PROLOGO

Se pretende que sea éste un espacio dedicado a entretener y deleitar (... a través de la fotografía fundamentalmente) ... a dar a conocer (...o traer al recuerdo) ciertos monumentos o espacios situados en el término o cercanías de Lahiguera. ...a llamar la atención por el estado de abandono y deterioro de muchos de ellos, ...y si llegara el caso, a remover la conciencia de todos los que somos "herederos" de tales monumentos y espacios, y que con nuestra aportación ayudásemos a la conservación de los mismos.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Juan Montoro




Juan Montoro




           Juan Montoro González vivía en el número 44 de la calle Real. En esa misma casa regentaba una tienda de las que se rotulaban de ultramarinos; es decir, vendía de todo. Es muy recordado por su carácter bromista, pero de esa broma sana donde la víctima era el primero en celebrarla. Conocida y referida es la de los «garbanzos falangistas», ya recogida en este blog por Pedro Galán, y Rafael Órpez en su pregón de San Juan.



          En los tiempos en que ocurre nuestra historia apenas había alumbrado público: una bombilla, que lucía menos que un candil, aparecía de vez en cuando. Y eso en las principales calles, otras nada de alumbrado tenían. En muchas ocasiones, bastantes, todas las calles se quedaban a oscuras: se iba la luz.





          Había casas, las de los más adinerados, que en su fachada, por encima de la puerta de entrada, ponían una bombilla; era un signo de distinción que no todo el mundo podía costearse. En ocasiones, se encendían estas bombillas particulares, por ejemplo cuando el apagón era total; cómo brilla la casa de fulanito. También se daba la escena romántica de tener la luz encendida para que el dueño de la casa pudiera guiarse cuando volvía, casi siempre de alguna taberna, en la oscura noche. El momento culminante llegaba cuando, por Semana Santa, pasaban las procesiones y se iban encendiendo estas luces. No digamos si el santo se paraba en alguna casa, los dueños brillaban más que su bombilla. Juan Montoro tenía una de estas luces en la puerta de su tienda, pero su objetivo no era otro que el de siempre: bromear y pasarlo bien con todos.





          El buen hombre hizo que le pusieran un interruptor al lado de la cama, para que, acostado, pudiera encender y apagar la luz de la calle. Y así lo hacía. Cuando oía pasos daba la luz para que, quien pasara, pudiera alumbrarse. Quizá también pensando en su negocio, si ayudaba a librarse a alguien de un seguro tropezón y más que un probable cepazo; la persona, agradecida, iría a su tienda; aunque no le hacía falta: siempre la tenía llena de parroquianos.

          Ocurrió que la juventud, aquellos que vivían en la parte alta del pueblo, cuando volvía de la Plaza para recogerse, cada noche por allí pasaba. Tras varias veces en que Juan les alumbró, tomaron la costumbre de, al llegar al cerrillo de Paco Pérez, comenzar a gritar:




          ―¡Qué la encienda! ¡Qué la encienda! ¡Qué la encienda! ― a lo que Juan, amablemente, accedía. Gritos de bien, viva Juan Montoro, risas, palmas; en fin, todo lo que unos muchachos predispuestos a la diversión podían decir y hacer.

          ―¡Qué la apague! ¡Qué la apague! ¡Qué la apague! ―Juan cumplía lo requerido, se apagaba la luz y de nuevo se repetía la algarabía. Y así estaban, pidiendo que encendiera y apagara la luz (Juan los obedecía, se lo pasaba mejor que ellos), hasta llegar a los escalones de la cuesta de la Amargura, hasta el Albarral. También era alegría para los vecinos de la calle, no se molestaban; no éramos, entonces, como ahora somos.

           Pero la historia no termina aquí. Una noche Juan oyó ruidos extraños, a deshora. Se levantó y miró por una rendija del balcón. Frente a su casa vivía Peleas. Unos ladrones querían, por un balcón, entrar a robar. Después se dijo que uno de los criados de la casa estaba compinchado y había dejado el balcón abierto.





           El hecho es que Juan, heroicamente, encendió su luz. Los ladrones se vieron sorprendidos. Tenían un mulo con los cascos vendados con sacos para no hacer ruido. Uno de los ladrones ya estaba puesto de pie sobre lomos y albarda del animal alcanzando los hierros del balcón para trepar. Juan encendía y apagaba la luz, una y otra vez, hasta que los oyó alejarse mascullando maldiciones.

           Así salvó a su vecino de un robo, o algo peor.






Manuel Jiménez Barragán

martes, 20 de septiembre de 2016

SEGUNDA ENTREGA DE RELATOS BREVES DE JUAN JOSÉ GARCÍA BERDONCES..

CONFIDENCIAS DE UNA MUJER CON UN DESCONOCIDO EN UN VIAJE OCASIONAL EN TREN. LA HISTORIA DE MARA. 

EL MUNDO DE MARA (1º).
Metido estaba yo en una profunda metamorfosis, cuando Mara (iba a decir cuando Mara llegó a mi vida, pero me parece exagerado) ocupó su asiento. Me paso la vida yendo y viniendo, saludando y despidiéndome, diciendo adiós o hasta pronto. Cuando marcho de mi pueblo me veo obligado a ser otro, a ser alguien que va a otro sitio, con otras personas, con otro entorno, con otras circunstancias. Cuando digo adiós a mi pueblo me veo obligado a decir adiós a personas que quiero, a conocidos que forman parte de mi historia, a personas que he conocido y a otras que no pude conocer. Sin embargo decir adiós es necesario, la distancia es necesaria. Sólo sabes si alguien o algo te importan si los pierdes, aunque sea momentáneamente. Decir adiós es necesario para conocerse a uno mismo y a quien dejas. Para ver cómo esas cosas o personas crecen en ti.

Puse en funcionamiento el lenguaje conectivo. Es necesario para entrar en el mundo de alguien. ¿De dónde eres? ¿A dónde vas? ¿Vaya tiempo que hace! ¡Cuánto retraso lleva el tren!
Decidí tutearla. Su carta de presentación me abrió esa puerta. Directamente le hablé de tú. Creo que le gustó. Su cara denotaba una mujer entera, con carácter, directa.
 Llevaba una tobillera que le llevaba hasta media pierna. La tenía algo hinchada. Me dijo que no era de Alcázar de San Juan, sino de un pueblo cercano. Había venido a pasar unos días con sus amigas de la juventud. Los pueblos son los almacenes de lo que fue y de lo que pudo ser, de tus fracasos y de tus ilusiones, persiguiendo un ideal o tal vez la felicidad, como si la felicidad fuera una liebre, como si la felicidad no anidara dentro de nosotros. Me habló de sus amigas, tan amigas de antes , tan desconocidas de hoy.

Cuando ves a un amigo que hace mucho tiempo que no ves, te ves abocado al disimulo, para que no se note que ya no hay nada entre nosotros. Fueron caminos divergentes, siempre, los que nos separaron. La distancia puede con todo. Lo mata todo. A veces tenemos la capacidad de empezar de cero, en aras de lo que fue, tan grande, quizás. Sólo así puede ser otra vez.
Me hablaba continuamente de su marido. Sentía adoración por él, tanto, que me llegué a sentir algo incómodo. Lo hacía en pretérito perfecto, como si sus vidas estuvieran aún incluidas la una dentro de la otra.
¿Dónde está tu marido? ¿Por qué te ha dejado venir sola? Mi marido está muerto, me dijo, sin denotar molestia alguna. . Hace siete años que murió. Retorcí mis labios hacia un lado, sin saber exactamente lo que quería expresar.
Decidí no poner cara de pena, para qué hacer teatro, si Mara lo expresaba con la mayor naturalidad. 
Los humanos tenemos dos maneras de olvidarnos de los muertos: o te vas alejando de ellos hasta perderlos de tu vida o los llevas encima y les hablas y les das de comer, como si de un hijo tuyo se tratase. Mara decidió la segunda. Llevaba la sombra de su marido en la luz de su boca.
Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichó una sombra
- la única que te ha gustado-
una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar. 
Y era yo.
(Pedro Salinas).
Juan José García Berdonces.
El Prat, 30 de mayo de 2016· 

EL MUNDO DE MARA (2º)
El viaje a Barcelona siempre es algo pesado, menos cuando encuentras a alguien con quien conversar. Conversar no es hablar. Si tú me das y yo te doy, estamos conversando. Yo necesito decirte lo que yo pienso, porque necesito un eco a mis palabras. Siempre necesitamos un eco y ese eco no puede ser el de una pared. Si te acaricio, miro tu cara para ver tu reacción a mis caricias. Si te hablo, también espero la reacción en tus ojos, en tu expresión, pues, de alguna manera, estoy excitando tu alma. Otras veces necesitamos ayuda y expresas lo que te pasa para ver si el compañero tiene alguna receta para tus problemas. Raramente, te encuentras con alguien de voz engolada que canta canciones vacías y que espera sólo el aplauso para darle de comer a su ego.

Mara me pregunta si llevo muchos años en Cataluña. Le digo que estoy en Barcelona desde el 67. Ella me dice que se vino con dieciocho años. ¿Te viniste con tus padres? le pregunto. No que va, me vine con mi novio. Me quedé embarazada y preferí huir antes que pasar la vergüenza ante todo el pueblo. Mi novio se había ido a hacer la mili y en una de las veces que vino de permiso ocurrió. Pasé unos días malísimos, yo sola, sin poder decírselo a nadie. Ni siquiera me fiaba de mis mejores amigas. Mi familia era muy tradicional y esto era una bomba. La verdad es que se me pasó por la cabeza preguntarle pelos y señales de aquella historia, pero en seguida me recriminé llamándome cerdo. Cómo se te ocurre, Juanjo. 

 Mara casi me lo contó sin yo preguntárselo. Fue un día que hicimos una excursión a unos olivos que tenía mi padre cerca del pueblo. Se me ocurrió decirle que uno de sus amigos se me había declarado aprovechando su ausencia y aunque yo le juré y le perjuré que a mí el único hombre que me gustaba era él, se abalanzó sobre mi como un energúmeno y de nada sirvió oponer resistencia a tanto ardor y descontrol. A los dos meses saltó la alarma y a los cuatro cogíamos el tren en dirección a Barcelona, donde vivían unos tíos míos, que hacía mucho tiempo que no veía y que, al parecer, no se llevaba muy bien con mi padre por problemas de tierras.
Mara miraba por la ventana. Tal vez lo que mirara era su alma arrastrándose por encima de los campos de naranjos. Hay viajes que tienen un adiós y un hola. El viaje que hizo Mara con su novio, quizás, sólo tuvo un leve olor a azahar.
Se le vio partir y atardecía por el camino blanco y solitario que conduce al silencio de los planetas. (Juan José Vélez)
Juan José García Berdonces.
El Prat, 1 de junio de 2016.

EL MUNDO DE MARA (3º)
La pérdida de su marido fue un mazazo difícil de encajar. El mundo no tenía sentido. Su vida, su ser, su persona entera estaba encajada en la de él. Se le partió el corazón de tal manera que no encontraba consuelo en nada. Como un perrillo fiel, emprendía cada día el camino del cementerio y se sentaba en su silla plegable delante de la tumba de su marido. Hablaba. Hablaba continuamente a su marido, como si estuviera delante de ella. Hablaba en voz alta. Le contaba todo el desconsuelo en el que se encontraba. La incapacidad que sufría para tirar la vida adelante ella sola. Hasta le echaba la culpa por haberla abandonado. 
Mara encontraba cierto consuelo en estas horas que pasaba junto a él, pero necesitaba algo más. Necesitaba oír su voz, esa que nunca más acariciaría sus oídos.
Hablar con lo sobrenatural es un monólogo. Un monólogo que se desea convertir en un diálogo. No vale que tú tengas que hacer la pregunta y la respuesta. Es como si tú te besaras a ti mismo, te acariciaras a ti mismo, te abrazaras a ti mismo. Al abrazar a otra persona estás intercambiando algo que no te puedes procurar tú mismo. Por sí solos somos incompletos. Los seres humanos estamos hechos para el intercambio. Cuando quieres ser autónomo de tu existencia, tal vez estés creando un monstruo.
Mara experimentaba día tras otro que esa caricia, ese abrazo, ese beso ya no llegaría. Un día decidió no volver más al cementerio.
Pasaba las mañanas montando y desmontando del armario las ropas de su marido. Colgaba sus trajes en el perchero y se lo imaginaba. Los extendía sobre la cama, justo donde él se acostaba y se lo imaginaba. Ella misma se acostaba encima del traje y se lo imaginaba. Se estaba volviendo loca.
 Un día decidió regalar sus trajes, pues no se atrevía a quemarlos. 

Encontró bien darlos a un hombre que rebuscaba entre la basura. Ella lo observaba cada día a la misma hora escarbando en los contenedores. Tenía aproximadamente la misma complexión que su marido. El hombre aceptó encantado, el día en que ella lo llamó a su casa. Sólo le puso una condición, que se los pusiera cada día. 
 
Cada día, a la misma hora, con el traje que ella le había regalado, el pobre indigente seguía escarbando en la basura. Ella lo observaba desde la ventana. Sus sentimientos eran contradictorios. Le agradaba ver el traje de su marido, pero el que iba dentro no era su marido, lo que hacía no era lo que hacía su marido, se movía de otra manera. No podía soportarlo. Se veía cerca de la locura, sin saber exactamente qué podía ser eso. 
Mara decidió romper con todo, con su pasado y con su futuro. Tiró todo lo que le recordara a él. Se abandonó a la inercia de vivir. El río de la vida le llevaría.
Mara me contaba todo esto y yo le escuchaba con toda la atención de que era capaz. Me dolía el cuello de mirarla y decidí tomar mi posición natural en el asiento. Cerré los ojos y ella calló. Los dos entendimos que los silencios son necesarios para digerir. El tren volaba sobre los raíles a su próxima cita.
Muchas veces he hecho este viaje de Lahiguera a Barcelona. Cada viaje tiene su historia, incluso que vaya sólo. He llegado a la conclusión que un viaje de estas características y duración tiene vida propia. Puede ser un ciclo completo en la relación de dos personas. Nace en la estación de Andújar, se desarrolla en las tierras de La Mancha y de Valencia y muere en Barcelona. Y muere de verdad, como murió el marido de Mara. No tiene por qué tener más vida. Un viaje nace para esto, para morir cuando llegas al destino. 
Mara me estaba contando su vida. Yo la miraba como un descubrimiento. Ninguno de los dos teníamos historia, acabábamos de conocernos. Tampoco teníamos futuro, los dos sabíamos que llegando al destino se acabaría todo.

Todo era presente. El pasado es, a veces una carga muy fuerte, tan fuerte que hipoteca el futuro. Una relación sin pasado es un experimento excepcional. Puedes volver a escribir y reescribir tu vida. Esto sólo se da en un viaje. Construir una relación para verla morir tan pronto tiene la sensación de estar construyendo algo que nada más terminado tienes que destruir. Así es la vida, siempre. Sólo el tiempo que se tarda en destruirlo es lo que marca la diferencia entre unos hechos y otros.
Mara seguía con los ojos cerrados. Yo no la quise molestar. Me levanté para estirar las piernas y tomarme una cerveza.
Cuando haya muerto llórame tan solo mientras escuches la campana triste (Rubén Darío).

Juan José García Berdonces.
    El Prat, 5 de junio de 2016. 

EL MUNDO DE MARA (4º)

Cuando vuelvo del bar me encuentro el asiento de Mara vacío. El revisor, en mitad del pasillo, la está buscando. "Pasa Algo?" le pregunto. "Nada señor, sólo tengo que hablar con ella". "Seguramente habrá ido al servicio" le contesto.

Efectivamente, al poco rato veo que se abre la puerta del water y sale ella con alguna dificultad. Cuando llega a nuestra altura, el revisor le notifica que cuando llegue a Barcelona, la estará esperando una asistenta para ayudarle a bajar el equipaje y a subir las escaleras mecánicas que dan al piso de arriba de la estación. "Es mi hija la que ha arreglado todo esto" me dice con cierto aire de satisfacción.
-¿Has ligado en el bar?, me dice de sopetón.

- Eso ya pasó a la historia, Mara. Con setenta y dos años que tengo mi vida discurre tranquila en ese sentido. Además, estoy casado.
- Sólo lo decía porque has tardado mucho. 
- Había mucha cola y sólo una señorita para servir.
- La verdad es que echo mucho de menos a mi marido. Me acuerdo de él todos los días, cambiando de tema.
- Mara, eso ya me lo habías contado.
-No, Juanjo, no. Me refiero a la cuestión sexual.
Me quedé de piedra. No esperaba que me saliera por ahí. No obstante, puse cara de circunstancias, como si me hubiera dicho que tenía hambre.
 - Yo reconozco que he sido una mujer ardiente, pero todo me lo ha dado mi marido, nada he hecho por mi cuenta.
Todo esto me lo decía como si fuera una confesión que tenía que hacer necesariamente a alguien que sabía que no iba a ver más. Entonces, abrí mis oídos, callé mi boca y la dejé que echara.
- Todo empezó el día que decidí enterrar de verdad a mi marido. Fue idea de mi amiga Amelia. Ella también perdió a su marido mucho más joven que yo. Me dijo: "Mara, los muertos en su sitio y nosotras en el nuestro. Fuimos buenas con ellos y tenemos que poner una ralla entre ellos y nosotras”. "Tú vas a venir conmigo a un sitio, que te van a poner nueva". No rechisté, Juanjo, me dejé llevar. Un náufrago no se pone a discutir si el palo que le va a salvar de ahogarse es de olivo o alcornoque, se agarra y basta. Quedamos para el día siguiente a las diez de la mañana en la Plaza de la Universidad. Allí estaba yo, puntual. Tuve la evidencia que algo empezaba a cambiar dentro de mí. La curiosidad me lo decía. Amelia llegó enseguida. Bajamos por Ronda San Antonio hasta el Mercado de San Antonio. Entramos en un edificio sin ascensor.


Subimos hasta el segundo y llamamos a una puerta sin ningún distintivo. No me atreví a dudar de mi amiga. La conozco hace tiempo y sé que no hará nada que me haga daño. Apareció un chico de uno cuarenta años, con el pelo largo y una ligera barba. Amelia lo saludó con un largo abrazo y me lo presentó. Su cara desprendía paz. Su voz aterciopelada me infundía confianza y sus ropas amplias no me dejaban adivinar las formas de su cuerpo. 

Era un piso normal, más bien viejo, que tenía un comedor adaptado a las clases que Rafa (su verdadero nombre era muy difícil de pronunciar) impartía. "Ya te habrá dicho Amelia que soy profesor de Tantra. Me ha explicado todo lo que te ha pasado últimamente con la muerte de tu marido y la forma tan traumática como tú lo has vivido. Yo no te aseguro nada, Mara, pero otras personas que han pasado por aquí con problemas parecidos a los tuyos, han obtenido resultados alentadores o muy buenos. También dependerá del entusiasmo que le pongas. El tantra, según quien te lo cuente, parecerá algo relacionado únicamente con el sexo. No es verdad. Verdaderamente el sexo tiene mucha importancia, pero siempre metido dentro de una filosofía que te llevará a sentirte dentro del universo y de las fuerzas que lo constituyen, una de las cuales es el sexo. Tendremos clases teóricas y prácticas, pero eso no quiere decir que tengas que hacer nada que te incomode. Tú tendrás siempre la última palabra. ".
Cuando terminó de hablar nos quedamos mirándonos en silencio. No noté en su cara ninguna señal que me indicara que estaba incómoda por lo que acababa de contarme. Me sentí alagado por ello. ¡Tanta confianza conseguida en tan poco tiempo!. Al respirar me llené los pulmones de orgullo. Pensé que estábamos construyendo un muñeco, el más bello muñeco, para quemarlo nada más llegar a la estación de Barcelona.

Juan José García Berdonces.
El Prat,  7 de junio de 2016.
EL MUNDO DE MARA (5º)
Mara había vuelto a su pueblo después de muchos, muchísimos años. No sabía exactamente a qué iba. No sabía cómo iban a reaccionar sus amigas, las que entonces lo eran y que hoy no sabía si lo seguirían siendo. Se acordaba de aquel chico, que la pretendió cuando su novio estaba haciendo la mili y que indirectamente fue el causante de la deriva de su vida. ¡La vida puede tener tantos caminos! Ese mundo, que un día dejó atrás de una forma tan precipitada, hoy ha tenido que volver a descubrirlo, porque ya no se parece en nada a lo que dejó. Tendrá que volver a interpretar todo lo que sucedió para ver si su decisión fue correcta. Sólo así su alma se quedaría tranquila.
Las clases de tantra eran los martes y los jueves por la tarde. El horario era bastante flexible, sobre todo a la salida.
-Viví muy nerviosa las horas que me faltaban para empezar las clases. Llamaba continuamente a mi amiga para que me tranquilizara. 
- Qué era lo que te ponía nerviosa. 
- Ya sabes, un cambio tan drástico y a mi edad no sabía como lo encajaría mi cuerpo. Sin embargo y por otro lado, sabes que soy muy vital, a pesar de los años que tengo y eso me daba confianza. Yo lo enfocaba como si fuera joven.
La miraba continuamente a los ojos, porque sus ojos desprendían ilusión y fuerza.
- Me temblaban las piernas cuando subíamos la escalera. El profesor nos recibió con un cálido abrazo que me bajó a los pies todos los nervios que traía.
Mientras me explicaba esto, me acordaba, del abrazo que me dio una chica en La Puerta del Ángel en Barcelona y que ya conté en el relato "Abrazos anónimos".
- Nos hizo pasar a una habitación, a media luz, con ropajes rojos atenuados, con olor a incienso y con música que me pareció hindú.
- ¿Había más gente en la habitación?
-Al principio no, pero a los pocos minutos entraron varias personas de distintas edades, mujeres y hombres que vestían túnicas largas, con rajas laterales que subían bastante por encima de las rodillas. El profesor no me las presentó. Cada una de ellas se sentó en una especie de cojín, grande y duro. Nadie hablaba. 
- Rafa estaba de pie, en un punto de la circunferencia que formábamos todos. Encendió otra ramita de incienso, que colocó en un artilugio que había sobre una mesita. 
Yo estaba que no pestañeaba. No salía de mi asombro, de cómo esa mujer me contaba todo eso, pero sobre todo con la fe que me lo contaba. Parecía que fuera un mandamiento divino.
-        De pronto, Rafa viene hacia Amelia, la coge de la mano suavemente, la abraza, colocan sus manos en las espaldas del otro y permanecen así largo rato. Todo el mundo calla y permanece en una actitud piadosa, diría yo. No observo nada anormal en ese abrazo. A mi estas cosas me dan un poco de risa. Pensé para mis adentros: "Bueno, si sólo es eso, también lo hago yo”.
-         Yo seguía anclado en aquel abrazo que un día me regalaron y la verdad es que ese abrazo me dejó tocado, me dejó sensible. Desde entonces abrazo hasta a los árboles.
-         Cuando el profe termina con Amelia, mi amiga se va hacia su asiento, como si se levantara de una hipnosis. "Jolín, pues sí que le ha hecho efecto", pensé para mí. 
-    Después se dirige hacia mí, con la misma ceremonia que hizo con mi amiga. Me coge suavemente, pero con una fuerza incontestable y me estrecha contra él. Apoyo mi barbilla en su hombro izquierdo y quedo atrapada entre sus enormes brazos. Mi mente estaba dispersa. Me acordé de mi marido. Recuerdo que le dije, como cuando le hablaba cada noche, " No, ahora no, déjame". Pensé: " Madre mía, si mi hija me viera". Total que no lograba centrarme en el abrazo. El profe que lo notó, me susurró algo al oído que no entendí, sólo las cosquillas que me hizo al acercarse, me produjeron un escalofrío que me recorrió el cuerpo como un rayo.

Se ve que el abrazo no conseguía los efectos que el maestro quería, cuando pensó cambiar de postura. Me coge por detrás, me pasa las manos por el estómago y me atrae hacia él con fuerza. Él no se movía y yo eras una estatua, pero yo, ahora, estaba tomando conciencia de su joven anatomía. Me sentía en una nube, me sentía trasportada y entonces, tal vez, empecé a comprender aquello de que el sexo es la energía que el universo personaliza en cada individuo.
Juan José García Berdonces.
El Prat, 9 de junio de 2016.
EL MUNDO DE MARA (6º)
A lo largo de nuestra vida hemos recibido en varias ocasiones la visita de Cupido. A veces ha sido una flecha con entrada y salida y otras veces sólo con orificio de entrada. Todas las cosas en esta vida, como las obras de teatro tienen su principio, su desarrollo y su desenlace. A veces el amor, por diversas circunstancias, solo tiene una de las dos primeras partes. Fue un amor interrumpido (Amor interruptus). Cuando esto ocurre, al igual que la flecha que no tiene salida, tiende a hacer más mal que la otra y puede producir infecciones. Pero, por otro lado, el amor que no se desarrolló completamente vive en nosotros con toda su potencia. Es como el arquero que tensa el arco y se queda ahí. Nunca sabremos la trayectoria que hubiera llevado esa flecha, pero está ahí creando expectativas, sólo posibles, que nos atormentan toda la vida y que en otras ocasiones nos sirven de asidero cuando el camino se pone difícil.

-Mira, Juanjo. Te diré un secreto. Yo en realidad, a lo que he ido al pueblo ha sido a acabar una faena que empecé cuando tenía apenas quince años. A esa edad me enamoré de un chico con tal fuerza que hasta me dolía el corazón cuando no estaba con él. Fue una relación breve, pero muy intensa. Al año de empezar la tuve que dejar, porque las familias se metieron por medio. El pecado era que el chico era de familia de derechas y mis padres de izquierdas. Ya sabes los pueblos.

 -Y te has acordado ahora de él, porque estás sola?
-No, que va. Me he acordado siempre, a intervalos. Especialmente cuando había tormenta entre mi marido y yo. Incluso muchas de las peleas que tuve en mi matrimonio fue por culpa de ese primer amor. Me he acordado de él porque era una herida abierta que ya estaba harta de verla sangrar.
- Y qué has averiguado?
- Pues mucho. Lo he averiguado todo.
- Cuenta, Mara, que estoy en ascuas.
- Pues mira, la cosa fue rápida. Paseaba yo por la plaza del pueblo y lo veo venir con otros compadres. Pasa por mi lado y casi me gira la cara. Me quedé de piedra. Cuando vuelve a pasar le digo: " Oye, Andrés, es que no me conoces?" "Claro que te conozco. ¿No te voy a conocer? ¿A qué has venido, a lamerte las heridas conmigo? Que sepas que yo no sirvo para ser segundo plato.
Así es que ya te puedes ir por donde has venido". Mira, me quedé de piedra. Me maldije cien veces el día que me dio por venir al pueblo.
- Pero, al menos, te has quedado tranquila, no?
- Sí, eso sí, capítulo cerrado. Fíjate que solución tan fácil.
- Entonces, ahora ya no soñarás más con él.
- No, desde luego que no. Ahora con quien sueño es conmigo. En ese sitio de Barcelona que te he contado, lo del tantra, sabes, me están enseñando muchas cosas. Lo que pasa es que le están poniendo mucha teoría y yo ya no tengo futuro para tanta predicación. También llevo bastante mal lo que ellos llaman "los caminos del placer". Para mí son demasiado largos y casi siempre me pierdo en algún recodo, con lo que la libido se me va al garete y me da la risa. Fíjate lo que pasó un día. Nos mandó el maestro que nos quedásemos en ropa interior. A mí no me dio vergüenza, porque había muy poca luz y en la oscuridad nunca entró la moral. Me tiendo en un catre, o mejor dicho, en una camilla. Empiezan a abrir botes de esencias, cada cual me echaba un chorreoncito por donde le apetecía. Unos eran fríos y otros calientes. Entonces, como repartiéndose mi cuerpo, empezaron a darme masajes sin hacer distinciones entre unas partes y otras. A mí me pareció eso una ingerencia impresentable. El problema es que a uno se le ocurrió masajearme la planta de los pies. Nada más tocármelos pequé un salto que me quedé sentada en la camilla y las esencias esparcidas por la sala, con lo que la libido volvió a quedar por los suelos al igual que el los aceites. 
- Y qué pasó.- Le digo.
Ya te contaré, amigo, pero yo ya mi cabeza la tenía en otra historia, pues una chica que conocí allí me habló del pompoarismo.
- Qué es eso? 
- Se ve que es como el tantra, pero del siglo XXI. Déjame ahora cerrar un poco los ojos, que estoy cansada de tanto hablar.

Juan José García Berdonces.
El Prat, 13 de junio de 2016·
EL MUNDO DE MARA (7º, y último).
Los dos nos quedamos dormidos. No sé cuanto rato. Me desperté cuando llegamos a la estación de Tarragona. Ella seguía durmiendo y no quise despertarla, pero sentí que algo poco agradable me esperaba.
No me gustan las despedidas, las relaciono con la muerte. Cuando sabes que no vas a ver nunca más a una persona, algo muere entre los dos. Hemos construido algo que sabemos va a morir. Aún así lo construyes, lo vas desarrollando, le das vida, te ilusionas, le das perspectivas de futuro y sabes que su fin está cerca. Mara dormía con la cara girada ligeramente hacia mí. Yo la miraba, la miraba descaradamente, como se mira a un ciego. Repasé sus ojos entornados, sus labios finos, su piel curtida, su pelo cuidado, las pequeñas arrugas que desembocaban en sus labios. . "Me estoy quedando con tu cara", me decía. Mirar a una persona cuando está dormida, es mirar de verdad, es mirar la verdad. La diferencia entre el sueño y la vigilia es, precisamente eso, la careta.

Quise buscar excusas para consolarme, como se consuela una viuda, como se consoló ella cuando perdió a su marido. "Me quedaré con lo bueno", pensé. Pero qué es lo bueno, sin alguien que lo sea. Me gusta una pared blanca, pero con la pared. Me gustan tus ojos negros, pero con tus ojos. Qué hago yo con la bondad si tú no estás, qué hago yo con la mirada si sólo es un recuerdo. No me acostumbro a perder algo que me he ganado a pulso. Cuando Mara se subió al tren en Alcázar de San Juan, yo estaba leyendo. Podía haber seguido leyendo. Cuando intentó conectar conmigo, podía haber sido escueto. Ella lo hubiera entendido. Pero pasó. No estoy arrepentido, pero esto es la vida. Ejercitarse en estas dos caras de la vida te ayudará para cuando llegue la hora? No sé. El dolor siempre es un síntoma del amor, como la muerte de la vida.
Seguía a su lado, mientras el tren corría paralelo a la playa. Sentía el fresco de su brazo en el mío. Todo era normal. 
Salíamos de Vilanova, cuando el revisor se acerca a Mara y la despierta. "Señora, cuando llegue a Sants, espérese en su asiento que vendrá una asistente y le ayudará con el equipaje". Mara ni siquiera asintió. Estaba perpleja por lo poco que quedaba de viaje y por el rato que había estado durmiendo. Me miró como pidiéndome perdón. "No hay nada que perdonar", pensé para mí. El silencio es necesario. En el silencio colocas todos los elementos en su lugar, para que todo tenga sentido, para que el dolor sea más suave, para que cuando la mire por última vez no me quede convertido en una estatua de sal.

En los últimos kilómetros no hablamos nada. Cualquier cosa no hubiera encajado bien en la obra. Todo estaba hablado, todo estará escrito. Para eso lo he hecho, para tener algo donde agarrarme, porque aún no he aprendido a mirar el color de tus ojos sin tus ojos.
Juan José García Berdonces.
El Prat, 17 de junio de 2016· 
 

lunes, 19 de septiembre de 2016

RELATOS BREVES POR JUAN JOSÉ GARCÍA BERDONCES


EL BANCO DE LA VIDA.
Noto que cada vez me hago más amigo de los bancos. De los bancos de los parques, de los paseos, de las aceras anchas, de las grandes avenidas, de los paseos marítimos. Últimamente es un idilio el que estoy viviendo con ellos. Soy de esos que les gusta gastar zapatos por la ciudad y cuando veo un banco, siento una atracción irresistible a sentarme en él. Nunca me siento en el centro, lo hago en un extremo, como si le dijera a los que pasan a mi lado: “Mira cuánto banco libre hay, te puedes sentar”. Me atraen, especialmente, los de madera, los de madera vieja. Deteriorados por el sol y el aire, con la pintura resquebrajada. Les paso la mano suavemente, como mimándolos. Nos sentimos el uno para el otro. Quizás nos una la edad.
 
El banco tiene su vida, como yo la mía. Nació árbol en una montaña o en un valle, al natural o in vitro. Tuvo una muerte propia de árbol. Otros tienen una muerte propia de humanos, porque alguien incendió su bosque. “Recuerdo mi juventud cuando los copos de nieve adornaban mis hojas, cuando las ardillas comían mis frutos, cuando los pájaros cantaban en mis ramas. El destino me ha llevado a ser banco, no me quejo. Mi relación con los humanos no ha sido mala del todo. En mí se sientan los jóvenes a enhebrar su futuro, los viejos a desmenuzar su vida, los amantes a olvidarse del mundo. De todos aprendí. ¡Si yo encontrara la forma de contártelo!”
 
Estoy sentado en un banco. Es un banco cualquiera, en un barrio cualquiera de esta ciudad. Veo pasar la vida en forma de perro, de niño con su pelota, de anciano con su taca-taca, de ciclista, de avión que va a aterrizar, de alguien aparcando su coche, de abuela que pasea a su nieto. Veo pasar la vida. Ya es hora de ocupar mi sitio en el palco de este inmenso cine. Ahora soy yo el que mira, el que observa. Sólo mirar, más tarde regurgitaré todas estas imágenes y pensaré algo sobre ellas. Nada especial. Hasta ahora he sido yo el que ha pasado por la vida, los demás miraban. No me daba cuenta que me miraban. Era yo una imagen.

Recuerdo a mi abuelo sentado en un banco en la plaza de mi pueblo, con la garrota entre las piernas y las dos manos apoyadas en su mango. Siempre sentado en el mismo banco. ¡Cómo tomamos los humanos querencia a nuestras cosas! Esa es una imagen muy fuerte, nunca la olvidé, siempre la llevo la primera en mi memoria.
 
“El banco de la vida” va a ser una serie de relatos que voy a escribir desde un banco, desde un banco cualquiera. Iré desmenuzando la vida, la que he vivido y la que estoy viviendo. No espero que nadie me de las gracias por estos escritos, pues lo hago porque yo lo necesito. García Márquez dijo: “Somos lo que recordamos”. Por eso escribo, por si algún día no recuerdo. Necesito que al menos una persona los lea y puede ser que esa persona exista. ¿Serás tú?
Juan José García Berdonces.
El Prat, 8 de septiembre de 2016.
EL BANCO DE LA VIDA.
Háblame.

No sé cómo se les llama a los que pasean ensimismados en sus cosas, meditando sus pequeños caminos de cada día, hasta hablando a no se sabe quién. Se escurren entre las gentes sin siquiera apreciar la diversidad de vida que pasa por su lado. Son personas que viven hacia dentro, porque dentro es donde pasa todo.

Así iba yo por la calle, cuando noto que alguien, que venía detrás de mí, me coloca la mano en el hombro. Me sobresalté, al principio, porque es un gesto que no me lo hacen muy a menudo. Me paro en seco y al girar la cabeza veo a una mujer de unos 50 años, que no reconocí. 
- Hola, Juanjo. ¿No me conoces?
La verdad es que en ese momento no la reconocí y sentí algo de vergüenza. Su cara ya no era redonda, el pelo lo tenía descaradamente corto y sus ojos parecían que acababan de llorar.
- Soy la madre de Lucy. Es que mi marido ha muerto.
Me quedé rígido, sin saber qué decir. Preparé mi mente para decir esas cosas que siempre decimos en estas ocasiones. La miré a la cara fijamente y esperé, estúpidamente firme, una explicación.
Ella me cogió del brazo y comenzamos a andar. Me sentí bien, familiarmente bien. Ya no había barreras, como si el sentimiento discurriera ahora por un camino más seguro. Anduvimos unos pasos en silencio, en un agradable silencio. Vimos un banco y nos sentamos.


- Hace una semana que murió. Llevaba un año y medio con la enfermedad. Él pensaba que no se iba a morir. Luchó hasta el último momento. Hicimos todo lo posible, pero no pudo ser. Ya está todo. Se fue. ¡Era tan bueno conmigo!
-Me metí en la cama con él, lo apreté contra mi cuerpo, lo atraje hacia mí todo lo que pude y coloqué mi cara sobre la suya. Sabía que el tiempo era ya corto. Estaba tranquilo. “No me dejes dormir, háblame, cuéntame cosas, aunque ya las hayamos hablado, no me dejes solo.” Le hablé de los niños, del último examen que hizo Lucy, que no le había ido muy bien; de la novia de Fran, una suerte de niña; de la perrita, que no hacía más que ladrar cada vez que oía el ascensor. “¿Te acuerdas de la primera vez que lo hicimos, en la playa? ¡Cómo acompañaba el ir y venir de las olas! ¡Qué compás más bien llevado!” Se me escapó una sonrisa que más bien me pareció un sacrilegio. Él me corrigió. “No quiero tristezas, lo que tenga que ser será.” Abrió la puerta la enfermera y al vernos abrazados la volvió a cerrar. Lo besé, entonces. Lo besé en el cuello, en la frente, en la boca. Él sólo movió un dedo, que me rozó levemente el brazo. A mí, me pareció la mejor de las caricias. En ningún momento dejé de hablar y cuando me tomaba una pausa, una suave queja carraspeada salía de su boca. Decidí cantarle la canción que nos enamoró. Acerqué mis labios a su oído y empecé a cantársela. La voz me salía temblorosa y entrecortada. ¡Todo eso me parecía tan extraño! No terminé de cantársela, porque la mano que tenía apoyada en mi cadera se deslizó lentamente hasta tocar el colchón. Triste presagio, pensé para mí. Lo puse boca arriba, coloqué mi oído en su pecho y no escuché nada. Le abrí la camisa del pijama y volví a hacer lo mismo. No oí nada. Allí ya no había nadie. Me quedé un rato más con mi marido, le pasé la mano por debajo del cuello, apoyé mi cara en su frente caliente y lloré largamente hasta que empecé a hacerme a la idea.

- ¿Qué pensabas en ese momento?
- No pensé, hablaba. Le susurraba al oído como si me oyera. Desde una pena infinita le decía: “Cariño, no sé cómo te la vas a apañar ahora, con lo comodón que tú eres, meterte en ese agujero de piedra que te están preparando; cómo te protegerás del frío, si en invierno necesitabas hasta tres mantas; cuándo te rascaré las espaldas, para relajarte después de un día de trabajo. ¡Y nuestra Lucy!, ¿has pensado en ella? ¡Cómo corría hacia ti cuando oía que habrías la puerta de la calle, para sentarse en tus rodillas y contarte cómo le había ido el colegio! ¡Cómo vivirá sin ti, si tú lo eres todo para ella! Yo no sabré ocupar ese lugar. ¡Qué sola me has dejado! ¿Has pensado en mí? Dilo. ¿Has pensado?
 Se produjo, entonces, un silencio. Los dos mirábamos al frente, viendo cómo pasaba la gente, ajena, mientras nosotros nadábamos en ese vacío que nos inundaba. 
Salió de su letargo y poniendo su mano, fría, sobre mi brazo, me dijo: “Juanjo, amigo, nunca entenderé esto. Me refiero a la vida. ¡Cómo de golpe te abandona alguien que teníamos como parte de nuestro propio ser! ¡Cómo es que nuestra mente no está preparada para eso! Todo es engañoso. Vivimos consentidos en una vida que se acaba cuando menos lo esperas. Me hubiera gustado ser otra cosa, algo que no sea consciente de su final.”
Y ahora, ¿cómo te las arreglarás?- le dije por cambiar un poco el tema.
- Eso no me preocupa. Él lo dejó todo bien dispuesto, no creo que vaya a pasar necesidad. Mi problema va a ser otro. Pero, te digo una cosa, lo que más me jode es que sé que un día todo esto se va a ir enfriando y yo no quiero. Quiero que todos los días sean como hoy. No me importa el sufrimiento. Quiero vivir todos los días en este sentimiento, porque el día que no lo sienta como hoy, entonces, sí que habrá muerto de verdad. Lo hecho mucho a faltar, mucho. Nunca pensé que esa necesidad de él fuera tan impresionante. Hasta he llegado a pensar si el amor no es más que la necesidad que tenemos de estar con alguien. ¡Qué asco de cabeza, que todo lo cambia!


Ya nos habíamos levantado y caminábamos hacia la esquina donde nos teníamos que separar. Justo antes de despedirnos me dice:
- ¿Sabes qué? Me dijo mi marido que lo incinerara y que las cenizas las tirara en una playa que él jugaba cuando era pequeño. Pues mira, no le voy a hacer caso, las tengo en una estantería del comedor. No las pienso tirar en ningún sitio Me sirven de compañía y sobre todo le hablo, le hablo todo el día. Nunca le hablé tanto como en esta semana que lleva muerto. Qué necesidad. ¡Lo siento tan dentro de mí, que parece que no se haya ido!

Cuando nos despedimos, la miré mientras caminaba y ya no era la misma de antes. Sus andares me parecían extraños, su pelo rabiosamente corto me parecía extraño, toda ella me parecía extraña. La vida o la muerte o las dos cosas a la vez, algún día, te cambian tanto el paso, tanto, tanto, que ya empiezas a ser otra...
Juan José García Berdonces.
El Prat, 12 de septiembre de 2016.
EL BANCO DE LA VIDA.
Dos horas en la comuna.
 
No entiendo la vida sin tener una relación directa con la naturaleza. 
Entiendo mejor la vida si los que vivimos en un espacio reducido no nos mandamos los unos a los otros. 
A las nueve en punto pongo en marcha el motor de mi coche. Coloco la palma de la mano en el pomo de la palanca de cambio, la acaricio suavemente y meto primera. Tengo un pensamiento positivo. Empezamos bien el día. Sólo dos semáforos y ya estoy en medio de los cañaverales que me señalan la senda. A mi izquierda me acompaña un camino de arena lleno de personas que andan, corren y pedalean. A esas horas todos vamos en la misma dirección. Me siento acompañado. A mi derecha, el cementerio. Me santiguo. Es un mensaje a unos cuantos amiguetes que tengo allí dentro, para que cuiden de mí. Me llevo bastante bien con ellos. Es lo único que conozco más allá del horizonte. Atravieso la línea de vuelo de aterrizaje de los aviones, que ya sólo les falta diez segundos para tocar tierra. Les deseo que hayan tenido buen viaje. Un amplio canal de agua me va a acompañar hasta el final de mi pequeño viaje. 
 
Cuando llego a la comuna, una pandilla de gatos amigos salen a recibirme. Tengo que andar con cuidado los últimos metros. Son gatos reconvertidos al socialismo rural. El gato que un día fue señorito, viviendo a pan y cuchillo y que un día perdió el favor de su señor, viene a nuestra comuna. No sé quién le enseñó el camino, tal vez el hambre. A todos los gatos trato por igual, menos a una que es mi favorita. La llamo Rosalinda. No soy perfecto. No la elegí yo, ella me eligió a mí. La mujer es siempre la que elige al hombre. Mi relación de amor con ella es muy especial. Le doy de comer aparte. La llevo a mi choza y en un rinconcito le echo su comida. Si alguno se le acerca, le lanza un certero directo a la mandíbula. Tan tierna y tan feroz. Apenas da dos bocados y se viene a rozarse con mis tobillos una y otra vez, mientras me cambio de ropa. Yo lo interpreto como un acto de amor. Algún entendido me dijo el otro día que eso era marcar el terreno. “Me has jodido”, le dije. Está claro que los entendidos no entienden los misterios de la vida. Le paso la mano por el lomo, tan electrizante, mientras ella afila sus uñas en la madera. 
Cojo la azada y me peleo con la tierra durante un buen rato. Le doy a la hierba, clavo las cañas y recojo las judías. Sudo abundantemente y bebo agua con limón. Mi cuerpo se siente bien y mi alma agradecida. Me encuentro en un medio que me da y no me quita, que me recuerda mi origen y mi destino. Estoy en casa. Me dice mi doctora (Yo siempre trabajo con doctoras. Debo tener algún complejo inconfesable) que el ejercicio del huerto no le sirve, que tengo que andar. Los técnicos, siempre los técnicos. ¿Estudiarán los médicos la relación entre la felicidad y la salud? 

No estoy solo en mi espacio natural. Muchos ojos me miran. Los gatos ya han comido y sestean a la sombra de árboles y arbustos. Están gordos. Un vecino, que no pertenece a nuestra comuna, dice: “Estos gatos son unos señoritos, no han cazado un ratón en su vida. Déjalos un mes sin comida y ya verás”. Viven en modo hombre. ¿Tendrán colesterol? Los patos de cuello verde, discretos entre las cañas, juegan a zambullirse en el agua de la acequia y una bandada de palomas se dan de vez en cuando unas pasadas rasantes para ver si ya nos hemos ido. Todas estas familias y muchas más vivimos en completa armonía en este reducido espacio. No tengo queja de ellos, nos respetamos los tiempos. Las tórtolas y las cotorras emigrantes parece que se pelean en la copa de los grandes árboles, pero yo, que sólo conozco dos idiomas, paso de ellas. 

Me reúno con mis compañeros delante de la choza principal. Me siento en mi viejo banco, reciclado de un contenedor de basura. Le hemos dado una segunda vida, a pesar de que tiene una pata rota. Le tengo cariño a los bancos porque creas a tu lado un vacío que atrae. Alguien ya ha hecho fuego en un viejo bidón adaptado. Las alcachofas, las sardinas y el bacón no paran de soltar olores que estimulan nuestras ganas. Todos estamos ya sentados alrededor del bidón, como si fuera un ritual ancestral. Salivilla (Aquí todos tenemos apodos que resaltan alguna peculiaridad nuestra) trae un enorme pez que ha sacado con un rudimentario hilo de la acequia. Se lo echa a los gatos y estos no hacen ni caso. Los gatos están drogados ya por la orgía de olores que salen del fuego. Napoleón se queja de que el pedazo de tierra que le ha tocado a él está maldito. Nada de lo que siembra se desarrolla en condiciones. Se cuenta que en ese trozo, debajo de una enorme palmera, una vez, tiraron las cenizas de un tío con muy mala follá. Yo ya me lo creo todo. ¡Tantos cuentos me han contado a lo largo de mi vida! Pies Planos no le habla a Napoleón, porque el otro día Napoleón le gastó una broma pesada. Mientras Pies Planos preparaba un sulfato, Napoleón le dio una colleja y le tiró la gorra en el cubo del sulfato. Pies Planos, muy enfadado, cogió el cubo y se lo tiró al cuerpo. Esto estuvo a punto de provocar la tercera guerra mundial, si no fuera porque ninguno estaba seguro de sus fuerzas. Entre los dos suman más de 150 años. Salivilla coge a su Maruja y se la sube a sus piernas. Le echa de comer en una arruga de su pantalón y Maruja ronronea. Es su gata favorita. Le habla con una ternura, que seguramente nunca expresó en ningún contexto humano. “Las mejores palabras de su vida se las dedicó a un gato”. Podría ser un lindo epitafio.
 
La comuna no tiene nombre. Si tuviéramos que llamar a la policía, no sabríamos decirle dónde. Simplemente es un trozo de tierra que hemos dividido en siete partes más o menos iguales, que perteneció a un señor, que se llevaba mal con su familia y que, a su muerte, heredó una institución religiosa. Como los religiosos no entienden de asuntos terrenales, pues nos la dieron a nosotros. No hay mal que por bien no venga.
 
En nuestra comuna no hay mujeres, no sé si eso está penado. A mí no me importaría que las hubiera. Mi experiencia me dice que las mujeres fuera de su contexto del hogar resultan mucho más atractivas por lo que dicen. Me acuerdo cuando yo era niño, me fui unos días con una cuadrilla de aceituneros. Las mujeres, a la vez que cogían las aceitunas del suelo, no paraban de hablar del marido de ésta o de la otra o del suyo propio. Yo, aunque niño, no perdía ripio, porque no sé qué tiene el hablar picante que hasta los tontos agrada. Cuando mi madre se enteró de estas tertulias tan “guarras” me cortó el rollo de las aceituneras. Lo recuerdo como un trauma. Me gustaría trasportar eso a esta incompleta comuna, sería como continuar lo que un día se rompió tan dramáticamente, pero las oscuras golondrinas nunca vuelven, ni el cartero siempre llama dos veces. 
 
Terminado el festín, cogemos el coche, la bici o las sandalias y para casa. Pongo la mano en el pomo del cambio, lo acaricio suavemente y el coche se mueve lentamente marcha atrás. Paso junto al árbol que está junto a la entrada de la comuna. Un día lo abracé, desde entonces no quiero ser otra cosa.
Juan José García Berdonces.
El Prat, 19 de septiembre de 2016.