PROLOGO

Se pretende que sea éste un espacio dedicado a entretener y deleitar (... a través de la fotografía fundamentalmente) ... a dar a conocer (...o traer al recuerdo) ciertos monumentos o espacios situados en el término o cercanías de Lahiguera. ...a llamar la atención por el estado de abandono y deterioro de muchos de ellos, ...y si llegara el caso, a remover la conciencia de todos los que somos "herederos" de tales monumentos y espacios, y que con nuestra aportación ayudásemos a la conservación de los mismos.

sábado, 18 de marzo de 2017

LA ATALAYA DE LAHIGUERA, UN COMPLEJO COMERCIAL IMPORTANTE COMO LUGAR DE PRODUCCIÓN, DE ACOPIO DE MERCANCÍAS O ALMACEN, Y CON ESPACIOS ADMINISTRATIVOS DONDE SE REALIZABAN LOS TRATOS Y LAS TRANSACCIONES COMERCIALES.


EL YACIMIENTO ARQUEOLÓGICO DE LA ATALAYA SE CORRESPONDE CON EL DE UN GRAN ALMACEN COMERCIAL FECHADO EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO I ANTES DE CRISTO. UN PEQUEÑO RECINTO DE LA ÉPOCA REPUBLICANA RELACIONADO CON LAS “TURRES BAETICAE”.
La ocupación más antigua de la que tenemos documentada la presencia del hombre en nuestras tierras de Lahiguera se remonta al Neolítico Final, un periodo en el que se inicia la consolidación o fijación del género humano en las tierras en función del inicio de la agricultura. Cuando el hombre primitivo se hace agricultor deja de recorrer las tierras para recoger los frutos silvestres que las plantas le ofrecían para su alimentación.

Un proceso no muy largo ni uniforme, que con el desarrollo de la Edad del Cobre llega a considerarse definitivo para la sedentarización de la población aldeana en los lugares elegidos para ocupar permanentemente, y para vivir estables.

A partir de los momentos finales del IV Milenio antes de Cristo y de los inicios del III Milenio antes de Cristo, se aprecia un aumento considerable de la presencia humana en la zona de nuestro hoy término municipal. Los asentamientos de los agricultores requerían estar próximos a lugares de fácil abastecimiento de agua y la existencia en sus proximidades, de buenos suelos para un aprovechamiento agrícola inmejorable. Por lo tanto se trataba de un tipo de hábitat muy vinculado a una economía básica de subsistencia, basada en los productos que en el campo criaba para alimentación del grupo familiar y sus ganados, con lo que se desarrollaban también los cultivos hortícolas y cerealistas.


La sedentarización del grupo humano inicial y la necesidad de ir aumentando el espacio de tierras productivas, llevó a este tipo de poblaciones a una búsqueda de la máxima competencia en la calidad de los suelos más productivos, lo que conllevaba la acertada elección de los suelos donde se asentaban.

Dada la demostrada calidad el nuestras tierras de la Campiña Sur, era natural la elección desde antiguo de numerosos puntos geográficos de nuestro término para que se produjesen los asentamientos. La elección de estos emplazamientos o asentamientos debían ser elegidos también entre los cerros, que ofreciesen buenas posibilidades defensivas, que ofreciesen la posibilidad de construcción de algún sistema de fortificación, un aspecto que era también considerado prioritario.


El primer asentamiento conocido con fuentes documentales contrastadas por el Equipo de arqueólogos dirigidos por Nocete, es el yacimiento arqueológico de Los Pozos, situado en el mismo casco urbano de la villa.

Este tema ya fue tratado en un artículo anterior titulado: Yacimiento arqueológico en Lahiguera. Los Pozos: Un yacimiento arqueológico del Neolítico en Higuera de Arjona (Lahiguera).
http://lahiguerajaen.blogspot.com.es/2014/05/yacimiento-arqueologico-en-lahiguera.html.


En el año 1986 con motivo de preparar las salidas de aguas negras de nuestras redes de saneamiento, tuvo lugar su descubrimiento, por lo que se realizó una excavación arqueológica de urgencia del citado yacimiento. En Los Pozos apareció una de las primeras fortificaciones conocidas con un sistema defensivo basado en un profundo foso excavado en la roca, con unos muros hechos de adobe. Junto a él aparecieron unas estructuras de habitación, fondos de cabañas con forma más o menos circulares, donde aparecieron grandes cantidades de materiales cerámicos, sobre todo fuentes y platos de arcilla.

Entre mediados del tercer milenio y su final se debió culminar en este yacimiento el proceso de sedentarización de estos hombres primitivos en nuestra villa, consolidándose por tanto en este territorio el modelo de subsistencia basado en la agricultura de cereales.

Según Nocete la topología de poblamientos encontrados responde a una triple articulación de asentamientos humanos:

1º.-  Grandes centros fortificados situados en posiciones estratégicas.

2º.- Asentamientos de tamaño reducido que ocuparon cerros de gran control visual para sus pobladores, vinculados al control del territorio y de sus recursos agrícolas, y

3º.- Pequeños centros agrícolas especializados en los cultivos de secano, con unas estructuras de hábitat débiles.

En el año 1986 en el Anuario Arqueológico de Andalucía, 1986. l. Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Dirección General de Bienes Culturales, página 47, se recoge una referencia a la prospección arqueológica realizada ese año en la zona de Los Pozos de Higuera de Arjona (Lahiguera). El texto es el que sigue entrecomillado:

“Prospección arqueológica con sondeos estratigráficos de Los Pozos (Higuera de Arjona).
Tipo de autorización: Prospección con Sondeos Estratigráficos. Directores: Francisca Hornos Mata (Programación y Coordinación), Francisco Nocete Castro (Director de la Actividad). Entidad/Institución: Delegación Provincial de Cultura de Jaén. Yacimiento: Los Pozos. Localización Geográfica: - Término Municipal: Higuera de Arjona - Coordenadas: UTM 30SV132035 Objetivos de la intervención: Este caso ejemplifica claramente lo que se podría denominar Arqueología Urbana Preventiva. Si bien, este yacimiento ya ha sido ampliamente distorsionado por el crecimiento urbano de la localidad. No obstante, los objetivos de nuestra intervención han sido: - Delimitación del espacio físico y urbano que ocupa lo que resta de yacimiento. - Fijación cultural del mismo, es decir, proteger a través del conocimiento, únicamente posible efectuando sondeos estratigráficos que nos conduzcan a valorar cronologías e interés. - En definitiva esta intervención de urgencia permite precisar el momento cultural del lugar en la Edad del Cobre Antiguo de las Campiñas (1º 1/2 del III Milenio a.C.) y así conocer y documentar un hábitat en cabañas, construidas sobre fondo excavado en la roca y documentar un raro e interesante sistema de fortificación con foso en forma de V (4 m. de profundidad y 2,50 de ancho).
Yacimiento de Los Pozos de Higuera de Arjona (Lahiguera). Excavación de urgencia del año 1986. Tipologicamente es un yacimiento de filiación Neolítica.
En el Cerro de Corbún o Corbull se situó otro poblado que podríamos considerar de una antigüedad cifrada entre la etapa de transición entre la edad del Cobre y del Bronce, según los materiales encontrados en superficie. Este asentamiento está falto de estudio y documentación, por lo que no podemos argumentar demasiados datos de momento. Se deduce que este asentamiento tuvo lugar en el mundo argárico, del que se han encontrado restos en otras zonas de nuestra Campiña. Debió ser una sociedad que alcanzó un alto grado de complejidad en su articulación interna, en la que se puso de manifiesto una jerarquización clara, que podíamos definir como “estatal” de tipo aristocrático. 

El yacimiento de La Atalaya presenta una ocupación en la Edad de Cobre, y tras su abandono se vuelven a producir numerosas ocupaciones en etapas posteriores, generándose así después con el paso de los siglos diversas ocupaciones.
El Cerro de la Atalaya en la localidad de Lahiguera (Jaén) es un peculiar e inédito yacimiento recientemente excavado y que ha revelado una coyuntura de abandono excepcional. Se localiza en la confluencia de varias de las vías de comunicación más importantes que tuvo la Alta Andalucía durante la romanización. El yacimiento se corresponde con un gran almacén de carácter comercial que se ha fechado en la primera mitad del siglo I a.C. Entre los materiales que se han documentado destacan las cerámicas de barniz negro,  sus imitaciones, las paredes finas, cerámicas comunes importadas y un interesante repertorio de ánforas regionales e importadas que son objeto de estudio detallado en las páginas siguientes.

El año pasado la Revista de Prehistoria y Arqueología (SPAL) de la Universidad de Sevilla, publicaba en su número 25 (2016) un total de 34 páginas (113-147), donde se recopilaba un interesante informe de las excavaciones realizadas por los arqueólogos Barba Colmenero, Vicente; Fernández Ordóñez, Alberto; y Torres Soria, Manuel Jesús. Así como el estudio de las Ánforas republicanas del Almacén Comercial del Cerro de la Atalaya (Lahiguera, Jaén), con el título que antecede subrayado. Las excavaciones del Cerro de La Atalaya de Lahiguera se realizaron entre los años 2007 y 2013, años en que se produjeron las ampliaciones y modificaciones de nuestros depósitos de aguas potables en el citado cerro.



El texto por su interés es recogido en su totalidad en este artículo, en él se dice:



“El yacimiento conocido como Cerro de la Atalaya se localiza en la Alta Andalucía, a escasos 600 m. del municipio de Lahiguera, en la provincia de Jaén. Sus excepcionales condiciones de visibilidad sobre la vega del Guadalquivir y la campiña occidental jiennense han propiciado que el lugar tradicionalmente se hubiera identificado con un recinto de época ibérica (Molinos et al.1994: 146), e incluso en recientes estudios se ha considerado que se trata de un pequeño recinto de la etapa republicana, relacionado con las llamadas turres baeticae (Ruiz y Peinado 2013: 23). 
Ubicación del Yacimiento arqueológico del Cerro de la Atalaya de Lahiguera.

En la cima del cerro se sitúa un depósito de agua construido en la década de 1970. Nuestras investigaciones sobre el lugar han estado relacionadas con la ampliación de dicha infraestructura. El Cerro de la Atalaya ha sido excavado sistemáticamente durante los años 2007, 2008 y 2013, como consecuencia de la construcción de un nuevo depósito regulador de agua que abasteciera al municipio (campañas de excavación de 2007 y 2008) y la mejora de la red general de abastecimiento de agua de la campiña jiennense (campaña de 2013). La primera campaña de excavación contempló la apertura de veinte sondeos de 2x2 m, siendo algunos de ellos ampliados hasta excavar una superficie total de 306 m². Ante la aparición de numerosos restos arqueológicos que iban a ser afectados por la construcción del depósito de agua, se vio la necesidad de excavar la totalidad de la superficie afectada por las obras, por lo que en el año 2008 se procedió a una nueva intervención arqueológica en la que se llegó a abarcar una superficie de 236 m. La última fase de estudios arqueológicos realizados en el cerro corresponde al año 2013, en el que se realizó un control arqueológico desde la ladera oeste hasta la cima del cerro, así como una nueva intervención arqueológica en la cima con la apertura de cuatro sondeos, excavándose un total de 41 m². Por tanto, podemos indicar que la superficie excavada total durante estas campañas de intervención ha sido de 583 m², por lo que prácticamente hemos investigado la totalidad del yacimiento. De igual forma, también se ha realizado una prospección sistemática del entorno inmediato al yacimiento, abarcando un radio de unos 4 kilómetros, y una microprospección con GPS de todas las laderas y pendientes con arrastres de materiales cerámicos.

Las diferentes intervenciones arqueológicas realizadas nos han llevado a definir tres momentos de ocupación. El primero de ellos se corresponde con la etapa del Bronce Final, documentándose algunas estructuras excavadas en la base geológica correspondientes a silos de almacenaje, cabañas y dos fosos de carácter defensivo. Sin embargo, las prospecciones realizadas en el entorno nos informan de que la principal ocupación de este momento se encontraría más hacia el este, apreciándose una pequeña meseta que debió estar fortificada con abundante material en superficie. Dicha ocupación está relacionada con la consolidación de núcleos poblacionales de cierta envergadura que empiezan a surgir a partir del segundo y tercer cuarto del III Milenio a.C. en la campiña jiennense (Nocete 1989; Nocete 2001), como el cercano yacimiento de Los Pozos, excavado en la década de los años 80 en el casco urbano de Lahiguera (Hornos et al.1987).
Enterramiento ritual de la Edad del Bronce en el Cerro de la Atalaya de Lahiguera (Jaén), realizada por D. Alberto Fernández, con estratigrafía compacta y despiezada.

La segunda fase documentada se corresponde con la etapa Ibérica antigua, desde el siglo VII a.C. hasta mediados del siglo VI a.C. De esta fase se ha localizado una estructura excavada en la base geológica que presenta una dirección norte-sur y que se ha identificado como un canal de conducción de agua asociado, con toda seguridad, a la puesta en cultivo de la ladera sur del cerro durante esta etapa. Debido a que en los últimos años se habían realizado estudios arqueológicos superficiales, se venía considerando que el Cerro de la Atalaya en esta época se correspondía con un recinto fortificado asociado a lo que se había definido como frontera oriental de Tartessos (Molinos et al.1995).



Nota: sobre este interesante estudio daremos al final de este texto importantes datos de los profesores Ruiz y Molinos para completar la información suministrada en este momento)



Por las evidencias arqueológicas que hemos documentado de esta etapa, sabemos que este yacimiento está asociado a un hábitat estacional con construcciones realizadas con materiales perecederos, a modo de choza excavada en el sustrato geológico, y relacionada con la puesta en cultivo de tierras fértiles en lugares próximo a manantiales o cauces fluviales. A modo de paralelo se han localizado recientemente numerosos establecimientos de este tipo en el entorno de la ciudad de Jaén, en la zona conocida como Marroquíes Bajos (Serrano 2004; Barba 2007; Ruiz et al.2007; Serrano et al.2011).

La tercera fase histórica documentada en el Cerro de la Atalaya es la que mayor importancia tiene, ya que se ha localizado un conjunto de tres edificios de época tardorrepublicana, fechados en la primera mitad del siglo I a.C. Se trata de un complejo comercial dividido en varias áreas que hemos interpretado como zona de producción, lugar de acopio de mercancías o almacén, granero y espacios administrativos o lugar donde se realizarían los tratos y las transacciones comerciales.
Plano del habitáculo con 6 habitaciones, almacén y fuera horno para tostar cereales.

En primer lugar destaca el gran edificio del almacén, que tiene 210 m² y estaba distribuido en seis estancias: tres de ellas precedidas por un pórtico y orientadas hacia la zona oeste del yacimiento y otras tres situadas en la zona oriental y cuyo pavimento está realizado con grandes losas de piedra. En la zona occidental, junto a un gran porche, interpretamos que se guardaban las mercancías elaboradas o directamente destinadas a los diferentes mercados. En cambio, la zona oriental, o parte trasera del almacén, parece que estuvo relacionada con diversas áreas de actividad, donde se han localizado hornos, hogares, bancos de trabajo, etc., y a su vez lugares donde se guardarían los productos semielaborados o en proceso de preparación como salsas y conservas.



El porche exterior debió ser uno de los lugares principales del asentamiento, a él llegarían los comerciantes y era donde seguramente se recibían los productos y se verificaba el estado de los mismos, siendo la parte más pública de las instalaciones.

Ciertos productos de prestigio, como las cerámicas importadas grises bruñidas republicanas y los barnices negros (principalmente del círculo de la B), son almacenados en espacios concretos, y ello pensamos que es debido a los mecanismos de control que se realizan de los mercados y a la ordenación logística de los materiales procedentes de los distintos centros receptores (Barba et al.2014). En el caso de las ánforas, hemos documentado que la mayor parte de ellas se guardan en la zona oriental del edificio, y con el análisis espacial de los distintos tipos anfóricos hemos podido comprobar que las ánforas se asocian a otros tipos de materiales (barniz negro, cerámica de paredes finas, imitaciones, etc.) y que se almacenaban en estancias concretas del edificio.
Planta de las estructuras documentales de la zona construída en el Cerro de la Atalaya.

El segundo de los edificios se localiza en el extremo sureste del complejo y se corresponde con una construcción alargada de 47,50 m², estando precedida por un pequeño pórtico sustentado por pilares de madera. Junto al mismo se han encontrado numerosos bancos de trabajo relacionados con molinos de mano, lo que junto al estudio carpológico realizado, nos ha llevado a identificar esta zona como un lugar de granero y de producción o elaboración de harinas. Adosado al edificio se ha identificado un gran horno circular de 1,20 m de diámetro que estaría asociado al tostado del grano.
El último edificio documentado se encuentra ubicado al este del almacén, pero tan sólo se pudo excavar una pequeña parte del mismo, con lo que nos ha sido imposible adscribirle una funcionalidad concreta; aunque, por los materiales localizados en su interior, pensamos que se correspondería con una zona destinada al hábitat.
Las zonas exteriores que se configuran entre los distintos edificios se identifican como lugares también de producción, donde se han documentado diversas áreas de trabajo relacionadas igualmente con la molienda de grano. 

Hacia mediados del siglo I a.C. se produjo el abandono brusco del asentamiento, debido seguramente a los conflictos internos entre la población local y las élites romanas, que posiblemente controlaban las instalaciones.
Esto motivó que gran parte de los materiales que allí se almacenaban y las distintas áreas de trabajo fueran abandonados de forma súbita, coyuntura excepcional que nos ha servido para interpretar los diversos usos y funciones de los diferentes espacios y dependencias. El lugar nunca más fue ocupado y solamente se han detectado fosas de expolio para sustraer los mampuestos que configuraban los zócalos de las distintas estructuras. Ya en época contemporánea, la construcción del depósito de agua y las labores agrícolas, relacionadas con el cultivo actual del olivar, han propiciado el deterioro superficial del yacimiento y una dispersión considerable de sus materiales. 
Referencia (en Arq. 13. Estudio de Arqueología) del Centro Comercial en el Cerro de la Atalaya de Lahiguera (Jaén) en el siglo I antes de Cristo, fechado entre los años 100 y 60 antes de Cristo, ubicado en un punto estratégico de la Alta Andalucía, que será referente para los estudios de los procesos comerciales en la romanización de la Península Ibérica.
LOS MATERIALES CERÁMICOS REPUBLICANOS DEL CERRO DE LA ATALAYA

Como hemos visto, son muchos los grupos cerámicos que se han estudiado, pero los materiales importados cobran especial relevancia, principalmente la cerámica campaniense. En total se han localizado cuarenta y siete recipientes, siendo el grupo de la B el más numeroso con treinta y siete identificados, formando el 77% de los barnices negros, frente al 23% de campaniense A, con diez ejemplares. Cronológicamente el 95% de todo el barniz negro documentado en la Atalaya se enmarca en el siglo I a.C., con una pequeña muestra del tipo A que presentan una cronología de finales del siglos II y principios del I a.C.
Grupos cerámicos tardorrepublicanos del Cerro de la Atalaya de Lahiguera.

También es significativo el gran número de cerámicas que imitan a barnices negros, con un total de cuarenta interesantes recipientes de grises bruñidas republicanas (GBRs), estudiadas de forma pormenorizada recientemente (Barba et al.2014), convirtiéndose este asentamiento en un gran referente en toda Andalucía oriental con el mayor repertorio hasta ahora localizado de estos materiales. (El subrayado es nuestro)

La vajilla de paredes finas también cobra especial importancia, ya que de igual forma se trata del mayor conjunto hasta ahora documentado de estas producciones para el siglo I a.C. en la provincia de Jaén.

La mayor parte de las formas documentadas se corresponden con producciones ebusitanas, que tendrán un claro predominio en los mercados durante todo el siglo I a.C. hasta el final del principado de Claudio, cuando son sustituidas por las producciones de la Bética (López Mullor 2008). También encontramos producciones itálicas que por las pastas parecen provenir de la zona de Etruria, así como una forma muy característica de las producciones de Siracusa (Mayet 1975; Ricci 1985).

En términos cronológicos, todo el conjunto cerámico que hemos analizado presenta una gran homogeneidad cronológica que fijamos entre los años 100 y 60 a.C. Destacamos varios datos significativos que también son relevantes para fijar un margen cronológico en el yacimiento: no se ha documentado ningún recipiente de cerámica sigillata, la cual sabemos que empieza a circular por nuestra región a partir de mediados del siglo I a.C.; y tampoco se ha localizado ningún fragmento de tegula.

LA METODOLOGÍA APLICADA AL ESTUDIO DE LAS ÁNFORAS

Hemos de indicar que aunque este trabajo forma parte de un estudio más completo que hace referencia al material cerámico, metálico, numismático, carpológico y faunístico de las intervenciones realizadas en el Cerro de la Atalaya, aquí tan solo presentamos una parte del mismo, concretamente la que hace referencia al estudio y clasificación de las ánforas. Han sido en total más de cinco mil los fragmentos cerámicos que han pasado por nuestras manos para su estudio y clasificación.

De esta enorme cantidad de material, se seleccionó en primer lugar aquel que correspondía con la fase republicana en los distintos contextos estratigráficos y microespaciales. Sin embargo, no solo se han estudiado aquellos materiales que aparecían en unidades de ocupación o de abandono de este periodo, sino que también se ha analizado aquel material que aun perteneciendo a época republicana aparecía en otros estratos alterados por el paso del tiempo, como fosas de cultivo, fosas de expolio o niveles superficiales. No obstante, la tipología que aquí presentamos se ha realizado con base en las unidades de ocupación, mientras que las cerámicas de los estratos más superficiales se fueron adscribiendo a uno u otro grupo.

Entre estos fragmentos nos encontramos con bordes, bases, asas y un gran número de informes, algunos de los cuales presentaban decoración. Nuestro estudio ha tenido en cuenta los distintos fragmentos que pudieran pertenecer a un mismo recipiente y por tanto se han realizado agrupaciones contabilizándose muchos de éstos como un único individuo. Respecto a la cuantificación del material, en los últimos años se ha impuesto la utilización de una metodología específica, que permite a su vez estudiar con la mayor fiabilidad posible los fragmentos que constituyen una muestra. Entre estos métodos de cuantificación, se tiende a utilizar el recuento de bordes y el número mínimo de individuos (nmi). Sin embargo, como ya señaló Jaime Molina, el recuento exclusivo del número de fragmentos de cada tipo es la forma que produce menos errores para analizar conjuntos cerámicos. Este autor indicaba que para el caso concreto de las ánforas, para poder corregir los posibles errores existentes, debemos centrarnos en el estudio exclusivo de los bordes (Molina 1997: capítulo 2, 30). De este modo, para el estudio de las ánforas aparecidas en el cerro de la Atalaya, tan solo nos hemos centrado en el análisis de los bordes a pesar de contar con numerosos fragmentos de informes, asas y pivotes.
Ánforas AF-1 y AF-2 sudhispanas del Cerro de la Atalaya.

No obstante, sí debemos señalar que en el caso de las ánforas del tipo AF1 y AF2 que se corresponden con las Dressel 1 itálicas e hispanas, una vez establecidas las tipologías, se han encuadrado una serie de pivotes cuyas características morfológicas, metrológicas y ceramológicas nos permiten incluirlas dentro de este grupo ya que presentan un tipo de pasta característica.

En el resto de las ánforas se ha optado por tener únicamente en cuenta los bordes, ya que no todas las partes de un ánfora nos permiten identificar de igual manera el tipo al que pertenecen. Así, la probabilidad de que identifiquemos acertadamente el tipo al que pertenece un fragmento de borde es muy elevada, semejante al que ofrecería un ánfora completa. Sin embargo, el caso de los pivotes y asas ofrecen unas posibilidades más remotas de clasificación, sobre todo en determinadas formas donde podemos observar que las diferencias entre las asas o los pivotes son prácticamente nulas (Molina 1997).

Una vez tratado el tema de la cuantificación de los fragmentos anfóricos, se nos planteó la problemática de agruparlos en diferentes tipologías que nos permitan acercarnos a comprender con mayor exactitud la dinámica comercial del yacimiento, más aún cuando nos encontramos con el hecho de que junto a estas ánforas aparecían numerosos fragmentos de cerámica de barniz negro, paredes finas y otros elementos que nos indicaban el carácter comercial de las estructuras. Los bordes fueron agrupados según las características ya estipula-das por los estudios realizados por otros autores y que con el tiempo se han establecido como tipos ya aceptados por la comunidad científica. Sin embargo, en nuestro caso nos hallamos con el problema de encontrarnos con muchos fragmentos que no pueden encuadrarse en ningún tipo conocido, ya que pertenecen a formas desconocidas y que, hasta el momento, no han sido individualizadas. Esto se debe principalmente al vacío que existe en el estudio de las ánforas del Alto Guadalquivir. Por ello, con este estudio pretendemos realizar una primera aproximación al análisis de las ánforas de la Alta Andalucía, aunque por el momento no se conoce en esta zona ningún centro productor de ánforas, sino que la presencia de estos recipientes tan solo se ha constatado en lugares de consumo.

En cuanto a las tipologías establecidas, se ha visto necesaria una descripción de los fragmentos a través de la caracterización macroscópica a simple vista, sin entrar a valorar la naturaleza geológica o química de los componentes. Además se han detallado todas las características del ejemplar, tanto morfológicas, metrológicas, ceramológicas y epigráficas. Una vez realizado esto se ha comprobado que existen algunas ánforas que podemos encuadrar dentro de los tipos ya conocidos, como es el caso de las Dressel 1, Mañá-Pascual A4 o las T-4.2.2.1 de Ramón. Para todas aquellas que no hemos podido encuadrar dentro de ningún tipo conocido, hemos optado por realizar una primera tipología que nos sirve como punto de partida para el estudio de las ánforas de la Alta Andalucía.

Respecto a las diferentes pastas cerámicas o facturas de las ánforas que presenta nuestra región, debemos indicar que no es un trabajo sencillo precisar una caracterización concreta de las manufacturas, y ello es debido a la gran homogeneidad de pastas que se localizan en todo el valle del Guadalquivir. Pese a ello, existen algunos matices y pequeñas diferencias con respecto a los diferentes tipos de desgrasantes utilizados. En general, podemos decir que en nuestra zona de estudio se localizan matrices con tonalidades que van desde las naranjas hasta las amarillentas, compactas, duras, y con pequeños desgrasantes grises, marrones y blancos. No obstante, no es posible hacer corresponder una determinada manufactura o determinadas particularidades tecnológicas con el origen geográfico o cronológico de una producción concreta; por ello en nuestro estudio simplemente presentamos una primera aproximación a las diferentes facturas identificadas en cada tipo anfórico. Nuestro análisis se ha realizado a simple vista utilizando para ello una lupa estereoscópica modelo Leyca Mz6 con aumento hasta 4X a la que se le ha adaptado una cámara fotográfica, que nos ha permitido obtener una imagen detallada. Hemos incluido una referencia en formato de tabla siguiendo criterios generales establecidos ya por distintos autores (Peacock y Williams 1986; Molina 1997; Almeida 2008). También hemos podido realizar un análisis de caracterización de materiales de algunos recipientes a través de la técnica del difractograma de rayos X (realizada en un Difractó-metro BRUKER D8 ADVANCE, equipado con rendija automática, perteneciente al Centro de Instrumentación Científica de la Universidad de Granada), estudio que ha sido llevado a cabo por el Departamento de Edafología de la Universidad de Granada.

Una de las carencias de nuestro estudio radica en el hecho de que no contamos con datos de contenidos o de residuos orgánicos, ya que a la dificultad de encontrar restos orgánicos en un material altamente fragmentado, se une el carácter preventivo de las intervenciones arqueológicas.



De los más de cinco mil fragmentos cerámicos localizados en las excavaciones del Cerro de la Atalaya, se han identificado un total de sesenta y cuatro individuos que se han clasificado en once tipos distintos.

Somos conscientes de que debemos ser cautos y tomar precauciones a la hora de tener en cuenta nuestra tipología, ya que un número fiable de fragmentos sería de quinientos bordes, mientras que menos de cien bordes representan un menor grado de fiabilidad. Sin embargo, esta menor representación no significa invalidez absoluta de la muestra, sino que una menor cantidad de individuos tan sólo reduce las posibilidades de aplicación y tratamiento (Molina 1997). Por ello, sabemos que nuestra tipología tan solo es un punto de partida hacia un estudio mucho más amplio que abarca diferentes yacimientos del Alto Guadalquivir y que nos permitirá reconstruir un puzzle del que aún faltan muchas piezas por encajar.



LAS ÁNFORAS DEL ALMACÉN COMERCIAL DEL CERRO DE LA ATALAYA

En el valle alto del Guadalquivir aún no se han desarrollado estudios sobre las ánforas y por el momento simplemente encontramos algunas publicaciones en las que se reflejan en gráficos algunos materiales, sin que los autores hayan prestado especial interés por estos recipientes. Este es el caso de Cástulo (Blázquez 1975a; Blázquez 1975b; Blázquez y Valiente 1981; Blázquez et al.1985), Giribaile (Gutiérrez Soler 2002), Santuario de Castellar (Nicolini et al.2004), Jaén (Serrano 2004; Barba 2007; Serrano et al.2011) y Puente Tablas (Ruiz y Molinos 1993). Por tanto, el estudio que aquí presentamos nos aporta una nueva visión sobre el conocimiento de estos materiales en una región que hasta ahora parecía alejada de ciertos circuitos comerciales.

El contexto arqueológico del Cerro de la Atalaya, de la primera mitad del siglo I a.C., como lugar de tránsito y centro de producción y de distribución de mercancías nos abre un nuevo horizonte sobre las formas de control y dominio durante la implantación romana en el valle Alto del Guadalquivir.

En los últimos años se ha producido un gran avance en los estudios de caracterización y análisis de las ánforas y en especial de las ánforas encontradas en el valle del Guadalquivir (http://amphorae.icac.cat). Gracias a las recientes síntesis sobre las tipologías de la Bética (García Vargas 2001; Bernal Casasola 2001; García y Bernal 2008; García Vargas et al.2011; García Vargas 2012), encontramos una ordenación de los materiales siguiendo criterios cronológicos y espaciales que son de gran ayuda para comprender la lógica comercial y los mercados próximos a nuestra zona de estudio.


La investigación que presentamos de las ánforas del Cerro de la Atalaya nos abre una nueva visión y un nuevo horizonte, a través del cual descubriremos como el valle alto del Guadalquivir se encuentra vinculado a las principales rutas comerciales que en estos momentos se articulan por el Mediterráneo. El indudable carácter comercial del yacimiento nos indica qué tipo de productos están llegando hasta nuestra región y cuáles no, y cómo debieron de organizarse las principales rutas económicas durante el proceso de romanización.


4.1. Ánforas Dressel 1 (AF-1 y AF-2)

Son uno de los tipos anfóricos más estudiados del mundo romano, que protagonizaron el transporte de la gran producción vinícola de las villas esclavistas tardorrepublicanas de Italia. El tipo fue identificado por primera vez por H. Dressel (Dressel 1899) aunque N. Lamboglia fue quien definió los distintos grupos A, B y C, en función de sus variaciones morfológicas y relacionadas con diferencias cronológicas (Lamboglia 1955: 241-270)
En nuestro asentamiento hemos localizado ocho ánforas que pertenecen al tipo 1A itálicas (AF-1), y tres del tipo 1A y 1C que son hispanas (AF-2). Encontramos un borde con número de inventario 25.056, que podría corresponderse con una imitación de grecoitálica tardía, aunque tenemos algunas dudas al respecto ya que los materiales localizados en el Cerro de la Atalaya nos fijan una horquilla cronológica que va desde inicios del siglo I a.C. hasta mediados del mismo siglo, por lo que de momento esta forma la agruparemos dentro de las Dressel 1. También debemos indicar que entre los materiales hemos documentado diversos pivotes, asas y fragmentos informes, por lo que en el cálculo que hemos realizado estaríamos hablando de un mayor número, un número mínimo de individuos de veinte Dressel 1 (11 bordes, 5 pivotes y 4 asas). 
Ánfora AF-2 sudhispana del Cerro de la Atalaya.
En general, observamos que son ánforas pesadas, macizas, con gruesas paredes y una altura media de 1-1,30 m. Los bordes son verticales o ligeramente inclinados hacia el exterior con cuellos largos, de entre 30 a 50 cm; los pivotes, macizos y grandes; las asas son grandes y rectas, aunque existen diferencias según el tipo. La mayor parte de ellas presentan pastas de color rojizo con abundantes desgrasantes de tipo volcánico y las superficies están tratadas con un engobe amarillento muy denso que recubre toda la pieza, lo que nos indica una procedencia itálica, de la zona del Lacio-Campania ( nº inv. 5.000, 22.000, 26.035, 26.038 y 26.063; . nº inv. 3.035).

También se han localizado varios fragmentos que no presentan el tipo de pasta itálica descrita, se trata de tres bordes que tienen una matriz rojiza sin los típicos desgrasantes de la bahía napolitana y destacan las inclusiones de elementos rojos de mediano y pequeño calibre, lo cual nos indica una procedencia sudhispana de la bahía de Cádiz (nº inv. 25.056 y. nº inv. 5.005 y 27.000). La superficie externa en una de las piezas tiene una aguada o engobe de color amarillento (nº inv. 27.000). Debemos indicar que esta misma pieza presenta su borde al completo y gran parte del desarrollo del cuello, donde se localiza un titulus pintado en color rojo en el que se puede leer CAE (...). Estas producciones, consideradas auténticas imitaciones de Dressel 1 principalmente en su variante C, empiezan a conocerse en los últimos años gracias a estudios de los alfares gaditanos, a los hallazgos de la bahía de Algeciras, a los de la costa malagueña y a los del valle del Guadalquivir (Fabião 2001; García Vargas 2001; García Vargas 2010; García Vargas 2012; Bernal Casasola 1998; Bernal y Jiménez-Camino 2004; Almeida 2008). La mayor afluencia de Dressel 1 meridional hispánica se produce y se difunde hacia finales del primer cuarto del siglo I a.C., siendo una muestra de lo que otros autores han venido a llamar un “verdadero fenómeno de romanización de los contenedores” (García Vargas et al.2011: 194). Estos tres bordes localizados en Lahiguera nos indican que hasta nuestra región viajaron productos desde la costa gaditana, seguramente relacionados con contenidos salazoneros, ya que investigaciones recientes han relacionado restos de pescado con Dressel 1 de imitación sudhispánica como por ejemplo en Baelo Claudia (Bernal Casasola et al.2003; Bernal Casasola et al.2007).

Por el momento no contamos con estudios de estas importaciones en nuestra región, sobre los que podamos apoyarnos para extraer algún tipo de conclusión sobre la dinámica comercial de estos contenedores en el valle alto del Guadalquivir, pero sabemos que al igual que ocurría con otras cerámicas foráneas, como las campanienses, son recipientes muy escasos y poco documentados en los yacimientos de la provincia de Jaén. De momento solamente se han localizado Dressel 1 en yacimientos de las zonas mineras de Sierra Morena (Arboledas 2007), en el poblado de Peñalosa (Arboledas et al.2012); en el valle del río Guadalimar como en Giribaile (Gutiérrez Soler 2002), una zona que también está dedicada a la minería desde época ibérica; en la depresión de Toya (Mayoral 2004); en el Cerro de las Albahacas un único ejemplar de Dressel 1 itálica (Rueda Galán et al. en prensa); y en la necrópolis de la Cuesta del Parral o de Piquia en Arjona (estos materiales aún son inéditos y no se han publicado) aunque por el momento, en la mayor parte de los casos no podemos precisar si se trata de importaciones itálicas o de tipos hispanos. A pesar de los pocos datos que tenemos sobre estos contenedores, parece coincidir con la tendencia ya documentada en la Ulterior interna hacia la progresiva normalización de ánforas itálicas con vino tirrénico en los cotos mineros (Bernal Casasola et al.2013).

El 31% de todas las ánforas documentadas en el Cerro de la Atalaya son Dressel 1, un porcentaje bastante elevado que vendría a confirmar la tendencia que se ha observado en la Hispania meridional, produciéndose el máximo apogeo de las ánforas italianas campanas y las primeras imitaciones regionales entre el año 100 y el 70/60 a.C. (Bernal Casasola et al.2013).
En cuanto a la localización espacial de estas ánforas dentro de las dependencias del almacén, se aprecia una concentración mayor en la mitad oriental de las estructuras del gran edificio, zonas exteriores sobre la calle adyacente y una agrupación importante en el espacio H2, la zona sur del pórtico y el espacio H5 .
 
Parece evidente que el almacén comercial de la Atalaya se postula como un centro receptivo y de distribución de mercancías itálicas (ánforas, cerámicas de paredes finas, morteros, etc.), que propició la creación de un mercado regional para el abastecimiento de un determinado grupo social encargado seguramente de gestionar las explotaciones mineras en Sierra Morena.

Los tituli de las Dressel 1 :Uno de los recipientes localizados está completo,  nº inv. 3.035, ánfora itálica) y tiene un titulus pintado en color rojo bajo el borde, en el cual se puede leer “SV”. Este recipiente se encontraba tapado con un cuenco, lo que nos sugiere que en el momento de su abandono posiblemente debió de guardar parte de su contenido. Sabemos que este tipo de ánfora itálica transportaba vino y quizás, el titulus que presenta podría hacer referencia a su contenido y a la calidad del mismo: como se ha sugerido en algunas ocasiones, la (V) podría ser la abreviación de vinum (Nolla 1978: 205); en cambio la (S) haría referencia a alguna cualidad o propiedad del vino, aunque no conocemos referencias similares.
Los tituli picti de las Ánforas del Cerro de la Atalaya de Lahiguera.


Otra Dressel 1 presenta un Titulus realizado igualmente en pintura roja (atramentum) y localizado in collo. Se trataría de un ejemplar que hemos identificado como sudhispano, fabricado posiblemente en la Bahía de Cádiz. En él se puede leer “CAE (...)” (nº inv. 27.000). En las excavaciones realizadas en el anfiteatro de Cartagena se documentó un ánfora Dressel 1 asociada a estratos con cerámica campaniense (Pérez Ballester et al.1995; Pérez Ballester 1995), que presenta un titulus en el inicio del cuerpo en el que puede leerse (...) A L. CAECLIO. Pérez Ballester lo relaciona con una cronología basada en la presencia de los nombres de los cónsules en los recipientes, en su caso con Lucius Caecilius Metellus, cónsul entre los años 119 y 117 a.C. (Pérez Ballester 1995: 178).


En un principio podríamos pensar que CAE (...) podría guardar ciertas similitudes con el titulus del ánfora de Cartagena, aunque presenta dos diferencias notables: la primera de ellas es que el ánfora de Cartagena es de origen itálico del Lacio-Campania, mientras que nuestra ánfora presenta un origen gaditano. Por ese motivo, a pesar de las semejanzas, no podemos aventurarnos a decir que nuestra pieza tiene un titulus donde se aprecia el nombre del cónsul correspondiente. Pensamos que se trataría de un elemento de la estructura interna de los epígrafes que podría hacer referencia o bien al topónimo, descrito de forma reducida, del lugar de producción del ánfora o del lugar del llenado del recipiente, o bien al nombre del comerciante encargado de efectuar el transporte del ánfora, como posteriormente asimilarían, de una forma más compleja, las ánforas olearias pro-cedentes de la Bética en época altoimperial (Martínez Maganto 1998: 1213) y que tan profundamente ha estudiado Rodríguez Almeida (Rodríguez Almeida 1989) o las diferentes intervenciones en el Monte Testaccio (Blázquez y Remesal 1999; Blázquez y Remesal 2001; Blázquez y Remesal 2003).
Ánfora itálica completa del Cerro de la Atalaya.
4.2. Ánforas Pellicer-D de la alta Andalucía (AF-3)

Junto al grupo de las Dressel 1, es la forma más numerosa de ánfora localizada en nuestra intervención, con un número de individuos mínimo de veinte recipientes identificados. Son claramente de fabricación regional, por el tipo de pasta característica de la Alta Andalucía: tonalidades que van desde las anaranjadas hasta las rosáceas, con distintos tipos de manufacturas. No presenta ningún tipo de tratamiento ni decoración en la superficie, aunque en algún caso se aprecia una aguada de arcilla de color rosáceo (fig. 10). Respecto a la caracterización mineralógica de la pasta, podemos indicar que presenta una matriz silicatada dominante, con cantidades variables de calcita que superan el 20%. Estas ánforas tienen una elevada proporción de filosilicatos y una baja presencia de silicatos cálcicos de altas temperaturas, que podría estar indicándonos que fueron cocidas entre 800 y 850 ºC aproximadamente.

A nivel formal este tipo de ánfora presenta asas de oreja y las bases suelen ser cónicas y en algunos casos tienen pivotes huecos con poco desarrollo. Por tanto, se trata de un tipo de ánfora cilíndrica de grandes dimensiones en la que el borde es la prolongación del hombro del recipiente con una pequeña pestaña y engrosamiento hacia el interior.

Encontramos variables del mismo tipo de ánfora en función del grosor del borde y del levantamiento de este hacia el plano horizontal de la pieza. Hemos establecido 4 subtipos:
—AF-3-1: Borde ligeramente redondeado siendo una prolongación de la pared del recipiente (nº inv. 16.022, 16.038, 21.014, 21.038/1, 21.089, 21.143, 26.046/2 y 21.103).
—AF-3-2: Se caracteriza porque el borde acaba en un bisel hacia el interior ( nº inv. 3.013 y 21.105). —
—AF-3-3: Presentan un mayor engrosamiento el borde (nº inv. 21.100 y 26.041/1).—
—AF-3-4: Aparte de presentar un mayor grosor del borde, este también se eleva hacia el plano horizontal de la pieza otorgándole mayor altura a la boca y por tanto generando un pequeño escalón (nº inv. 21.004, 15.008, 22.019, 21.038/2, 21.111, 22.007, 25.049 y 26.015). 

Las Pellicer D son ánforas que aparecen en ambientes púnicos y sobre todo turdetanos, con una cronología muy amplia que iría desde los siglos III al I a.C. (Pellicer 1978; Niveau de Villedary 2002). Como hemos apuntado, se trata de un envase de producción claramente regional de la Alta Andalucía, sin que sepamos por el momento los lugares exactos donde fue fabricada. Se fabricó en toda la costa andaluza, portuguesa y en el interior del valle del Guadalquivir (García Vargas 2012). En la Alta Andalucía sabemos que hay modelos similares en el alfar denominado “Horno del Guadalimar” junto a la ciudad de Cástulo aunque por el tipo de pasta de nuestro ejemplares sabemos que ninguna de estas ánforas del Cerro de la Atalaya fue fabricada en Cástulo (en estos momentos nos encontramos desarrollando el estudio de los materiales de dicho alfar que fue excavado en el año 1975 por Mercedes Roca y del cual solamente se publicó una pequeña referencia).
Emplazamiento de la ciudad íbero-romana de Cástulo.
Dadas sus grandes dimensiones (1,23 m de alto por 0,44 en su parte más ancha interna) tienen gran capacidad de almacenaje y sin duda están estrechamente relacionadas con los procesos productivos que se estaban desarrollando en el Cerro de la Atalaya. Hemos podido observar que muchos de estos recipientes se localizan junto a zonas de trabajo asociadas a bancos de molienda, lugares donde se moltura el cereal como hemos apuntado anteriormente. Por tanto, como hipótesis pensamos que estos contenedores estaban destinados al transporte de trigo o harina. Sin embargo no sabemos si este tipo de ánfora fue fabricado expresamente para tal uso, ya que es una forma muy característica y localizada en contextos muy diversos, y por tanto es muy posible que se trate de un contendor multifuncional.

En cuanto a su ubicación espacial en las distintas dependencias del almacén, encontramos datos interesantes. Al contrario de lo que ocurre con otros tipos de ánforas, localizándose muchas de ellas en las zonas exteriores junto a las puertas de las distintas habitaciones (posiblemente determinado este hecho por el proceso de saqueo y expolio que debieron sufrir las mercancías que se guardaban en el interior del almacén), la situación de estas la observamos en los espacios internos, con mayores concentraciones en las habitaciones H3 y H2 y en menor medida H1 y H5 y pórtico del edificio. Esta dispersión nos sugiere varias preguntas acerca de lo que les ocurrió a los productos que se guardaban en su interior. Como sabemos, el yacimiento sufre un abandono brusco asociado a un acontecimiento bélico y las instalaciones son incendiadas. La mayor parte de los materiales quedaron in situ y otros debieron ser saqueados, alguno de ellos esparcidos y rotos por las zonas exteriores. Por los planos de dispersión que hemos documentado en el trabajo de campo, parece evidenciarse que este tipo de ánforas quedó in situ, alguna de ellas como hemos apuntado junto a las zonas de trabajo de molturación de grano, y otras al fondo de las estancias del almacén. En cambio, las ánforas itálicas, las cerámicas campanienses y las paredes finas, es decir, los materiales importados, parecen que tienen una mayor fragmentación y muchos de ellos se han recuperado de forma más desordenada junto a las puertas de las habitaciones y sobre el pavimento de la calle circundante al almacén.

En futuros estudios tendremos que prestar un especial interés a este tipo de ánfora, ya que sabemos que proviene de una larga tradición íbera que perdura hasta el cambio de era.



4.3. Ánforas T-4.2.2.1 (AF-4)

Está representada por tres fragmentos de borde y se caracteriza por ser un ánfora completamente cilíndrica en la que el borde acaba con una inflexión o pellizco hacia el interior y un ligero engrosamiento hacia fuera, por lo que se produce un pequeño escalón (nº inv. 21.059, 22.007 y 27.007).
Anforas T-4.2.2.1 y ánforas AF-5.

Respecto a la forma del borde, se aproximan a las formas conocidas como Pellicer D, pero por el tipo de pasta sospechamos que no estamos ante una producción hispana. Solamente hemos encontrado dos referencias de ánforas similares, las denominadas T-4.2.2.1. (Ramon 1995) o las conocidas como T-18 (Toti 2002), tratándose de una forma muy característica de Mozia (Sicilia), donde fueron intensamente fabricadas.

Si tenemos en cuenta que en el Cerro de la Atalaya se ha localizado un interesante conjunto de cerámica de paredes finas, alguna de ellas de procedencia siciliana (Ricci 1/46 y Mayet 5), no descartamos la posibilidad de que ambos grupos cerámicos viajaran conjuntamente hasta el Alto Guadalquivir



En cuanto a su ubicación en las dependencias del almacén comercial, encontramos dos fragmentos en el interior del espacio H3, y otro en la calle junto a la entrada de dicho espacio , lo cual confirma que este tipo de ánfora solamente se almacenaba en el porche del patio interno, y por tanto su contenido es tratado de forma individualizada respecto al resto de ánforas.



4.4. Ánforas AF-5. Se trata de dos bordes de ánforas similares a las formas anteriores aunque con algún matiz diferente ( nº inv. 9.008 y 16.032), ya que es un tipo de ánfora completamente cilíndrica en la que el borde acaba con una inflexión o pellizco hacia el interior, al igual que la forma AF-4, pero en este caso presenta hacia el exterior un engrosamiento mayor, dándole al borde más redondez. Por las pastas y la tonalidad pensamos que no son locales (fig. 16). Los diámetros de la boca están comprendidos entre los 12,50 y los 20 cm.

No hemos localizado referencias documentales similares a este tipo de ánfora, por lo que no podemos sugerir ninguna procedencia cierta ni ningún tipo de paralelo, aunque podría tratarse de una variante de las dos formas anteriores.

Ánfora T-12 y Ánforas de Castúlo AF-7.

4.5.  Ánfora T-12, Mañá-Pascual A4 (AF-6). Se documenta un único fragmento de borde de este tipo de ánfora (fig. 20 nº inv. 26.035). Se ha clasificado, por la forma del borde y la trayectoria de las paredes, dentro de los modelos conocidos en las series T-12 (Ramon 1995), también conocidos como Mañá-Pascual A4, tipo de tradición fenicio-púnica que se adscribe a la zona de la costa andaluza y de Marruecos, aunque en los últimos estudios apuntan a que los centros de origen están principalmente localizados en el área de influencia de Gadir (Sáez Romero 2008a; Sáez Romero 2008b; Sáez Romero 2002). Se trata de un ánfora de larga perduración crono-lógica, que abarcaría desde el segundo cuarto del siglo IV a.C. hasta la primera mitad del siglo I a.C. (Ramon 1995).

Se caracteriza por presentar un borde alto marcado respecto al cuerpo superior cilíndrico por una inflexión. Estas ánforas suelen tener un ligero estrechamiento dando paso al cuerpo bajo más ancho y oblicuo, para cerrarse definitivamente formando el fondo. En el Cerro de la Atalaya, solamente hemos localizado un borde y algunos fragmentos informes del cuerpo inferior y de la base.

El contenido de este tipo de ánfora consiste en salazones y derivados del pescado (Rodero 1991).

4.6. Ánforas Cástulo AF-7
Se documentan tres bordes que tienen idénticas características formales y tratamiento exterior (nº inv. 11.013, 21.128 y 26.067). Ánfora de borde engrosado con pestaña exterior, muy similar a las que hemos denominado como AF-3. Tienen pastas regionales de la Alta Andalucía y presentan varios tipos de manufacturas con tonalidades que van desde las amarillentas hasta las anaranjadas. Las pastas amarillentas son de la zona de Cástulo: matriz silicatada dominante con cantidades bajas de calcita, baja proporción de filosilicatos y una elevada presencia de silicatos cálcicos de altas temperaturas (diópsido, wollastonita, gehlenita), lo que sugiere que la temperatura de cocción fue moderadamente alta, entre 850 y 950 ºC.
Lo más destacado es su acabado exterior, totalmente barnizado en color rojo granate, que las distingue claramente del resto de recipientes de transporte y por ese motivo se han agrupado en un tipo diferente. Se trataría de un recipiente globular decorado en color rojo al exterior y con un diámetro de la boca de 12 cm.
Como hipótesis que tendremos que confirmar en estudios futuros, pensamos que esta forma de ánfora barnizada contenía vino local de calidad procedente de la zona de Cástulo.
Los tres fragmentos se ubican los espacios H1 y H3, y destaca la localización en el edificio destinado a producción.
Ánfora AF-8 y Ánforas de Cástulo del yacimiento de la Atalaya de Lahiguera.
4.7. Ánforas AF-8. Se documenta un borde de un ánfora que presenta unas características muy peculiares (nº inv. 25.056). Al igual que la forma anterior, se trata de un recipiente barnizado al exterior en color rojo granate y también por la parte interna del borde. Morfológicamente es un borde engrosado y vuelto hacia el interior.


No descartamos que se trate de una producción regional, aunque por el momento no hemos encontrado referencias de este tipo de borde en nuestra zona de estudio. Sin embargo, hemos localizado un borde que tiene la misma forma y que se ha denominado tipo I-3 procedente de la Bahía de Palma (Ribera y Tsantini 2008: 627). Esta forma se ha definido como un tipo de ánfora de gran difusión documentándose en las costas catalanas, valencianas y en el área púnica. Presenta una cronología aún por definir, pero documentada en contextos de finales del siglo II a.C.
 
4.8. Ánfora Cástulo AF-9. Se trata de otro tipo de ánfora con decoración al exterior. Hemos localizado seis fragmentos con idénticas características: borde vuelto con pestaña exterior y apoyo horizontal en la boca. Presenta bajo el borde una marcada carena que hace que el recipiente sea cilíndrico (nº inv. 25.010, 25.012, 25.015, 26.003, 25.038 y 25.076).

Las pastas son locales con tonalidades que van desde las amarillentas (de la zona de Cástulo) hasta las anaranjadas. El acabado exterior presenta una decoración con anchas bandas que se encuentran barnizadas en color rojo granate, y que en algunos casos van entrelazadas con decoraciones de líneas paralelas y semicírculos. También llama la atención que en varios ejemplares, presenta dibujos de líneas paralelas de color granate en el plano horizontal de la boca (nº inv. 25.038).
Como apuntábamos, al igual que las ánforas AF-7, nuestra hipótesis es que esta forma decorada puede estar relacionada con un contenido de vino local, segura-mente procedente de la zona de Cástulo. Si observamos el plano de dispersión dentro del yacimiento, podemos ver que es significativo que todas ellas se localizan al sur del almacén, principalmente en las habitaciones H5 y H6.

4.9. Ánforas AF-10. Se han localizado cuatro ánforas que tienen forma globular con borde vuelto, ligeramente elevado y engrosamiento hacia el interior. Presenta un diámetro de boca máximo de 12cm (nº inv. 21.000, 26.122, 25.049 y 26.129).

Por el tipo de pasta pensamos que es una producción regional, aunque no hemos localizado referencias bibliográficas por el momento de este tipo de ánfora. No presenta ningún tipo de acabado exterior y tiene asas con sección circular.
Desconocemos el contenido que pudo transportar, pero dada la forma globular y el estrechamiento de su boca, pensamos que pudieron ser productos semilíquidos.
Ánforas AF-10 y AF-11 de la Atalaya.
4.10. Ánforas AF-11. Último tipo que hemos identificado en el almacén del Cerro de la Atalaya. Son cuatro fragmentos de ánforas que presentan las mismas características tipológicas: recipientes globulares con bordes engrosados y pequeña pestaña exterior (nº inv. 21.095, 21.111, 25.015 y 26.003). Todas ellas están decoradas al exterior con líneas paralelas de color rojo bajo el borde, lo cual pensamos que puede ser significativo para que queden, en esta primera aproximación tipológica, agrupadas en un mismo tipo; aunque bien es cierto que la forma del borde puede semejarse o recordar a otros grupos como la AF-3. Los diámetros van desde los 10 a los 17 cm. Debieron ser de procedencia regional .

También desconocemos el tipo de contenido que pudo guardar este envase, aunque pensamos que el hecho de tener una determinada decoración pudo ser significativo para identificarlo, al igual que pudo ocurrir con los tipos AF-7 y AF-9. Localizamos dos fragmentos en la habitación H2 (zona este del almacén), un fragmento en la habitación H5 (zona oeste) y un fragmento al exterior de los edificios.



LAS ÁNFORAS REPUBLICANAS DEL CERRO DE LA ATALAYA  COMO ÍNDICE DE ROMANIZACIÓN  DE LA ALTA ANDALUCÍA.

La expansión territorial romana, hacia finales del siglo II a.C., parece consolidarse con la creación de nuevas formas de explotación agrícola y minera en tierras del Alto Guadalquivir, lo que debió de propiciar la creación de unidades de producción e infraestructuras destinadas a la distribución de mercancías, ubicadas en lugares estratégicos. Seguramente, en un primer momento y en la mayor parte de los casos, los romanos aprovecharían las infraestructuras existentes de las ciudades más relevantes, pero en otros casos debieron construirse ex novo instalaciones y lugares encargados de recepcionar las mercancías derivadas del pago de las diversas obligaciones fiscales, a las que se vieron sometidos los pueblos conquistados. De esta forma, el Cerro de la Atalaya se configura como un lugar de tránsito ubicado a escasos 5 km del río Guadalquivir, junto a las principales vías de comunicación y nudos comerciales de la Alta Andalucía: la vía Heraclea y la futura vía Augusta. El río Guadalquivir, sin duda, debió de convertirse en una vía de comunicación rápida desde época muy temprana, reavivada tras la conquista romana y durante la etapa tardorrepublicana.

De los análisis carpológicos realizados en el yacimiento se desprenden varios datos a destacar: en primer lugar sabemos que la especie más numerosa es el trigo común duro, el cual llega hasta el Cerro de la Atalaya limpio, cribado y no asociado a ningún tipo de mala hierba, por lo que no se cultiva en el entorno inmediato al yacimiento. La ausencia de raquis o bases de lema en los cereales sugiere un almacenamiento del grano limpio. Las mayores concentraciones de cereal están asociadas a diez zonas de molienda localizadas en el edificio que hemos identificado como granero y horno de tostado (Montes 2014).

El proceso que hemos reconstruido se podría resumir de la siguiente manera: tras la recepción del cereal, se almacenaría en sacos apilados sobre el pavimento de grandes losas del edificio de producción y granero, en cuyo porche se han localizado hasta cuatro zonas de trabajo con molinos de vaivén documentados in situ. El grano sería tostado en el horno ubicado en la parte trasera de las instalaciones, lo cual facilitaría su molturación. La harina resultante sería envasada en las ánforas que hemos identificado como Pellicer-D de la Alta An-dalucía (AF-3), localizadas alguna de ellas junto a las zonas de trabajo. Por las grandes dimensiones que presenta este recipiente, debió tener una gran capacidad de almacenaje, según una estimación preliminar cada ánfora pudo contener una media de 90 kg de harina.

El envasado de la harina en ánforas es un hecho novedoso hasta ahora poco atestiguado, pero que sin duda supone un importante avance para el transporte de este producto a largas distancias sin los consiguientes problemas de conservación y mantenimiento, ya que los cereales se preservan mejor si son cocinados o molidos antes de emprender un largo viaje, sobre todo marítimo (Beltrame 2002; Salido 2013).

La segunda especie destacada es la olea, siendo significativa la aparición de huesos de aceitunas completos de dos especies diferentes. Sabemos que en el Cerro de la Atalaya no se realizaron trabajos de extracción de aceite, ya que no se han localizado indicios de dicha actividad; por tanto, el hecho de localizar huesos completos de distintas variedades de aceitunas, nos sugiere que éstas debieron de llegar en salmuera hasta nuestro territorio, seguramente envasadas en algún tipo de ánfora que hemos descrito anteriormente, sin que podamos precisar en cuál de ellas. De igual forma, es significativa la localización de dos especies distintas de aceitunas: la principal, con hueso pequeño redondeado, se estandarizará por toda la Alta Andalucía y principalmente en la Bética a partir del cambio de era, convirtiéndose en el cultivo estrella; en cambio, la otra variedad que se atestigua en el Cerro de la Atalaya, hueso grande y alargado, no ha sido localizada por el momento en ningún otro contexto arqueológico bético o de la provincia de Jaén, lo que podría estar indicándonos que se trata de una variedad importada (Montes 2014).

Por tanto, el Cerro de la Atalaya se nos configura como un enclave logístico ubicado junto al río Guadalquivir, un lugar de tránsito al que llegaron diversas mercancías y donde se recepcionaban los cereales procedentes del pago de los impuestos que tras la conquista se imponen a las comunidades indígenas (stipendium, aestimatio frumenti, vicésima, adhaeratio, praefecti) (González 1979; Aguilar y Ñaco 1997).

Por el momento no tenemos paralelos similares, aunque este tipo de infraestructuras suponemos que debieron ser frecuentes en nudos territoriales estratégicos. El Cerro de la Atalaya presenta una inusual coyuntura de abandono, habiéndose excavado prácticamente al completo la totalidad del yacimiento y presentándonos una planta de ocupación tardorrepublicana única, en la que ha sido fundamental el análisis interpretativo de los diferentes espacios y los materiales allí localizados.

Podemos observar el alto porcentaje de envases importados, un 42% frente al 58% de recipientes regionales (AF-3, AF-7, AF-9, AF-10 y AF-11). El 13% de estas ánforas son de la zona de Cástulo, el 26% son itálicas y contienen vino (AF-1=Dressel 1A). El 5 % sudhispanas con contenidos de salazones o derivados del pescado (AF-2=Dressel 1C provinciales), siendo hasta ahora la primera vez que se documentan estos productos en nuestra región. El 5% se ha identificado con ánforas procedentes de la isla de Sicilia (AF-4=T.4.2.2.1.), seguramente con contenido de vino. Con un 2% encontramos ánforas de la costa andaluza, pudiendo ser de la zona de influencia malagueña con contenidos de salazones (debemos destacar que en el yacimiento también fue localizada una moneda perteneciente al taller de Malaka, nº inv. 23.013, que el anverso representa una cabeza masculina imberbe, a derecha, cubierta con gorro cilíndrico; detrás, unas tenazas y una inscripción neopúnica externa con el topónimo de la ciudad. A esta pieza se le asigna una cronología de inicios de emisión de principios del siglo I a.C.). Por último, se ha identificado un único fragmento que, aunque no descartamos otras procedencias, podría ser de la Bahía de Palma (AF-8=I-3) con un contenido posiblemente en vino.

A nivel tipológico, en nuestro yacimiento las ánforas más comunes son la Pellicer-D de la Alta Andalucía (AF-3) y las Dressel 1 (AF-1 y AF-2), que sumarían entre ambas el 62% del total de los envases documentados. Sin duda, los cereales, el vino itálico y las salazones procedentes de la costa gaditana se postulan como los productos más importantes que llegan a principios del siglo I a.C. en este lugar de tránsito. Estos productos debieron de ser muy demandados por los contingentes itálicos recién instalados en la Alta Andalucía, aunque también parecen ser adquiridos por las élites locales, como queda atestiguado en la tumba íbera recientemente excavada en la necrópolis del paraje de Piquía en Arjona (Jaén), con un ajuar inusual en el que se localizan dos ánforas Dressel 1 (aún no se han publicado los datos de esta excavación, pero se han presentado los resultados en una Reunión Internacional de Arte Ibérico, los días 17 y 18 de junio de 2010 en Arjona).
En el siglo I antes de Cristo, coincidiendo con el cese de las instalaciones romanas del Cerro de la Atalaya, la cultura íbera florecía en Arjona. Esta arqueta funeraria del Principe guerrero íbero es buena prueba de ello. Encontrada en la Necropolis Ibérica de Piquía en Arjona.
El cese repentino de las instalaciones del Cerro de la Atalaya a mediados del siglo I a.C., como consecuencia de un conflicto bélico, truncó los planes de los conquistadores y de las élites romanas que controlaban seguramente el enclave comercial. Esta coyuntura de inestabilidad coincide de forma generalizada en todo nuestro territorio, y como consecuencia de ello observamos cierres y abandonos de algunas minas en Sierra Morena y ocultamientos de tesorillos al norte de la provincia de Jaén (Ruiz y Molinos 2007). Parece advertirse de esta forma una cierta resistencia de la población indígena a las exigencias de Roma, y por ello las instalaciones de la Atalaya debieron ser destruidas, con la intención de cortar y no volver a poner en marcha este lugar de tránsito y sus conexiones con los distintos mercados y los circuitos comerciales.


Agradecimientos:

La Intervención Arqueológica en el Cerro de la Atalaya fue realizada como una actuación preventiva autorizada por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en el año 2007, como consecuencia de la construcción y ampliación de los depósitos de agua potable para el abastecimiento de la localidad de Lahiguera en Jaén.

Queremos agradecer al Centro de Instrumentación Científica del Departamento de Edafología de la Universidad de Granada, los análisis de caracterización de materiales que se han realizado de las distintas ánforas republicanas del Cerro de la Atalaya. De igual forma, queremos agradecer la ayuda prestada por el Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén, en el análisis y la utilización de sus laboratorios.” (Hasta aquí el texto completo de la publicación de los profesores encargados de la excavación en el recinto de la Atalaya).



Con relación al segundo asentamiento en la Atalaya, en época íbera y para comprender la importancia de este tipo de asentamientos en este lugar y otros numerosos lugares de nuestro término municipal, incluimos el estudio de los profesores Ruiz Rodríguez, Arturo y Molinos Molinos, Manuel titulado: Los pueblos ibéricos en la Alta Andalucía y el mundo ibérico Bastetano.



El texto es como sigue:

“De las fuentes históricas escritas y desde la arqueología, parece deducirse, para un momento anterior al siglo VI a.n.e. la existencia de un marco espacial de relaciones culturales durante el Bronce Final, que incluye puntos tan distantes como Huelva, es decir la zona nuclear tartéssica, y el levante peninsular. Las referencias a Mastia de Tarsis y la paridad de la cultura material documentada en el Valle del Guadalquivir, pero también en asentamientos como Penya Negra de Crevillente o Los Saladares de Orihuela, parece difícil definir la existencia de un proyecto político tartéssico vinculado a una región tan extensa: los valles del Guadalquivir y Segura, tal y como podría interpretarse a partir de la lectura del periplo masaliota de Rufo Festo Avieno, pero si hubiera sido así se habría expresado culturalmente en la construcción de una etnia, aspecto este que avalaría la arqueología del bronce final para toda el área. También las mismas fuentes dibujan un panorama donde se perfilan diferentes entidades étnicas, unas aparentemente de mayor entidad territorial, como los propios tartessios o los mastienos, y otras que parecian tener un ámbito espacial mucho más limitado como, de Oeste a Este, cinetes, elbisinos, elbestios, etmaneos o ileates, entre otros.




IBERIA; NUESTROS ORÍGENES DE LA ANTIGÜEDAD PREHÍSPANICA. Los primeros humanos modernos que habitan en España se cree que fueron pueblos paleolíticos que podrían haber llegado a la península ibérica hace 35 000 o 40 000 años. Los íberos se desarrollarían en la Península entre el III milenio a. C. y II milenio a. C., asentados a lo largo de la costa mediterránea. El pueblo ibero tenía su propia lengua, hoy desaparecida. Dicha lengua posee una demostrada vinculación con el actual euskera de los vascones, única lengua prerromana de Iberia que ha permanecido, los vascones un pueblo principalmente pastoril, situados entre el valle del Ebro y la cornisa Cantábrica. Los celtas se establecieron en España durante la Edad del Hierro. Las tribus del norte-centro de España, que tuvieron contacto cultural con los íberos, se denominaron celtíberos. Además, existió una civilización conocida como Tartesos que, según textos clásicos, habitaba el suroeste de España, y de la que existen hipótesis que postulan que desarrollaron una organización social compleja diferenciada de la propia de los colonizadores mediterráneos. Desde el siglo IX a. C., según los hallazgos arqueológicos más actuales, los marineros fenicios, griegos y cartagineses sucesivamente, fundaron algunas colonias comerciales a lo largo de la costa mediterránea, estableciendo relaciones comerciales con los pueblos anteriormente citados, aunque no está claro su dominio real territorial, político e influencia en el Mediterráneo peninsular como ciudades-estado, ajenas al interior o norte peninsular, en el resto de la península ibérica su influencia fue nula e inexistente, de hecho hoy día se pone en duda la veracidad de la batalla de Zama, los singulares elefantes en los fríos Alpes, ya que este animal no es apto para la alta montaña europea, y se considera más bien mitología épica con Aníbal y Cartago como perdedores del mundo antiguo, frente a la cuna de la civilización europea; Roma y la cultura grecolatina.
 

La interpretación de las fuentes es compleja pero no es una cuestión baladí porque de su lectura podría realizarse una doble interpretación en base a la aparente contradicción del problema étnico planteado por los autores antiguos. Podría considerarse la existencia de una fragmentación étnica primaria y un intento de creación de nuevas unidades étnicas de orden superior territorialmente hablando, entre las que podríamos situar a tartessios y mastienos o incluso en un plano superior a la propia homogeneización de toda el área como tartéssica. Pero también cabría la posibilidad de que lo que Avieno recoge como ámbito tartéssico fuera en realidad la expresión de una etnia de antiguos orígenes, la tartéssica, que precisamente a partir del siglo VII a.n.e., o incluso algo antes, comenzara a fraccionarse dando lugar a otros grupos.

"Tartesos" fue el nombre por el que los griegos conocían a la que creyeron primera civilización de Occidente. Posible heredera del Bronce final atlántico, se desarrolló en el triángulo formado por las actuales provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, en la costa suroeste de la península ibérica, durante el Bronce tardío y la primera Edad del Hierro. Se presume que tuvo por eje el río Tartessos, que pudo ser el que los romanos llamaron luego Betis y los árabes Guadalquivir. Influyó sobre las tierras del interior y el Algarbe portugués. Los tartesios desarrollaron presumiblemente una lengua y escritura distinta a la de los pueblos vecinos y, en su fase final, tuvieron influencias culturales de egipcios y fenicios.
La arqueología ha constatado para el siglo VIII y fundamentalmente para el VII a.n.e. cambios en los sistemas de hábitat y de ocupación del territorio que evidencian una transformación en las estructuras del sistema social del final de la Edad del Bronce. De todos los cambios, el fenómeno de la nuclearización como consecuencia de un proceso múltiple de aglomeración aldeana es posiblemente el más importante y el que mejor puede leerse desde la arqueología. Efectivamente, durante esos siglos, con algunos antecedentes en las fases previas, comienza a producirse un fenómeno de aglomeración de la población aldeana en sitios, diversos en su tipología pero que en todos los casos se plantea con un denominador común: concentración en sitios dotados de buenas posibilidades estratégicas y económicas y donde o no había ocupación anterior o si la había, salvo algunas excepciones, era muy limitada respecto a la nueva situación. Pero si la concentración aldeana era ya un factor de transformación del paisaje de primer orden, el siguiente paso, la construcción de grandes fortificaciones y el diseño en su interior de un auténtico plan de urbanización, fue aun más sintomático de los cambios que se estaban produciendo. 


El viaje al tiempo de los iberos. Video de la Diputación de Jaén. Los profesores D. Arturo Ruiz (Arqueológia de la U. de Jaén), Dª Carmen Rísquez (Prehistoria de la U. de Jaén) y D. Marcelo Castro, Director del Conjunto Arqueológico de Cástulo dan explicación detallada de los asentamientos íberos en la provincia de Jaén. Se llega a citar el yacimiento del Oppidum de la Atalaya de Higuera de Arjona, dentro de la red de Oppida distantes entre 4 y 8 kilómetros de esta zona de la provincia.
El espacio fortificado se convirtió en el límite que a la postre acabaría definiendo las primeras ciudades de la antigua área tartéssica (?), creando también un nuevo modelo de asentamiento: el oppidum. Este, en sí mismo, en su estructura espacial y simbólica es el nuevo marco de las relaciones que desde el siglo VI a.n.e. definen a la sociedad aristocrática ibérica. Al convertirse en la única unidad de residencia y de control del territorio, en un proceso que comenzado en la fechas indicadas no culmina hasta inicios del siglo V a.n.e., es el ámbito espacial donde se dirimieron los conflictos que aristócratas y los clientes de estos sin duda plantearon en una sociedad de marcada desigualdad con la mayoría de la población sometida al régimen de la servidumbre clientelar. Sin embargo el proceso no fue ni simultáneo en el tiempo ni con los mismos desarrollos: los diferentes planteamientos territoriales que se observan en la Alta Andalucía pueden vincularse con las diferencias en cuanto a la organización social y desarrollo socioeconómico que se presentaban entre las antiguas étnias preibéricas.
Caja de los Guerreros encontrada en la Necrópolis de Piquía en Arjona. Museo (que será de arte ibérico de) Jaén.
Estas pudieron haber reaccionado de manera distinta al inicio del nuevo orden que se estaba configurando. Y así, aunque no estamos en condiciones de fijar nítidamente los límites entre las distintas unidades, la arqueología nos permite una aproximación al problema a partir de la lectura de los sistemas de ocupación del territorio en el área. De hecho, en la actual Provincia de Jaén se han documentado claramente dos modelos que comenzaron a configurarse en los momentos finales del s. VII a.n.e. y que se expresaron en todo su desarrollo a lo largo del s. VI a.n.e.

Sobre los íberos (Audio-documental). El escritor arjonero D. Juan Eslava Galán responde a preguntas sobre los íberos en entrevista por la publicación de su libro Rey Lobo de ambientación íbera.
Las claras diferencias entre uno y otro incluso han permitido establecer la hipótesis de la existencia de una frontera que pudo ser política pero más convincentemente étnica. El estudio de la tipología del hábitat en la actual provincia de Jaén y en la vecina de Córdoba presenta, para los momentos finales del siglo VII e inicios del VI a.n.e., cuatro formas diferentes de asentamiento: 
Oppida: poblados dotados de potentes y complejas fortificaciones y desarrollados sistemas de urbanización, con diferente tipología y tamaño como Torrejón (en torno a 2 has), Plaza de Armas de Puente Tablas (6 has) o Cerro Villargordo (16 has) o Torreparedones (10 has), corresponderían a esta categoría. 
Torres: asentamientos de claro carácter estratégico, fortificados y con amplia visibilidad, pensados para controlar el territorio de forma articulada con los oppida, lo que conlleva su definición como torres. Entre estas pueden citarse el Cerro de la Coronilla de Cazalilla (Ruiz et alii 1983) o la Atalaya de La Higuera.

Los íberos (Audio-documental)

Asentamientos en llano: de reducidas dimensiones, apenas 1000 metros cuadrados en algunos casos, La excavación de uno de estos sitios, las Calañas de Marmolejo (Molinos et alii 1994), ha permitido fijar la tipología de los mismos: en llano, vinculados a las mejores tierras de la Campiña y Vega del Guadalquivir y sus afluentes desde el Sur, no presentan fortificación alguna y tienen una clara vinculación al sector agrícola que se deduce de su propia ubicación y de la tecnología asociada a su cultura material, lo que impide su especialización en otras actividades productivas, como en el caso de las Calañas en la fabricación de vajillas de cerámica gris a torno.


Aldeas: se documentan algunos asentamientos, de pequeño tamaño pero superiores a los asentamientos en llano, en torno a 0.5 has. En general no tienen un importante control territorial aunque en algunos casos pudieron haber estado dotadas de algún sistema de defensas o incluso de fortificación. Esta tipología se modifica sustancialmente si en el análisis introducimos factores cronológicos y espaciales más precisos que los indicados:
1. En la mitad del siglo VII a.n.e. tanto en la Campiña de Jaén, como en la de Córdoba y en el área de la Vega del Guadalquivir el poblamiento fijó un único tipo de asentamiento que puede ya definirse como oppidum en algunos casos aunque en otros, como en Torreparedones, aun no había comenzado la construcción de la fortificación: fue el momento final de la aglomeración aldeana iniciada en fases anteriores.

2. A finales del siglo VII a.n.e., coincidiendo con la formación de los oppida, se produjo en torno a este asentamiento (Murillo 1994; Molinos et alii 1994) y a otros del área occidental, la aparición de un importante número de asentamientos en llano. Este tipo de hábitat se convierte en el elemento, junto con los oppida, que más claramente caracteriza la ocupación del territorio. En la zona oriental el único tipo de asentamiento siguió siendo en exclusiva de tipo oppidum.

3. En los momentos iniciales del siglo VI o quizás en los años finales del VII a.n.e., en la zona oriental, se documenta un tipo de asentamiento que hasta este momento no había hecho su aparición en toda el área: las torres. Estas, junto con los oppida y las aldeas se distribuyeron desde el Salado de Porcuna en dirección a la Campiña jiennense, dibujando una red de relaciones visuales que permiten asegurar el carácter articulado de su distribución. En toda el área no se ha documentado ningún tipo de asentamiento agrario en llano de pequeñas dimensiones.

4. A mitad del siglo VI a.n.e.., o incluso algo antes, en la zona occidental desaparecieron por completo los asentamientos en llano y se produjo una reestructuración de algunos de los grandes oppida, mientras que otros, de pequeño tamaño durante la fase anterior, lo aumentaron. No se advierten cambios en la Campiña de Jaén.

5. Durante la primera mitad del s. V a.n.e., las torres fueron abandonadas y con ellas el sistema articulado de control del territorio. El único tipo de asentamiento que pervivió fue el oppidum. Incluso algunas de las pequeñas aldeas que podrían identificarse para los momentos finales del s. VI a.C. desaparecieron. Esta tan diferenciada definición del poblamiento a ambos lados del Arroyo Salado de Porcuna plantea varias posibilidades de interpretación. En lo que se refiere a los asentamientos en llano cabrían varias alternativas entre estas que se hubiera tratado de una colonización planteada desde oppida como Torreparedones o Montoro o incluso desde instancias políticas de orden superior, pero también cabe la posibilidad de que fuese una reacción de la familia celular ante los nuevos planteamientos de corte estamental que en la dirección de construcción del poder aristocrático se estaban produciendo en torno a las aglomeraciones aldeanas que comenzaban a perfilarse como oppida. Que el fenómeno no se produjera en la zona oriental podría relacionarse con la situación inmediatamente anterior a la construcción de los nuevos centros que sucedieron a la aglomeración aldeana y se vincularía en consecuencia una diferenciación étnica. Esta podría explicar la reacción de los oppida de la zona oriental, reacción que no tuvo que ser necesariamente consecuencia de un proyecto político sino más posiblemente una cuestión de solidaridad étnica ante el avance de los pequeños asentamientos hacia su territorio. Ello explicaría que pasado el aparente peligro y transcurridos ya algunos años, las torres fueran desmanteladas.


Oso ibérico de Porcuna (Jaén). Museo Arqueológico Nacional. Madrid.

El paso del siglo VI al V a.n.e. supuso que, del mismo modo que en el tratamiento de la imagen había cambiado la estética de los reyes - dioses por la de los héroes, tal y como se advierte en el conjunto escultórico de Porcuna (Negueruela 1991; Ruiz 1998), en el espacio de los asentamientos, al integrar los restos de hábitat disperso (los hábitat agrarios de tipo aldeas que todavía quedaban en el territorio) en el interior de las fortificaciones, se configuró una forma de ocupación del territorio en el que la unidad de hábitat fue el oppidum. Este hecho fue indicador de una política por la que los aristócratas mostraban su poder por el número de clientes que les rodeaban y le reconocían como reyes. Este proceso llevó a la ampliación del espacio urbanizado de los oppida, de hecho antiguas áreas abiertas del oppidum de Puente Tablas en el siglo VI a.n.e. pasaron a ser ocupadas con casas. El urbanismo del "oppidum" de Puente Tablas deja ver tres zonas distintas en el espacio interior del sitio. En el centro de la meseta existió una trama urbana con las casas dispuestas en manzanas a lo largo de calles paralelas que corrían en dirección a la parte mas larga de la meseta, es decir de este a oeste; al este, entre la trama urbana y la muralla, se definió un espacio de carácter comunal, donde se rompía la dirección del conjunto de calles paralelas y pudieron existir estructuras como aljibes; por último al oeste, también entre el caserío y la zona que caía en pendiente sobre el río hubo una zona de carácter singular, que atribuimos al espacio de residencia aristocrático. La zona se separó además del resto de las residencias del poblado por una calle transversal a las que discurrían en dirección este - oeste, que en su proyección se dirigía a la puerta del poblado (Ruiz 1995; Ruiz y Molinos 1992). 


Documental LOS ÍBEROS - 1º Parte.
No sabemos si el modelo que deja entrever el oppidum de Puente Tablas es generalizable a todo el territorio que hoy ocupa el Alto Guadalquivir o por el contrario este fue una excepción. Con todo, la forma amesetada del sitio giennense fue la más común en la Campiña Occidental desde el río Guadalbullón hasta el río Salado de Porcuna aunque los tamaños fueron muy distintos como demuestra la gran diferencia existente entre las dieciocho has. del cerro de Villargordo o la Ha. del Torrejón. A diferencia del modelo de la Campiña de Jaén, al este del río Guadalbullón el patrón de asentamiento siguió un modelo de distribución longitudinal, marcado por el deambular del río Guadalquivir: Iliturgi o Cerro Maquiz en el encuentro de los ríos Guadalimar, Guadalbullón y Mengibar, Gil de Olid en Puente del Obispo, Ubeda la Vieja que se sitúa frente a la desembocadura del río Jandulilla en el Guadalquivir, Toya localizada en un punto rico en aguas entre el río Toya y el Guadiana Menor inmediatamente antes de desembocar en el Guadalquivir y Los Castellones de Mogón. En el río Guadalimar, cerca de Linares se localiza también Cástulo. A este grupo de oppida hay que sumar Cerro Alcalá en la Cabecera del río Torres.
La Dama de Elche, máxima representación del arte íbero.

Con la integración del hábitat disperso en los oppida durante el siglo V a.n.e. la zona oriental de Jaén tendió a un nuevo modelo de ocupación del territorio en el que lo característico fue reproducir con nuevas fundaciones de oppida el modelo del río Torres en el que existía un oppidum en la desembocadura sobre el Guadalquivir y otro en el tramo interior del río, cuanto mas próximo a la cabecera mejor, siempre que existieran condiciones aceptables para el desarrollo de la agricultura. De este modo en el río Jandulilla se fundó el oppidum de la Loma del Perro, en el Guadiana Menor Castellones de Ceal y en el Guadalimar Giribaile. Este proceso no fue tan simple tal y como lo muestra la fundación del santuario del cerro del Pajarillo (Molinos et alii 1998), que se situó en la cabecera misma del río Jandulilla, es decir en el lugar en el que varios subafluentes daban lugar al río. El sitio debió ser en épocas antiguas una zona lacustre y de hecho en el siglo IV a.n.e. se documentan restos evidentes de aguas estancadas que alcanzaban hasta la misma base del cerro. Precisamente desde este punto y por la ladera de una pequeña colina se levantaba lo que hoy sin duda podemos catalogar como un espacio de culto. El área de culto se había separado del resto del espacio abierto con la construcción de un monumento, un falso frente fortificado, visualmente presidido por una torre a la que coronaba un conjunto escultórico en cuya escena principal un héroe luchaba contra un lobo ante grifos y leones que le protegían. El monumento de El Pajarillo respondía a una cuestión política, ya que su clara definición de puerta, de control económico de una ruta que movía productos indicadores de poder y de coincidencia con un momento en que se transformó el poblamiento del valle, no son sino la suma de circunstancias que definieron el camino que las aristocracias de la zona oriental de Jaén emprendieron. De hecho a diferencia de los atomizados modelos de la Campiña en esta segunda área los programas de expansión política en el territorio fueron evidentes aun a pesar del escaso tiempo de funcionamiento del monumento de El Pajarillo.


Juramento de los guerreros íberos, que consagraban su vida a su rey o jefe, al que tenían la obligación de proteger en el combate, a cambio de su protección, mantenimiento y un mayor estatus social, ya que el jefe pertenecía a la clase dominante.
Otros ejemplos nos lo confirman con más detalle. Seguramente a fines del siglo V a.n.e. ya se habría iniciado un culto religioso en Despeñaperros (Prados 1994). El Collado de los Jardines que así es conocido en la actualidad es un abrigo que culmina la ladera de un cerro que se levanta sobre el mismo paso de Despeñaperros. El lugar debió de estar asociado a una fuente de agua natural. Las mismas características se repiten también, aunque parece que con una cronología algo mas tardía, mediados del siglo IV a.n.e., en el santuario de Castellar, también en el norte de la provincia de Jaén, en el Condado cerca del río Guadalimar.
Reproducción de escritura íbera del periodo del Bronce, hecha en plomo de Ullastret a finales del siglo IV antes de Cristo.
Los Altos del Sotillo es también un abrigo asociado a una fuente de agua natural y un punto de control de un puerto que abriría el Guadalimar hacia las vías agropecuarias que se dirigen al norte. Este papel de apertura de vías de paso entre el Valle del Guadalquivir y la Mancha, justificaría la definición romana de “Saltus Castulonense” y no de “Silva” que se dio a Sierra Morena, destacando su imagen de espacio salvaje controlable que fue aspiración desde Cicerón a Carlos III. La cueva de la Lobera del Santuario de Castellar o de los Altos el Sotillo (Nicolini et alii 1987), al menos en el siglo III a.n.e. fue el núcleo del centro de culto y en su interior debieron depositarse o echarse los cientos de exvotos de bronce recogidos desde inicios de siglo. A la cueva se accedía por una rampa construida por grandes piedras. Se formaba así una terraza inmediatamente delante del abrigo que era la primera de otras tres que desde ella descendían hasta el llano. El urbanismo del santuario en la tercera de las terrazas no seguía un esquema de casas adosadas en manzanas o articuladas en calles, al modo que lo hemos valorado en los oppida; en realidad cada casa estaba aislada y separada de la casa dispuesta a su izquierda o a su derecha por un paso que ascendía seguramente con escalones hacia la rampa de la ultima terraza y se separaba de la casa que se situaba por encima o por debajo por su disposición en la terraza que le correspondía.


La gesta española; Los primeros guerreros españoles, Istolacio, Indortes y Orissón. Con José Javier Esparza y Cristina López Schlichting.

Desde el siglo III a.n.e. (Ruiz 1998) se vuelve a tener noticias de los nombres con que lo romanos conocieron a los iberos de la zona. Gracias a ello sabemos que los oretanos cubrieron el área norte de la provincia de Jaén, e incluso que, según Strabon (IV, 3, 2), Cástulo era un centro esencial. También Ptolomeo habla de los oretanos y en su lista de ciudades cita con localización segura en la provincia de Jaén los casos de Salaria en Úbeda la Vieja y Tugia en Toya, cerca de Peal de Becerro, los dos centros al sur del Valle del Guadalquivir y al este de la actual provincia. Si llegó a existir un territorio oretano parece evidente que este se dispuso al sur y al norte de Sierra Morena y por lo tanto que los santuarios se configuraron en el centro del territorio de esta etnia, posiblemente como centros de culto étnicos. Una segunda opción se perfila si se vincula la existencia de estos centros de culto a la capacidad política del oppidum de Cástulo y no necesariamente a la existencia de un poder político territorial oretano. La etnia es una construcción histórica, por ello los oretanos pudieron haber existido con posterioridad al siglo III a.n.e. o ser ya en ese siglo solo un residuo cultural de la etapa anterior. Este último caso parece difícil de justificar por cuanto hubiera quedado reflejado el nombre en algunas de las fuentes históricas que informan sobre la configuración del panorama de los pueblos de la Península Ibérica entre los siglos VI-V a.n.e. En cambio la existencia de los oretanos o de Cástulo con anterioridad al siglo III a.n.e. no deja lugar a dudas.
https://www.youtube.com/watch?v=kUsTEoNFsgo
Los oretanos son citados en los primeros enfrentamientos entre los cartagineses y los indígenas porque un rey oretano, Orisson, fue el que programó la celada que llevó a la muerte al general cartaginés, Amilcar Barca, padre de Aníbal. Coincide la puesta en marcha de los santuarios de Sierra Morena con un proceso que recuerda bastante la situación creada en el valle del río Jandulilla, porque precisamente en esos momentos se fundó un nuevo oppidum al noreste de Cástulo. Se trata de Giribaile un asentamiento situado en la confluencia de los ríos Guadalimar y Guadalen, en el término de Vilches (Gutiérrez 1996). La fundación del sitio coincidió con el momento en que se definió el territorio de Cástulo del mismo modo que al sur lo hizo Úbeda la Vieja con la fundación del oppidum de la Loma del Perro en el río Jandulilla o Tugia en el Guadiana Menor con la fundación de Castellones de Ceal (Chapa et alii, 1993).

Guerrero de doble armadura del yacimiento arqueológico de Cerrillo Blanco de Porcuna (Jaén). Datado del siglo IV antes de Cristo.

Es posible que estos primeros momentos partieran de un modelo territorial en cuyo límite se situaron centros de culto a héroes locales. Sin embargo mientras el modelo territorial entró en crisis en el valle del río Jandulilla, el valle del río Guadalimar, es decir el territorio de Cástulo, continuó su caracterización en el siglo III a.n.e. tal y como lo confirma el éxito de los santuarios que en ese momento alcanzaban su fase de mayor desarrollo. Es posible que el modelo fuera proyectado en su origen desde Cástulo para afirmar el control sobre su territorio, pero si paralelamente las relaciones políticas con los oretanos del norte de Sierra Morena se estrecharon, el hecho pudo llegar a reconvertir aquellos centros del gran oppidum en referente cultural de toda una etnia. En consecuencia lo que comenzó en la parte oriental de la provincia de Jaén, por ser la proyección del modelo aristocrático sobre territorios superiores a los de los oppida, terminó en el caso al menos de Cástulo con la apertura de un proceso que pudo haber llegado a configurar territorios políticos muy amplios, identificables a nuevas etnias. 


Civilización legendaria, descrita por griegos y romanos quienes se fascinaron por unos soldados que se lanzaban al combate sin miedo alguno y que resistían peleando sin retirarse aún con la batalla perdida. Eran los mercenarios más apreciados y leales pues tenían una especie de juramento "la devotio" en la cual ofrecían su vida por la de su caudillo. Aportaron a Roma sus espadas el Gladius hispaniensis y la falcata además de su mejor infantería.
La red política debió tener su base en causas religiosas, matrimoniales, militares o políticas que ampliaron la clientela, es decir la pirámide de dependencias e hicieron que los aristócratas de algunos oppida pasaran a ser clientes del aristócrata del oppidum dominante. El resto de la zona no ha sido pródiga en información para el siglo III a. n. e. a pesar de ser escenario de la Segunda Guerra Púnica. En la Campiña de Jaén, entre el Salado de Porcuna y el río Guadalbullón, debió de continuar existiendo la amplia trama de oppida del siglo IV a.n.e. De hecho no se constatan experiencias de creación de territorios políticos superiores al oppidum y ello se deja notar porque en la zona se habla de bastetanos, que fueron los herederos directos de los mastienos que existieron en la época tartéssica y que hoy no parece posible identificarlos como un grupo con el mismo carácter étnico-político que tenían los oretanos, en suma si existieron unos bastetanos con capitalidad en Basti (Baza, Granada), como en muchas ocasiones se ha escrito, estos fueron una sección étnica.
La península ibérica en torno al año 300 antes de Cristo.


Un grupo diferente de oppida conformado por Iliturgi, Cordoba o Ipolca y con ciertas dudas Tucci (Martos), que como Urgao (Arjona) pudo ser bastetano, formarían parte de los túrdulos. Se trataba de la zona que a fines del siglo VII a.n.e. constituyó un lado de la frontera, aquel que se situaba en parte de la provincia de Córdoba y en la Vega de río Guadalquivir y que pudo haber sobrevivido culturalmente, mientras los oppida continuaron con el sistema nuclear. Un caso también complejo lo ofrece el Sur del río Guadalquivir entre las desembocaduras de los afluentes Guadiana Menor y Guadalbullón, es decir el cuadrante Suroriental de la actual provincia de Jaén. Tradicionalmente se ha indicado que centros como Tugia o Salaria eran oretanos y casos como Auringis (Puente Tablas?) Ossigi (Cerro Alcalá? entre Jimena y Mancha Real) o Mentesa Bastia (La Guardia) eran en cambio bastetanos. Sin embargo existe una referencia de Plinio sobre unos mentesanos (Plinio, III, 19) entre los oretanos y los bastetanos que no conviene olvidar. En primer lugar porque existen dos oppida llamados Mentesa Bastia, ya citado en la Guardia de Jaén y Mentesa Oretana en Villanueva de la Fuente en Ciudad Real, que si bien podían indicar por el segundo nombre su pertenencia a estos grupos étnicos sin embargo también podrían interpretarse como los centros que se nominaban por las dos etnias que les rodeaban. De hecho las tradiciones funerarias eran muy diferentes entre Cástulo y Tugia o Mentesa (Ruiz et 1992) pues el primero en el siglo IV a.n.e. contaba con monumentos sobre empedrados tumulares como en Estacar de Robarinas y el segundo grupo se caracterizaba por las tumbas de cámara o pozo como las de Toya o Castellones de Ceal. 

Por último hay referencias en la fuentes a un régulo ibérico, un príncipe aristócrata llamado Culchas (Livio, 28, 13; Polibio 11, 20), que gobernaba durante la segunda Guerra Púnica sobre veintiocho oppida y que participó en la guerra del lado romano sumándose con su ejercito de clientes en un punto no muy lejano a Cástulo (Ruiz 1998). La realidad es que con el desarrollo del sistema nuclear entre los siglos IV y II a. n. e. pudieron existir distintas experiencias en la gestación de las etnias, en unos casos con éxito y en otros sin desarrollo posterior.” (Tomado de: Ruiz Rodríguez, Arturo y Molinos Molinos, Manuel: Los pueblos ibéricos en la Alta Andalucía y el mundo ibérico Bastetano. Centro Andaluz de Arqueología Ibérica.)

LOS PUEBLOS IBEROS DEL ALTO GUADALQUIVIR (1978)


Núm. 1.- Fortificación y Santuario del Collado de los Jardines,

Núm. 2.- Fortificación del Peñón de la Niebla.

Núm. 3.- Yacimiento del Castillo de Santa Elena.

Núm. 4.- Yacimiento de La Tejera.

Núm. 5.- Yacimiento del Castillo de Santisteban del Puerto.

Núm. 6.- Santuario de Castellar de Santisteban.

Núm. 7.- Fortificación del Cerro Ballesteros.

Núm. 8.- Yacimiento del Cerro de la Consolación.

Núm. 9.- Yacimiento de Olvera.

Núm. 10.- Fortificación de la Magdalena.

Núm. 11.- Yacimiento (Horno) de Guadalimar.

Núm. 12.- Fortificación de Giribaile.

Núm. 13.- Fortificación y Necrópolis de Cástulo.

Núm. 14.- Yacimiento de Las Huelgas.

Núm. 15.- Yacimiento del Cortijo del Ahorcado.

Núm. 16.- Necrópolis de Ibros.

Núm. 17.- Recinto de Ibros.
Núm. 18.- Recinto de la Cortijada de S. Bartolomé?
Núm. 19.- Fortificación de Ubeda la Vieja.
Núm. 20.-Fortificación de Montiel.
Núm. 21.-Recinto de la Plaza de Armas (Vértice del Guadalquivir-Guadiana Menor)?
Núm. 22.- Recinto del Cortijo del cerrillo de los Palomares?
Núm. 23.- Yacimiento del Cortijo de La Felicidad.
Núm. 24.- Necrópolis del Cerro de la Horca.
Núm. 25.- Fortificación del Cerro del Arroyo de Peal.
Núm. 26.- Necrópolis del Cerro de los Arrendadores.
Núm. 27.- Yacimiento de Bruñel Bajo.
Núm. 28. -Fortificación de Lacra.
Núm. 29.- Necrópolis y fortificación de Castellones de Ceal.
Núm. 30.- Fortificación del Cortijo del Alamo.
Núm. 31.- Necrópolis de la Venta de la Manuela.
Núm. 32.- Fortificación de Solera.
Núm. 33.- Yacimiento de la Atalaya de Garcíez.
Núm. 34.- Yacimiento del Cerro Serón en el Cortijo de Gil de Olid.
Núm. 35.- Necrópolis de Haza de las Capellanias.
Núm. 36.- Fortificadón de Cerro Alcalá.
Núm. 37.- Yacimiento de Caniles.
Núm. 38.- Fortificación de Letraña?
Núm. 39.- Recinto de Torremocha.
Núm. 40.- Recinto del Cerro de la Sierrezuela.
Núm. 41.- Recinto del Cerro de la Pedriza.
Núm. 42.- Recinto del Cerro de S. Cristóbal (Víllagordo ).
Núm. 43.- Fortificación del Cerro de las Torres en el Cortijo de Maquiz.
Núm. 44.- Yacimiento del cerro de la Muela.
Núm. 45.- Necrópolis del Cerro de La Cueva.
Núm. 46.-Fortificación de la Plaza de Armas del Puente Tablas en Jaén.
Núm. 47.- Necrópolis de las Eras de S. Julián.
Núm. 48.- Recinto del Cortijo de los Corralejos.
Núm. 49.- Recinto de la Ladera de S. Cristóbal
Núm. 50.- Fortificación de Mingo Pérez.
Núm. 51.- Fortificación de la Plaza Armas de Sevilleja.
Núm. 52.- Necrópolis de las Viñas.
Núm. 53.- Fortificación de los Villares de Andújar.
Núm. 54.- Fortificación de Los Barrios.
Núm. 55.- Fortificación de S. Julián de Marmolejo.
Núm. 56.- Fortificación del Cerro de las Torrecillas.
Núm. 57.- Yacimiento Fortificación de Arjona.
Núm. 58.- Yacimiento Fortificación de Porcuna.
Núm. 59.- Recinto de la Atalaya de Higuera de Calatrava.
Núm. 60.- Necrópolis de Cerro Blanco.
Núm. 61.- Fortificación y recinto de Torreparedones.
Núm. 62.- Recinto de Piedras de Gilica.
Núm. 63.- Recinto de Doña Mayor.
Núm. 64.- Fortificación de lzcar.
Núm. 65.- Recinto de Doña Esteban.
Núm. 66.- Fortificación del Cabezo de Córdoba.
Núm. 67.- Recinto del Cambronero.
Núm. 68.- Fortificación de Teba.
Núm. 69.- Recinto de las Piedras del Ruedillo.
Núm. 70.- Fortificación y recinto de la Plaza de Armas de Nueva Carteya.
Núm. 71.- Recinto del Casaron del Portillo.
Núm. 72.- Recinto de las Cuevas de Sequeira.
Núm. 73.- Recinto del Calderón.
Núm. 74.- Recinto del Romeral.
Núm. 75.- Recinto del Charconero.
Núm. 76.- Recinto del Castillejo.
Núm. 77.- Recinto de Cornicabra.
Núm. 78.- Recinto de S. Nicolás.
Núm. 79.- Recinto del Sastre.
Núm. 80.- Fortificación de las Vistillas.
Núm. 81.- Recinto del Higuerón.
Núm. 82.- Recinto de la Tejuela.
Núm. 83.- Recinto del Alamillo.
Núm. 84.- Recinto de las Lomas.
Núm. 85.- Recinto del Cerro Simón.
Núm. 86.- Recinto del Cerro del Viento.
Núm. 87,- Fortificación y recinto del Minguillar.
Núm. 88.- Recinto de Torre Morana.
Núm. 89.- Recinto Calderón-Horquera.
Núm. 90.- Recinto de D. Germán.
Núm. 91.- Recinto de Cerro Cotillas.
Núm. 92.- Fortificación del Laderón.
Núm. 93.- Recinto de la Majada de Serrano.
Núm. 94.- Recinto de S. Cristóbal de Baena.
Núm. 95.- Recinto Oreja de la Mula.
Núm. 96.- Recinto del Majuelo Negro.
Núm. 97.- Recinto del Castillarejo.
Núm. 98.- Fortificación y recinto de la Almanzora.
Núm. 99.- Fortificación de Los Cabezos.
Núm. 100.- Fortificación del Cerro de la Cruz.
Núm. 101.- Fortificación y recinto de Cabeza Baja de Encina Hermosa.
Núm. 102.- Fortificación del Cortijo de las Delicias.
Núm. 103.- Yacimiento de Torre Caníles.
Núm. 104.- Fortificación y Necrópolis de San Cristóbal de las Casillas de Martos
Núm. 105. Recinto del Cerro de las Palomas.
Núm. 106.- Recinto del Cerro de la Casa del Capitán.
Núm. 107.- Yacimiento del Cerro de la Atalaya de Martos.
Núm. 108.- Necrópolis y yacimiento de Martos.
Núm. 109.- Yacimiento de la Mondragora.
Núm. 110.- Fortificación y Necrópolis de la Bobadilla.
Núm. 111.- Recinto de Pedroso.
Núm. 112.- Recinto de los Yesares.
Núm. 113.- Recinto de la Nava.
Núm. 114.- Recinto de la Torre de Fuencubierta.
Núm. 115.- Yacimiento de Torre del Alcázar.
Núm. 116.- Yacimiento de Torrebencela.
Núm. 117.- Recinto de la Atalaya de Torredonjimeno.
Núm. 118.- Fortificación del Molino del Cubo.
Núm. 119.- Recinto y fortificación del Cerro del Miguelico.
Núm. 120.- Yacimiento del Mortero.
Núm. 121.- Recinto del Cerrillo del Rey.
Núm. 122.- Fortificación y recinto de la Atalaya de Fuerte del Rey.
Núm. 123.- Yacimiento del Cerrillo del Moro.
Núm. 124.- Recinto de la Silla del Conde.
Núm.125.-Fortificación del Cortijo del Pintado en el Berrueco.
Núm. 126.- Fortificación de Cansinos.
Núm. 127.- Recinto de Cerro Guinea.
Núm. 128.- Fortificación de Olvera.
Núm. 129.- Yacimiento de la Fundición.
Núm. 130.- Yacimiento del Cerro Corbull.
Núm. 131·- Yacimiento de la Mosquitilla.
Núm. 132.- Yacimiento de los Escoriales.
Núm. 133.- Yacimiento de la Solana de los Cerrajones.
Núm. 134.- Yacimiento de las Salas de Galiarza.
(Tomado de Ruiz Rodríguez, Arturo: Los pueblos íberos del Alto Guadalquivir. Análisis de un proceso de transición, 1978, página 257.)
De entre estos 134 yacimientos íberos del Alto Guadalquivir no figura el yacimiento de la Atalaya de Lahiguera (Higuera de Arjona), la razón debe ser que el estudio del profesor Ruiz Rodríguez, A., es del año 1978, y el yacimiento íberorromano  de Lahiguera se comenzo a excavar en 2007 y se realizó en tres fases hasta 2013.
Granada 18 de marzo de 2017.
Pedro Galán Galán.
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