PRIMERA PARTE DE LA HISTORIA DE LA
HIGUERA CERCA DE ARJONA, RECOGIDA EN LAS ACTAS DEL AYUNTAMIENTO DEL AÑO 1835.
HISTORIA DEL REINO DE ESPAÑA EN ESTE AÑO DE 1835.
Anotado a lápiz
aparece en el folio que sirve de portada:
Nº 4 1835
Manuscrito a tinta
a modo de Portada aparece el texto:
Higuera cerca de Arjona. Año de 1835
Capitular
del corriente año y sigue asta fin del 36.
Higuera cerca de Arjona. Año de 1835
Capitular
del corriente año y sigue asta fin del 36.
Nota: Aparece en la parte superior
de los 4 folios el llamado Sello de Oficio, con tres folios escritos y el
último de contraportada en blanco. No así, en el folio de Portada ya descrito.
El SELLO DE OFICIO tiene forma
rectangular y en el centro aparece el escudo real con el texto en círculo
alrededor del escudo que dice: REINA DE ESP. Y DE IND. En el lado
izquierdo, e ISABEL II P.L.G.D. DIOS en la derecha, y 1835
abajo.
En el lado izquierdo del escudo
aparece: SELLO 4º 40. MRS y en el lado
derecho AÑO 1835.
Me parece muy
adecuado para comenzar el recoger la Cronología
de la Regencia
de María Cristina en el año 1835.
18 de enero, pronunciamiento
liberal para restablecer la Constitución de 1812 del ayudante del regimiento de
Aragón, Cayetano Cardero, en Madrid. Los sublevados llegan a apoderarse de la
Puerta del Sol. Muere en un enfrentamiento el capitán general, Canterac. El
ministerio Martínez de la Rosa se
tambalea.
15 de junio, cae el gabinete
Martínez de la Rosa y
le sustituye el Conde de Toreno, que lleva a Mendizábal al ministerio de
Hacienda.
10 de junio -1 de julio, primer
asedio carlista de Bilbao, donde cae herido Zumalacárregui.
16 de julio, victoria de Mendigorria
sobre los carlistas.
24 de julio, muere Zumalacárregui en
Begoña.
25 de julio, bullangas de Barcelona.
En muchas ciudades se producen algaradas provocadas en parte por los
enfrentamientos de Toreno con la Milicia Urbana
y las Juntas provinciales. En Barcelona se producen asaltos de conventos y se
incendia la fábrica Bonaplata. Motines en Zaragoza, en Andújar (Jaén), en
Madrid, etc.
25 de julio, supresión de todos los
conventos que no tuvieran un mínimo de doce profesores, lo que significó el
cierre de unos novecientos conventos. Ya el 4 de julio se había suprimido la
Compañía de Jesús y se habían incautado sus temporalidades.
14 de septiembre, el Conde de
Toreno, incapaz de dominar la situación cede su puesto a Mendizábal, que
aparece como el hombre salvador en un momento en que los carlistas amenazan
seriamente en el Norte.
11 de octubre, disolución de todas
las órdenes religiosas, excepto las hospitalarias.
24 de octubre, Mendizábal llama a
filas a todos los hombres de dieciocho a cuarenta años, no exentos del servicio
militar, quinta de los cien mil hombres» en realidad eran 46.983. Suprime la
intendencia superior de policía, creada en 1823 con la reacción fernandina, y
pasa sus servicios al ministerio de Gobernación.
Digamos que el año 1835 comienza
dando lugar a lo que podíamos llamar la tercera crisis de la Regencia de María Cristina
provocada por la sublevación de parte de las tropas acantonadas en Madrid en
fecha 18 de enero de 1835, cuyo principal dirigente fue Cayetano Cardero.
Durante el episodio murió Canterac, el Capitán General de Madrid, y la ausencia
de castigo de los responsables evidenció la debilidad del Gobierno.
José Canterac y Donesan fue un militar español de origen francés.
Participó en la Guerra de la Independencia Española y en las guerras de
emancipación de los virreinatos de Nueva Granada y Perú. Hijo de un general
francés muerto durante la revolución francesa, su familia emigró a España en
1792, cuando José contaba con 5 años. Inició su carrera militar en el arma de
artillería pasando luego a la caballería en la cual sirvió durante la guerra
contra Napoleón, en 1812, cuando contaba con tan solo 20 años de edad había
sido nombrado jefe de estado mayor del ejército del General O'Donnell
destacándose notablemente en el campaña contra el Castillo de Abisbal que
culminó con la rendición del general francés Schwartz y le valió a O'Donnell el
titulo de Conde de la
Bisbal. En 1815 fue ascendido al rango de brigadier, siendo
nombrado jefe de una división de 2.700 hombres destinada a reforzar el Ejército
Real del Perú, que debía dirigirse por la ruta de Panamá.
José Canterac y
Donesan, Capitán General de Madrid.
Canterac había ascendido al alto
cargo de capitán general de Madrid el 15 de enero de 1835, tan solo tres días
antes de los hechos. Encontrándose
desempeñando este cargo estalló la sublevación liberal del teniente Cayetano
Cardero del regimiento de Aragón quien puso sobre las armas a las tropas que
guarnecían la Casa de Correos (ubicada en la Puerta del Sol) demandando el
restablecimiento de la Constitución de 1812. Creyendo que su mera presencia
bastaría para sofocar la sublevación, que a pesar de sus simpatías liberales
comprometía directamente la dignidad de su cargo, el capitán general Canterac
se presentó ante los amotinados acompañado únicamente por su ayudante, recriminando
duramente al teniente Cardero a quien desarmó, y sable en mano se dirigió a los
soldados a los que conminó a vivar el estatuto real lo que estos
desobedecieron. Totalmente fuera de si, Canterac lanzó dos veces el extraño
grito de "¡Viva el Rey!" siendo que a la segunda ocasión, una descarga
proveniente de un grupo de paisanos armados, dio muerte instantáneamente al
capitán general e hirió gravemente a un soldado de los amotinados. El teniente
Cardero, quien había permanecido impasible durante este trágico suceso, ordenó
que el cadáver del capitán general Canterac fuera trasladado con respeto a la
casa de correos, y los soldados y paisanos armados despejados de la zona.
Algunos autores han atribuido la culpabilidad de la muerte del general Canterac
al teniente Cardero, mientras que otros sostienen que este general cayó victima
de su temeridad, deber y pundonor.
El periódico madrileño “Eco del
Comercio”, el lunes 19 de enero de 1835, en su número 264 daba la noticia:
“España.
MADRID
18 DE ENERO.
La
capital ha amanecido hoy en un aspecto hostil, que ha podido tener graves
resultados; pero ha concluido en calma después de algunas desgracias. (…)
Al
amanecer salió de su cuartel una buena parte del regimiento 2º de ligeros (voluntarios
de Aragón) y dirigiéndose à la guardia del principal logró sorprenderla, y se
apoderó de todo el edificio de correos. (…)
Noticioso
de este suceso el nuevo capitán general Canterac, se presentó en correos; y se
dice que reconviniendo al jefe que mandaba D. N. Cardero y amenazándolo por
insubordinado, recibió dicho Sr. Canterac tres o cuatro tiros que le dejaron en
el sitio á cosa de las ocho de la mañana.
A
las once y media venia por la calle mayor la guardia saliente de palacio con el
general Llauder à la cabeza, y percibida esta fuerza por los de correos, se
prepararon à resistir. Dos cañones que venían con la guardia empezaron á jugar
desde frente de la casa de Oñate, pero tuvieron que replegarse un poco para
evitar los fuegos que desde la gradas de S. Felipe hacia una compañía de los
voluntarios de Aragón; la que después hubo de retirarse y se metió en correos.
Toda
la guarnición y la
Milicia Urbana, que se habían puesto sobre las armas
empezaron à aproximarse hacia las avenidas de la casa de Correos, pero solo
hizo fuego la infantería de la guardia, y sola à ella los hacían los
encerrados. La compañía de granaderos del 4º batallón de urbanos mandada por su
capitán Berrueta, se aproximó por la calle de Carretas, mas al oír que desde
correos gritaban viva Isabel II, viva la libertad, se abstuvo de hacer fuego á
los que daban sus mismos gritos.
En
seguida se acercaron algunos parlamentarios, que por las rejas hablaron con el
comandante Cardero, y últimamente se presentó el general Solá, anunciando á
nombre de S M. el perdón para todos. En su consecuencia á las tres de la tarde
han salido los voluntarios de Aragón á tambor batiente y tocando patrióticas
por las calles de la Montera
y de Fuencarral con dirección á Alcobendas; y las cinco de la tarde ya se
habían retirado à sus cuarteles las tropas y la Milicia à sus casas.
Los
muertos y heridos de resultas de las descargas han sido tres de los de correos,
ocho ó diez de la guardia, un aguador y otro paisano.”
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Recorte del periódico “El Eco del Comercio” del lunes 19 de Enero de 1835. |
En la caída de este Ministerio se
mezclaron varios hechos, aunque el agotamiento del Gobierno, era más que
evidente al ser incapaz de dirigir victoriosamente la guerra carlista, y de
garantizar el orden público; con lo que la contestación interior y la
indignación del pueblo aumentaban día a día.
En el plano internacional sus
fracasos fueron notables. Su política de moderación no había logrado convencer
a las Potencias del Norte para que reconocieran a Isabel II; y el Tratado de la Cuádruple Alianza
no había llegado a lograr una colaboración más estrecha de Francia e
Inglaterra. Por otra parte, el arreglo de la deuda exterior había lesionado los
intereses de numerosos inversores franceses e ingleses, que presionaron a sus
gobiernos respectivos para que obligasen a España a satisfacer sus demandas.
En junio de 1835, Zumalacárregui se
planteo la forma de continuar la Guerra Carlista avanzando hacia Madrid, o ir a
completar el dominio del territorio con las conquistas de las capitales
vascongadas.
Finalmente se optó por el asedio de
Bilbao, decisión tomada ante la necesidad de contar con plazas importantes, que
le posibilitaran el reconocimiento y la concesión de empréstitos en mejores
condiciones que las que tenía ofrecidas hasta el momento. Hay que decir que la
toma de Bilbao fue la obsesión del carlismo en todos los conflictos del siglo.
Durante las operaciones de asedio y sitio de la capital Bilbao, una bala le
hirió en la pierna y murió al cabo de diez días de recibida la herida.

El General
Zumalacárregui es trasportado herido.
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Lecho mortuorio de Zumalacárregui. |
El 6 de junio de 1835, aislado
políticamente, Martínez de la
Rosa se vio obligado a dimitir. En Junio de 1835 la Reina Gobernadora
nombra al Conde de Toreno, Presidente del Gobierno, que ejercerá tan sólo
durante tres meses, pues en septiembre de ese año un Pronunciamiento auspiciado
por los “progresistas”, herederos de los “exaltados” del Trienio, lo desplaza
del poder.

Martínez de la Rosa. El Conde de Toreno
y abajo
Mendizábal
Mendizábal
Durante ese trimestre Toreno centra
su acción de gobierno en el arreglo de la Hacienda, para lo que continuó con la
desamortización de los bienes eclesiásticos e incluso expulsó de nuevo a los
Jesuitas. Esta medida ponía de relieve que su gradual conversión al liberalismo
conservador era muy matizada. Lo mismo que su decisión de nombrar Ministro de
Hacienda a Mendizábal, un conocido “progresista”, que acabó sustituyéndolo al
frente del Gobierno en Septiembre de 1835. El motín de La Granja, en agosto de 1836,
le obligó a marcharse de nuevo al exilio huyendo de los “progresistas”. El nuevo
Gobierno presidido por el Conde de Toreno, que hasta ese momento había sido
Ministro de Hacienda, parecía configurarse como un heredero político de
Martínez de la Rosa
dimitido, a pesar de que Juan Álvarez Mendizábal, nuevo Ministro de Hacienda,
era una significada figura del liberalismo del Trienio.
Tampoco este nuevo gabinete recibió
la necesaria cooperación internacional, aun cuando algunos acontecimientos a
favor le ayudaron a mantenerse, tales como el levantamiento del sitio de
Bilbao, y además el héroe carlista Zumalacárregui murió a consecuencia de una
herida recibida durante el mismo, tal como hemos dicho anteriormente.
Como la política del nuevo
Ministerio no parecía haber variado, las razones que motivaron las protestas
populares anteriores permanecieron en el sentir de la población. En el mes de
julio se reiniciaron las sublevaciones de Zaragoza, Reus, Barcelona, Cádiz,
Málaga, Granada…
Conviene no olvidar que la revuelta
popular del 25 de julio de 1835 en Barcelona, se saldó con la quema de los
conventos de Barcelona, partió de la Barceloneta, en concreto de la plaza del Torín
(que estaba aproximadamente donde hoy se alza el edificio acristalado de Gas
Natural). Aquellos hechos, desatados por la furia popular ante seis toros que
salieron malos, hay que enmarcarlos en los conflictos que impulsaron la
transición del antiguo régimen a la sociedad liberal.
Altercados en la Plaza de Toros de Barcelona, año 1835.
Fueron hechos tan graves que
precipitaron la formación de juntas revolucionarias y un cambio de gobierno en
Madrid. Pocos meses después del estallido de l’Hòstia (en marzo de 1836), Juan
Álvarez Mendizábal expropió los bienes de la Iglesia mediante una ley de
desamortización que resultó crucial para liquidar el feudalismo en España.
Manuel Llauder Capitan Gral. de Cataluña durante las Bullangas de verano de 1835.

Incendio de la Fábrica de Bonaplata

En numerosas ocasiones, la revuelta
se inició con la masacre de los prisioneros carlistas, como respuesta a las
actuaciones realizadas contra los liberales.

Represión de liberales en la Ciudadela de Barcelona.
Acto seguido se producía una
sustitución de las autoridades, la creación de una Junta revolucionaria, y la elaboración
de un programa político en el que usualmente se solicitaba el restablecimiento
de la Constitución de 1812.
Como no llegaba la ayuda francesa
para auxiliar al gobierno en su lucha contra la reacción del Norte de España y
“contra la anarquía” en la España liberal, Martínez de la Rosa dimitió el 7 de
junio de 1835. Su sucesor Toreno, a pesar de su ataque a la propiedad
eclesiástica y a la primera victoria real contra los carlistas en la Batalla de
Mendigorría el 16 de julio de 1835, no tuvo más éxito que Martínez de la Rosa
en la tarea de desvanecer las sospechas de los radicales y en julio, una oleada
de revoluciones provinciales redujo a su gobierno a la impotencia.
El Conde de Toreno.
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Plano de la Batalla de Mendigorría. |
Para salvar, lo que pudiera ser
salvado del acuerdo de 1834, desplazando el centro de gravedad hacia la
izquierda, Toreno había traído a Mendizábal al Ministerio de Hacienda, quien
llevaba doce años de exiliado en Londres. Así el 14 de Septiembre de 1835 se
hizo primer ministro al mismo Mendizábal con la esperanza de que su reputación
revolucionaria pudiera contener la revuelta liberal. Ante la imposibilidad de
dominar la situación, Toreno cedió el poder el 14 de septiembre de este mismo
año 1835, y Mendizábal, que acababa de llegar de Londres, asumió las tareas de
gobierno del reino. Con la dimisión de Toreno finalizaron los intentos por constituir un justo-medio al estilo del
modelo francés y se avanzo en el camino de las transformaciones sociales en
España.
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Mendizábal de joven. |
Mendizábal fue por lo tanto el
primer hombre de estado llamado a dominar desde Madrid la creciente revolución
provincial que le había llevado al poder, su solución consistió en un intento
de restaurar la “armonía” absorbiendo las juntas revolucionarias en las
diputaciones provinciales legalmente constituidas y distribuyendo cargos a los
pretendientes locales. Para los conservadores, este método de encenagar la
revolución, era tanto como ceder ante la anarquía por más que se la llamara
gobernar.
La primera preocupación del
Ministerio fue normalizar la situación, es decir, eliminar en primer lugar las
Juntas para evitar que el Gobierno se encontrase hipotecado, por la presión que
estas ejercían sobre el mismo, que al mismo tiempo estaba debilitado por la
carencia de recursos económicos, lo que implicaba la existencia de
administraciones paralelas. Las Juntas fueron disolviéndose sin plantear
problemas, salvo las Juntas andaluzas, que habían constituido una Junta
Central, y eran semejantes a las que se formaron a partir de 1808 tras la
invasión napoleónica. Las Juntas andaluzas tenían preparado un ejército para
atacar Madrid en caso necesario. El programa presentado por Mendizábal, aunque
no contemplaba el restablecimiento del texto constitucional de 1812, si
presentaba una serie de propuestas, que satisfacían las aspiraciones políticas
de quienes deseaban el cambio de tener un Gobierno, sometido al control de las
Cámaras del Congreso y Senado, y la declaración de derechos de los ciudadanos.
El eje central del programa era la concentración de todos los esfuerzos para
ganar la guerra, y junto a ello se contemplaba la reforma del Estatuto, el arreglo
de las órdenes religiosas y la difícil situación de la Hacienda.
Mendizábal no llegó al poder como
dirigente de un partido. Su meta, según el mismo manifestaba, era la
“reconciliación de los partidos”, “el mantenimiento de la armonía en el seno de
la familia liberal” por medio de una
revisión del Estatuto Real, que eliminaría de éste algunas de las características que lo hacían detestable para los radicales.
En los confusos debates, que acerca del tipo de sufragio habrían de determinar
la composición de las Cortes, que se encargarían de revisar el Estatuto, esa
pretendida búsqueda de la “armonía” liberal se desvaneció y aparecieron pronto
los esbozos de los dos partidos, de forma que cuando en las Cortes de 1836, los
liberales conservadores se aliaron con la Corona para derrocar a Mendizábal,
éste se vio obligado a desplazarse hacia la izquierda y aliarse con Calatrava y
con los exaltados.
![]() |
José María Calatrava Peinado que fue presidente del Consejo de Ministros desde 1836 a 1838. |
Esta alianza, basada no ya en la
reconciliación liberal, sino en la “vendetta” de partido, fue llevada al poder
por la Revolución de 1836 y así se convirtió este hecho en la raíz del partido
progresista.
Mendizábal fue algo más que el
primer héroe político del partido progresista para generaciones posteriores de
españoles, así como fue considerado también el primer estadista moderno.
Mendizábal era judío y se había ganado cierto renombre financiando el
liberalismo portugués, el origen judío lo explotaron sus adversarios. En las
caricaturas se le retrataba con rabo y las palabras” ¡Ah, muchachos, al hebreo!
Tira del rabo, Juanillo…”. Era muy corpulento, impresionante con su cadena de
oro y zapatillas alardeaba de no ser ni un aristócrata ni un político, sino
simplemente un hombre de negocios. A los ojos de los radicales era un dictador
revolucionario, el llamado “Júpiter de la Reforma” cuyo sistema había de salvar
al país y cuyo nombre sería venerado en las más humildes aldeas españolas
(García Tejero, A.: Historia política–administrativa de Mendizábal (1858), 145-148). Los liberales conservadores veían en él una mezcla de Cagliostro y
Robespierre. En realidad fue el primero de los españoles que con panaceas
extranjeras habían de salvar un país, que había perdido la confianza en su
capacidad de salvarse a si mismo. De ahí que su principal cualidad era el
misterio que rodeaba al desconocido, al hombre no probado todavía, que había
vivido largo tiempo en el extranjero. Cuando en enero de 1836 las Cortes con un voto de confianza, dieron plenos
poderes a Mendizábal para poner en práctica su sistema, pareció que se rendían
a un hechicero. Pero desgraciadamente, el primer estadista moderno de España
resultó ser un banquero de segunda fila, para el cual la energía que mostraba
era un sucedáneo del talento. El famoso “sistema” de Mendizábal, con el que
habría de ganar la guerra contra los carlistas, consistía en el valor que daba
a lo que él denominaba “el poder asombroso y mágico del crédito”, que entendía
le facilitaría el dinero para poner en pie un nuevo ejército de reclutas
forzosos. Mientra que los moderados ponían sus esperanzas en un cuerpo
expedicionario francés, Mendizábal confiaba en lo que había conocido del
mercado de capitales de Londres en los doce años que estuvo allí. Para obtener
un empréstito inglés, estaba dispuesto a rescindir la prohibición de importar
tejidos ingleses, cubriendo el interés del crédito, mediante unos derechos de
importación del 25% sobre los productos textiles admitidos o a hipotecar los
aranceles de Cuba, aunque estas medidas le privasen del apoyo de los
progresistas catalanes. El mismo George Villiers, embajador inglés, que había
aconsejado a la reina Cristina, “en calidad de caballero inglés”, que nombrara
a Mendizábal, favorecía estos proyectos.
El embajador británico en Madrid,
George Villiers, futuro lord Clarendon entre el año 1833 a 1839, y dado el papel activo que jugo en aquel momento crucial de
nuestra historia contemporánea, dejó unos escritos privados relativos a España,
que se conservan en la
Bodleian Library de Oxford, en otras colecciones de archivos
británicos como los Aston Papers. Private and Semiprivate Correspondance del
Public Record Office. Son un importante conjunto documental, que, bajo la
signatura F.O. 355/3 incluye diversas cartas de Villiers fechadas en esta época
a la que estamos tratando en este artículo, que estaban dirigidas a su amigo
Arthur Aston, que desempeñaba el cargo de Secretario de la embajada británica
en Paris. Es igualmente interesante la correspondencia de George Villiers con
Lord Palmerston conservada entre los Broadlands Papers referentes también al
mismo periodo de historia de España.
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Lord Palmerston (Henry John Temple, 3.er. Vizconde de Palmerston), Jefe del Foreing Office Inglés en este tiempo. |
![]() |
Abajo propaganda política de su nuevo partido "Whing" tras abandonar los "Tory".
Después documentos dirigidos a él como Jefe del Foreing Office. |
Palmerston era el Jefe de la Diplomacia Británica
en aquellos años. Hasta 1828 había sido del partido “tory” y por razones no
bien conocidas pasó a militar en las filas del partido “whing”, cuyos
principios políticos defendería a
ultranza desde ese momento.
El archivo contiene algo más de 1500
hojas en las cajas nº 451 a
453, cubriendo casi todo el periodo de tiempo que desempeñó el cargo de
embajador en Madrid: la primera de estas cartas está fechada el 30 de
septiembre de 1833 y la última el 30 de junio de 1838. También se guarda la
correspondencia dirigida a ministros españoles como: Cea Bermúdez, Martínez de la Rosa, Conde de Toreno,
Mendizábal, Conde de Almodovar, Istúriz, Calatrava, Bardají, Conde de Ofalia y
Onís, contenidas en las cajas nº 454
a 456 y ocupa unas 1400 hojas, escritas , como en el
caso anterior , por ambas caras.
Las cualidades personales de
Villiers, su cargo y funciones como representante del gobierno británico, le
permitieron captar la realidad española de aquellos años como un observador
privilegiado.
![]() |
George Villiers embajador británico en Madrid. |
George Willian Frederik Villiers
había llevado desde muy joven un brillante bagaje en la carrera diplomática. Su
eficacia en cuestiones delicadas como diplomático le valió gran reputación. Por
tanto cuando al poco tiempo de encargarse Palmerston del Foreing Office y
cuando se planteó modificar la plantilla de sus representantes diplomáticos en
el extranjero, pues muchos de ellos eran tories designados por los gabinetes
anteriores. El jefe de la
Diplomacia Inglesa Palmerston nombró a Villiers embajador en
Madrid, el cual llegó a Madrid el día 28 de Septiembre de 1833, justo el día
antes de la muerte de Fernando VII, permaneciendo en Madrid como embajador
hasta julio de 1839, en que ocupó su puesto en la Cámara de los Lores.
Villiers llegó a Madrid en un momento excepcional, desaparecía el rey y tres
meses después los liberales ocupaban el poder político y realizaban los
primeros intentos hacia la reforma económica y social del país, dando los
primeros pasos hacia el liberalismo.
La embajada británica en Madrid
jugaba un importante papel en las relaciones exteriores de España con respecto
a Portugal y el miguelismo, de modo que el giro de la política española implicó
distanciarse de la esfera de influencias de las Potencias legitimistas. en que
Cea Bermúdez se había movido hasta ese momento con preferencia. Sin duda
también la importancia de la embajada británica en España se debía al sesgo
que, desde la muerte del Rey Fernando, había tomado la política interior de
España, hecho al que, por lo demás, tampoco había sido ajeno el embajador
Villiers. Se daba la circunstancia de que desaparecido Fernando VII, la propia
María Cristina entendió como única vía posible para mantener los derechos de su
hija Isabel, dado que los carlistas habían recurrido a las armas en defensa de
los suyos, contar con el apoyo de los liberales, los cuales, obviamente,
exigían, a cambio, participar en el poder político, hasta tanto o les fuera
posible apoderarse de él.
Efectivamente, el 14 de enero de
1834 la Reina Regente
retiró la confianza a Cea Bermúdez y en su lugar llamó para presidir el primer
gobierno liberal a Martínez de la
Rosa, y a partir de este momento, las relaciones con los
países afines políticamente se intensificaron. Entonces Gran Bretaña y Francia,
especialmente desde la firma del Tratado de la Cuádruple Alianza
en el mes de Abril y, poco después, con la firma de los Artículos Adicionales,
se constituyeron en tutela moral y material del régimen instaurado en España.
Sus representantes diplomáticos en Madrid comenzaron a desempeñar un papel
protagonista en la escena española, si bien hubo en ocasiones cierta tensión
por hacerse con el monopolio de la influencia; el representante francés fue a
veces “la mano negra” que manipuló a los
gobernantes españoles y trató de conducir su política; pero las más de las
veces, fue el representante británico Villiers quien salió “le
vainqueur”(vencedor) y quien conservó, aun en momentos menos favorables para la
diplomacia inglesa, un gran poder de influencia directa o indirecta en la vida
política de España. Todo ello dio oportunidades inmejorables a George Villiers
para observar acontecimientos, conocer personas, percibir de cerca el pulso del
nuevo régimen español. En su correspondencia privada expresa cuanto ve y capta
sin ningún tipo de cortapisas. Escribía:” Cuanto más vivo aquí, era fecha de
noviembre de 1834, más me convenzo de que Argüelles y la gente de su clase
desconocen el estado real del país; la nación no desea instituciones liberales.
Son esenciales para su prosperidad y para la corrección de los abusos, pero
deben administrarse en pequeñas dosis y bien disimuladas, como las medicinas a
los niños pequeños, a medida que crecen.” (Villiers a Palmerston, 8 noviembre
1834)
En cuanto al sentir de las clases
medias y altas, los Grandes en bloque, salvo alguna excepción, el mundo de la
cultura, del comercio y de la industria, se muestran opuestos a cambios
revolucionarios: “Todos son enemigos de la revolución como lo son de don
Carlos…Si en España es posible alguna mejora, se llevará a afecto a través de
estas clases a que acabo de aludir. Todos ellos son conscientes de esto: cada
día se unen más, y todos son conscientes de que nunca se ha presentado una oportunidad
mejor para la regeneración del país que ésta. Piensan con toda justicia que las
circunstancias de la actual revolución difieren totalmente de las de todas las
demás, que la mejora que se está realizando ha comenzado desde arriba, no desde
abajo, que le es dada y no que ellos la tomen, y se manifiesta de modo evidente
una determinación casi general a aprovecharse de la experiencia y evitar los
errores que en anteriores crisis políticas hicieron que el progreso hacía una
libertad razonable fuera difícil y peligroso”( Villiers a Wellington, 7 diciembre 1834).
Marc-Roch-Horace de
Salviac, Barón de Viel-Castel,nacido en Paris el 16 de agosto de 1802 y muerto el 1º de octubre de 1864, fue
conservador del Louvre.
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Edouard Drouyn de
Lhuys, fue embajador francés en Madrid y posterior Ministro de Asuntos
Exteriores. |
Para el informante francés, que
escribía en los albores mismos de la guerra civil carlista, la regente María
Cristina encontró apoyos entre “todos los hombres que, en grados diferentes,
desean ver introducidos en el Gobierno un sistema de reformas y de mejoras y
junto a ellos se encuentran los verdaderos revolucionarios, menos peligrosos
por su número que por su audacia y actividad”.
Una vez que el liberalismo
disconforme con el régimen político del Estatuto Real apeló a la acción
revolucionaria en el verano del año 1835, se creyó que la presencia de
Mendizábal al frente del gobierno, con un programa de moderación, bastaría para
conciliar voluntades e infundir esperanzas en la población. Pero en diciembre
de ese mismo año las impresiones de Villiers son pesimistas respecto de las
posibilidades de regeneración del país por medio de instituciones liberales:
“Las cosas no pueden seguir otro curso que el que deben en este país. Yo no
desespero, pero tampoco confío. Puede decirse que vivo en un estado de duda.
Puede que España resulte ser, al final, un Fénix que renazca de sus cenizas,
pero pienso si no será éste el último incendio. Será necesario mejorar antes de
que se entiendan los rudimentos de la ciencia del gobierno y antes de que la
sociedad comprenda y asimile las bases permanentes que son capaces de
garantizarle su mejora y bienestar. Todo lo que ocurre aquí les parece bien a
los que viven fuera del país, tal vez también el observador superficial de
dentro, pero todo está vacío y podrido…, si se vieran las cosas entre
bastidores, podría advertirse que todo es mezquino, vicioso y que la situación
es desesperada.
…La gran masa del pueblo es honrada;
pero es carlista; odia todo lo que suene a gobierno liberal, instituciones
liberales, hombres liberales, porque por experiencia sabe que de una situación
liberal se derivan costumbres peores que de un solo déspota. Pero en lo que tú
y otros extranjeros se equivocan principalmente es en creer que el pueblo
español es victima de la tiranía o de la esclavitud. No hay en Europa un pueblo
tan libre: las instituciones municipales en España son republicanas, en ningún
país existe una igualdad comparable a la de aquí. El pueblo se gobierna
mediante unas pocas costumbres, le importan muy poco las leyes y los reales
decretos y hace lo que le apetece. No hay distinción de clases, y todo está
abierto a todos. Todo lo que quiere es que se le robe menos por parte del
Intendente y que el Alcalde no les fastidie; si esto lo consigue se siente
completamente dichoso.
Es un error suponer que el clero
regular es perjudicial en todos los casos… Ellos alimentan, dan empleo y
protegen al pueblo; son, además, la aristocracia del pobre. Todo hombre, por
humilde y desgraciado que sea, puede felicitarse porque, sin ningún tipo de
recomendación, tiene la posibilidad de llevar a su hijo a un convento y de que
su hijo pueda llegar algún día a ser Papa. Por lo tanto, debería tenerse el
máximo cuidado a la hora de suprimir una Orden religiosa; por perjudiciales que
puedan ser, tienen gran arraigo en el país. Hasta ahora he hablado sólo de la
plebe: todo el resto, la gente del frac, está corrompido, es egoísta,
ignorante, brutal y despóticamente tiránico en cuanto tiene poder, serviles e
intrigantes hasta que lo consiguen. No hay probidad ni patriotismo entre hombre
y hombre, sólo se piensa en el dinero, sin que importe para nada el medio como
se obtiene. Sabiendo esto como yo lo sé y como cualquiera que se tome la
molestia de investigarlo lo pueden saber también, puedes comprender hasta qué
punto me ponen enfermo todos los descarados alardes de valentía y patriotismo, y
lo poco que confío en que esté cercano el día en que lleguen a ser la centésima
parte de los que pretenden ser…
Sería muy difícil, a no ser que
escribiera un libro, darte una idea clara (suponiendo que yo mismo vea claro
aquí) del estado de este país, pero puedes estar seguro de que no me he quedado
corto cuando te hablé de la inexistencia de deseos ni aptitud para las
instituciones liberales. La masa de la nación es carlista y partidaria de un
rey absoluto. La generación nueva, a la que podríamos llamar a lo francés la Joven España, está
por las mejoras, por una mayor seguridad de la propiedad, por el desarrollo más
activo de los recursos del país, pero preferiría que ello lo llevara a cabo un
ministro fuerte e ilustrado en vez de un gobierno constitucional, porque sabe
que el país no está preparado para ello, y tarde o temprano sacudirá el yugo de
los que se apellidan liberales, los cuales bajo esa forma de gobierno se
pondrían al frente de los negocios. Esta clase comprende a todos aquellos que
figuraron en la última época constitucional, a los cuales todo el resto de
españoles tiene aversión que sería casi imposible describirla. Estos hombres,
incluyendo unos 2.000 que volvieron de la emigración, han ocasionado todos los
movimientos revolucionarios ocurridos últimamente, primero por medio de las sociedades
secretas, y más recientemente con la ayuda de la Milicia Nacional,
la cual, gracias a la desdichada indecisión con que Martínez y su gobierno
actuaban, acabó por convertirse en simples proletarios armados, dispuestos
siempre a promover desordenes, dispuestos a obedecer a las Juntas o a la Inquisición con tal de
que se les permitiera el pillaje, prestos a dar vivas a la libertad porque esto
les hacía posible ejercer la más desenfrenada tiranía. El gobierno de Martínez
y después el del Conde de Toreno no cometieron durante año y medio más que
errores, sin satisfacer ninguna expectativa razonable de mejora, pero sobre
todo, sin tomar ninguna medida eficaz para dominar a los carlistas ni poner fin
a la guerra civil. Esto produjo alarma y en consecuencia descontento (o cual
nada tiene que ver con el deseo de instituciones liberales); todas las tropas
fueron sacadas de las provincias, y los revoltosos se aprovecharon del
descontento para constituirse a sí mismos en Juntas en uno o dos lugares.
Pronto el ejemplo cundió de forma que gente sin influencia y en absoluto digna
de respeto, ayudado por la
Milicia Nacional, usurpó el poder supremo e impuso la ley a
la parte respetable de la comunidad. Su primer objetivo fue siempre apoderarse
de todo lo de valor a que pudo echar mano y detener y apropiarse de todos los
ingresos del estado; entre tanto, la Milicia Nacional
hacía declaraciones liberales contra todo el que se mostrase contrario al
progreso de la libertad, y, una vez que hubieron abandonado sus puestos y
cargos, exigía públicamente que se le concedieran las vacantes dejadas por
aquellos…
Esto no merece el nombre de
revolución ni es la expresión de un deseo nacional de instituciones liberales,
ya que todo aquel que tiene bienes o está dotado de la más mínima inteligencia
se halla postrado de rodillas ante el
gobierno en protección contra los Cafres, como se les llama. Las promesas de
Mendizábal de mejorar las cosas y, sobre todo, su decisión de actuar con
energía contra los carlistas, han creado un espíritu de resistencia y las
Juntas se han visto obligadas a disolverse…
Cuanto más observo y conozco este
país, más seguro estoy de que no es apto para instituciones liberales y de que,
aun en el caso de que existiera el deseo de ellas, sería necesario no acceder a
ese deseo durante algún tiempo o mientras la nación no alcance un grado de
educación determinado… Si a esta comunidad, tal cual es, se le concede el
juicio por jurados, la libertad de prensa o cualquier otro de los desideranda
de los seres racionales, equivaldría a hundirse en lo más profundo del
infierno…” (Villiers a su hermano Edward, 13 diciembre 1835).
Palmerston estaba en contra respecto al crédito al gobierno español, porque
temía con razón que el crédito no
se lograría, y que serviría tan sólo para empeorar las relaciones con Francia,
que veía en Mendizábal poco más que un agente pagado por los ingleses. El
crédito inglés de Mendizábal se desplomó en efecto, cuando el interés de los
especuladores por los bonos españoles se evaporó en la crisis de 1835. Los
bonos españoles se convirtieron en el “futbol de la Bolsa”. La peor baja se
produjo en septiembre de 1836, tras la revolución de La Granja, estando los bonos a
29 chelines. El mismo periódico “Times” dice en su edición del 26 de julio de
1836 “que estos movimientos constituyen la más extraordinaria serie de
fluctuaciones que se haya producido jamás". David Ricardo le dijo a Palmerston
que los ingleses dispuestos a invertir en España sentían mayor interés por las acciones de los ferrocarriles, que
hacia los créditos al gobierno español. Ante la falta del dinero necesario, la
famosa leva de 100.000 hombres quedó en un asunto de reclutas forzosos mal
equipados y revoltosos.

La campaña contra la propiedad
inmueble de la Iglesia fue obra de radicales, llevándose a término a partir de
1840. Estas actitudes contra la Iglesia coadyuvaron y condujeron a la división
entre progresistas y moderados. La alianza de los moderados con la Iglesia
perseguida se debió a los temores de éstos por la propiedad en general, y en su
deseo de distanciarse de los excesos del radicalismo urbano, para poder así
afianzar un tipo de liberalismo socialmente respetable.
Sería muy difícil evaluar las
consecuencias de las ofensivas política y económica sobre la vida interior de la Iglesia. Se ha dado
por supuesto con excesiva facilidad que la Iglesia, durante todos esos años,
perdió su ascendencia e influencia sobre las clases medias de la sociedad, y
tendría que pasar el resto del siglo XIX, en un intento de recuperar su control
sobre las conciencias de la élite de la nación, aún a costa de la fe de la
clase obrera. Ninguno de estos supuestos es capaz de resistir un análisis
detenido. La aristocracia y las clases medias, imitando a los llamados beatos
de la corte, eran respetablemente piadosas. Cuando hubieron pasado las malas
épocas carlistas, la alianza entre los moderados y la jerarquía de la Iglesia,
fue un factor permanente a pesar de las recriminaciones clericales y la
considerada deserción de los políticos moderados respecto a la Iglesia. La devoción
popular floreció al lado del anticlericalismo popular, tan normalmente como
había ocurrido en otros países católicos europeos, incluso en ciudades
liberales como Valencia.

En relación con el Ejército,
Mendizábal además de proporcionar cuanto dinero le fue posible, decretó una
quinta de 100,000 hombres, que podían acogerse a la redención del servicio
militar mediante el pago de una cantidad de dinero. De esta forma se lograron
dos asuntos tan necesarios para el país: un notable número de reclutas y
recursos económicos tan necesarios para la Hacienda. En este
periodo además llegaron a España los componentes de las Legiones francesa,
inglesa y portuguesa, que fueron enviadas para paliar la negativa anterior a la
petición de España de una intervención directa, por el acuerdo de la Cuádruple Alianza.
Para la consecución de una victoria
se necesitaban los recursos para poder financiarla, y con tal objeto se
presentó a las Cortes una propuesta,
consistente en especulaciones de Bolsa sobre la Deuda, una operación que
reportaba al Estado ciertos beneficios. Con los recursos económicos y con las
nuevas tropas, Mendizábal pensaba que se podía obtener una mejora en la
evolución de la contienda carlista, que posibilitase a la vez la negociación de
un empréstito en condiciones de intereses más favorables. Pero la
insatisfacción popular, generada por el incumplimiento de las promesas
realizadas al tomar el poder, acabaría hundiéndoles. A principios de 1836, en
enero, se produjeron incidentes sangrientos en Barcelona. Al mismo tiempo una extraña alianza de moderados y radicales dejaba en minoría parlamentaria al
Gabinete en la discusión de la nueva ley electoral, lo que llevó a la
disolución de las Cortes. Mientras que, en los primeros meses de 1836, una
serie de disposiciones legales sentaron las bases del proceso desamortizador.
Si Mendizábal afianzó su posición
entre los fundadores del partido progresista, fue gracias a la segunda parte de
“su sistema”, que consistió en la acometida contra la propiedad eclesiástica y
la desamortización de la tierra. Este ataque estaba íntimamente relacionado con
sus proyectos de lograr créditos, las tierras de la Iglesia, convertidas en
bienes nacionales, se emplearían para pagar la deuda nacional y respaldarían
los intentos del gobierno de lograr préstamos. En realidad este ataque a los
bienes de la Iglesia había tenido ya en
1820 una ofensiva iniciada por predecesores
más moderados de Mendizábal, por lo que no tenía nada de original. Esta
acometida contra las tierras de la Iglesia fue considerada como continuación de
una política liberal, aunque en esta ocasión la política de Mendizábal abarcó
un ámbito mucho mas vasto. En Marzo de 1836 hizo toda la propiedad
monástica bienes nacionales y, en julio
de 1837, propuso la venta de la propiedad
inmueble de la Iglesia secular junto con la abolición de los diezmos. La
campaña contra la Iglesia siguió con un
ataque a la jurisdicción eclesiástica. En sus esfuerzos por neutralizar a los
que eran “desafectos o enemigos del trono legítimo y de la libertad nacional”,
el gobierno rescindió a los sacerdotes facciosos las autorizaciones para
predicar y encarceló a todo el Capítulo
de Oviedo, por negarse a aceptar un obispo no reconocido por el Papa
Gregorio XVI. Gregorio XVI fue duramente crítico con la esclavitud, que
seguía practicándose en muchos países, como en las colonias españolas de Cuba y Puerto Rico y en los Estados Unidos.
En 1841 y con la encíclica “Aflictas
in Hispania” Gregorio XVI protestaba de la injerencia del gobierno de Madrid en
los nombramientos de la jerarquía eclesiástica y de la reciente supresión de
las órdenes religiosas. Las autoridades españolas quedaban advertidas de las
penas canónicas que sus decisiones comportaban.
![]() |
Papa Gregorio XVI crítico con la esclavitud y con la supresión de las órdenes religiosas en España. |
Esta preocupación por la lealtad
política de la Iglesia habría de
llevar más tarde al piadoso Espartero al
borde del cisma. Unas treinta y dos de las sesenta y dos sedes estaban
“vacantes” durante la regencia de Espartero como consecuencia de la suspensión
de las relaciones diplomáticas, que hacía imposible la designación regular de
obispos por parte de Gregorio XVI.
A los moderados les era imposible convertirse
en clericales y poder revocar una vez llegados al poder, lo que en la oposición
habían denominado “las expoliaciones de una minoría violenta y dominante” Para
desesperación de sus partidarios clericales, su más contundente defensa de la
Iglesia la hicieron, por consiguiente, desde los bancos de la oposición; en el
poder lo más que pudieron hacer fue suspender las ventas ulteriores de las
propiedades del clero secular, buscando la aprobación retrospectiva del papado
respecto a las ventas ya efectuadas. Esta política, aunque reconocía los
derechos papales al rechazar la doctrina radical sobre la propiedad
eclesiástica, al mismo tiempo hacía imposible la reconstitución de una Iglesia
terrateniente, por mantener en pie los acuerdos revolucionarios respecto a la
misma. Solo se salvó la supremacía papal a expensas de la independencia
económica de la Iglesia española, y de las órdenes regulares.
El ataque liberal a la Iglesia se
había desencadenado cuando esta declinaba por el número de sus servidores, aunque
en aquel tiempo aún había en España más sacerdotes por habitante, que en ningún
otro país católico. El clero secular se mostró incapaz de recuperarse de los desgarramientos de la
Guerra de la Independencia; los monasterios se vaciaban; los jesuitas pasaban
por grandes dificultades económicas. A pasar de ello, las secularizaciones del
liberalismo fueron un golpe terrible, físicamente desastroso; en Madrid
desaparecieron cuarenta y cuatro iglesias y monasterios, nueve se vendieron
como solares edificables, uno fue convertido en ministerio, en otro se alojó la
cámara del Senado, y otros se convirtieron respectivamente en escuela de
equitación, cárcel, teatro y cuartel. En el campo los monasterios cayeron en
manos de especuladores, o degeneraron hasta convertirse en edificaciones
agrícolas.
Me pregunto si el convento de Santa
Clara en La Higuera
cerca de Arjona, correría el mismo destino o habría desaparecido con
anterioridad. Aquel convento para el que a Juan de Reolid se le encargó una
imagen de Santa Clara, cuando se le encargo el retablo de la Iglesia
desaparecido en le Guerra Civil. Hoy en su lugar sólo queda la casa de Santa
Clara, al otro lado de la carretera y enfrente de la antigua salida de la
bocamina romana de Santa Clara.
El conflicto que enfrentó a la
España liberal con el papado, no se debía a que el liberalismo favoreciera la
herejía o un estado moderno, laico, y tolerante. La constitución de 1837
conservaría la posición privilegiada de la Iglesia católica en España frente a
los demás credos. Lo que la Iglesia no podía aceptar, ni los liberales
abandonar, era la versión liberal de las antiguas pretensiones de la monarquía
absoluta en cuanto a su ámbito jurisdiccional, tales como la regulación
unilateral por el Estado de las cuestiones eclesiásticas temporales, de tal
forma que los sacerdotes debían estar sometidos al poder civil como en los
tiempos de la monarquía visigoda. Los contemporáneos consideraban, al igual que
los oradores del 1836, que los monjes no
estaban en armonía con la época. Había
un ambiente de violencia popular anticlerical que acompañaba a la legislación
liberal: los asesinatos de monjes de julio de 1835, la intimidación de
sacerdotes por parte de las autoridades locales, los sacrilegios perpetrados en
las iglesias por los milicianos, eran buena prueba de ello, unas actividades
que veinte años antes hubieran sido consideradas inconcebibles en aquella
sociedad.
![]() |
General Baldomero Espartero |
General Narváez |
Espartero, el héroe radical de
humildes pañales, era creyente hasta la superstición, y su rival, el muy
considerado Narváez, era quien tenía fama de revolucionario.
El ateísmo en los años del 1850 sólo
apuntaba tímidamente en los sectores republicanos y obreros de Barcelona, y su
ateísmo no era fruto de ninguna inclinación herética, vamos que no era por
herejía, sino por la ausencia de toda forma de catolicismo liberal, lo que
impulsó a algunos progresistas a un vago deísmo, al considerarse la Iglesia la
contraposición al progreso que ellos propugnaban. Esto lo simboliza en muchos
casos el destino de la propiedad monástica, lograndes monasterios de las
ciudades con sus jardines rodeados de tapias, tenían que ser destruidos antes
de que se pudieran realizar obras de la mejora de urbanización; las juntas
revolucionarias en muchos casos derribaban las iglesia tanto para dar trabajo
en momentos de crisis como para ensanchar las calles, y en algunos casos como
Barcelona los antiguos edificios monásticos sirvieron para instalar fábricas.
Liberar la tierra de la amortización
y la vinculación a la Iglesia fue un programa del siglo con todas las
pretendidas características de modernidad. La originalidad de Mendizábal,
consistió en que relacionó una revolución en la propiedad de la tierra con la
creación de una economía moderna, “dando a España animación, vida y un futuro”
según sus propias palabras.
Así se produjo la mayor transferencia
de propiedad desde la época de la Reconquista, una transferencia que se basó en
decretos y en leyes, que pusieron en el mercado las tierras eclesiásticas, y lo
que cuantitativamente fue lo más importante, en la ley de agosto de 1836 que
restableció la legislación de 1820 contra la vinculación civil de la tierra,
pues en todo lo que hacía referencia a su legislación eclesiástica, todo había
sido promulgado anteriormente en 1820-1823, y los comienzos de la liberación de
la tierra fueron iniciados por la ley de los moderados de marzo de 1834, cuando
se hizo la venta de ciertos bienes comunales para mejorar. Fue la abolición de
la vinculación lo que hizo posible una redistribución dramática de la propiedad
de la nobleza.
También se defendió la idea, de que
esta legislación se inspiraba en la interesada apetencia de tierras de la clase
media, pero ello no es cierto, las leyes fueron obra de un partido radical cuya
intención era crear una amplia base para una guerra revolucionaria. Esta
conclusión se desprende claramente del debate acerca de los señoríos; pues
cuando los conservadores sostuvieron que la antigua legislación de 1820 no era
práctica, y esto era cierto en sentido estrictamente legal, un diputado radical
objetó que el “pueblo tiene que recibir algo antes de poder crear nuevos
intereses”. Lo que deseaban los radicales, con su conocimiento de la Revolución
era un campesinado revolucionario, una burguesía rural y de izquierdas, una
gran familia numerosa de propietarios campesinos, cuya prosperidad y existencia
dependieran sobre todo del triunfo definitivo de las instituciones de ese
tiempo. La política agraria de los progresistas no pretendía favorecer una
oligarquía rural, ni reforzar el dominio de los grandes propietarios, ni
generar un grupo de especuladores de tierras. No era un intento egoísta, sino
la dogmática creencia en las virtudes del libre comercio de la tierra,
combinada eso sí, con una ignorancia total de sus consecuencias en el futuro,
lo que viciaba la legislación liberal en lo referente a la tierra, no llegaron
a entender, que los pequeños propietarios no podrían competir con los poderosos
en las transacciones de mercado abierto, ya que ganaban siempre los que tenían
más fuerza de antemano. Las tierras puestas a la venta a consecuencia de la
legislación de Mendizábal fueron adquiridas por especuladores y caciques, tal
como ha sido reconocido después.
Queda para una segunda parte La Junta Suprema de
Andalucía, reunida en Andújar y la transcripción de las actas correspondientes
a ese año de 1835.
Granada 25 de
Diciembre de 2014
Pedro Galán Galán.
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