LOS POZOS: UN YACIMIENTO ARQUEOLÓGICO DEL NEOLÍTICO EN HIGUERA DE ARJONA
(LAHIGUERA).
EN EL AÑO 1986 SE DESCUBRIERON CASUALMENTE
UNOS RESTOS ARQUEOLÓGICOS EN EL CASCO URBANO, UNA PRUEBA DE
LA ANTIGÜEDAD DE
NUESTRO PUEBLO COMO ASENTAMIENTO DE CULTURAS.
La gran novedad que aporta el yacimiento de Los Pozos de Higuera de Arjona es el
parámetro de adobe alineado sobre el borde interior de un foso de este
yacimiento de Higuera de Arjona-Extramuros, según refiere Hornos en su publicación (Hornos
y otros 1987:198) (1).
Según se constata por la bibliografía y las fuentes arqueológicas, la ocupación de las tierras de nuestro término
municipal se remonta a la época prehistórica, aunque hubiese podido estar
habitada en el Paleolítico, podemos evidenciar con este yacimiento la ocupación
concreta en el Período cultural
denominado Neolítico (significa piedra nueva); tal como lo prueban los restos arqueológicos
registrados en el interior del propio casco urbano, llamado Los
Pozos-Extramuros, en cuyos terrenos en el año 1986 se realizo una
excavación de urgencia con ocasión de la apertura de una canalización para
salida de aguas … En este yacimiento de Los Pozos-Extramuros, a tan sólo
hoy y desde hace cientos de años a unas pocas decenas de metros de casas habitadas del propio casco urbano;
apareció una de las primeras fortificaciones conocidas de esta época, así como
estructuras de habitación y fondos de cabaña de forma
circular y un sistema defensivo basado en un foso excavado en la roca con
restos de muros de adobe, así como numerosos restos
de cerámica, posiblemente pertenecientes a cuencos y vasijas como parte de la
vajilla del mencionado poblado.
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| Yacimiento de Los Pozos de Higuera de Arjona. Excavación de urgencia del año 1986. Tipológicamente es de filiación Neolítica. |
De forma
genérica los poblamientos tenían un trazado con una irregularidad bastante
marcada, aunque parecen describir espacios circulares o elípticos. Las zanjas
que configuran los poblados varían en anchura y profundidad de forma
considerable, pero siempre aparecen colmatadas de un relleno donde aparecen
restos óseos y abundante cultura material. En el interior e inmediaciones de
estas zanjas, proliferan, a veces por centenares, unos pozos de planta circular
y sección acampanada, denominados tradicionalmente como “silos”. Otras veces
aparecen autenticas pléyades de pozos sin evidencias de zanjas en sus
proximidades. En todos los casos aparecen estas estructuras colmatadas por un
relleno donde se acumulan fragmentos de vasos de cerámicas, artefactos líticos
y restos óseos, entre los restos óseos se han documentado esqueletos humanos y
huesos de animales.
Escena familiar en el poblado.
También aparecían en los asentamientos estructuras de
menor profundidad y mayor diámetro que se consideraban con funciones diferentes
de las anteriormente descritas, al ser estas últimas consideradas como “fondos
de cabañas”. También estas construcciones excavadas en menor profundidad
aparecían en todos los casos colmatadas de forma similar a como quedaban
colmatadas las zanjas y los pozos. Sobre los testimonios que se encontraron en
estos tipos de poblados, bastante poco pueden aportarnos en relación al
conocimiento de su vida social y económica, poco puede saberse al no quedar
testimonios en las construcciones aéreas de envergadura, pues sólo ha perdurado
lo que permaneció enterrado y más allá de las estructuras subterráneas antes
comentadas, nada puede reconocerse en el interior de estos grandes círculos que
pueda ser correlacionado contemporáneamente con los poblados. Sólo se conocen
restos de adobes pertenecientes a estructuras efímeras y evidencias de cabañas
endebles, que no debemos confundir con los ya referidos fondos de cabañas
excavados en el terreno. No se encontraron edificios domésticos o ceremoniales,
ni establos, acequias, cisternas, ni puertas monumentales o alguna área de otra
actividad humana especializada.
La ubicación de Lahiguera,
situada en la cima de una loma, desde donde se divisa el río Guadalquivir al
norte y las sierras de Jaén al sur, le proporciona una amplia visibilidad sobre
todo su entorno. La fertilidad de sus suelos para el
aprovechamiento agrícola propició su ocupación ya desde aquellos tiempos “para nosotros tan remotos”, que
van entre finales del IV y principios del III milenio
antes de Cristo.
Esto hace suponer su ocupación en el Paleolítico, como
también ha quedado avalado el que estas tierras fueron
posteriormente ocupadas también durante toda la Edad del Hierro hasta la época
romana. Según F. Nocete (1989) (2) existieron grandes centros fortificados
situados en unas posiciones estratégicas, es decir, asentamientos de tamaño
reducido que ocupaban cerros con un buen control sobre los territorios del
entorno, y centros agrícolas de dimensiones pequeñas y estructuras débiles. Los yacimientos de Carzones, El Tejar, Colorines, Las
Canteras o la Atalaya responden en su estructura y distribución a lo
anteriormente descrito.
Algunos de estos asentamientos siguieron ocupados
durante época ibérica, como Cerro Corbún y La Atalayuela. La muralla de La
Atalayuela es un recinto de la Edad del Hierro II de época ibera, sobre una
fábrica de la Edad del Cobre. Tuvo protección legal por la Declaración genérica
del Decreto de 22 de abril de 1949. Ley 16/1985 sobre el Patrimonio Histórico
Español. Código del bien: 230400019 (sin expediente incoado ni declaración).
Observación
del crecimiento de las plantas.
Entonces,
empezaron a cultivar cereales (trigo, cebada, centeno…) y posteriormente legumbres
(lentejas, guisantes…); iniciándose de este modo la
agricultura. Del mismo modo, la
observación de los animales de su alrededor permitió su domesticación y el
nacimiento de la ganadería. Las cabras, las ovejas, los cerdos, el perro, los
equidos etc. fueron los primeros animales domesticados.
La agricultura y la ganadería propiciaron el asentamiento
de aquellos primeros
habitantes en aldeas próximas a los campos de cultivo y
a los pastos para los animales ya
domesticados. Fue esta y no otra la razón por la que el ser humano se fue
asentando en el terreno dando lugar a
las incipientes “aldeas”.
Dichos
asentamientos neolíticos se situaban en elevaciones del
terreno próximos a cursos de agua y solían protegerse con posibles empalizadas
y/o fosos. En dichos yacimientos se han
recogido fragmentos de cerámica hecha a mano y se han localizado restos de
manchas cenicientas en el terreno, que posiblemente son restos de los fondos de
las cabañas en las que habitaron estos primitivos pobladores. Estos recintos se ubican en lugares de fácil acceso, colinas suaves,
entradas o fondos de valles, rebordes fluviales, amesetamientos, etc. En cualquier
caso no parece que para la elección del asentamiento no primen los espacios con
ventajas para la defensa, de forma que en no pocas ocasiones, se menosprecian,
incluso, las elevaciones del terreno que estaban muy próximas a los
asentamientos. En la mayoría de los casos en las zonas geográficas donde
aparecen estas estructuras de los recintos coexisten con asentamientos humanos
ajustados a un patrón de acusada dispersión territorial como asentamientos no
permanentes.
Video sobre el Neolítico
Su economía
era de autoabastecimiento, es decir, sus habitantes consumían lo que producían, aunque hay indicios de que
existían algunos intercambios, es lo que se conoce con el nombre de “trueque”, es
decir, se intercambiaban los excedentes entre los diversos poblados o
asentamientos. A veces los intercambios consistían
en adquirir objetos para ellos desconocidos y que sin lugar a dudas, serían
signo de distinción sobre todo por ser objetos de
prestigio, tales como: conchas, cerámicas decoradas con
instrumento de concha, con tintes rojos o almagra etc.,
variscita…). La elaboración de la cerámica, el
tejido, la cestería etc., dieron lugar a la aparición de
los primeros artesanos.
En muchos de estos asentamientos se han encontrado perforaciones excavadas en el suelo denominados “silos” cuya finalidad no era otra que proteger y resguardar el grano de la intemperie para “de alguna manera” tener asegurado el consumo hasta la próxima cosecha es el caso del yacimiento Neolítico de Los Pozos de Higuera de Arjona.
Molinos de pieda del Neolítico, llamados molinos de vaivén.
Este sistema
de pozos y zanjas excavados en el terreno es en cierto modo una constante en el registro arqueológico del sur de nuestra querida Península Ibérica.
El profesor
Collantes de Terán acuñó el termino de “Cultura de los Silos” que sin duda era el reflejo de las manifestaciones de
procesos agrícolas intensivos, que se empezaban a realizar en toda la campiña
andaluza y que eran propias de
agricultores, que cada vez dominaban mejor, las técnicas del laboreo de las
ricas tierras de los valles y llanuras de la actual Andalucía. Aquellos
primeros agricultores se asentaban en cabezos de poca altura y próximos a
cursos de aguas, a fin de tener el dominio de la vigilancia de sus cosechas y
tener seguro el abastecimiento de agua para cubrir sus necesidades. Se tiene
constancia arqueológica de que en la zona del Arcor y Aljarafe en la provincia
de Sevilla dichos silos se excavaban en
forma de campana. (Collantes de Terán, 1969: 61. (3).
También J. M. Carriazo sugería que estos pozos “eran
testimonios de la temprana importancia de la agricultura cerealista…, y que
nacieron para sustituir contenedores de menor capacidad, como los recipientes
de cestería o cerámica, por otros de mayores dimensiones en los que almacenar
los granos de cereal; estos se acumularían como excedentes en ciertos
yacimientos, desde los que, a modo de centro comercial, se exportaban por el
río a toda la región” (Carriazo, 1980:159 y 192). (4)
Fases de la elaboración de la cerámica.
Recipientes de cerámica.
En la mayoría
de las ocasiones ni siquiera aparecen materiales arqueológicos fuera del
perímetro de las propias estructuras excavadas. Por su ubicación diríamos que
son irrelevantes desde el punto de vista topográfico, casi nunca se establecieron en
cerros u oteros que facilitaran su defensa, no eran poblados de altura, por lo
que se desestiman las supuestas funciones defensivas de la zanjas, al no estar
ubicadas las zanjas de los asentamientos en lugares de pronunciada altitud, y
ajustando el trazado de aquellas a las curvas de nivel del terreno. Por el
contrario los asentamientos de las zanjas o los pozos se localizan en espacios
despejados, amplios y de escasa altitud, abiertos a suaves cuencas fluviales y
en otros casos en leves elevaciones en lugares próximos a la costa.
No se
encuentran evidencias arqueológicas de sistemas defensivos de envergadura, ni
tan siquiera se han documentado restos de lo que debieran haber sido
enfrentamientos o escaramuzas bélicas, incendios o abandonos provocados por
tensiones propias de lugares fortificados. También el trazado de las zanjas y
los descomunales espacios de varias hectáreas se alejan de cualquier principio
castrense de defensa, puesto que por su ubicación la vulnerabilidad alta de su
defensa era un espacio que sólo podría ser defendido con ingentes cantidades de
individuos defensores.
Tanto los pozos como las zanjas se continúan utilizando y excavando por los grupos humanos correspondientes a la Edad del Cobre o Calcolítico, también conocido como “período megalítico” (mega significa grande y lito piedra) en alusión a la construcción de lugares de enterramiento realizados, entre otros, a base de grandes lajas de piedra; y se extienden por toda la zona meridional peninsular.
Tanto los pozos como las zanjas se continúan utilizando y excavando por los grupos humanos correspondientes a la Edad del Cobre o Calcolítico, también conocido como “período megalítico” (mega significa grande y lito piedra) en alusión a la construcción de lugares de enterramiento realizados, entre otros, a base de grandes lajas de piedra; y se extienden por toda la zona meridional peninsular.
La movilidad
acusada que debieron tener los grupos humanos megalíticos hace suponer que los
desplazamientos de hombres y animales se debieron ajustar a ciclos socialmente
prescritos. La frecuentación periódica y obligada de los recintos a lugares
atrincherados significa también la aceptación de reglas ancestrales de
movilidad humana por el paisaje. En estos casos, los desplazamientos encuentran
los lugares como referentes espaciales de especial importancia en los recintos
prehistóricos atrincherados; porque en ellos se podían favorecer o forzar la
agregación transitoria de una población dispersa, que se ajustaba a unos ritmos
de vida de variada naturaleza como la del aprovechamiento de los recursos
estacionales, con el intercambio de los recursos o su redistribución. También
podían servir como marco para la realización de cambios colectivos de estatus
social, con sus ritos de iniciación, agregación de nuevos miembros, etc., de
políticas matrimoniales donde se pudiese favorecer el intercambio de mujeres
entre los grupos y linajes, especialmente entre los grupos más atomizados o
separados del colectivo, o en definitiva, en cualquiera de los ritos encaminados
a aumentar la cohesión social.
Estamos ante una conducta del grupo
social, que por una parte requiere la apertura de la trinchera o zanja; pero
resulta bastante sintomático que el abandono del lugar conllevara también de
seguido, el cierre de las zanjas con el previo cegado de las mismas zanjas que
configuraban el espacio habitado. Sobre tal cuestión podríamos aventurar que
tal práctica del relleno podría ser interpretada como la forma de desactivar
socialmente ese espacio, para que todos abandonasen ese recinto, que había estado
dotado de gran significado social y simbólico durante un largo periodo de
tiempo anteriormente, espacio que daba consistencia al grupo humano
prehistórico, unido a connotaciones de clanes mientras lo habitaron. Así, de
esta forma un tanto reversible, el espacio que inicialmente fue elegido con la
elaboración de zanjas como un cosmos durante un largo periodo de tiempo, se
niega o enmascara para el grupo en el momento de su abandono, con su idea
intencionada de la eliminación de tal hábitat en el paisaje. Tras lo cual, ya
nadie puede improvisar un recinto, ni puede gestionar los resortes sociales
legitimados en un lugar de tal naturaleza en beneficio propio.
Quizá los
desplazamientos podían tener un carácter simbólico relacionado con la
manifestación de lo sagrado, entonces cada pozo o depósito sería prueba del
retorno de un determinado grupo a un lugar atrincherado, o a sus campos con
depósitos subterráneos, con encuentros rituales ajustados a un orden
preestablecido, según el modo de explotar los recursos, sin que llegasen a ser
los típicos asentamientos estables neolíticos. Se considera, que sólo se pueden
propugnar la generalización de los poblados plenamente agrícolas y sedentarios
en todo el occidente europeo durante la Edad del Bronce, coincidiendo con un
patrón determinado de ocupación del territorio, acorde con un modo de
subsistencia particular y unas relaciones de producción determinadas y en cualquier caso en momentos posteriores a
la fase inicial del megalitismo. El megalitismo en el sur de la península es consecuencia
de la consolidación del modo de producción agropecuario, y reflejo de la
complejidad social que le sigue a este modelo de producción. En estas nuevas
coordenadas se explican los sepulcros y sus supuestos asentamientos estables
que vienen a representar los recintos prehistóricos atrincherados. Una economía
mixta agropecuaria se considera una constante desde el Neolítico Pleno, la
agricultura jugo un papel determinante entre los primeros grupos productores, y
sobre su supuesto sedentarismo, especialmente en las sociedades megalíticas.
Instrumentos del Neolítico.
Dentro de la agricultura de la Prehistoria se da una clara diferencia entre lo que serían las prácticas fundamentadas en los grandes y largos barbechos, y lo que posteriormente supusieron los cultivos en pequeños y cortos barbechos, con un sentido de defensa de la propiedad más arraigado. La diferencia entre uno y otro tipo de barbecho suponía una organización distinta de los trabajos agrícolas, y especialmente, diferentes forma de sentir la propiedad de la tierra. Cuando un grupo humano fundamenta su agricultura en los largos barbechos, requiere escasas inversiones tecnológicas en el laboreo, entonces sus asentamientos humanos son producto de cortos periodos de tiempo, y el acceso a los campos cultivables se realiza alternativamente como ocurre con el uso de un campo de caza. Suponemos que este modelo es el propio de las comunidades megalíticas entre el V-IV y III milenio antes de Cristo, configurándose así un paisaje construido alrededor de unos continuos movimientos de la población, a través de un territorio cuajado por una autentica constelación de lugares, ya fuesen asentamientos temporales, recintos prehistóricos atrincherados, o monumentos funerarios con un significado social y religioso para sus temporales moradores.
Sólo a partir
del II milenio antes de Cristo se generaliza un régimen agrícola basado en el
uso de una agricultura intensiva de cortos barbechos, lo que como ya hemos
dicho supuso una organización diferente del trabajo, un mantenimiento directo
de la población de los recursos del campo elegido y de su fertilidad, y una
posesión de la tierra bien distinta, donde la propiedad era reclamada por los
grupos que la ocupaban ahora de una forma permanente. A partir de este tiempo
el paisaje se organiza en torno a los centros de dominio de la tierra, los
poblados ahora sedentarios están localizados normalmente sobre cerros testigos,
que marcaran los límites entre el mundo interno de esa comunidad perteneciente
al poblado en cuestión, y otro mundo exterior propio de los otros que no
pertenecen a su comunidad, a los que desde luego como no pertenecen a su grupo,
se les niega la posesión de la tierra y su usufructo. Como en esta nueva
situación los miembros del poblado se identifican como miembros del grupo que
tienen esas tierras y viven de ellas, entonces los recintos prehistóricos
atrincherados van desapareciendo silenciosamente del paisaje pues dejan de
tener la función de cohesión social, que le habían asignado otros pobladores de
milenios anteriores.
Fabricación de instrumentos de piedra.
Proliferan
entre lo encontrado los restos humanos completos o incompletos; huesos de
bóvidos, perros y abundancia de artefactos líticos con restos de talla y
recipientes cerámicos, fracturados previamente y, en ocasiones, con evidencias
de haber sufrido sobre estas piezas la acción térmica. Junto a los fragmentos
de cerámica, con frecuencia fracturadas antes de ser introducidas en los pozos,
aparecen hojas prismáticas de silex, abundantísimos molinos de piedra, e
incluso ídolos, aunque lo más significativo es la importante cantidad de restos
óseos en ellos depositados, tanto de animales como humanos, ovicápridos,
perros, etc.
A veces los
pozos son de forma circular y sección acampanada o de paredes rectas (pozos), cuando en su
anchura sobrepasan los 2 metros resulta difícil diferenciarlos de los llamados
fondos de cabañas, aunque mantengan una profundidad que podía oscilar entre 1 y
2 metros.
En la campiña de Jaén asistimos durante le época del
Neolítico Final al origen de la agricultura, como muestran las apariciones de
los “dientes de hoz” en toda la zona. La aparición
de la industria lítica especializada supone una verdadera revolución
tecnológica con la estandarización en la fabricación de los dientes de hoz, caracterizados
por la presencia de trincaduras, dorso abatido y en el lado opuesto el filo
dentado, tal como aparecieron estratificados en los Silos de Los Pozos de
Higuera de Arjona, en el yacimiento Albalate en Porcuna y en el de Puente
Tablas de Jaén. El número de piezas encontradas hacen suponer que la agricultura
de los cereales estaba muy extendida y afianzada en estas tierras, considerándose los dientes de hoz como unos útiles básicos para la siega de los cereales ya desde
el Final del Neolítico y que se continuaron utilizando hasta el Bronce Final.
Demarcación de la zona de desarrollo del Neolítico Medio.
Yacimientos del Neolítico en Andalucía.
Geografía del Neolítico Andaluz.
Avanzando en
el tiempo el yacimiento del Cerro de Corbún o Corbul, cuyo primer sentamiento se sitúa
en la Edad del Cobre y continua en la Edad del Bronce, también citado en otro artículo anterior: (*Asentamientos islámicos en el
término de Figueruela en el inestable siglo XI y en los siglos XII y XIII:
Fernando III y el Jaén musulmán, publicado en este blog en fecha 10 de febrero
de 2014). Donde se han localizado una serie de alineaciones de piedras que
pueden corresponder a algún
tipo de muro defensivo correspondiente a la Época Ibérica, según se ha podido constatar por los fragmentos de
cerámica recogidos en el lugar, cuyas característica son propias de cerámica
ibérica hecha a
torno y decorada con bandas de pintura roja. También a esta época corresponde
el yacimiento de La Atalaya, un asentamiento que fue abandonado en la Edad del
Bronce y de nuevo ocupado durante la
Edad del Hierro y hasta el siglo II de
nuestra era, es decir ya en época romana.
No podemos dejar de citar la importancia que dentro de la
época romana tuvo todo el perímetro del Cerro de Corbún, donde en sus
inmediaciones contamos aún con los restos de un ya “maltrecho puente romano”, objeto de mi atención en un
artículo con idea de dar un SOS para su conservación: (* El Puente Romano del
Arroyo Saladillo de Lahiguera. Publicado en este blog en fecha 23 de junio de
2012), que tras una primera repercusión en la prensa y radio provinciales y
Canal Sur, quedó olvidado por las autoridades locales, provinciales y
autonómicas. El Puente Romano del Arroyo Saladillo de Lahiguera permanece aún
completo en su arcada, a pesar del paso de los siglos y del embate de las
crecidas del arroyo, que ha veces, llega a casi superarlo en altura. Es una
pena que no acudamos en su ayuda para su conservación, un resto valioso que ya
formaba parte de la red de comunicaciones que en época romana unía los accesos
a las calzadas de la Campiña Jiennense.
Durante dicha época romana toda esta zona fue densamente
poblada por pequeñas explotaciones agropecuarias,”villae”,
que en mayor o menor medida corresponden a nuestros actuales cortijos y otras de mayor extensión, que
han sido identificadas como incipientes
aglomeraciones urbanas. Esta afirmación queda atestiguada
por la gran cantidad de yacimientos documentados en: Las Ventillas, Haza
Calderas, La Alcantarilla, El Techadillo, Los Pollos, El Arbolito, Los Molares,
etc. Igualmente en Las Losas se han localizado, en el desarrollo de las tareas
agrícolas con tractores, brabanes y gradas de labores más profundas, unos
extraordinarios restos de tumbas de dicha época romana. Estos asentamientos
romanos son de diversos tamaños, encontrándonos con alguno, que podemos
considerar como un poblamiento de gran envergadura por su extensión y
abundancia de restos registrados, como es el caso de el yacimiento romano de
Los Artesones, que sin duda por los restos hallados puede corresponder a una
población numerosa dada la dispersión de los materiales arqueológicos
encontrados.
Otros yacimientos de los que se tienen registrados restos arqueológicos importantes, se localizan en el período de
la cultura islámica tales como Las Cuevas y Los Pozos (Objeto
de atención del presente artículo), en ambos yacimientos se han localizado restos de silos para almacenar grano y una gran variedad de cerámica vidriada.
Piedras
pulimentadas del Neolítico.
En el sur de la península Ibérica en general y en Andalucía en particular se descubrieron estos yacimientos rodeados de zanjas como sistema de protección tanto de otros pobladores como de los animales que podían invadir el poblado para apoderarse de los excedentes almacenados; se considera que son el resultado de procesos históricos no sólo a nivel local sino más generales dentro de la península Ibérica como lo son en el sur de Portugal, Extremadura, la Meseta central o Levante. Así mismo se tienen también localizados estos yacimientos en el resto del continente europeo, sobre todo en la zona centroeuropea y en la fachada atlántica.
Aunque en
momentos posteriores a la época de vigencia de estas zanjas, en algunos
yacimientos (por ejemplo en Valencina, Sevilla o Marroquines Bajos, Jaén)
aparecieron monumentos funerarios o estructuras domesticas de épocas pasadas;
pero se deduce que estos sólo comparten circunstancialmente un espacio
previamente ocupado por otros con anterioridad.
En algunos de
ellos como Papa Uvas en Huelva, Valencina de la Concepción en Sevilla, El Lobo
o La Pijotilla en Badajoz, también se documentaron zanjas perimetrales, con
sección en “U” o “V”, en cuyo interior proliferaban dichos “silos” y “fondos de
cabañas”. Se consideraba que las poblaciones pertenecientes a esta cultura
tenían un patrón de asentamiento caracterizado por las ocupaciones de terreno
en zonas llanas, cercanas a ríos, con una economía agrícola, e inhumaciones en
silos (Carrilero; Martínez y Martínez 1982: 203-204). (5).
Estos recintos atrincherados que con
frecuencia sobrepasaban extensiones de varias hectáreas, en el
proceso de la aplicación de sus funciones como zanjas, se pueden observar
varios “tiempos” de su utilización, de forma que podemos pensar o considerar
que, en ocasiones dichas estructuras pudieron permanecer “abiertas” durante un
periodo de tiempo relativamente largo, (se cree que la de Valencina en Sevilla
fue ocupada por alrededor de 800 años), e indefectiblemente dichas estructuras
fueron cegadas intencionadamente en un momento más o menos lejano a su
construcción. Pero en todas se aprecia
como un periodo inevitable de amortización de todas estas construcciones siendo
utilizadas como “basureros”, o trampas donde se han registrado, en no pocas ocasiones, la deposición
de restos humanos y animales articulados o no y sin evidencias de ajuar
funerario. Junto a estos restos proliferan también restos de la cultura
material de sus habitantes, generalmente
trozos de vasijas rotas de cerámica y piezas o restos de silex.
Aunque inicialmente hubo ciertas interpretaciones
belicistas que relacionaban la existencia de estas zanjas con sistemas
defensivos, en la actualidad los autores se decantan por reconocer en ellas la
intención social de construir un espacio ordenado o cosmos, mediante el cual se
establecía una estrategia de marcar un espacio de pertenencia de unos grupos
humanos, o en otro caso de marcar la exclusión de otros grupos. Así el acceso y
la permanencia en el interior del recinto que limitaban las zanjas, pudieron
estar socialmente regulados o restringidos y podrían suponer con ello el acceso
o la negación a los derechos de su comunidad, o a obligaciones sociales
compartidas con los demás miembros del grupo o de sus linajes. También podrían
a la vez servir para desencadenar mecanismos sociales de agregación de una
población dispersa y atomizada que encontraría, sin duda, en estos lugares la
cohesión social necesaria como manifestación de la necesidad humana de sentirse
socialmente unidos. No podemos olvidar que estamos ante grupos humanos que como
sociedades necesitan mecanismos de identificación y parentesco clasificatorio,
que conllevaban el continuo establecimiento y renovación de los lazos familiares
entre todos los que constituían el grupo, no sólo los lazos familiares de
aquellos que pertenecen al mismo linaje, sino entre los lazos de todos los
miembros del grupo.
En la
actualidad se interpreta que estos grupos humanos estaban inmersos en estrategias de agregación, que
necesariamente, se tenían que insertar con la práctica de gran cantidad de
transacciones sociales, en un lugar considerado como lugar apropiado para llevar
a cabo: políticas matrimoniales entre el grupo, ritos de transito, mecanismos
de distribución,… etc. Todo esto implicaba la permanencia del grupo en el mismo
lugar durante un prolongado periodo de tiempo, y sería también
el escenario donde
se favorecía la sociabilidad del hombre prehistórico; aunque debe quedar claro
que generalmente la
elección de estos lugares como espacios de poblamiento temporal no respondía a
criterios de selección de los mejores recursos naturales, ni a la búsqueda de emplazamientos estratégicos para la defensa, ni comportaba en su desarrollo
como emplazamiento de una ordenación espacial determinada, que nos confirmara
que estamos ante un poblado tal como hoy lo entendemos. Máxime cuando
observamos que la vigencia de estos lugares parece tener fecha de caducidad
siempre, y que llegado el momento, eran abandonados irremediablemente sin que
el abandono pudiera asociarse, al menos por lo que conocemos…, a un cambio de
las condiciones medioambientales o del clima, que desaconsejasen poder seguir
habitando el lugar antes elegido, más bien se supone que los abandonos estarían
motivados por los ciclos o calendarios sociales del propio grupo humano.
No podemos sentirnos tentados a pensar que estos espacios
atrincherados fuesen terrenos dedicados a la realización de prácticas
simbólicas, o recintos sagrados donde proliferaran actos místicos o religiosos,
ello nos llevaría a cambiar el sentido del lugar profano de un poblado
Neolítico por su alternativa sacra de templo arcaico o santuario prehistórico.
Aunque la proliferación de conductas ceremoniales parezca muy evidente, no
estamos ante la materialización de un espacio de tipo sagrado, y por tanto ajeno
a la idea de un espacio domestico para sus habitantes. Estamos ante sociedades
que se proyectan en un espacio original, primigenio y desordenado por naturaleza
a través de una red de caminos y paradas, que son convertidos en lugares, en los
que la naturaleza sagrada sería compartida por todos los elementos del paisaje
que los envolvía en su cosmos, un espacio ordenado por la sacralización plena
de todo el mundo vivido, donde lo profano era lo ajeno, alejado y externo a
ellos, de modo que lo que no era su mundo domestico no era mundo para ellos.
Estos recintos atrincherados no se comprenden aislados,
sino que participaron activamente en la construcción del paisaje de los grupos
megalíticos del sur de nuestra península, por lo que
deben relacionarse con necrópolis megalíticas, con asentamientos no permanentes, en lugares con
abundantes fuentes de materias primas y buenos referentes naturales del terreno
elegido.
Se entiende que los grupos megalíticos europeos de entre
el V y III
milenio antes de Cristo, practicaron una agricultura de largos barbechos,
configurando un paisaje que fue construido por continuos movimientos a través
de su superficie, y que se ve cuajado por una autentica constelación de lugares,
que se convirtieron en asentamientos temporales, y monumentos funerarios
cargados ambos de significación social y religiosa; pero que a partir del III -
II milenio antes de Cristo, se generalizaría un régimen agrícola basado en la
agricultura intensiva de cortos barbechos, lo que va a suponer una organización
del trabajo diferente, con un mantenimiento directo del campo y su fertilidad,
y una posesión de tierra bien distinta , donde la propiedad será reclamada por los
grupos que la ocupan de forma permanente.
Por lo que al
tipo de yacimientos de Los Pozos respecta podemos decir que estamos ante una
comunidad amplia y relativamente abierta del IV milenio antes de Cristo,
relacionada con sistemas agrícolas extensivos, dependientes de la cooperación
del trabajo humano en el interior de alianzas entre comunidades a gran escala,
que son sustituidas en el III milenio a. C. por un paisaje agrícola con
fronteras.
Por lo que respecta al contenido
hallado en el interior de las zanjas de los Pozos de Higuera de Arjona, (Hornos
y otros 1987: 198) se trata de desechos, que las rellenan intencionadamente,
diríamos que incluso con la finalidad de cegarlos a modo de basureros tras la
pérdida de su función defensiva primaria. Los estudios de los materiales
líticos de las estratigrafías de Los
Pozos de Higuera de Arjona, con
la aparición de numerosas evidencias de dientes de
hoz, entre otros yacimientos, han permitido configurar una idea amplia sobre
las posibilidades de interpretaciones económicas que ofrecieron estos
artefactos líticos. La climatología del periodo atlántico en su apogeo, más
templado y húmedo, del IV y III milenio
antes de Cristo, contribuyó, sin duda, a la emergencia de la cultura del
calcolítico, incidiendo directamente en la economía con el cambio y evolución
de la flora y la generalización de la agricultura cerealística del trigo,
cebada, y centeno, de las leguminosas como lentejas y habas y del lino,
utilizándose para su recolección los abundantes dientes de hoz líticos. Las
grandes extensiones cultivadas con policultivo y sistemas de rotación
acopiarían excedentes, conservados en los innumerables silos abiertos en los
poblados.
Los llamados fondos de cabañas están
presentes igualmente en el yacimientos de Los Pozos (Hornos y otros 1987:198), y
son interpretados como cimientos o base de hábitats humanos. Tenemos que pensar
que en cualquier caso, de tratarse de auténticos fondos de cabañas, estos
restos serían las únicas evidencias de sistemas constructivos, que se han
hallado en el interior de los recintos atrincherados, aunque el contenido del
relleno que los colma y la naturaleza de su deposición, es en muchos casos
semejante a los depósitos observados en las zanjas y silos, razón que puede no
confirmar rotundamente su utilización como vivienda.
La gran novedad
que aporta el yacimiento de Los Pozos de
Higuera de Arjona es el parámetro de adobe alineado sobre el borde interior de
un foso en este yacimiento de Higuera de Arjona, según refiere Hornos en su publicación
(Hornos y otros 1987:198).
Formando parte
de la treintena de yacimientos andaluces registrados
correspondientes al IV-III milenio a. C., se encuentra el Yacimiento Neolítico
de Los Pozos-Extramuros de Lahiguera.
Los
yacimientos, con zanjas o trincheras excavadas en el terreno, conocidos y excavados (Díaz Del Río, P. (2003): Recintos de fosos del III milenio A. C. en
la meseta peninsular. Trabajos de Prehistoria, 60, nº 2. Págs.: 61-78. (6) son
los que a continuación relaciono:
Papauvas, Aljaraque, Huelva (Martín de la Cruz, 1985); Peñón Gordo de Benaocaz, Cádiz (
Perdigones y Guerrero, 1987; Valencina de la Concepción,
Sevilla (Ruiz Matas, 1983; La Minilla, La Rambla, Córdoba (Ruiz Lara,1990); Polideportivo de Martos, Jaén (Lizcano y otros, 1991-1992); Los Pozos Higuera de Arjona, Jaén (Hornos y otros, 1987); Marroquíes Bajos (Jaén) (Zafra et al.1999) etc., entre otros. La relación completa y numerada viene a continuación de la Imagen 39,
en el mapa queda rodeado por un círculo en rojo el Yacimiento de Los
Pozos-Extramuros de Higuera de Arjona (Lahiguera).
Muralla calcolítica de Marroquíes Bajos (Jaén).
A continuación exponemos la relación
completa, referida con anterioridad, de los diferentes yacimientos ahora enumerados,
en ella figura en
primer lugar el nombre del yacimiento,
término municipal al que pertenece, provincia
y finalmente entre paréntesis el arqueólogo o arqueólogos que publicaron
el estudio del yacimiento.
Imagen 39.
Mapa tomado de Recintos de Fosos del III Milenio A. C. en la Meseta Peninsular.
Autor Pedro Díaz del Río.
Fig. B. Distribución de algunos yacimientos de la
Península Ibérica en los que se han detectado zanjas o recintos de fosos del
IV-III milenios cal BC:
(1) Papa Uvas (Martín de la Cruz 1985, 1986, 1994); (2) Valencina de la Concepción (Sevilla) (Fernández Gómez y Oliva 1985, 1986; Murillo et al.1987; Ruiz Mata 1983); (3) Peñón Gordo (Benaocaz, Cádiz) (Perdigones y Guerrero 1987); (4) La Minilla (La Rambla, Córdoba) (Ruiz Lara 1987); (5) Perdigoes (Reguengos de Monsaraz) (Lago et al. 1998); (6) La Pijotilla, Solana de los Barros (Badajoz) (Hurtado,1991, 1995, 1997); (7) Los Pozos (Higuera de Arjona, Jaén) (Hornos et al. 1987); (8) Marroquíes Bajos (Jaén) (Zafra et al.1999); (9) Ciavieja (El Ejido, Almería) (Suárez et al.1987; Carrilero y Suárez 1995); (10) Niuet (L’Alquería d’Asnar, Alicante) (Bernabeu et al. 1994); (11) Arenal de la Costa (Ontinyent, Valencia) (Bernabeu, dir. 1993; Pascual y Ribera 1997); (12) Las Matillas (Alcalá de Henares, Madrid)(Díaz-del-Río 2001); (13) La Esgaravita (Alcalá de Henares, Madrid) (Díaz-del-Río 2001); (14) Gózquez de Arriba (San Martín de la Vega, Madrid) (Díaz-del-Río 2001); (15) Cerro de la Mora (Leganés, Madrid) (Vigil-Escalera, com. per.); (16) Loma de Chiclana (Villaverde, Madrid) (Díaz Andréu et al.1992); (17) Las Pozas (Casaseca de las Chanas, Zamora) (ValRecio,1992); (18) San Miguel (Cubillas de Cerrato, Palencia) y 11 recintos en el valle del Esgueva (Olmo 1999); (19) Matallana (Villalba de los Alcores, Valladolid) (Olmo 1999); (20) Las Bodegas (Colinas de Trasmonte, Zamora) (Larrén 1996); (21) Vega de los Morales (Aldea del Rey, Ciudad Real) (Vallespí et al.1985); (22) Las Canteras (La Vellés, Salamanca) (Ariño y Rodríguez 1997).
En realidad tenemos un conjunto de yacimientos en
emplazamientos muy variados, con entornos naturales y cotas asimétricas muy
diferentes: (Valencina de la Concepción a una cota de 160 metros
aproximadamente; Papa Uvas a 45 m. aprox.; La Minilla a 600 m. aprox.; Peñón Gordo
a 855 m. aprox.; Los Pozos de Higuera de
Arjona a 400 metros de altitud aproximadamente; Llanete de
los Moros a 220 m. aprox.; Polideportivo de Martos a 600 metros
aproximadamente. Las estructuras presentan también formas y dimensiones muy
dispares, así como distintas combinaciones entre ellas, dándose sólo en
ocasiones manifestaciones funerarias que, además, tampoco son homogéneas cuando aparecen. Una prueba de ello es que carecemos de estratigrafías en que estas
estructuras correspondientes a dos momentos crono-culturales distintos,
entonces podemos pensar si se trata con seguridad de estructuras excavadas y
abandonadas previamente, o a raíz de una primera colmatación, o por el contrario
es posible que estemos ante el resultado de la última colmatación que sufrieron
estas estructuras, por lo que se puede pensar que antes ya sufrieron procesos
similares y fuesen vaciados de nuevo.
También podemos cuestionarnos si estas comunidades fueron estables de forma que mantuvieron abiertas y vacías estas estructuras de sedimentos debido a la funcionalidad que desempeñaban, o bien podían ser comunidades itinerantes que podían volver al mismo sitio de forma recurrente y llevar entonces a cabo labores de limpieza en las estructuras abiertas con anterioridad. En unos casos u otros, sólo se habría conservado el último relleno producido previamente o con posterioridad a su abandono definitivo. No podemos así asegurar que no se produjesen fenómenos de colmatación y vaciado de las estructuras previas a la definitiva sedimentación que presentan. El mero hecho de que una estructura se excave sobre el relleno de otra anterior, tal como se ha constatado en el caso de Papa Uvas, o la existencia de los llamados silos geminados, que tal vez no sean más que el resultado de excavar un silo junto a otro ya colmatado, nos está hablando de que al menos, en ocasiones, los rellenos no fueron siempre intencionales y de que hay relaciones de anterioridad y posterioridad entre las estructuras, que las tipologías cerámicas, las divisiones de fases cronoculturales y las dataciones absolutas están lejos de poderse determinar. Tenemos sólo noticias de la existencia de fosos, fondos de cabañas o silos excavados en las margas terciarias o en la roca madre, de los que en muchos casos sólo conocemos un breve tramo de pocos metros y una sección de la misma; pero desconocemos el trazado de estas estructuras, hasta el punto de que no sabemos si originariamente demarcaron un recinto, como es el caso de La Minilla, o de Peñón Gordo. Entendemos que de todo esto puede tener buena parte de culpa la premura y limitaciones con que se trabaja durante las excavaciones determinadas por Intervenciones Arqueológicas de Urgencia, que desde el año 2003 (fecha de la publicación del Decreto 168/2003 por el que se aprueba el Reglamento de Actividades Arqueológicas) se hace clara distinción entre excavaciones de urgencia y excavaciones preventivas (Art.5 1.b).
También podemos cuestionarnos si estas comunidades fueron estables de forma que mantuvieron abiertas y vacías estas estructuras de sedimentos debido a la funcionalidad que desempeñaban, o bien podían ser comunidades itinerantes que podían volver al mismo sitio de forma recurrente y llevar entonces a cabo labores de limpieza en las estructuras abiertas con anterioridad. En unos casos u otros, sólo se habría conservado el último relleno producido previamente o con posterioridad a su abandono definitivo. No podemos así asegurar que no se produjesen fenómenos de colmatación y vaciado de las estructuras previas a la definitiva sedimentación que presentan. El mero hecho de que una estructura se excave sobre el relleno de otra anterior, tal como se ha constatado en el caso de Papa Uvas, o la existencia de los llamados silos geminados, que tal vez no sean más que el resultado de excavar un silo junto a otro ya colmatado, nos está hablando de que al menos, en ocasiones, los rellenos no fueron siempre intencionales y de que hay relaciones de anterioridad y posterioridad entre las estructuras, que las tipologías cerámicas, las divisiones de fases cronoculturales y las dataciones absolutas están lejos de poderse determinar. Tenemos sólo noticias de la existencia de fosos, fondos de cabañas o silos excavados en las margas terciarias o en la roca madre, de los que en muchos casos sólo conocemos un breve tramo de pocos metros y una sección de la misma; pero desconocemos el trazado de estas estructuras, hasta el punto de que no sabemos si originariamente demarcaron un recinto, como es el caso de La Minilla, o de Peñón Gordo. Entendemos que de todo esto puede tener buena parte de culpa la premura y limitaciones con que se trabaja durante las excavaciones determinadas por Intervenciones Arqueológicas de Urgencia, que desde el año 2003 (fecha de la publicación del Decreto 168/2003 por el que se aprueba el Reglamento de Actividades Arqueológicas) se hace clara distinción entre excavaciones de urgencia y excavaciones preventivas (Art.5 1.b).
Aunque la función más aceptada de los Pozos es la de
almacén de cereal, se han vertido críticas sobre este uso, al no aparecer grano
en su interior. Es posible que fuesen depósitos de cereal que tras perder su
función inicial, fuesen reutilizados como basureros o enterramientos.
En
otros casos la existencia de empalizadas a modo de estacas y adosadas a las
zanjas, a hecho concebir la idea de la existencia de estas empalizadas adosadas
a las zanjas como parte del hábitats; pero también se han interpretado como
simples sistemas de protección del ganado de los animales salvajes.
En general podemos decir que en estos asentamientos se
trata de recintos amplios, con plantas circulares o subcirculares, delimitados
en el perímetro por zanjas, continuas o discontinuas y de sección de U o V, que
pueden representar uno, dos o tres anillos, y digamos que en ocasiones incluso
más anillos o trincheras concéntricos y en ocasiones se llegan a reconocer
tangentes a las trincheras, hiladas de
postes de posibles empalizadas y en su interior se quedan grandes espacios que en muchas ocasiones llegan a superar decenas de hectáreas. A pesar de las
grandes dimensiones interiores de los recintos, apenas si se observan
estructuras de hábitats estables, a lo sumo aparecen pozos (silos), fondos o
cubetas de cabañas excavados en el terreno, como un reflejo de construcciones
endebles y de corta utilización en cualquier caso. En otros casos los pozos
pueden aparecer dispersos y sin relación con las zanjas perimetrales.
Como alternativa a esta percepción “culturalista” del
fenómeno, recientemente, los asentamientos más antiguos adscritos a estas poblaciones
(Polideportivo de Martos, o Papa Uvas) han sido interpretados como una
evidencia de una temprana concentración de la población ya en el IV milenio
antes de Cristo. (Lizcano y otros, 1991-92: 48-49. (6); Nocete 2001:67. (7));
mientras que uno de ellos (Valencina), será considerado como un autentico
territorio privado, localizado en el Aljarafe sevillano, y de singular
importancia en el proceso de formación de un centro y su periferia durante el
milenio III antes de Cristo en el Valle del Guadalquivir (Nocete 2001:67, 84 y
95. (8)). Por otra parte se siguen interpretando estos yacimientos (campos de
silos), como autenticas áreas de acumulación productiva que obedecían a
procesos de acumulación a corto, medio y largo plazo y suponían “una previsión
administrativa y una distribución excedentaria destinada al intercambio, un
control del trabajo productivo y una inmensa fuerza de trabajo, reflejo en
última instancia de un centro de poder (Valencina) no sólo a nivel local, sino
con toda seguridad a una escala macroterritorial en la Baja Andalucía”
(Cruz-Auñon y Arteaga 1999:604-605. (9)). Se habla así de la primera
civilización atlántica-mediterránea del occidente de Europa (Arteaga y Cruz-
Auñon 1999:615) (10).
Las
oscilaciones que se dan en la cabaña ganadera observada en las excavaciones de
las distintas fases del yacimiento de Papa Uvas, con un progresivo aumento de
los ovicápridos frente al ganado porcino y vacuno, quizá el incremento de
ovejas y cabras se debería a la ventaja de permitir largos y rápidos
desplazamientos en el caso de estos animales, y fueron interpretadas en su día como un reflejo de
las estrategias de explotación adoptadas por el hombre neolítico en un
ecosistema sometido a una continuada degradación y deforestación de los bosques
de encinas circundantes. Ello también explica el decrecimiento progresivo de la
presencia del cerdo. El caso del predominio del ganado ovicáprido sobre los
otros tipos de ganado se dan en las muestras de la excavaciones del
Polideportivo de Martos, este caso viene a recordarnos este modelo de
interpretar lo anteriormente dicho.
Respecto a la
escasa presencia de muestras del ámbito funerario, cabe la posibilidad, de que en
el intervalo de tiempo durante el cual un grupo humano desarrolló actividades
vinculadas a algunas de las estructuras aparecidas en los yacimientos
descubiertos, como el caso de Papa Uvas, La Minilla, Peñón Gordo, etc., no
muriese ninguno de sus miembros en el periodo de sucesión temporal del
asentamiento, y por lo tanto, no hubiese necesidad de plantearse el tratamiento
de ningún cadáver. Si imaginamos una comunidad habitando un lugar
ininterrumpidamente durante varias generaciones, debemos por fuerza encontrar
muestras de sus actividades económicas, habitacionales y, como no, de la muerte
de algunos de sus individuos. Dado que no se encuentran muestras de cadáveres,
es necesario plantearse la posibilidad de comportamientos del grupo, basados en
asentamientos estacionales de vida, muy móviles, y con un papel mucho menor de
la agricultura para su mantenimiento.
Mención
aparte habría que hacer de los casos en que sí hay testimonios de actividades
funerarias, en el caso en que se produjo algún deceso en el seno del grupo
humano del neolítico acampado en estos yacimientos de los pozos, campos de
silos o fondos de cabañas. Si una comunidad se veía en la necesidad de dar
sepultura a un cadáver, lo más fácil debió ser siempre utilizar alguna
estructura previamente excavada y utilizada para otros usos de los enumerados
anteriormente, como pudo ser el caso de Llanete de los Moros, de un notable
número de sepulturas de inhumación en el yacimiento de Valencina de la
Concepción. Hay motivos para pensar, que una estructura de estas construcciones
relacionadas como silo o fondo de cabaña de los yacimientos vistos, pudo ser
utilizada durante unas semanas o mayores periodos de tiempo como pudieron ser
decenas de años. No se puede demostrar ni lo uno ni lo otro.
Dentro del
mismo grupo de yacimientos descritos al principio como clásicos de la
prehistoria del sur de la península, caracterizados por presentar todos ellos
estructuras excavadas a modo de zanjas, fondos de cabañas o pozos, se hicieron
diferentes planteamientos: como representantes de una cultura con entidad
propia y diferencia del horizonte megalítico resultado de una jerarquización
social progresiva, o como resultado de los primeros conflictos sociales, así
como la necesidad también citada en el artículo de afirmar la cohesión social
del grupo que conformaban la comunidad y la continuidad del hábitat, o la del
resultado de concentraciones excedentarias en torno a los núcleos de poder,
sufriendo en este proceso sucesivas modificaciones en su extensión y en la
disposición de sus estructuras como es el caso de nuestro yacimiento de Los
Pozos de Higuera de Arjona, a causa de la evolución del poblamiento, tal como
refieren Hornos, Nocete y Pérez en su publicación de 1987, en las páginas
198-202.
Podemos decir que la característica más sorprendente, no
sólo en la coincidencia de la morfología de sus estructuras, sino que la más
sorprendente es la coincidencia en la naturaleza y deposición de sus contenidos
en las muestras de los restos materiales, razón que por otra parte anima a
descartar la función de basurero o silo de cereales. Los artefactos y ecofactos
encontrados en el interior de las zanjas y pozos, entendemos que son rellenos
intencionados que frecuentemente se realizan, poco tiempo después de ser
abiertos. Los artefactos, son los
materiales dejados por un grupo humano en un espacio y en un momento del tiempo
determinado. Los ecofactos, son todos aquellos materiales orgánicos o restos de elementos naturales que han sido utilizados por el hombre
pero sin modificarlos, que se
acumulan en el suelo por acción humana, entre los cuales se encuentran: polen,
restos de carbón, elementos químicos (P, Ca, K, Mg), macrorestos, fitolitos,
modificaciones físicas. Estos materiales orgánicos están relacionados con actividades
humanas como: la vivienda, los enterramientos, la preparación de alimentos,
zonas de taller, procesamiento o preparación de animales o vegetales, quemas,
despeje de la vegetación, etc. Los rasgos, son las evidencias de las
modificaciones realizadas por el hombre en el paisaje, o en el suelo,
para actividades de enterramiento, vivienda, acumulación de basuras, eras o
camellones de cultivo, etc. A partir de los artefactos, los ecofactos y los
rasgos, se reconstruyen los modos de vida de los grupos humanos que no tenían
escritura. Uno de los más importantes artefactos que dan valiosa información a
la arqueología es la cerámica está nos permite entre otras cosas: conocer la
complejidad tecnológica de un grupo, interpretar la cantidad y
densidad poblacional del mismo, conocer su identidad cultural, sus relaciones con otros grupos, intercambio y/o
comercio, su evolución cultural etc.
Cuando hablamos de yacimientos con fosos, silos, fondos…
del Neolítico-Calcolítico nos debemos referir a una serie de manifestaciones
culturales en las que las funciones de esas estructuras no se nos muestran
fácilmente reconocibles, podemos plantearnos una serie de posibilidades sobre
su aprovechamiento; pero no dejarían de ser audaces en mayor o menos cuantía,
podían ser construidas: con finalidades defensivas, de drenaje del terreno, de
demarcación de los espacios, de simbología del poder, de acopio de excedentes
de la producción agrícola, lugares de habitación, etc. Cronológicamente estos
recintos se construyen, en la fachada atlántica, entre el IV y III milenio
antes de Cristo y se dejan de realizar en torno al II milenio antes de Cristo,
coincidiendo en su desarrollo con la fase de arraigo del megalitismo en la
mayoría de los casos, salvo algunas excepciones.
Las
zanjas o trincheras están presentes en yacimientos como Papa Uvas, Huelva
(Martín de la Cruz 1985; 1986); en Peñón Gordo de Benaocaz, Cádiz (Perdigones y
Guerrero 1987:29; en Valencina de la Concepción, Sevilla (Ruiz 1983, Fernández
y Oliva 1985); en La Minilla, Córdoba (Ruiz Lara 1990); en el Polideportivo de
Martos, Jaén (Lizcano y otros 1991-92; Cámara y Lizcano 1996) y en Higuera de Arjona; Jaén (Hornos y otros 1987), etc.
Estas suelen estar excavadas en margas del terciario y morfológicamente son muy
irregulares, de forma que en un mismo trazado pueden presentar marcadas
desigualdades en lo que respecta a la anchura y profundidad de las zanjas.
Variando las dimensiones también de unos yacimientos a otros, así podemos
encontrar en Valencina una zanja que
alcanza los 7 metros de profundidad, mientras que en el yacimiento de Peñón
Gordo de Benaocaz apenas sobrepasa los 80 centímetros de profundidad.
Igualmente las anchuras de las zanjas son también muy variables en sus medidas
predominando las que oscilan entre los 2 y 4 metros de anchura. En lo que si
hay unanimidad es en la sección de las zanjas, en todos los casos tienen forma de
“V” o de “U”, y parecen delimitar espacios interiores circulares o
subcirculares.
Otros de los citados en la relación inicial de 22
yacimientos han sido interpretados como fosos defensivos, sistemas de drenaje,
abrevaderos para el ganado, sistemas de canalización de aguas o regadío, depósitos de agua, zanjas
para cazar, rediles o refugios de ganado. Sólo en el caso del Polideportivo de
Martos se ha planteado un significado ideológico para estas estructuras, al considerarlo
como destinado a dar cohesión social al grupo, aunque sin negarles en ningún
momento un marcado carácter disuasorio y defensivo propio de yacimientos ya
sedentarizados.
En la
actualidad, comienzan a hacerse interpretaciones, considerando que en el Sur de
La Península Ibérica estos grupos humanos autores de estas estructuras de
silos, fondos de cabañas, o pozos tuvieron cierta movilidad territorial como es
el caso de la excavación de Marroquíes Bajos en Jaén, que también podemos hacer
extensible al yacimiento de Papa Uvas.
A partir del
análisis de la información disponible, se pueden establecer una serie de ideas
básicas, que podrían sintetizarse de la siguiente manera a modo de conclusión:
1º No podemos
tener certeza de que estos asentamientos neolíticos fuesen utilizados como
asentamientos de población estables.
2º Sobre la
posible idea de un proceso de ocupaciones intermitentes como es el caso de
algunos de los yacimientos citados, se puede derivar que estructuras que
podíamos considerar contemporáneas, por su pertenencia a una misma fase
temporal y cultural de sus repertorios de restos materiales, que no se vieron
sometidas a relaciones de superposición, puedan asociarse ambas como
pertenecientes a momentos de ocupación diferentes, sin pensar que quizá estemos
tratando con grupos humanos de más reducida entidad numérica de lo que
inicialmente se ha venido considerando.
3º Sería
mucho suponer que durante la ocupación estacional de un determinado yacimiento
de una comunidad reducida de personas, podía acaecer la muerte de uno o más de sus
miembros; entonces tengamos en cuenta que a menos número de personas, menor
posibilidad de nacimientos, pero también de muertes.
4º. Cuando
realizamos la asociación y relación de proximidad espacial entre las áreas de
habitación y áreas de necrópolis, en algún caso puede producirse esa asociación
como ocurre con el caso paradigmático de Los Millares, pero esta asociación de
este caso no es extrapolable al caso de las múltiples manifestaciones
megalíticas en nuestro territorio de la campiña jiennense, donde no siempre se
presentan asociadas a lugares de hábitat conocidos.
Entre los
aspectos que trata de reconstruir la arqueología se encuentra: La organización
social, las actividades económicas, el comercio, las relaciones intergrupales e
intragrupales, las relaciones de poder y clases sociales, el arte, la religión,
los patrones de asentamiento y enterramiento, las diferenciaciones culturales y
la identidad. En resumen la arqueología trata de construir de forma coherente
la dinámica social de los grupos humanos a partir de los restos materiales dejados por grupos,
los cuales hasta mediados del I milenio
antes de Cristo, generalmente en occidente no se tiene constancia del uso de la escritura.
Para la
reconstrucción e interpretación histórica del pasado humano la arqueología
cuenta con métodos y técnicas particulares para la recuperación y clasificación
de la información y con un cuerpo teórico y conceptual para el análisis y la
explicación de los modos de vida y de los procesos de desarrollo
socio-cultural.
Los restos materiales de sociedades pasadas, o las
evidencias arqueológicas pueden ser fragmentos de vasijas cerámicas, artefactos
de piedra o hueso, instrumentos de piedra para la molienda de alimentos vegetales,
restos óseos de alimentación o restos de fogones o de construcciones. Estos depósitos,
a veces con varias capas superpuestas
de habitación se
conocen como "yacimientos arqueológicos". Los yacimientos son muy variados y dependen de las actividades que allí se hubieran realizado, por ejemplo: sitios de habitación o poblados, talleres o canteras de silex, lugares de donde se extraía la materia prima
y a veces se tallaban las piezas líticas, para la elaboración de instrumental
de piedra, necrópolis o lugares de enterramientos. etc.
El técnico especialista, es decir el arqueólogo, debe entonces hacer excavaciones para obtener las evidencias
arqueológicas y la información sobre el contexto de su deposición. Para
la búsqueda de yacimientos arqueológicos se realizan prospecciones arqueológicas,
geofísicas, subacuáticas etc., basándose en
el estudio de posibles lugares de asentamientos de acuerdo con el
relieve, la hidrografía, la orografía del terreno y los factores climáticos de una región así como los recursos naturales
disponibles.
“Nadie estuvo presente en el pasado, pero
no hay presente vivo con un pasado muerto. Nadie ha estado presente en el
futuro, pero no hay presente vivo sin la imaginación de un mundo mejor”.
(Anónimo)
La prospección visual aleatoria del suelo de la zona
de su entorno ha permitido a lo largo del tiempo un relativo registro en las
mentes de sus moradores y con frecuencia tales descubrimientos han dado cabida
al uso de detectores de metales y a excavaciones furtivas que en muchos casos
han dispersado y contribuido a la perdida del contexto
histórico del material arqueológico encontrado, que es indispensable para su
reconstrucción histórica.
Los restos
arqueológicos son bienes de dominio
público Ley 16/85 de Patrimonio Histórico Español (artículo 44), por lo que no
se pueden ni enajenar ni sacar de España (articulo 76 de la referida Ley). Los
infractores de las Leyes sobre patrimonio arqueológico serán castigados con el
decomiso de las piezas y sanciones administrativas clasificadas en infracciones
muy graves, graves y leves (Artículos
106, al 110 de la Ley 14/2007 del
Patrimonio Histórico Andaluz. Cuyas cuantías son: para las infracciones graves
multa de cien mil un euro (100.001) a doscientos cincuenta mil euros (250,000). Y para las
infracciones leves, multas de hasta cien mil
euros (100.000). (articulo. 114)
de la mencionada Ley.
En la arqueología están las raíces de nuestra identidad. No las destruyas ¡Ayúdanos a conservarlas!
Mi recuerdo entrañable para Cristóbal Pérez Bareas (mi
querido antiguo alumno), arqueólogo higuereño que participó en esta excavación
de los Pozos-Extramuros en sus años finales de carrera o en sus comienzos
profesionales, a quien sugerí hace tres años dejase constancia de este tesoro
histórico del Yacimiento de “Los Pozos”. Con seguridad él podía alumbrar muchos
más aspectos técnicos, fotos, conocimientos y datos respecto del contenido de este
artículo. Lo invito a ello.
Mi agradecimiento a Encarnación Rivero Galán, que como
experta se ha brindado a revisar estos textos.
Granada
25 de Marzo de 2014.
Pedro
Galán Galán
Bibliografía:
(1)
Hornos, F.; Nocete, F. y Pérez, C.
(1987). “Actuación arqueológica de urgencia en el yacimiento de Los Pozos en
Higuera de Arjona (Jaén). Anuario Arqueológico de Andalucía 1986, Vol. III.
Actividades de urgencia: 198-202.
(1)
Hornos Mata, F.; Nocete Calvo, F.; y Pérez Bareas,
C.: “Actuación arqueológica de urgencia en el yacimiento
de Los Pozos en Higuera de Arjona, (Jaén)” Anuario Arqueológico de Andalucía.
1988. Actividades de Urgencia. Págs. 198-202. Sevilla, 1990.
(2)
Nocete, F. (1989): El espacio de la coerción: la transición al estado en las
campiñas del alto Guadalquivir (España9, 1300-1500. a. C. (=BAR Internacional
Series 492) Oxford: B.A.R.
(3)
Collantes de Terán, M. (1969): “El Dolmen de Matarrubilla”, Vº Simposium de
Prehistoria Peninsular: 61.
(4)
(Carriazo, J. de M. (1980): Protohistoria de Sevilla. En el vértice de Tartessos,
Edit. Guadalquivir, Sevilla. Págs.: 159 y 192).
(5) (Carrilero, M.; Martínez, G y Martínez (1982): “El
yacimiento de los Morales (Castro del Río, Córdoba) La cultura de los silos en
Andalucía Occidental”, Cuadernos de Prehistoria de la Universidad de Granada.
Págs.: 203-204).
(6)
Díaz Del Río, P. (2003): Recintos de fosos del III milenio A. C. en la meseta
peninsular. Trabajos de Prehistoria, 60, nº 2. Págs.: 61-78.
(7)
Lizcano, R.: Cámara, J. A.: Riquelme, J. A.: Cañabate, Mª. L.: Sánchez, A. y
Afonso, J. A. (1991-92) “El polideportivo de Martos. Producción económica y símbolo
de cohesión en un asentamiento del Neolítico final en las campiñas del Alto
Guadalquivir”. Cuadernos de Prehistoria de Granada. nº 16-17 y 48-49. Granada:
5-101.
8) Nocete, F. (2001): Tercer milenio antes de
nuestra era. Relaciones y contradicciones centro/ periferia en el valle del
Guadalquivir. Ed. Bellaterra, Barcelona. Págs. 67, 84, 95
(9)
Cruz-Auñón, R. y Arteaga, O. (1999): “Acerca de un campo de silos y un foso de
cierre prehistóricos ubicados en la Estacada Larga (Valencina de la Concepción,
Sevilla. Excavación de urgencia de 1995”, Anuario Arqueológico de Andalucía
1995, Vol. III: 600-607, 604-605 y 615.
(10)
Arteaga, O y Cruz-Auñon (1999): “Una valoración del Patrimonio Histórico en el
Campo de Silos de la Finca El Cuervo-RTVA. Valencina de la Concepción, Sevilla)
Excavación de urgencia de 1995”, Anuario Arqueológico de Andalucía 1995, Vol.
III: 608-616.
Otros
textos de referencia:
Arteaga,
O.; Nocete, F.; Ramos, J.; Recuerda, A.; Roos, A. Mª. (1987)-
"Excavaciones sistemáticas en el Cerro de El Albalate (Porcuna,
Jaén)". Anuario Arqueológico de Andalucía. Sevilla. 1986: II, p. 395-400.
Cámara,
J. A. y Lizcano, R. (1996). “Ritual y sedentarización en el yacimiento del
Polideportivo de Martos (Jaén)”. Actas del I Congrés del Neolitic a la
Península Ibérica. Gavá-Vellaterra, 1995, Rubricantum nº 1: 313-322.
Carrilero,
M. y Suárez, A. 1995: “Excavaciones arqueológicas en Ciavieja (El Ejido,
Almería). Nuevas aportaciones al comienzo de la metalurgia en el Sudeste de la
Península Ibérica”. En M. Kunst (coord.): Origens, Estruturas e Relaçoes das
Culturas Calcolíticas da Península Ibérica. Trabalhos de Arqueologia 7:
199-215. Lisboa.
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