Valenciana (22%), Castilla y León (11%), Murcia (9%), Galicia (9%), Cataluña (5%) y País Vasco (3%). En términos finales la cifra total para 1984 arrojaba un saldo de 900.000 emigrantes españoles en Europa, de los cuales 260.000 eran andaluces. La mayoría de ellos estaban asentados en Suiza, Francia y Alemania. En este último país, al socaire de su espectacular desarrollo económico, se asentó un importante número de emigrantes andaluces.

Según el Instituto Español de Estadística, que resalta la carencia de datos fiables, había, a mediados de los ochenta, 407.000 andaluces en el extranjero. Esto suponía más del 27% de los españoles emigrados al extranjero, lo que es bien significativo si tenemos en cuenta que entonces los andaluces constituyen el 17% de la población española. Sin embargo, y pese a que las migraciones que tienen lugar bajo el modelo fordista se caracterizan por su regularización, no debe desdeñarse el número de inmigrantes “sin papeles”, aunque también es cierto que muchos de ellos pudieron acceder a la regularización más rápidamente y en mejores condiciones que las actuales. Por otra parte, debemos destacar la discordancia de las cifras entre las distintas fuentes estadísticas y trabajos consultados.

Detrás del éxodo masivo que entre 1956 y 1973 supone la salida de aproximadamente dos millones de andaluces, se encuentran las transformaciones que ha sufrido la economía andaluza desde los años sesenta hasta la actualidad. Como señala Manuel Delgado Cabeza en su publicación (Dependencia y marginación de la economía andaluza , 1981), a comienzos de los años sesenta, Andalucía estuvo sujeta a un importante cambio de orientación económica, fruto de la política desarrollista seguida por el Estado. Si hasta ese momento había actuado como suministradora de materia prima y financiadora del desarrollo industrial de otras zonas del Estado, a partir de estos años comienza a recibir inyecciones de capital tendentes a desarrollar en su interior un mercado de consumidores, a recibir las industrias más contaminantes y peligrosas y a tecnificar su agricultura.

Este “proceso de modernización” supone, en cuanto que conlleva la mecanización de los trabajos agrícolas que eran la fuente principal de empleo en el medio rural andaluz, el paro estructural de una gran cantidad de jornaleros que no tienen oportunidad de encontrar trabajo en Andalucía. Además, la mecanización supone el abaratamiento de los costes de producción, permitiendo la salida al mercado de productos más baratos ante los cuales no pueden competir los que se producen en la pequeña propiedad, provocando la crisis de las pequeñas explotaciones. En esta coyuntura, la emigración, potenciada por el propio Estado español, se convierte en la alternativa más viable para los jornaleros “sobrantes” y los campesinos arruinados.

 

En los sesenta y hasta mediados de los setenta, los andaluces se integran, tanto en el interior como en el exterior, en lo que se denominado el mercado de trabajo secundario. Esta emigración, aunque supuso la despoblación de las zonas más marginales de Andalucía, particularmente de las zonas montañosas, no tuvo grandes repercusiones en la demografía de las zonas llanas. Sin embargo, sí que contribuyó, al menos de manera tan eficaz como la represión, a evitar las tensiones sociales que hubieran producido tales transformaciones. Por otra parte, los depósitos bancarios de los inmigrantes, decisivos para el equilibrio de la balanza de pagos del Estado español, se destinaron principalmente al desarrollo de las regiones y países más industrializados (Cataluña, País Vasco, Madrid) contribuyendo a la reproducción del subdesarrollo andaluz.

La emigración andaluza es, por lo tanto, una emigración fundamentalmente económica. Así, la mayoría centró su interés en el trabajo duro y el ahorro extremo, destinado a la compra de una vivienda en su lugar de origen. Ello determinó un estilo de vida frugal, rozando la subsistencia. El objetivo prioritario, aparte de la vivienda, era volver con un capital que les permitiese garantizar la estabilidad familiar, a ser posible estableciéndose de forma autónoma mediante la inversión en un negocio propio. De esta manera, la integración apenas se contempla como una posibilidad: el lugar de destino es el que ofrece las condiciones para un trabajo negado en su lugar de origen, y no el de un nuevo proyecto de vida. Pero para poder aceptar estas durísimas condiciones de existencia minimizando los costes psicológicos, las redes étnicas adquieren una importancia central: compuestas por familiares y paisanos en primer lugar, se extiende a los que comparten las mismas señas de identidad, entre las que destaca el idioma como elemento central de intercomunicación.

Primero fue Juanito Valderrama con su “Adiós mi España querida”. Décadas más tarde, entre los restos de la dictadura, la transición y la democracia, seguían los trovadores, los cronistas de nuestros sentimientos jóvenes, los nuevos rebeldes con causa, los que recordaban lo que ocurría en nuestra tierra, “La Andalucía amarga” de Salvador Távora. La entrañable y tremenda canción de cuna “Nana al niño emigrante”, de Andrés Ruiz que cantaban Miguel López y Jaime Burgos: “España nos niega/ pan y trabajo. / Qué castigo emigrar/ para encontrarlo”. Y fue Carlos Cano, con “El Salustiano” y “La murga de los emigrantes” el que despertó conciencias y el que reivindicó con garra: “Que vuelvan pronto los emigrantes”.

En los últimos años, la cifra de retorno supera a la de salida. Por otra parte, estos nuevos emigrantes responden a un perfil laboral y social bien distinto al que conformaba el grueso de la emigración andaluza tanto interior como exterior. Estos datos nos indican de manera inequívoca que la emigración andaluza como proceso específico y diferenciado ha terminado. Sin embargo, permanecen tanto en el interior como en el exterior de Andalucía las consecuencias de este proceso: demográficas, económicas, culturales y políticas. Pese a la dificultad de dar un número exacto de los emigrantes que permanecen en el extranjero, calculamos que son unos 200.000, distribuidos de la siguiente forma: 88.000 en Francia, 35.000 en Alemania, 18.000 en Suiza, 13.000 en el Reino Unido, 9.000 en Holanda, 6.000 en Bélgica y el resto en diversos países europeos.

Aunque el retorno a las localidades de origen empieza a producirse en fechas tan tempranas como 1965, el punto álgido del mismo tiene lugar en el quinquenio de 1975 a 1979, coincidiendo con la crisis económica de 1973 que determinó el cierre de las fronteras y el declive del modelo migratorio fordista. Entre los motivos para la vuelta encontramos una importante diferencia entre los que emigraron solos y los que lo hicieron con la familia. En el primer caso, la causa principal aducida es el deseo de volver a estar con los seres queridos, aunque hay que señalar que a veces la adaptación a la vida familiar fue un proceso lleno de desajustes entre unos hombres acostumbrados a vivir solos y unas mujeres que habían asumido su papel de cabeza de familia. Hemos de tener en cuenta que la segregación de géneros en los espacios públicos, muy presente en el medio rural andaluz, queda subrayada con la vuelta del esposo, resultando para las mujeres la vuelta a una situación de dependencia y minorización de la que se habían librado al hacerse cargo de las funciones tradicionalmente reservadas para el varón.

Por otra parte, también hay un retorno significativo de mujeres que vuelven con sus hijos, dejando al marido en el lugar de destino. En este caso, la causa es el deseo de que sus hijos crezcan en el lugar de origen, por el temor de que una enculturación en las sociedades de destino acabe convirtiendo la vuelta en una situación conflictiva entre la primera y la segunda generación. Muy pocos aducen que el retorno tenga relación con la crisis económica, aunque pensamos que el hecho de que las desventajas de permanecer en el lugar de destino se hagan ahora tan presentes está en directa relación con un endurecimiento de las políticas migratorias de los estados receptores. Sin embargo, no es desdeñable el número de personas que retorna porque declara cumplidos sus objetivos iniciales de disponer de unos ahorros que les permitan llevar una vida digna en sus localidades de origen, ni el de los que retornan para gozar de las prestaciones sociales fruto de su esfuerzo en los lugares de destino.

Para muchos de los que regresaron en edad activa, el retorno al trabajo supuso su inserción en las redes asistenciales presentes en el medio rural andaluz para paliar el desempleo existente en el mismo. El paso de una actividad laboral industrial al desempeño de tareas puntuales, agrícolas o de construcción, que posibilitan el acceso al subsidio de desempleo, no fue fácil para muchos hombres que estaban acostumbrados tanto al trabajo duro como a la percepción de salarios dignos por los mismos. Por otra parte, ninguno de ellos sintió como una carga la reinserción al medio cultural y social de origen, entre otros factores, por la inexistencia de una integración real en el medio social y cultural de las sociedades de destino.

“El nuevo emigrante es muy diferente del que llenaba los andenes de las estaciones en los años 40 con una maleta de madera. Los emigrantes de esta crisis son en su mayoría jóvenes de entre 25 y 35 años, altamente cualificados y sin cargas familiares. Al menos ese era el retrato robot del comienzo de la crisis. Sin embargo, a medida que la situación económica se ha ido endureciendo, también ha aumentado el catálogo de expatriados. Según datos de la agencia cada vez hay mayores de 45 años que dejan atrás la familia. Y, por otro lado, también se incorporan recién licenciados que quieren dar sus primeros pasos en el extranjero”, esto lo escribía Teresa López Pavón en “El Mundo” del 28 de febrero de 2013.

Y no nos olvidemos de los emigrantes que se desplazan a la vendimia francesa. Una tradición de hace más de cincuenta años. La última cifra de 2013: 14.700 españoles, de los que 10.600 son andaluces. Sin contar los trabajadores clandestinos. En un mes, un vendimiador puede ganar 2.500 euros al mes. Esta es, solo en pequeñas dosis, la cruda realidad de los españoles, de los andaluces, de nuestro tiempo. Habría que poner en los andenes de los trenes, de los autobuses, de los puertos, un gran muro de las lamentaciones con los nombres de los compatriotas que se van hacia otras tierras, para tenerlos presentes, como un gesto de solidaridad y esperanza hasta que puedan volver, si Hacienda no les limpia los bolsillos.

Los países del Europa no eran el paraíso, Suiza, aunque lo pareciera no lo era, como no lo eran Francia, Alemania, Bélgica, Holanda… Había que estar dentro para comprobarlo.

En cuanto a la organización de la producción, el emigrante será siempre el peón de adaptación a cualquier sección según la exigencia de la misma. Dado que a él no le quedará otra alternativa que aceptar o regresar a su país; y esto último no es siempre posible. Es por lo que son empleados en aquellos trabajos más duros, sucios, pesados y peligrosos, y otras veces son destinados a los turnos de noche o tarde. Al paso del tiempo estas tareas van quedando para los novatos, es decir, los recién llegados, que por miedo a perder el empleo están dispuestos a hacer lo que sea sin protestar durante el primer año.

Homenaje a los emigrantes granadinos en Avenida de los Andaluces en Granada junto a la Estación de RENFE.

Aquella España del franquismo no dejaba de fletar trenes de emigrantes. Unos regresaban mientras otros se afanaban en pasar las fronteras para encontrar mejores condiciones de vida. Los campos se fueron quedando vacíos. Las máquinas cosechadoras habían expulsado a los jornaleros del campo. El régimen recibía importantes divisas de sus emigrantes. A Andalucía se la obligada a seguir el camino de la Europa rica, al tiempo que tenía que resignarse con el incipiente turismo de sol y playa, mientras que a las regiones más ricas: País Vasco, Cataluña, Madrid y Valencia— se las premiaba con la implantación de industrias. Y para estas industrias se necesitaba la mano de obra que, en su mayoría, procedía del sur. De tal manera que otras regiones de España y Europa seguían recibiendo contingentes de andaluces, como señala la profesora Enma Martín Díaz: “En estos tres decenios emigran a Europa casi 370.000 andaluces, estableciéndose una diferencia en cuanto a los puntos de destino según las décadas. Así, en los sesenta más de la mitad se dirige a Alemania; en los años setenta, cuando la política migratoria de Alemania se endurece, limitando el número y restringiendo el tipo de permisos, el destino principal fue Suiza, que concentraba aproximadamente la mitad de las llegadas. Durante los años ochenta, la emigración se limita casi exclusivamente a Suiza y a Francia”.

Los organismos públicos se centraban, casi en exclusiva, en aspectos relacionados con el viaje, el contrato de trabajo del país, etc. Una vez asentados en los países receptores los emigrantes andaluces sufrieron la dificultad de integración en sociedad nuevas, a pesar de los años transcurridos desde su llegada. El emigrante pudo aprender el idioma del país receptor y adaptarse a su cultura, pese a lo cual la integración no llegó en muchos casos a ser total a pesar de los esfuerzos por asimilarse. La otra alternativa fue la posibilidad futura del retorno. La tierra de origen siempre estaba presente en las intenciones de los emigrantes andaluces que deseaban regresar.

La larga permanencia de muchos emigrantes fue desarraigando a los jóvenes de la segunda generación y, para evitarlo, hubo una vuelta a las raíces culturales. Comienzan así a formarse grupos folclóricos regionales encaminados a preservar la cultura de origen.

Cerca de un millón de andaluces emigraron a Cataluña en los años sesenta: ¿Cuándo comenzó este proceso migratorio? ¿Cómo fue su llegada? ¿Hubo desarraigo? ¿Fueron bien acogidos?

A comienzos de los años setenta, en Cataluña vivían 840.000 personas nacidas en Andalucía. Si a esta cifra añadimos los hijos nacidos ya en Cataluña, el total supera ampliamente el millón cien mil personas. Es decir: cerca de la mitad del total de andaluces que salieron de su tierra en pos de un futuro mejor, algo más de dos millones de personas se instalaron en Cataluña. La magnitud de este fenómeno en los años sesenta y setenta del pasado siglo fue tal que hubo quien dio en bautizar a Cataluña como “la novena provincia andaluza”, llegando a representar los andaluces el 15% de la población de la provincia de Barcelona o casi el 12% de Gerona.  

Y es que todos, o casi todos los andaluces, tenemos un familiar o amigo que vive o ha vivido en Cataluña. Pero a pesar de ello es poco lo que conocemos de este episodio tan reciente de nuestra historia. ¿Cuándo y cuántos se marcharon? ¿Por qué se fueron? ¿Cómo fue su llegada? ¿Consiguieron rápidamente un trabajo y una vivienda dignos? ¿Cómo fueron recibidos por las autoridades franquistas y por sus vecinos? ¿Se integraron rápidamente en la ciudad o fue la convivencia muy compleja? ¿Por qué la mayoría no regresó?  

La salida hacia las nuevas tierras de promisión ocasionó entre los miembros de una misma familia una separación física que en muchos casos fue definitiva, aunque ello no supuso el olvido mutuo o la ruptura de vínculos, gracias a una relación epistolar que, aunque poco fluida o dificultosa las más de las veces, ayudó a los emigrantes a mantener viva la llama de los orígenes y, desde sus nuevos emplazamientos, conservar el recuerdo de los parientes y sus amigos.

 
EL SEVILLANO ESE TREN DE EMIGRANTES DE CORNELLÁ


https://www.youtube.com/watch?v=7QxYNS5QnAE 

Los almerienses fueron los primeros andaluces en emigrar. La crisis de la minería y el retroceso en el sector de la uva de mesa llevó a que, ya en la temprana fecha de 1920, más de 40.000 almerienses se hubiesen visto obligados a emigrar, preferentemente con destino a Cataluña. Fueron los pioneros, pero no los únicos. Corrían los años cuarenta y Andalucía estaba sumida en la pesadilla de la posguerra. La pobreza y el hambre, pero también la represión política, motivaron una lenta pero constante llegada de emigrantes procedentes de toda Andalucía a Cataluña. Ni siquiera la política sistemática de expulsión de emigrantes llevada a cabo por las autoridades franquistas en los años cincuenta. Entre los años 1950 y 1955, Barcelona deportó a más de 15.000 emigrantes, muchos de ellos andaluces, y consiguió detener este flujo. La corriente migratoria se disparó hasta cotas nunca vividas a comienzos de los años sesenta.

El sevillano ese tren 2ª parte movie 


https://www.youtube.com/watch?v=LsRo_LyYfPs 

En la época contemporánea la región ha sufrido diversos procesos migratorios: los acaecidos desde finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, cuando las crisis agrarias favorecen la emigración con destino a ultramar (Cádiz, Huelva) o, especialmente numerosa, la emigración a Argelia desde Almería y, en menor medida Granada y Málaga. Sin embargo, nada puede ser comparable a la masiva emigración que, a partir de los años cincuenta y hasta mitad de los setenta del siglo XX, afectó al conjunto de la región. Un verdadero éxodo de andaluces hacia otras regiones españolas y países europeos (Francia, Alemania, Suiza), unos dos millones de salidas concentradas en unos pocos años. A diferencias de anteriores procesos migratorios, ahora paradójicamente coincide con la etapa del llamado desarrollismo franquista, la modernización y mecanización de la agricultura y la decadencia de las economías rurales artesanales, lo que multiplica el paro y fuerza la expulsión de la población hacia los centros económicos e industriales (Cataluña de manera preferente, con un millón de emigrantes, Madrid o Valencia).

Emigrantes granadinos se despiden de la familia en la Estación de RENFE de Granada.

La intensidad y rapidez del movimiento migratorio tuvo (y todavía puede percibirse) una repercusión importante sobre la estructura de la población y sobre el sistema de poblamiento regional: despoblamiento y envejecimiento especialmente del mundo rural, que pierde justamente su potencial de población joven y económicamente activa. Sólo unas pocas ciudades de la región siguen creciendo en cuanto que acogen, si bien en condiciones muy precarias de vivienda y calidad de vida, una parte de la población expulsada desde las áreas rurales y las ciudades medias.

El signo de la emigración es una constante común a todas las provincias durante el siglo XX. Sin embargo, cabe señalar algunas diferencias en cuanto a ritmos e intensidad de los procesos. Provincias como Almería, Jaén, Granada y Huelva presentan saldos negativos durante todo el siglo XX. En todas las provincias el momento de mayor intensidad migratoria son las décadas de 1950 a 1970 (excepto Almería y Cádiz principales protagonistas de la emigración a Ultramar y el norte de África de principios de siglo). A finales del siglo XX, las mayores intensidades del proceso emigratorio se dan en Almería, Granada y, sobre todo, Jaén donde, hacia 1991, casi el 40% de la población reside fuera de Andalucía.

Saldos migratorios en Andalucía 1911-1990    Intensidad emigratoria 1991.

Fuente: Recaño Valverde, J.: La emigración andaluza en España. Boletín Económico de Andalucía, nº 24. Consejería de Economía, Innovación, Ciencia y Empleo. Junta de Andalucía. 1998.

Postal de principios del XX con un vapor de la compañía Trasatlántica Española, que mantenía un tráfico regular con América y otros continentes, en el puerto de Cádiz y anuncio de vapores con escala en Almería rumbo a Brasil y Argentina, en un número del periódico almeriense El Radical de 1910. Cádiz, Málaga y Almería fueron los principales puertos de embarque de emigrantes con destino a ultramar, especialmente numerosos en el primer tercio del pasado siglo.

En el conjunto de la emigración española hacia América a finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, las provincias de Málaga, Granada y Almería (Andalucía oriental) tuvieron un marcado protagonismo. Los flujos migratorios de esta región registrados desde los años 1880 se vieron propiciados por el fomento de la inmigración europea para cubrir las necesidades de mano de obra en países como Brasil en las haciendas cafetaleras, y Argentina en el cultivo de cereales, industrias e infraestructura de transportes. En estos movimientos poblacionales incidieron también factores de orden local, tales como las crisis agrícolas (cereal y caña de azúcar), la plaga de la filoxera (que afectó a los viñedos) y la estructura de la propiedad rural (dificultades de los minifundios) en Andalucía, a lo que se sumó, en los comienzos del siglo XX, la guerra de África. En lo que incumbe a Argentina, los inmigrantes andaluces, en muchas ocasiones procedentes de Brasil, se radicaron en las provincias de Buenos Aires y Rosario (en la zona litoral, para la construcción ferroviaria y portuaria y la agricultura), Tucumán (al noroeste del país, y con una importante actividad azucarera) y en las regiones vitivinícolas de San Juan y Mendoza (región de Cuyo).

Estatua del emigrante en el pueblo de Tocón, en la provincia de Granada, y emigrantes en la estación de Jaén hacia la década de 1970. La emigración andaluza, a Madrid, País Vasco, Cataluña y otros países de Europa, alcanzó sus cifras más elevadas entre 1950 y 1980 y tuvo particular incidencia en las áreas rurales del interior y las provincias de Jaén, de la que salieron casi 180.000 emigrantes sólo en la década de 1960, y Almería, con un persistente ritmo migratorio desde las décadas iniciales del siglo.





 


 

Granada 7 de octubre de 2026.

Pedro Galán Galán.

Página web consultada:

https://www.centrodeestudiosandaluces.es/publicaciones/la-novena-provincia-la-emigracion-de-andaluces-a-cataluna-ah-28

Bibliografía:

Cózar Valero, M. A.: La emigración exterior de Almería. Universidad de Granada, 1984.

Instituto de Estadística de Andalucía. Un siglo de demografía en Andalucía. La población desde 1900. Sevilla, 1999.

López Ontiveros, A. (coordinador). Geografía de Andalucía. Ariel Geografía, Barcelona, 2003.

Martín Díaz, Enma: Enciclopedia General de Andalucía Tomo 7. C&T Editores. Málaga, 2006.

Recaño Valverde, J. : La emigración andaluza en España. Boletín Económico de Andalucía, nº 24. Consejería de Economía, Innovación, Ciencia y Empleo. Junta de Andalucía. 1998.

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