PROLOGO

Se pretende que sea éste un espacio dedicado a entretener y deleitar (... a través de la fotografía fundamentalmente) ... a dar a conocer (...o traer al recuerdo) ciertos monumentos o espacios situados en el término o cercanías de Lahiguera. ...a llamar la atención por el estado de abandono y deterioro de muchos de ellos, ...y si llegara el caso, a remover la conciencia de todos los que somos "herederos" de tales monumentos y espacios, y que con nuestra aportación ayudásemos a la conservación de los mismos.

martes, 7 de abril de 2015

Semana Santa 2015. Viernes.

Procesión y Encuentro del Viernes Santo (video):





Semana Santa 2015-Viernes. from kunkache on Vimeo.

  
    Realizada con fragmentos de video, así como algo más de 2.000 fotografías (tomadas cada 2 segundos) para crear el "timelapse".

    Nota: Para visualizar la película en calidad "HD" y pantalla completa, hay que hacer "click" en el título que aparece en el encabezado del video: "Semana Santa 2015-Viernes"...en color azul.

Juan José Mercado Gavilán.
Lahiguera a 7 de abril del 2015.

lunes, 6 de abril de 2015

LA IMAGEN PERDIDA DEL “SANTO CRISTO DE LAS AGUAS” DE HIGUERA DE ARJONA OBRA DE JUAN DE REOLID Y EL SONETO “NO ME MUEVE MI DIOS PARA QUERERTE…”.

SONETO QUE REZARON NUESTROS PADRES AL “CRISTO DE LAS AGUAS” DESDE FINALES DEL SIGLO XVI O PRINCIPIOS DEL XVII, Y REZAMOS CADA COMIENZO DE PRIMAVERA AL CRISTO DE LA CAPILLA DESDE HACE MÁS DE 75 AÑOS.
Es muy posible que el soneto mejor conocido por toda la población de Lahiguera sea “No me mueve mi Dios para quererte…” Es el soneto que a modo de Oración hemos rezado al Cristo de la Capilla cada día de su novena desde hace casi un siglo, una tradición de Lahiguera que se puede retrotraer al desaparecido Cristo de las Aguas, que presidía el retablo de Juan de Reolid desde algo más del año 1542, fecha en que fue encargado a Juan de Reolid el antiguo retablo y en que suponemos posteriormente figuraba la imagen del llamado Cristo de las Aguas. Se refiere por parte de los mayores del pueblo que El Cristo de las Aguas estaba como inclinado hacia delante y que la imagen era en sí sobrecogedora también por esta razón.

Santo Cristo de las Aguas de Torres (Jaén). Imagen gemela del Santísimo Cristo de las Aguas de Lahiguera de Juan de Reolid.

Esta imagen del Santísimo Cristo de las Aguas, no es la de nuestro pueblo, es la imagen del Cristo de las Aguas de Torres, imagen gemela de nuestro Cristo de la Aguas, que unos años después fue encargada a Juan de Reolid por la Hermandad  del Cristo de la Vera Cruz de la población giennense de Torres. También esta imagen fue destrozada en 1936 (esta foto del Cristo de Torres es anterior a 1936); por lo que no es posible visualizarla hoy, y así que alguno de nuestros mayores la pudiese comparar con nuestro Cristo de las Aguas.

Templo mudéjar de Lahiguera mandado construir por la Orden de Calatrava alrededor de 1540.



Diferentes detalles del artesonado mudéjar del templo del Santísimo Cristo de la Capilla de Lahiguera.
Nuestro templo mudéjar del hoy Santísimo Cristo de la Capilla fue terminado de construir alrededor del año 1542, suponemos que algún tiempo antes porque en 1542 se firmó con Juan de Reolid y Pedro Sánchez como artistas escultores y pintores y por el visitador del obispado Martín Pérez de Ayala, (del que después hablaremos) la construcción del retablo que adornaría el altar mayor y único del templo construido por la Orden de Calatrava.

Tres vistas aéreas de la Villa de Lahiguera en tres fechas diferentes: años 50, años 70 y actual.
Cuando hablamos del templo que durante siglos fue el primero y único existente en Higuera de Arjona, (después de la supuesta primera capilla o ermita mozárabe, que seguramente ocuparía el mismo espacio físico, solo que en menores proporciones), tenemos que pensar según López Guzmán, R. (1) que existe un grupo de iglesias entre las que incluimos las parroquiales de Santiago de Calatrava, Higuera de Arjona y la ermita de Santiago en Arjonilla, que estaban dentro de la jurisdicción de la orden de Calatrava con el tipo de planta que es característica en este tipo de templos construidos por la Orden de Calatrava. No olvidemos que entre las funciones de las órdenes estaban la de repoblación y explotación de los territorios asignados, lo que obligaba no sólo al patronazgo a la construcción, en la tierra reconquistada y bajo su dependencia, de edificaciones militares de carácter utilitario (como eran los positos, alhóndigas y almacenes) sino también a la construcción de templos mudéjares que siempre se harían con los materiales de la zona y con diseños sencillos, pobres inicialmente, que después se podrían ir complicando y dotando con algunos rasgos decorativos a lo largo de años posteriores. Es decir, tal como ya sabíamos, las ordenes militares serán un aliado básico del Estado bajo medieval en lo que se refiere a ocupación territorial tras la Reconquista castellana, donde el templo de cada población era en sí un elemento definitorio del programa de actuación de las mismas ordenes militares, en cada uno de los pueblos bajo su jurisdicción. Ideas compartidas por el Patronazgo Real encargado de la dotación de iglesias en el Reino de Granada durante el siglo XVI. Es más, el fin natural de las órdenes militares fue su pérdida de autonomía a fines del siglo XV a favor de la Corona hasta que el Rey asumió la titularidad como gran Maestre de la Orden de Calatrava y se constituyó el Real Consejo de las órdenes presidido por el monarca. (López Guzmán, R.: Arquitectura mudéjar y su proyección en América, en Garijo, Ildefonso:” El saber en Al Andalus: textos y estudios, 2) (1)

Por referencias de nuestros mayores esta es la imagen del Santo Cristo de las Aguas de Lahiguera destrozada en la Guerra Civil.
En nuestro caso no existe documentación sobre el contrato de la construcción de retablo del templo mudéjar bajo medieval, que es el que hoy existe en la parte más alta del pueblo, origen de la población castellana tras la conquista. Tampoco existe constancia documental de la autoría del autor del Santísimo Cristo de las Aguas por parte de Juan de Reolid. Esto no debe de extrañarnos después del paso de 473 años, cuando tras la guerra civil de 1936 fueron adquiridas las imágenes de nuestras actuales vírgenes: La Virgen de la Soledad (Obra del escultor granadino Domingo Sánchez Mesa) y La Virgen de los Dolores (Obra del malagueño afincado en Granada, José Navas Parejo), y tampoco se puede documentar la acreditación de haber salido ambas de prestigiosas manos de grandes artistas, y de esto sólo hace poco más de 70 años.

Santísimo Cristo de las Aguas.

En la población de Torres si disponen de esa constancia documental de la autoría de su obra, tristemente hoy desaparecida,  y parece ser que en la fecha del 12 de febrero del año 1554, los hermanos de la Vera-Cruz encargaron al gran humanista, imaginero y urbanista giennense Juan de Reolid una imagen del Crucificado, especificándosele que para la realización de su imagen se tomase como modelo el realizado para la cofradía de la Vera-Cruz  de la capital giennense. Al igual que en Linares, Úbeda y otros pueblos como la cercana Andújar los frailes franciscanos fueron los que tomaron con ímpetu la responsabilidad de dar realce y extensión del culto de la advocación al Cristo Crucificado durante los siglos XV y XVI, por lo que no debemos de olvidar que dentro de las reservas propias, de no disponer de documentos constatables en nuestro caso, la advocación a nuestro Santísimo Cristo de las Aguas debió nacer también por estos años del siglo XVI, sin dejar de recordar que en 1540-1542 se terminaría de construir nuestro antiguo templo.


Deduzco que nuestro Cristo de las Aguas de Juan de Reolid, autor también del Retablo destruido en la Guerra Civil de 1936, sería una talla de tamaño natural, realizada en madera de sauce, y que al igual que muchos otros de los referidos anteriormente, representaba a Cristo muerto en la Cruz. Son muchas, por no decir todas, las coincidencias que al comparar lo que se decía por parte de los feligreses higuereños de su Cristo de las Aguas, con las referencias que tenemos del Cristo de las Aguas de Torres. Ambas imágenes tenían una anatomía clásica como correspondía a un autor Juan de Reolid, uno de los artistas pertenecientes al gran momento cultural que desde la segunda mitad del siglo XVI y hasta los primeros decenios del siglo XVII dieron extraordinarias creaciones artísticas a los pueblos de nuestra provincia. Nuestro pueblo, hoy Lahiguera no podrá jamás disponer de nada valioso artísticamente, si en las ocasiones que se le presentaron a los largo de cinco siglos no fue capaz de apreciarlas y mantenerlas. Podíamos disponer de imágenes y un retablo de muchísimo valor artístico y todo se perdió… y…, al mismo tiempo comprobamos que en poblaciones azotadas igualmente por la guerra, se han mantenido obras de arte a pesar de ser los mismos bandos y con los mismos principios los enfrentados en la guerra.


Desde siempre escuché decir que nuestro Cristo de las Aguas era una joya artística, como ahora podemos contemplar en la foto del Santísimo Cristo de las Aguas de Torres, la calidad de la reproducción del cuerpo humano, la corporeidad de la imagen, su anatomía, el efecto de su faldellín tallado, y para muchas mujeres del pueblo el pelo natural que le colgaba, las potencias y corona plateadas; eran muestra de la maestría de un autor con una formación artística envidiable, como ya veremos en otro momento, precursor del Renacimiento giennense que tan abundantes frutos dio a los largo de esos siglos. Recuerdo que el pelo natural que lucía la imagen del Cristo de las Aguas de La higuera, era siempre el punto de referencia de la imagen y quizá uno de los aspectos más distintivos para nuestras madres y abuelas.
Por los comentarios hechos por las mujeres mayores del pueblo nunca escuche que la parte baja referida a la base sobre la que descansaba el Cristo de Torres fuese también igual en el nuestro, desconocemos ese aspecto, pero es fácil que la parte del soporte de la Cruz no fuese igual dado que nuestro Cristo de las Aguas estaba colgado en el centro del altar mayor  e inclinado hacia delante lo cual incrementaba ese sobrecogimiento que hemos referido en otro momento.
En Torres en el año 1554, los hermanos de la cofradía de la Vera-Cruz, deciden encargar una talla de Crucificado al escultor Juan de Reolid. A esta imagen la llaman “El Cristo de la Aguas” por la misma razón de Higuera de Arjona, que en el antiguo retablo de Juan de Reolid y Antonio Sánchez presidía el altar un Cristo que llamaban el “Cristo de las Aguas”, y que se procesionaba como milagroso, en caso frecuente de que apareciese la cíclica sequía, que amenazaba nuestros campos de la campiña alta, cuando se hacía la situación de las cosechas insostenibles por la falta del líquido alimento tan necesario para cualquier ser vivo.


Por la similitud de fechas, no estaría muy lejos esta imagen de la representación del Cristo de las Aguas que adoraron nuestros mayores de Higuera de Arjona en siglos pasados, no olvidemos que el retablo fue realizado en 1542 en Higuera, y el encargo del Cristo de Torres se encargó en 1554, con lo que este pudo ser una copia gemela del nuestro encargado quizá diez o doce años antes. Dicen los más mayores del pueblo, y en eso coinciden todos, por eso lo repito, que nuestro Cristo de las Aguas estaba inclinado hacia delante, quizá para tomar una perspectiva más próxima al pueblo creyente, al que tanto le impresionaba la imagen. Habría pues que preguntar a los más ancianos de Higuera si este Cristo le recuerda el que presidía el retablo del Templo del hoy llamado “Cristo de la Capilla”, que curiosamente fue el que sustituyo en los corazones de los fieles higuereños a su perdido “Cristo de las Aguas”. De la imagen del Santísimo Cristo de la Capilla y su origen o autoría poco podemos saber, habría que investigar en Córdoba que convento o conventos quedaron tan deteriorados tras la guerra civil, porque de uno de ellos, ante el estado de ruinas que presentaba, fuese el que propició que se le presentase al padre Antonio la oportunidad de hacerse con tan valiosa imagen, ahora felizmente restaurada por los hermanos Francisco y Carmen Berdonces Gavilán. Desde estas páginas invito, en nombre de este blog, a los dos hermanos a publicar en estas paginas el proceso de restauración que tan diestramente han realizado, adicionando igualmente a sus palabras las fotos tomadas de la imagen en el proceso artístico de su restauración.

Retablo del templo desde la posguerra. En el ocupa lugar preeminente el Santísimo Cristo de la Capilla, una imagen del imaginero cordobés D. Juan Martínez Cerrillo a comienzo de los años cuarenta del siglo pasado.
Santísimo Cristo de la Capilla, obra de D. Juan Martínez Cerrillo, imagen recien restaurada por los hermanos Berdonces Gavilán.
La impresionante escultura de nuestro Cristo de las Aguas desapareció después de estar maltratada y mutilada unos días en la calle, después vinieron o el pueblo creó las referencias sobre el accidente de uno de los que destrozaron su imagen, o el niño que se quemó, como si desde arriba Dios quisiera hacer justicia por la imagen de su hijo destrozada. Así se crean los bulos históricos en medio de la incultura.  
Aproximadamente en esas mismas fechas de estar en nuestro pueblo el Santísimo Cristo de las Aguas, tan solo unos años después de la terminación del templo por parte de la Orden de Calatrava, o en unas fechas más o menos próximas, se produjo la aparición del soneto entre la segunda mitad del siglo XVI y como mucho en el primer decenio del siglo XVII, soneto que, hoy por hoy, resulta de autor desconocido, según podemos seguir en el trabajo del  Profesor John V. Falconierj. (State University of New York at Albany) profesor de la Universidad del Estado de Nueva York en Albany, posiblemente uno de los estudios más acreditados y profundos sobre la autoría de precioso soneto a Cristo Crucificado.
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor,
muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, que aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque cuanto espero no esperara;
lo mismo que te quiero te quisiera.

 
Este artículo pretende ser un detallado informe al pueblo de Lahiguera del estado actual de las investigaciones sobre el soneto. El torrente de libros (sí, muchos libros enteros) artículos, crónicas, y otros escritos dedicados al autor-fantasma de tan preciado soneto, y todos los trabajos, esfuerzos, y dineros que estas publicaciones representan, son testimonios del espíritu humano en esencia, que no se contenta en esquivar las dificultades que se le presentan ante un problema difícil, algo propio de las mentes inquietas, cuando a pesar de todas las dificultades se plantea la aspiración del hombre por conseguir el origen de los bienes culturales y las ideas, con la incomparable satisfacción de poseer un determinado saber .

 https://www.youtube.com/watch?v=TKXH4KM3rC4

El soneto apareció por primera vez impreso en la obra titulada “Vida del Espíritu” (Madrid, 1628), del doctor madrileño Antonio de Rojas. Esta joya de la mística castellana permanece anónima, por no haberse podido acreditar la autoria del mismo; sin embargo desde siempre se ha argumentado la razón de atribuírsela a San Juan de Ávila ya que la idea central del soneto aparece en su obra "Audi filia" en las siguientes palabras: 
"Aunque no hubiese infierno que amenazase, ni paraíso que convidase, ni mandamiento que constriñese, obraría el justo por sólo el amor de Dios lo que obra." –capítulo L.

 https://www.youtube.com/watch?v=l-j1y_LCya0

El anónimo Soneto a Cristo crucificado, también conocido por su verso inicial «No me mueve, mi Dios, para quererte», es una de las joyas de la poesía mística española. Podría considerarse de lo mejor de la poesía española de la segunda mitad del s. XVI.
En los siguientes videos se puede comprobar como desde diferentes latitudes del mundo hispano se trata de dar vida en los cantos  del pueblo cristiano con el texto del soneto objeto hoy de nuestra atención.


Aunque su autor permanece desconocido, también se atribuye con gran fundamento al Doctor de la Iglesia san Juan de Ávila, tal como ha quedado referido al introducir el tema central de este artículo; si bien algunos lo atribuyen también al agustino Miguel de Guevara, que lo publicó en su obra “Arte doctrinal y modo general para aprender la lengua matlazinga” (1638), mientras que otros señalan a otros autores. Si bien apareció impreso por primera vez en la obra del doctor madrileño Antonio de Rojas Libro titulado “Vida del espíritu” (Madrid, 1628), tal como hemos comentado antes, ya circulaba desde mucho tiempo antes en versión manuscrita. 


El argumento más sólido para la atribución a Juan de Ávila, como señala el insigne hispanista francés Marcel Bataillon, es que el precedente de la idea central del soneto (amor de Dios por Dios mismo) se halla en bastantes textos del Santo de Ávila:
"El que dice que te ama y guarda los diez mandamientos de tu ley solamente o más principalmente porque le des la gloria, téngase por despedido della." En sus Meditaciones devotísimas del amor de Dios.
"Aunque no hubiese infierno que amenazase, ni paraíso que convidase, ni mandamiento que constriñese, obraría el justo por sólo el amor de Dios lo que obra." Glosa del "Audi filia", cap. L.
 https://www.youtube.com/watch?v=4eVU3PDvQds

La atribución a Santa Teresa de Jesús no se sostiene porque la mística abulense no supo manejar los metros largos en poesía; tampoco puede atribuirse a San Francisco Javier ni a San Ignacio de Loyola, porque de ellos no se conserva obra poética alguna estimable. Montoliú, por otra parte, defiende la tesis de que el autor del soneto pueda ser Lope de Vega. Como podemos comprobar son muchas las autorías supuestas y dada la alta calidad del soneto se atribuye a las mejores plumas de nuestra poesía. 


Han sido muchos los intentos de atribución de este soneto a uno u otro autor, sin que la crítica se haya sentido suficientemente comprometida a corroborar una autoría, falta de argumentos probatorios suficientes. San Juan de la Cruz, santa Teresa, el P. Torres, capuchino, y el P. Antonio Panes, franciscano perteneciente a la Provincia de Valencia, figuran entre otros de probabilidad más dudosa. La atribución a los dos carmelitas responde al tema del amor desinteresado, que anticipa la mística franciscana, de donde bebe santa Teresa, al menos. El estilo que muestra el soneto, rico en juegos formales, no nos recuerda la riqueza imaginativa que singulariza al santo de Fontiveros (San Juan de la Cruz), ni el más simple y llano de la santa abulense (Teresa de la cual hemos celebrado recientemente el quinto centenario de su nacimiento). Consta, además, en cartas que conserva la Orden, que antes de las fechas en que vive el P. Torres, los misioneros franciscanos enseñaban este soneto y el “Bendita sea tu pureza”, del P. Panes, a sus indios americanos, como oraciones cotidianas de la propia devoción seráfica.


Este emotivo y excepcional soneto, escrito entre los Siglos XVI y XVII, no ha podido ser atribuido, hasta el momento a ninguno de los autores conocidos de la época. Ello no impide que tanto para los más expertos eruditos, cómo para los aficionados más profanos, que a lo largo de los siglos hemos gozado con su lectura, haya sido, y sea el más completo acto de contrición de cualquier cristiano, al mismo tiempo que pueda ser considerado como una de las obras maestras de la lírica en lengua española.
Literariamente el soneto, por su perfecta factura, figura como modélico en todas las antologías de la poesía española que se precien, desde que lo incluyó en la suya de las “Cien Mejores Poesías de la lengua castellana” don Marcelino Menéndez Pelayo. Concluido el desarrollo del tema en el espacio de los dos cuartetos, trazada la preceptiva línea de simetría armoniosa que distingue y define la bondad del soneto clásico, vuelven a retomar el desarrollo temático las dos estrofas restantes, mediante cambios sintácticos que encadenan sucesivas concesiones ponderativas, tendentes a reforzar de manera excluyente y convencida el propósito de amar a Cristo por encima de cualquiera otra consideración falsa o espuria y cicatera.
Si en los cuartetos, verdadero amor y ternura se subliman a la hondura del dolor, en los tercetos encadenados se refuerza la fidelidad excluyente y convencida a Jesús. La más noble idea (amar por amor), desarrollada armónicamente, no necesita ni adornos ni belleza imaginativa: enseña amor perfecto, gratuito, quietismo, espiritualidad que lleva a la contemplación elevada al grado supremo, pues que los ojos se pierden ante la grandeza del amor levantado.

El estilo es directo, enérgico, casi penitencial por lo desnudo de figuras y recursos ornamentales. No es la belleza imaginativa del lenguaje lo que define a este soneto, sino la fuerza con que se renuncia a todo lo que no sea amar a cuerpo descubierto a quien, por amor, dejó destrozar el suyo. El lenguaje, renunciando a los afeites del lenguaje figurado, se atiene y acopla, en admirable conjunción, desde la forma recia y musculosa, a la mística desnudez del contenido. (Fr. Ángel Martín, o.f.m.)
Desde el punto de vista del creyente, nunca el amor a Cristo crucificado había alcanzado tal grado de pureza e intensidad en la sensibilidad de la expresión poética. En fechas en que la superficialidad cifraba en el temor al destino dudoso del hombre en el más allá, la moción de la piedad popular, este poeta acierta a olvidar premios y castigos para suscitar un amor que, por verdadero, no necesita del acicate del correctivo interesado, sino que nace limpio y hondo de la dolorosa contemplación del martirio con que Cristo rescata al hombre. Esa es la única razón eficaz que puede mover a apartarse de la ingratitud del ultraje a quien llega a amar de manera tan extrema.

 

Nunca nadie escribirá declaración de amor tan desinteresada (ni por satisfacción ni por temor), tan detallada (tú me mueves... tu cuerpo tan herido...  
tu muerte), ni tan fogosa (aunque no hubiera cielo / infierno, yo te amara / te temiera). ¡Qué arcano misterioso esconden estos versos de un corazón apasionado o, acaso, alma enajenada de sí (Lo mismo que te quiero te quisiera) encerrada en prieto armazón...!
Soneto lírico barroco, cuyo autor o autora sigue escondido bastante más de 400 años después, ¿acaso porque el amor desinteresado anida en todos los entresijos del ser humano desde siempre y por los siglos de los siglos?
Atribuido a santa Teresa, fray Pedro de los Reyes, san Ignacio, san Francisco Javier, Miguel de Guevara...Bien pronto fue conocido de los indios americanos y temprano lo asienta M. Menéndez Pelayo en Las cien poesías de la lengua castellana.


Así comienza el estudio del Profesor Falconierj, sobre el Soneto místico: «No me mueve mi Dios…» y su autor
Hace ya más de cuatro siglos que los literatos y religiosos hispánicos e hispanistas van buscando el elusivo autor del famoso soneto «No me mueve mi Dios…».
Hace ya cuatro siglos que ha existido este afán de descubrimiento, o por mera curiosidad intelectual, o por el sentido de justicia humana hacia el sonetista, o por vanagloria de los eruditos, y no se acabará hasta ese día cuando salga a la luz algún documento que nos revele incontestablemente quién es el autor.
Podemos dar una rápida ojeada a esta labor construyendo una breve bibliografía razonada desde los comienzos del siglo XV hasta hoy. En su mayoría los escritos del siglo XVII editados o inéditos, dan el soneto anónimamente u optan por San Francisco Xavier o San Ignacio. El siglo XVI casi exclusivamente persiste en favor de San Francisco Xavier; mientras que los románticos se contentaban con maravillarse ante el soneto y traducirlo en todas las lenguas modernas especialmente de Europa septentrional y central, ya que desde los primeros años se había traducido al italiano, portugués y latín. Hasta aquí no se interesaban científicamente ni en el problema de la paternidad ni en el contenido teológico y estilístico del soneto.
 
Es la segunda parte del siglo pasado cuando aparecen estudios, algo resolutorios, y vehementemente partidarios por este o aquel candidato. Surgen, como posibles autores Santa Teresa y Fray Pedro de los Reyes.
Entre los muchos que entran en la polémica podemos contar a Cayetano Alberto de la Barrera. Gil y Zarate, José María Sbarbi, Bóhl de Faber. Trata de poner fin a las discusiones M. Menéndez y Pelayo en su discurso de ingreso a la Real Academia, año 1881. Después de rechazar a Santa Teresa, a Fray Pedro de los Reyes y a San Francisco Xavier, pronuncia la famosa frase: «Sabido es que no hay el más leve fundamento para atribuirle a tan alto origen» y concluye: «hemos de resignarnos a tenerle por obra de algún fraile oscuro, cuyo nombre quizá nos revelen futuras investigaciones».
Este discurso habrá inspirado a Foulchc-Dclbosc quien, en 1885, publica el primer estudio serio algo científico sobre el soneto. Resulta, sin embargo, un estudio negativo porque se propone destruir todas las atribuciones hipotéticas: tarea, en este caso, no muy difícil. Su conclusión: igual que la de Menéndez y Pelayo. Y no pudo menos porque tenía en manos solamente un libro que trataba el soneto, el del padre Luigi Carnoli (anagrama de Virgilio Nolarci) Vita de San Ignazio de 1687 en el cual afirma: «Non si é mai recato in dubbio che S. Ignazio fosse l’autore di questo sonetto, mentre per piu d’un secólo n’é stata la tradizione». Cuatro años más tarde publica una cruela a su artículo para anunciar la existencia del libro de Juan Caramuel “Lebkowitz Conceptus evangelici…” de 1665 en el cual atribuye el soneto a San Francisco Xavier.
Por unos años no se habló más hasta que un jesuita norteamericano. William Furlong, publica un artículo (1913) con el título atrevido «The Sunnet of Saint Francis Xavier»


En él nos revela que existe el libro anónimo “Epitome de la vida y muerte de San Ignacio”. Roremunda, 1662, conteniendo el soneto pero sin atribución, repite lo de Caramuel: pero cita otro libro del jesuita húngaro, Juan Nadasi, “Pretiosiae ociupationes murientium”. Roma, 1657 que dice: «Est S. Francisci Saverii ex himno hispánico ferc ad verbum; vel, ut aliiajiunt sancti patris Ignati». Era un dato que había extraído del Monumenta Xavcriana publicado en Madrid en 1899. También habla de la carta enviada desde el Oriente por el padre Filippucci al padre Poussines en Roma donde incluye el soneto diciendo que es «Acto de amor de Dios en verso, que dizem, que foi feito por San Francisco Xavier». Lo que no sabía el padre Furlong era que el soneto se lo había llevado a Indias el padre Filippucci desde Roma.
Cierra el artículo ofreciéndonos esta última prueba: «The sonnet itself seems to belong to the age and life of Saint Francis. The main idea of the sonnet is not new, ñor is it expressed in any striking literary style; but there is about it on the whole and underlying spirit of great holiness of sanctity, of fervent love of God, clothed in the simplest and plainest way. It breathes forth so sacred a charm by the very reason of its simplicity and holy aspiration that we naturally consider it to be a resume of the raptures of the divine love that characterized the great Saint…». Son palabras muy exaltadas pero poco científicas.
Hizo estallar una guerra bibliográfica en 1915 el mexicano A. Carreño (Joyas literarias del siglo XVII…) que acabó en 1942 sólo con un armisticio tácito. En su libro anuncia el descubrimiento del manuscrito intitulado “Arte doctrinal y modo general para aprender la lengua Matlaltsinga”, por el P. Miguel de Guevara, 1638, en el cual apareció el soneto dos veces.

El libro de Carreño es un gran palacio de erudición donde elimina uno por uno los cuatro supuestos grandes posibles autores: Santa Teresa, Fray Pedro de los Reyes, San Ignacio y San Francisco Xavier para que quede en el campo, vencedor, el padre agustino, Miguel de Guevara. Era tan convincente Carreño que ciertas antologías e historias de literatura atribuyeron el soneto a Fray Miguel. Pero empiezan a derrumbarse las columnas del edificio Carreño el año siguiente con la publicación de una breve crónica en El Eco Franciscano por el padre Atanasio López indicando que el soneto se había publicado en España diez años antes que apareciera en el manuscrito citado por Carreño. (El soneto había aparecido en el libro del presbítero Antonio de Rojas, “La vida del espíritu”, Madrid, 1628.)
No daremos el contenido de los muchos artículos que ocasionó la incipiente polémica en los años sucesivos, desgraciadamente en ellos entraron el orgullo, o mejor, el afecto filial de agustinos, franciscanos, jesuitas, y mexicanos; aunque la verdad dicha, muchos eran los mexicanos que desmentían la tesis del compatriota Carreño. Quizás la palabras del padre Negrete, en un artículo en España y América, resume el sentimiento de los partidarios de Carreño. «La rica perla de la literatura religiosa castellana tiene ya padre, un agustino, el padre Miguel de Guevara sin que en el por venir sea a nadie dado atribuirlo a “más alto origen’ ni enviarla por el mundo sin partida de nacimiento.» Sin embargo los argumentos generados en su contra son formidables.
Además de conocerse en España se conocía antes en Italia, donde no aparece ninguno de los otros poemas del manuscrito de Guevara. Además existe prueba textual de que Guevara no se curó o no quiso curarse de ambas copias del soneto tal como aparecieron en su manuscrito porque los sonetos están llenos de seseos y errores de ortografía de los cuales era incapaz Guevara mismo; porque la página autógrafa de Guevara está en perfecto castellano. El manuscrito de Guevara es un trabajo antológico y de colaboración.


Carreño trata de reconstruir su edificio en 1942 pero con las mismas piedras que antes. Ya nadie reacciona.
Con la aparición de la monumental obra del padre Georgius Schurhammer en 1945, “Epistolac S. Francisci Xaverii” entramos en otra etapa de investigación, metódica y sin tanata presencia de las pasiones de excogitaciones hipotéticas.
En el Appendix II, después de dividir los sonetos en cuatro familias, nos da un compendio de todos los datos, impresos y manuscritos, que hasta entonces se conocían. El hombre que sabe más sobre San Francisco Xavier que cualquier otro, termina sus estudios declarando que San Francisco no tiene ninguna relación con el soneto ni con cualquiera versión latina del mismo.
En 1946 Helmut Hatzfeld” empieza un ciclo de críticas basadas sobre el nuevo método de la estilística con el cual contribuyen interesantes estudios Asensio, Bataillon \ Spitzer durante las décadas de los años 40 y 50 del siglo pasado.
La paternidad del soneto era para ellos un problema secundario: su interés residía en los conceptos y su expresión a través de los cuales querían precisar la fecha del soneto v quizás entrever su autor. Hatzfcld nos indica que la presencia del concepto espiritual hace del soneto un poema barroco; creado con la forma sintáctica del condicional-concesivo. Bataillon se apresura a demostrar que este condicional-concesivo existía ya en Juan de Ávila y en el pseudo-San Anselmo alrededor de 1300. Spitzér hace un agudo análisis de forma y contenido mostrando el paralelismo entre el soneto y el sobrio y riguroso carácter de los Ejercicios espirituales de San Ignacio. Esta larga bibliografía termina con el trabajo del padre Ignacio Elizalde en 1958 quien hace un valioso compendio y traza la influencia y el conocimiento del soneto y sus conceptos en España.
Los estudios de forma y contenido del soneto, que venimos de repasar, aunque abren puertas de sumo interés estilístico y de cuestiones fascinantes de teología y misticismo, poco añaden al descubrimiento del autor; al contrario pueden despistarnos.
Tomemos cinco de los temas principales asociados con el contenido del soneto:
1) Amor perfecto o gratuito.
2) Quietismo o semi-quietismo.
3) El concepto espiritual barroco.
4) Meditación-contemplación de los ejercicios ignacianos.
5) Oración al crucifijo.
Difícilmente se pueden delimitar estos temas dentro del espacio y el tiempo; ninguno de ellos dentro de una nación o una orden religiosa. El amor perfecto es el más universal de todos y desde la Edad Media está íntimamente ligado con el concepto espiritual, que ya sabemos no es exclusivamente barroco. Todo misticismo que busca anegarse dentro del Ser Divino y sentir la unidad de toda existencia, tiene como primer requisito el amor perfecto. Ese anhelo místico será tan viejo como la humanidad misma pero expresada literariamente remonta, según Menéndez y Pelayo, a la Biblia, a San Bernardo, a Dante, a los mendicantes franciscanos, a San Buenaventura, a Jacopone da Todi. También la expresaron de un modo u otro San Agustín, San Gregorio Manzianus, San Alberto Magnus, Santo Tomás de Aquino, John Duns Scotus, Santa Caterina da Siena, Ramón Lull. Y en España, acercándonos a la época del soneto, Juan de Avila, San Ignacio, San Francisco Xavier, Juan Valdés, Lope, Calderón y Cervantes. En efecto nos dice Sancho Panza en 1605 que la idea era popularmente difundida.

https://www.youtube.com/watch?v=fqmCWFalqnA
 
Y estos ejemplos caen dentro de nuestra tradición cristiana, mientras insistiré en mencionar que la idea se había expresado, en formas y estilos modernos, en el mundo islámico. Thomas Ohm en su libro Dic Liehc zii Goll in den nichtchri sticlwn Religiones reproduce estos versos de la poetisa Rabía al-Adawiya que vivió entre los años 717- 801:
In two ways I have loved you sclfishly.
And with a love that is worthy of yours.
Through seliish love. I my joy in you do find.
While to all others and other things I am blind.
Wilh but that love which. deserving of yours. sceks you.
Is lhe veil lifted. so that I can look upon you.
Yet. the glory of this world and the next are not mine.
But in this world and that to come is wholly thine.

Rabi’a al Adawiyya: «¡Oh mi Señor!, si te adoro por miedo del Infierno, quémame en el Infierno, y si te adoro por la esperanza del Paraíso, exclúyeme de él, pero si te adoro por Ti mismo no me apartes de Tu belleza eterna»
Según Ohm fue esta poetisa Rabia al-Adawiya quien, tomando agua en una mano y fuego en la otra, dijo: «Quiero poner fuego al paraíso e inundar el infierno con agua, para qué así estos dos velos se quiten de los que se acercan a Dios con resolución y puedan mirar al Señor sin necesidad de salvación y sin necesidad de miedo ¿Qué existiría, si no existiese la esperanza del paraíso y el pavor del infierno?». Fijémonos en que ya se expresaba el concepto espiritual en la forma del condicional-concesivo que exigía el profesor Hatzfeld.
Hay dos ejemplos maravillosos entre los cuartetos del famoso Omar Khayyam escritos en 1123.
(1)
No. 49: In synagogue and cloister, mosque and school
Hcll’s terrors and heaven’s lures men’s bosoms rule,
But thcy who master Allah’s mysteries,
Sow not this empty chaff their hearts to fool.
No. 63: Hearts with trie light of love ¡llumincd wcll.
Whether in mosque or synagogue they dwcll.
Have their ñames written in the book of love.
Unvexed by hopes ot’ heaven or fear of hell.
 
Pasemos brevemente al tercer tema, el quietismo que, por creer en el amor gratuito hacia Dios algunos vieron su influencia en el soneto. (Recordemos que el padre Molina formaba parte de la Compañía de Jesús, precisamente durante la época del soneto.). Ningún misticismo, sea del Cristianismo, o del Brahmanismo, del Budismo, del estoicismo, del neoplatonismo, o de los Sufí, puede prescindir de un poco de quietismo.
Pero fuera de este contacto universal, dista mucho, en mi opinión, el contenido del soneto con el quietismo de Molina o con el semíquietismo de Fenélon. El quietismo, por su nihilismo (o negación de toda creencia), rechaza todo lo que no sea contemplación reducido a un puro acto de fe, y por extensión, rechaza toda autoridad eclesiástica y todos los mandamientos teológicos; prescinde de todo rito y rezo a cualquier imagen de Dios. Creo que nuestro soneto hubiera repugnado a un quietista por ser, además de la expresión de conceptos teológicos y místicos, un ejercicio espiritual personal de un hombre meditando, contemplando y rezando ante un crucifijo.
Ni admitía el quietismo los aspectos populares incluidos en el soneto: elementos que sintió Spitzer cuando demostró que se encubrían con una técnica intelectual, literariamente avanzada. Al terminar su análisis Spitzer dice: «En vista de esta técnica bastante compleja y nada popular… me inclino a creer que el soneto… pertenece como vagamente lo intuyó Pfandl— más al final del siglo XVI que a las primeras décadas del XV y que surgió de un ambiente jesuítico que, como ha demostrado Bataillon. Estaba empreñado (ya en 1580 y en Italia) de las ideas de Juan de Ávila».E. H. WIIINMEI.I). Untar Khavvam Quairains.
Sin embargo, yo confieso mi incapacidad de seguirle en su conclusión.
Esta técnica sí se desarrolla a fines del siglo XVI pero sigue sin interrupción bien entrado el siglo XV, especialmente en los grandes poetas.
En cuanto al último tema, el de la meditación-contemplación ignaciana, quizá tenga razón Spitzer en sugerir un autor jesuita o por lo menos un autor empapado o empreñado de ambiente jesuítico a no ser que fuera un místico que había aprendido sus pasos de misticismo en los mismos andurriales que San Ignacio. Vaya Vd. a saber...
Con esto creo que haya demostrado la imposibilidad de descubrir fecha y (mucho menos) autor del soneto a través de estudios internos, sean teológicos, sean estilísticos.
Si queremos conocer el misterio que nos ha frustrado por cuatro siglos tenemos que volver a las fuentes, a los archivos y bibliotecas, a donde quiera que nos lleve la mínima huella prometedora. Me interesé en el problema hace cinco años, por casualidad, mientras consultaba un manuscrito en la Biblioteca Nacional de Madrid y vi un título: «Soneto de San Ignacio de Loyola». Me sorprendió instantáneamente el hecho de que escribiera un soneto San Ignacio y al leer el primer verso (era el soneto) mi corazón dio un salto. No di crédito a mis ojos y calmadas las emociones empecé a no dar crédito al título. Aparentemente el soneto se asociaba con la Compañía de Jesús y éste había llegado desde Italia, según el contenido del Codex. Partiendo de esa presunción empecé mis investigaciones en Roma. En cuatro siglos se habían acumulado ocho manuscritos del soneto; en un mes en Roma descubrí tres manuscritos del original con más de diez traducciones al italiano. Luego encontré dos más en Florencia y uno en Coimbra. De modo que hoy tenemos 16 manuscritos del soneto: 2 en Portugal. 1 en Inglaterra 1 en México. 4 en España. 8 en Italia.
 
Santísimo Cristo de la Capilla de Lahiguera, salido de las manos del imaginero cordobés D. Juan Martínez Cerrillo.

He aquí una prueba de la traducción del soneto a la lengua portuguesa, al inglés y al italiano:
Não me motiva, meu Deus, para querer-te
o céu que me houveste prometido,
nem me motiva o inferno tão temido
para deixar, por isso, de ofender-te.
Me motivas, Senhor; me motiva ver-te
pregado numa Cruz e escarnecido;
me motiva ver teu corpo tão ferido;
me motiva ver-te só e tão inerte.
Me motiva, por fim, teu amor eterno,
assim se não houvesse céu inda te amara
e te temera ainda não tendo inferno.
Por teu amor minha alma nada espera,
pois embora o que espero não esperara,
igual tanto que te quero te quisera.


Al inglés se tradujo con estas palabras:
I am not moved, my God, to love You
by the heaven that You have promised me
and I am not moved either by hell so feared
as the reason to stop offending You.
You move me, my Lord, it moves me to see You
nailed to a cross and your flesh destroyed,
what moves me is to see your body so injured,
what moves me is your suffering and your death
What moves me, finally, is your love, and in such way,
that even if there was no heaven, I would love You,
and even if there was no hell, I would fear You.
You don’t have to give me for me to love You,
so even if what I hope for I did not hope,
the same that I love You, I would love You.
 

Fue traducido al italiano con estas palabras:
« Non mi spinge, Signore, ad amarti
Il cielo che mi hai promesso
E non mi spinge l'inferno tanto temuto
Ad impedirmi di offenderti.
Tu mi spingi, Signore; mi spinge vederti
Inchiodato a una croce e schernito
Mi spinge la vista del tuo corpo tanto piagato;
Mi spingono i tuoi patimenti e la tua morte.
Mi spinge, infine, il tuo amore, e in questo modo,
Anche se non ci fosse il cielo, ti amerei,
E anche se non ci fosse l'inferno, ti temererei.
Non mi devi nulla perché io ti ami;
Poiché anche se non dovessi attendermi ciò che mi attendo,
Ti amerei tanto quanto ti amo »

En cuanto a la atribución resulta que la mayoría votan por San Francisco Xavier, votación que coincide con los libros publicados durante el siglo XV que contienen el soneto. Esto me hizo pensar que era inminente el descubrimiento definitivo del documento en favor de este santo.
Entonces procediendo como el detective que, no pudiendo descubrir el asesino, toma el más probable y apunta todas sus armas investigadoras a ese blanco. Yo escogí a San Francisco Xavier y emprendí el mismo itinerario que hizo el santo durante su estancia en Italia: Venezia, Vicenza, Monselice, Bolonia y Roma. Y como el padre Schurhammer antes de mi no encontré absolutamente nada. ¡Qué desilusión!
Y por primera vez dudé que fuera San Francisco Xavier. No por no haber encontrado lo que buscaba sino que los manuscritos todos dicen San Francisco Xavier. Es por eso que figura en mi elenco de manuscritos la fecha 1622, fecha de la canonización de los cuatro santos españoles. Un manuscrito que dice San Ignacio o San Francisco Xavier no puede ser anterior a 1622. No me interesaba ya amontonar más manuscritos atribuyendo el soneto a San Francisco Xavier; anhelaba uno solo que dijera «Maestre Francisco Xavier. Hasta hoy no existe. Quedan pues atormentándonos las mismas cuestiones de siempre. ¿Cómo era el soneto original, cuándo se escribió, dónde, quién? ¿Qué es lo que se puede deducir de los manuscritos? No nos dicen como era el soneto primitivo. Existen muchas variaciones y en ellas versos de ritmos interiores equivocados: otras hasta de rima equivocada (como todas las de la familia B. de Schurhaminer): otras conteniendo dialectalismos y extranjerismos. ¿Cómo llegó el soneto a su forma moderna? Es natural pensar como Hergueta y proponer lo siguiente: «… podemos asegurar que, como toda poesía popularizada, se ha ido modificando y ganando en galanura al pasar de unas, generaciones a otras, a la manera que los cantos rodados de los ríos van limando sus asperezas a compás que la corriente los arrastra». Pero los datos desmienten esta teoría, en parte.
Los sonetos de la familia D de Schurhammer (es la familia que lleva la versión moderna) remontan al período más primitivo, igual que los sonetos de las otras tres familias que corren por todo el siglo XVII. Lo que habrá pasado es que los sonetos de cada familia iban rodando por ese río purificador y que al final la crítica, casi inconsciente, escoge la piedra más preciosa y perfecta.
Los manuscritos continúan manteniendo la fecha en las primeras dos décadas del siglo XVII. No apareció ninguna alusión a Santa Teresa ni a Pedro de los Reyes quienes pueden ser eliminados por el momento.

Detalle de la mano izquierda del Santísimo Cristo de la Capilla en el proceso de restauración .
 
Con la colonia jesuita de Roma, tanto en la Curia como en el Colegio, se asociaba siempre el soneto con el nombre de San Francisco Xavier. Esa asociación, junto con el entusiasmo del padre Carnoli por el santo cuya biografía escribía, se propuso San Ignacio de Loyola. Casi podemos eliminarlo.
A juzgar por la mar de traducciones en italiano y su difusión en Italia parece que haya sido escrito en ese país. A no ser que el autor se lo llevase con él a Roma antes de ingresar en el Colegio. Lo cierto es que estaba en manos de Antonio de Rojas en Madrid en 1627, para insertarlo en su libro; estaba en manos de Virgilio Malvezzi para glosarlo en su libro en Bolonia en 1628; y lo tenía un compilador jesuita después de 1623. Este compilador, Giuseppe Rossi, estudiante en el Colegio Romano (su tesis doctoral es de 1626 y todavía está en la Nacional de Roma), colecciona en tres volúmenes 1.500 sonetos, la gran mayoría escritos por clérigos, incluso Urbano VIII, de los cuales 1.498 están en italiano y los otros dos en español. Uno de estos es nuestro soneto, y el otro, seguramente inédito, empieza así:
Era Dios hombre de alta cruz pendiente
Mortal cadáver para eterna vida;…
Dentro del volumen hay dos traducciones del «No me mueve mi Dios…» una encabeza así: «Traduzione del sonetto spagnolo di San Francesco Saverio no li “idioma italiano». De paso quiero afirmar que hay 29 sonetos dirigidos a Cristo crucificado. Pero repito, está atribuido a Francisco Xavier después de su canonización, lo que me hace pensar queestaba el soneto en el patrimonio de la Compañía y en la cabeza de todos los jesuitas, y al llegar el momento de la canonización empezaron a brindarle el soneto, era inmensa la popularidad de Francisco Xavier en Italia y su muerte había causado honda impresión.
Otro manuscrito que atrajo la atención era el de la Palatini de Florencia. El folio donde aparece el soneto no contiene atribución pero el Índice del Codex atribuye el soneto a don Francisco Quelela. Primero pensé que fuera un error por Quevedo pero al examinar al Codex no quedaba duda, estaba claramente escrito: don Francisco Quelela. ¿Quién es este Quelela? No he tenido todavía la ocasión de averiguarlo. Pero un día, en mis rumias, recordando este Quelela, me saltó en mente el soneto del volumen de Rossi del Colegio Romano: «Era Dios hombre de alta cruz pendiente…».
Y ¿por qué no? Estaba Quevedo en Italia precisamente en esa época 1613-1618. Era amigo de Virgilio Malvezzi, el que gloso el soneto en efecto fue Quevedo quien tradujo el libro de Malvezzi. Y el manuscrito en cuestión estaba escrito por un italiano que no sabía el español, dos errores del soneto lo prueban, y pudo fácilmente al ver Quevedo transcribir Quelela.
Pero ¿son éstos los delirios de uno que de tanto buscar se le volvió el cerebro y ve autores de «No me mueve mi Dios…» por todas partes?
Les prometo volver en mí y seguir metódico, científico, y despasionadamente (si es posible) mi encuesta por el elusivo pero modesto orfebre de esa joya literaria.
Con esto acabo mi informe” dice el autor.
Reconozco que es una pretensión haberos hecho seguir todo lo que el Profesor Falconieri va desarrollando a lo largo de su escrito, en búsqueda del autor del soneto; pero por respeto a su autoridad y a que algún día pueda servir de referencia a otros estudiosos, decido no cortar nada de su texto. Solo puedo decir que me pareció tan interesante cuando lo leí y pensé que respetando la autoria del profesor había que trasladarlo a estas páginas del blog, por la honda repercusión que el soneto ha dejado en generaciones de higuereños fieles devotos de Nuestro Santísimo  Cristo de las Aguas desde hace al menos cuatro siglos, y desde comienzo de los años cuarenta del pasado siglo para los devotos del Santísimo Cristo de la Capilla.
                                                           Granada 6 de Abril de 2015.
Pedro Galán Galán
Referencias de los textos consultados:
Falconieri John , V. (State University of New York at Albany.)
Su curriculum es envidiable : Bowling Green State University, Bowling Green, Ohio, profesor asistente de literatura romantica, 1952-58; Western Reserve (actualmente Case Western Reserve) University, Cleveland, Ohio, profesor asociado de literatura romantica, 1958-64, de la Universidad Estatal de Nueva York en Albany, profesor de literatura romantica, 1964-72, presidente del departamento, 1968-72, Juan Cabot International College, Roma, Italia, el presidente, 1972-78; American University of Rome, Roma, presidente y director, 1978-1989. Editor, Teatro Anual. ...
López Guzmán, R.: Arquitectura mudéjar y su proyección en América, en Garijo, Ildefonso:” El saber en Al Andalus: textos y estudios, 2) (1)