PROLOGO

Se pretende que sea éste un espacio dedicado a entretener y deleitar (... a través de la fotografía fundamentalmente) ... a dar a conocer (...o traer al recuerdo) ciertos monumentos o espacios situados en el término o cercanías de Lahiguera. ...a llamar la atención por el estado de abandono y deterioro de muchos de ellos, ...y si llegara el caso, a remover la conciencia de todos los que somos "herederos" de tales monumentos y espacios, y que con nuestra aportación ayudásemos a la conservación de los mismos.

viernes, 16 de mayo de 2014

OTROS ENCLAVES DE INTERÉS ARQUEOLÓGICO EN POBLACIONES Y LUGARES PRÓXIMOS A LAHIGUERA.

HAY IMPORTANTES ENCLAVES DE INTERÉS ARQUEOLÓGICO EN POBLACIONES DE LA CAMPIÑA ALTA, LUGARES MUY PRÓXIMOS A LAHIGUERA.

De la época medieval encontramos, también en las cercanías de Lahiguera, numerosos vestigios en forma de torres defensivas o de comunicación. En la mayoría de los casos estas torres se concentran en el triangulo formado por las localidades de Torredonjimeno, Torredelcampo y El Berrueco. En el enclave el Cerro Villagordo, en las proximidades de El Berrueco, una excavación reciente ha permitido obtener información relevante sobre el asentamiento de un oppidum en este lugar. Con funciones simbólico-funerarias está la Cista de Villagordo en el Museo Arqueológico de Jaén, la cual lleva encima una cabeza de lobo, mientras sus patas delanteras sujetan las aristas de la tapa.
Cista de Villagordo. Un arca funeraria con imagen en la tapa del lobo tan característico de la cultura ibera.
 Localización de yacimientos jiennenses a los que hago referencia en el artículo.

En todos los casos se trata de torres de distintas épocas, construidas en muchos casos por los musulmanes (siempre se escuchaba a los mayores nombrarlas como torres moras) y en otros casos son torres construidas por los cristianos, con el mismo objetivo de defensa y comunicación en las múltiples décadas, en que todo este terreno sufrió incontables ataques de los musulmanes del reino nazarí y viceversa de los conquistadores castellanos, a lo largo del tiempo que fue territorio de frontera.

 
Poblaciones próximas a Lahiguera, referidas por sus yacimientos arqueológicos.

 Oppidum, Castillo y fortaleza medieval del Berrueco y Torre Olvidada (ejemplo de torre de vigilancia).


La importancia arqueológica de esta parte de La Campiña del Alto Guadalquivir, se constata cuando comprobamos que en las poblaciones de los alrededores de Lahiguera, encontramos también importantes vestigios históricos y arqueológicos, que dan buena muestra de la importancia que debió alcanzar todo este territorio, que actualmente comprenden varias poblaciones de la Comarca de la Campiña Alta de Jaén, durante el largo recorrido histórico que se inicia en épocas protohistóricas y llega hasta las épocas más modernas.


https://wwwhttps://www.youtube.com/watch?v=1b1FC8mc4Ug

Por su importancia no debemos dejar de citar la villa de Porcuna, que desde su antigüedad se erige como uno de los enclaves arqueológicos más reseñables de toda la comarca de la Campiña del Alto Guadalquivir de Jaén.
También se ha constatado una necrópolis ibérica superpuesta a la anterior, fechada esta entre los siglos IV y  II antes de Cristo.

 



Las excavaciones que se han venido realizando en los últimos años han ido permitiendo descubrir todo un interesante complejo urbano de la época romana, superpuesto a otro nivel a otros yacimientos de culturas indígenas anteriores.

Apareció una necrópolis ubicada en lo alto de un cerro conocido como Cerro Blanco. La necrópolis de Cerrillo Blanco es hasta el momento el conjunto escultórico ibérico más importante de los conocidos en La Campiña, un conjunto destruido poco tiempo después de llevarse a cabo y enterrado en unos 1400 fragmentos en zanjas cubiertas con grandes losas. En la actualidad, la mayor parte de todo este conjunto escultórico, puede apreciarse y estudiarse en el Museo Provincial de Jaén.
Ubicación de yacimientos arqueológicos en Porcuna.

  Conjunto escultórico Iberico encontrado en Cerrillo Blanco de Porcuna y que se puede contemplar en el Museo de Arte Ibérico de Jaén

La necrópolis del Cerrillo Blanco es un complejo túmulo funerario de ciertas características orientalizantes, datado en el siglo VII antes de Cristo que consta de veinticuatro sepulturas individuales en fosa y una megalítica (González y otros, 1980: 183-218). (1).
 
En Cerrillo Blanco de Porcuna, en el mismo lugar donde en la segunda mitad del s. V antes de nuestra era (a.n.e.) se construyó y posteriormente se destruyó y enterró, el monumento ibero más importante de los conocidos hasta ahora, se localiza un túmulo funerario. La estructura tenía diecinueve metros de diámetro y estaba delimitado por lajas de piedra. Encerraba el túmulo un total de veinticuatro tumbas de fosa y una de cámara de planta poligonal. Todas seguían el rito de la inhumación y eran individuales, salvo la cámara que tenía un enterramiento doble: un hombre y una mujer. Se podía analizar una distribución de los enterramientos según el género como ya se había constatado en el túmulo A de Setefilla. Sin embargo en Cerrillo Blanco la cámara formaba parte del proyecto constructivo inicial, es decir, el enterramiento doble no se impuso sobre el túmulo destruyendo parte de las tumbas de la necrópolis de base porque, desde un primer momento, se reservó un espacio excéntrico del círculo para ubicar en él la cámara y se marcó un espacio de respeto en torno a ella en el que no se excavó ninguna tumba. Es posible incluso que fueran los enterrados en la cámara los que inauguraron el espacio fúnebre. El túmulo reúne muchos de los ingredientes que serán moneda común en la emergencia de las aristocracias ibéricas. El primer factor a valorar lo constituye el enterramiento de una pareja (hombre-mujer) en la cámara, lo que no deja lugar a dudas del papel que está cobrando el linaje en el seno de la nueva sociedad ibera, pero sobre todo que el hacer visible la estructura de parentesco a través de la aparición de la pareja de antepasados, pretende ordenar el espacio funerario. Se hace patente la oposición entre lo representado por el grupo de tumbas individuales, donde la legitimación del linaje descansaría en el conjunto de mujeres, y la asociación cámara-pareja que también reclama la legitimación del linaje. A mediados del siglo V antes de nuestra era (a.n.e.) la recuperación del espacio funerario del túmulo para cuidadosamente enterrar un conjunto de esculturas, que representa la historia del linaje, confirma el éxito del segundo de los modelos expuestos, porque confirma el tiempo largo que el lugar tendrá para la historia funeraria del grupo. En todo caso, es este el primer capítulo, si se quiere la introducción a lo que fue la sociedad aristocrática ibera de la Alta Andalucía, una historia de largo recorrido, más largo cuanto mejoren la legitimación de un linaje. Es difícil pensar que el aristócrata-oligarca enterrado ocho siglos después en Los Robles conociera la larga genealogía que había definido las relaciones sociales, en el tiempo y el espacio; pero de lo que no cabe duda es que cuando creó la necrópolis en su propiedad, en el centro mismo de la tierra, estaba pensando en tiempo largo, igual que sucedía en Piquía. Es posible que sus comportamientos y actitudes públicas fueran básicamente romanos, pero también que en el ámbito privado y en sus relaciones con “su casa”, es decir con sus clientes y con el verdadero poder, el que reside en la tierra, su pensamiento y desde luego su modo de vida, continuara siendo el de un ibero. (Molinos, M. 2012 pp. 42-43) (2)

Mediante Resolución de 12 de julio de 2013, la Dirección General de Bienes Culturales e Instituciones Museísticas publicaba el 26 de julio de 2013, Boja Nº 146 pp. 46-51, se incoaba la Inscripción en el Catalogo general del Patrimonio Histórico Andaluz como Bien de Interés Cultural la Zona Arqueológica de los Yacimientos del Término Municipal de Porcuna.

Muy cerca de Porcuna se localiza otra interesante “turris” en el paraje llamado Huerta del Comendador. Este yacimiento ha sido excavado recientemente.

Torre y Pilar de la Huerta del Comendador de Porcuna, Bien de Interés Cultural de Andalucia.

Fotos antiguas del Pilar de la Huerta del Comendador de Porcuna.

También cerca de Jaén en el paraje llamado Puente Tablas se han localizado más enclaves ibéricos. El asentamiento se ubicaba originalmente en dos cerros que fueron rodeados por una potente muralla de trazado irregular, lo que provocó la colmatación del espacio entre ambas cotas, formando así una meseta aplanada de unas 6 hectáreas de superficie y 430 m de cota máxima. Es un oppidum de tamaño medio respecto a otros que se han documentado, y que datan de la misma época, y su cronología abarca desde inicios del primer milenio a.C. hasta finales del siglo III a. C., con un momento de abandono intermedio a mediados del siglo IV a. C. y con un breve lapso de ocupación en época islámica. La excavación del asentamiento se ha ido sucediendo desde las campañas realizadas en la década de 1970 por Juan Maluquer de Motes y a mediados de la década de 1980 por el equipo de arqueología de la Universidad de Jaén, permitiendo grandes avances en la investigación y el conocimiento del poblamiento ibérico en la Alta Andalucía.


Enclave Ibérico de Puente Tablas. Vista aérea del yacimiento.

El yacimiento ibero de Puente Tablas (Jaén), es uno de los principales de la época existentes en la comunidad andaluza, el palacio de la ciudad ibérica de Puente Tablas se ha convertido en el primer palacio ibero excavado en Andalucía. Se trataba de un edificio de unos 400 metros cuadrados, con una planta en forma de ele, dividido en cuatro partes, y con una zona con un patio central que distribuye varias habitaciones alrededor. Una de las partes de edificio era la pública, donde el aristócrata recibía a sus clientes, y otra era la privada, "la de la mujer y de la familia", que tuvo además una segunda planta. Además, había una zona de culto, con un pequeño santuario y una zona de producción de aceite o vino. Según la fuente, no se han encontrado muchos materiales pero sí elementos arquitectónicos muy importantes, que permiten saber que el agua del patio se sacaba del edificio a través de un canal. Uno de los elementos que más ha sorprendido es un patio de columnas con la base de piedra y el resto de madera, y se han encontrado revoco de paredes pintadas en estuco rojo. Desde que fuera descubierto a principios de los años setenta, el yacimiento de Puente Tablas, integrado en la Red de Espacios Culturales de Andalucía (RECA) junto a los enclaves jienenses de La Villa Romana de Bruñel y Cástulo, ha sido objeto de diversas campañas de excavación, las cuales han puesto al descubierto más de 6.500 metros cuadrados de restos arqueológicos. Estos restos se remontan a la Edad del Bronce, aunque no fue hasta el siglo VII antes de Cristo cuando se construye una potente fortificación y se dispuso la urbanización del poblado, que se mantuvo en los siglos siguientes pasando las casas de planta circular a ser cuadradas y pavimentadas. Se trata de un asentamiento de tipo medio, del siglo IV antes de Cristo en el que pudieron vivir unos 743 habitantes y que se encuentra en el término municipal de Jaén, al noreste de la ciudad, a unos 7 kilómetros de distancia, y en él se conservan restos desde la Edad del Bronce hasta la época islámica.
 
Excavación del Palacio del Príncipe Ibero de Puente Tablas.
Enterramiento del Príncipe Ibero en Puente Tablas.

En Menjibar se encuentra el “oppidum” del Cerro Maquiz, donde se ha considerado ubicada por algunos especialistas la población ibérica de Iliturgi. La ciudad ibero-romana de Iliturgi, localizada en Cerro Maquiz (Mengíbar), destaca entre los yacimientos arqueológicos más importantes de época ibérica en todo el territorio nacional. Así lo demuestra el hecho de que haya 3 vitrinas con las piezas más representativas y conocidas en distintas salas de arqueología ibérica en el Museo Arqueológico Nacional, recientemente abierto al público tras varios años cerrado por importantes reformas tanto constructivas como museográficas.
Así, junto al mayor icono de la arqueología ibérica, la “Dama de Elche”, podemos contemplar los famosos “Bronces de Maquiz” (los otros dos restantes se conservan en la Real Academia de la Historia, también en Madrid). Además, y como novedad en el remodelado Museo Arqueológico Nacional, también se puede contemplar junto a los Bronces el cinturón que apareció en Mengíbar hace 154 años junto a ellos, y que hasta ahora nunca había estado expuesto.
Además, el Patrimonio Arqueológico de Mengíbar también está representado por el conocido como “Tesorillo de Mengíbar”, que en esta ocasión únicamente se exponen 4 objetos de plata (recordar que el conjunto completo son unas 17 piezas, todas ellas de plata y de una manufactura excelente).
También de época ibérica es una “espada de antenas” (no confundir con la famosa “Espada de Mengíbar” de la Edad del Bronce, que desgraciadamente, se encuentra en paradero desconocido).
Por último, aunque de una época anterior y, por tanto, en las Salas de Prehistoria, concretamente en la Sala de la Edad del Bronce, también encontramos en el Museo otra pieza atribuida a Mengíbar, el famoso brazalete con espirales colgantes, todo ello de oro.

 


Las cuatro cabezas ibéricas de bronce de Cerro Maquiz, encontradas en 1860 en Mengíbar, Jaén, se expusieron, en el Museo Provincial de la capital jienense.
El conjunto de bronces, encontrados de forma casual por dos labradores, llegaron a Jaén desde el Museo Arqueológico Nacional, donde se encuentran dos de ellas, y desde la Real Academia de la Historia, donde están las otras dos desde 1861.
Estas últimas no han sido expuestas públicamente nunca y sólo han estado accesibles para investigadores y especialistas con autorizaciones especiales, mientras que las otras dos estuvieron en la Exposición Internacional de París de 1867 y en el Pabellón de Arte Español de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929.
El conjunto histórico no tiene una cronología definida al no estar contextualizado su hallazgo, sin embargo, según los estudios recogidos por la Asociación Amigos de los Iberos, formó parte del ajuar de una sepultura principesca, y debieron reforzar los timones centrales de un carro, uso éste que en el ritual funerario ibero está vinculado a los más altos niveles sociales. Una de las piezas presenta un apéndice de un asa circular que se interpreta como pasarriendas para amarrar los animales de tiro al asta del carro. Los bronces están rematados con la cabeza de un lobo, animal relacionado al ritual funerario y recuerdan al bronce recientemente encontrado en la necrópolis de Piquía, en Arjona, que representa la cabeza de un guerrero devorada por un posible lobo, que pertenecía a un carro principesco localizado en una tumba del siglo I antes de Cristo y que también se une a este espacio dedicado del museo.





A poca distancia de Menjibar en nuestra vecina Cazalilla se encuentra el yacimiento arqueológico de La Coronilla. Estos restos de Cazalilla están ubicados en el Cortijo de la Atalaya Alta en el referido término municipal. Este yacimiento presenta niveles prehistóricos e íberos, que han sido sólo excavados en parte recientemente (Salvatierra, 1995:217). (3). Otros “oppida” situados en las cercanías de Lahiguera, podemos encontrarlos el Los Villares de Andujar o las Atalayuelas.

En la vecina localidad de Fuerte del Rey se ubica el yacimiento del cerro del Espino con una “turris” íbero-romana. Tan sólo a unos pocos kilómetros más al sur, cerca de la carretera que une la aldea de Garcíez con Torredelcampo se encuentran, al pie de un promontorio rocoso, los restos de un pequeño aljibe romano, construido con “opus cementicium” (Salvatierra, 1995: 217). (3). Otro enclave de la época romana lo encontramos en Torredelcampo, en el paraje denominado Cerro Miguelito, donde se ubican los restos de la muralla romana superpuesta a otra muralla más antigua del preexistente “oppidum” ibérico (Salvatierra; 1995:217). (3)

En la excavación realizada en la necrópolis de la Cuesta del Parral, en la vecina localidad de Arjona, aparecieron cráteras áticas, recipientes de cerámica tardía, un carro funerario con adornos en bronce e inscripciones íberas forman parte del rico ajuar hallado en la cámara funeraria del príncipe íbero de Arjona, del siglo I a. C., que aporta nuevos datos sobre la pervivencia de la cultura íbera en época romana. Alrededor de la cámara funeraria, que es de mampostería con grandes sillares y planta rectangular, y que estuvo semienterrada, se encuentran casi una treintena de tumbas separadas por la llamada zona de "respeto", según el arqueólogo, Francisco Gómez. Al interior de la cámara funeraria se llegaba a través de unos escalones y enfrente se construyó una repisa sobre el suelo enlosado y dos nichos en un lateral a modo de cajas.

Además se ha hallado una zona donde se realizaban los ritos funerarios y la cremación de los cuerpos, y se ha documentado un ritual de libación (ceremonia religiosa que consistía en derramar vino u otro licor después de probarlo) que pone de manifiesto que, "a pesar de la presencia romana, eran íberos y pensaban como íberos", según el director del CCAI, Arturo Ruiz. Aunque lo más importante, además de la edificación de la cámara, es el ajuar encontrado en su interior, "de la riqueza propia de un príncipe y su familia", según Ruiz.

Otro de los hallazgos más sorprendentes es la inscripción en escritura íbera meridional, en la tapadera de una urna de plomo, en la que aparece el que podría ser el nombre incompleto del príncipe allí enterrado junto a su familia: ...ILTIR hijo de EKATERUTU, y es la primera vez que se documenta el nombre de un íbero.

Del conjunto de materiales encontrados destacan siete cráteras áticas (vasijas de gran capacidad para el vino o el agua) de figuras rojas del siglo V antes de Cristo, una de ellas con algo excepcional, una escena dedicada a temas de mujer.

Las cráteras conviven con un ánfora, restos de un gran vaso de vidrio, una espada corta, más de 148 tabas (huesos para juegos o apuestas) y un importante número de cerámica ibérica campanicense pintada.

También se han excavado los restos de un carro funerario de hierro y madera con apliques y adornos de bronce, del que destaca "un hallazgo excepcional": la cabeza de un guerrero ibero que está siendo devorada o vomitada por un animal, seguramente un lobo o un león, que recuerda a piezas existentes en el Museo Arqueológico Nacional procedentes de Cerro Maquiz en Mengíbar (Jaén), hallados en el siglo XIX.
 
Yacimiento de la Cuesta del Parral de Arjona, donde aparecio la Camara funeraria del Príncipe ...Iltir hijo de Ekaterutu. El arqueólogo Francisco Gómez posa junto a la excavación. 
 Recipientes de cerámica aparecida como ajuar funerario de ...Iltir.

La necrópolis de Piquía se localiza a poco más de un kilómetro al norte de la localidad de Arjona, un municipio de la campiña de Jaén (que desde siempre fue el referente de nuestros antepasados higuereños, hasta que comenzó a tomar creciente importancia la villa de Andújar en época medieval), en un contexto muy antropizado desde la antigüedad, donde el olivar intensivo ha sustituido a prácticas agrícolas más tradicionales como el cultivo del cereal. En la ciudad se han realizado numerosas intervenciones arqueológicas, que han dibujado una secuencia que se inicia en la prehistoria reciente y continúa hasta la actualidad salvo un importante transcurso entre el ibérico antiguo y época ibera tardía. Efectivamente las excavaciones no han documentado en ningún momento restos correspondientes a las fases plenas, lo que podría vincularse a la intensiva y continuada ocupación del casco urbano, aunque más probablemente, como sugiere la secuencia de las intervenciones arqueológicas preventivas realizadas en los últimos años, esta ocupación no tuvo lugar, lo que se convierte en un dato clave en la interpretación de la necrópolis de Piquía. La secuencia de la ciudad vuelve a reiniciarse a partir del s. II antes de nuestra era y alcanza gran desarrollo a partir de la mitad del s. I a.n.e. o antes de Cristo.


Tradicionalmente se ha vinculado con la antigua Urgao Alba de Plinio, así parecen confirmarlo los restos epigráficos, y para la ciudad se ha indicado un temprano estatuto privilegiado que se iniciaría con César. La intervención arqueológica en Piquía ha sacado a la luz una necrópolis tardía que se inicia en un momento quizás avanzado del siglo I a.n.e. aunque este extremo deberá ser confirmado con estudios posteriores. Se intervinieron más de veinte complejos funerarios destacando entre estos algunas sepulturas de cámara o incluso dos columbarios muy afectados por las riadas, también hasta quince cistas y algunas sepulturas en simple fosa, así como una sepultura infantil, en este caso de inhumación,  para cuya construcción se recortó una tégula, la única localizada en la excavación. Salvo este último caso, todas las sepulturas son de incineración y todo el material se compone urnas y ajuares, a excepción de algunas piezas (ánfora Dressel A1, algún vidrio) son de tipología netamente ibera. Entre las tumbas excavadas destaca una cámara donde se registraron un total de seis enterramientos en urna, algo impensable para épocas ibéricas anteriores, salvo en los niveles que caracterizan la cúspide social, que en sí mismo es un claro exponente de una sociedad donde la pervivencia de las formas culturales ibéricas se encuentran ya hibridadas con la nueva realidad que supuso la conquista romana. Baste como botón de muestra que en un extremo de la necrópolis se identificó un columbario, al menos de dos plantas, donde todos los elementos materiales, urnas incluidas, son de exclusiva tipología ibérica: matriz constructiva romana, matriz ideológica ibera. 
Arqueta funeraria de los Guerreros del yacimiento de la Necrópoli Iberica de Piquía en Arjona.
 
Arqueta funeraria del Príncipe Guerrero Ibero. Siglo I antes de Cristo. Necrópoli Iberica de Piquía en Arjona

Pero por encima de todo en la necrópolis destaca un monumento excepcional, una cámara funeraria, parcialmente expoliada quizás en la propia antigüedad y también parcialmente en época reciente, que presenta una magnífica mampostería de grandes losas de arenisca y caliza, perfectamente escuadradas, con morfología rectangular, presentando un ancho de 1,5 metros y un largo de 2,9 metros. El acceso a la cámara se localiza en su lado oeste, conservándose cuatro peldaños de la escalera que descendía al interior. En el muro del fondo se localiza un bloque de caliza que funciona como plataforma para depositar probablemente parte de las urnas. Al exterior, la cámara está rodeada de un surco perimetral, que dibuja un círculo de 5 metros de radio con una profundidad variable y un ancho bastante uniforme de 70 centímetros, que la aísla del resto de la necrópolis. La sepultura propiamente dicha presenta en su vértice noroeste un orificio desde el cual queda conectada, mediante un canal, con otras estructuras, pequeños hornos, donde se realizaron con toda probabilidad rituales posteriores al enterramiento del personaje allí enterrado, que participó de estos rituales mediante las libaciones que se realizaron en su honor y memoria. Precisamente en la entrada del canal de libación se depositó un ánfora Dressel A1, que muy probablemente recibió en su interior los vertidos en los rituales mencionados. En el fondo de la cámara, en un espacio no enlosado, en una fosa practicada en la misma tierra, que conforma el sustrato natural del lugar, se enterró un carro de madera y hierro con varios apliques de bronce. Destaca el elevado número de piezas cerámicas de tipología ibérica aunque también un gran vaso de vidrio, cuya forma no se puede valorar en este momento, de factura claramente romana. Todo el material, en su tipología cerámica, en las importaciones o en la propia simbología asociada a los elementos del carro, conduce a un momento coherente con el resto de la necrópolis: siglo I a.n.e. quizás avanzando hacia su mitad. Sin embargo en ese mismo contexto se localizan un kilix y un total de siete cráteras áticas de figuras rojas, una de ellas con una cronología, que no avanza más allá de finales del siglo V a.n.e., mientras las otras seis se corresponden muy homogéneamente con la primera mitad del siglo IV a.n.e., y además plantean un programa iconográfico muy coherente.

¿Cómo explicar esta especie de “totum revolutum”, que define un contexto cerrado? No hay ninguna duda, (descartada totalmente una reutilización tardía de una sepultura de época plena ibera cuatro siglos anterior), de que el contexto de la tumba, como el de la propia necrópolis de la que se alza como vértice jerárquico, debe situarse en el siglo I a. C.; pero también que los materiales áticos fueron depositados allí en esa misma cronología. ¿Amortización tardía de material?, ¿expolio de sepulturas anteriores? Desde luego, dada la ausencia de restos arqueológicos correspondientes a época plena en Arjona, las siete cráteras deben proceder de otro asentamiento y, o bien habían sido tesaurizados como bienes de indudable prestigio, lo que parece excesivo en tan dilatada secuencia temporal, o bien fueron extraídos de otro contexto funerario en el momento en que se produce la reocupación del solar de Arjona a lo largo del siglo II a. C. o a.n.e. o incluso con posterioridad. Si es así, los materiales griegos podrían vincularse con una tumba principesca del siglo IV a.n.e. procedente de alguno de los oppida que tras la Segunda Guerra Púnica fueron abandonados o destruidos como consecuencia del conflicto y de los reajustes que la presencia del nuevo conquistador supuso en la zona de la campiña de Jaén. En cualquier caso el hecho mismo de amortizar estos excepcionales materiales en una necrópolis de un sin duda príncipe ibero de Arjona durante el siglo I a.n.e., en una cámara que inaugura y ordena el recinto funerario, debe asociarse a un intento de legitimar una nueva fase en la historia del propio príncipe: la redefinición o quizás la refundación de un nuevo linaje sobre las cenizas de aquellos antepasados, fuesen reales o no. En suma cuando ya la presencia romana iba a cumplir dos siglos se produce un intento de reafirmar, en la muerte, los orígenes ibéricos del linaje. Es una posición que evoca al pasado, seguramente también el presente, principesco del personaje (en este momento no podemos determinar si se trata de un solo individuo o de una pareja) enterrado en la cámara, pero en un contexto en el que se abría paso el mundo de la ciudadanía romana. Un príncipe ibero en la muerte y seguramente en las relaciones clientelares, que con seguridad mantuvo con el resto de los enterrados en la necrópolis, pero que también, con toda probabilidad, como clase propietaria formó parte de la naciente oligarquía de Urgao, si es que así podemos denominarla. Difícil resulta no evocar lo que veíamos en el caso de Los Robles, más de un siglo después. (Molinos, M. 2012. pp.: 34-36). (2)
Cabeza de un guerrero ibero que está siendo devorada por un animal.




Se trata de una cabeza de guerrero ibero que está siendo devorada o vomitada por un animal, seguramente un lobo, que recuerda por sus características las piezas también de carro, existentes en el Museo Arqueológico Nacional, procedentes de Cerro Maquiz en Mengíbar y hallados en el siglo XIX, sin descartar que se trate de un león.

Pinchando en estos enlaces puedes ampliar información referida al yacimiento de la llamada Cámara de Arjona  y los datos sobre este importante resto de la cultura ibero-romana.
http://videos.lainformacion.com/arte-cultura-y-espectaculos/artes-general/la-camara-de-arjona-aporta-nuevos-datos-sobre-la-relacion-ibero-romana_JvPO2kr9b0mZznqJoGhJQ3/


Granada 15 de Mayo de 2014.
Pedro Galán Galán.
Bibliografía:

(1) González, J. y otros (1980): “La necrópolis de Cerrillo Blanco y el poblado de los Alcores (Porcuna, Jaén)”, Noticiario Arqueológico Hispánico, 10:183-218.


(2) Molinos, M. 2012: En la vida y en la muerte: Las necrópolis ibéricas de la Alta Andalucía. 34-36 y 42-43. En González Reyero, S. Íberos: sociedades y territorios de occidente mediterráneo. CSIC. Madrid. 

(3) Salvatierra Cuenca, Vicente: (1995) Guía Arqueológica de la Campiña de Jaén. Granada.
Sierra Nevada 95/ El legado andalusí.1995:217.

Otros textos de referencia:

Molinos, M., Ruiz, A.; 2007: El hipogeo íbero del Cerrillo de la Compañía de Hornos (Peal de Becerro, Jaén), Junta de Andalucía. Universidad de Jaén, Jaén.

Molinos, M., Ruiz, A.; 2010: “De la cámara de Toya al Hipogeo de Hornos”, en A. Rodero Riaza y M. Barril Vicente (coord.) Viejos yacimientos, nuevas aportaciones ciclo de conferencias del Museo Arqueológico Nacional, 10-11 de diciembre de 2003. Ministerio de Cultura, 54- 77.

Ruiz Rodríguez, A. 2007: “Los Iberos”, en Gracia, F. (ed.) De Iberia a Hispania. Barcelona, 733-839.

Ruiz, A. y Molinos, M. 2007: Iberos en Jaén. Jaén.

Ruiz, A. y  Molinos, M. Gutiérrez, L. M. y Bellón, J. P., 2001: “El modelo político del pago en el alto Guadalquivir (S. IV-III a.n.e.)” Gerona, 11-12.

Ruiz, A. y Molinos, M. 1993: Los Íberos: análisis arqueológico de un proceso Histórico. Crítica. Barcelona.

 

189 comentarios:

Matías Valdivia Troyano dijo...

Me gustaría comenzar mi comentario situando al lector en los días fríos de invierno, en torno al fuego de la vivienda de un poblado ibérico. Estamos en el momento del año en el que menos trabajo hay en el campo, y eso permite que centremos nuestra atención en el espacio que es germen y base de la vida de todas las familias: la casa.
Tanta importancia tiene el hogar como núcleo de ésta que por extensión, y aún en nuestros días, se emplea el término hogar como sinónimo de la unidad doméstica. Al margen de todas las posibles variaciones, la casa es el elemento sin el cual no podemos realmente hablar de un espacio de hábitat. Son fuente de luz, calefacción y punto de reunión para quienes conviven bajo el mismo techo, tanto para comer como para realizar múltiples tareas domésticas. Aunque conocemos algunos casos en los que las casas ibéricas cuentan con un espacio independiente para transformar los alimentos, el hogar central hace a menudo las veces también de cocina.
Matías Valdivia Troyano.

Estefanía Beltrán dijo...

La primera etapa en la confección de tejidos era la elaboración de la materia prima: las fibras. Las que empleaban los iberos eran tanto de origen vegetal como animal. Entre las primeras destaca, para el vestido, el lino. La transformación de los tallos en hilo es un largo proceso, que en parte ha dejado huellas materiales registradas por los arqueólogos (por ejemplo, en el poblado del Coll del Moro de Gandesa, en Tarragona). En primer lugar hace falta eliminar las partes leñosas mediante un proceso de maceración en agua durante varias semanas (bien en ríos o arroyos, bien en piletas o balsas). Los haces extraídos tienen que ordenarse y limpiarse mediante el majado y cardado (obteniéndose así fibras de diferentes calidades). El proceso se completaba cociendo y lavando este producto hasta dejarlo listo para el hilado. Otra fibra vegetal intensamente aprovechada en el mundo ibérico fue el esparto, aunque obviamente por su tosquedad su uso fue más orientado a la elaboración de objetos (contenedores para el trabajo diario, cordajes, calzado…).
Estefanía Beltrán.

Luis Miguel Jiménez dijo...

Me alegro, Pedro, de que sigas escribiendo, y bien, y además de temas que me gustan. Enhorabuena. Así que hasta el próximo (o "la próxima", si quieres pasarte por mi casa).
Un abrazo.

Celina Molina dijo...

Otra de las tareas domésticas que ha dejado una huella material abundante en las casas ibéricas es la preparación de los alimentos. Los ingredientes empleados y la forma de transformarlos determinan las tareas, los procesos de trabajo y el instrumental utilizado. En este caso la escasez de testimonios directos deja mucho espacio para la incertidumbre. Conocemos bien las plantas que consumían los iberos. Sin embargo deducir a partir de esa información cuál era la composición y el tipo de alimentos elaborados es una cuestión muy diferente. El problema se hace aún mayor si tenemos en cuenta que existieron diferencias sociales que marcaron contrastes en el acceso a los diversos géneros de víveres. En una economía basada fundamentalmente en la agricultura, los productos que forman la base de la dieta ibera eran sobre todo de origen vegetal. Entre todos el producto estrella son los cereales. Llegan a la cocina en forma de grano, que hay que tostar, hervir o moler.
Un saludo.
Celina Molina.

Daniel Rodríguez Consuegra dijo...

Durante los siglos V y IV antes de nuestra era el oppidum fue, en la Campiña de Jaén, el único modelo de hábitat conocido. No conocemos asentamientos de otra tipología. El oppidum fue realmente la residencia, la casa de los príncipes ibéricos y de sus clientes, considerados o cooptados como parientes suyos, pero al mismo tiempo siervos. Es el momento del desarrollo de los modelos heroicos y de los pagus aristocráticos de los mismos tipos que el documentado en el río Jandalilla, con la articulación del santuario de El Pajarillo, el oppidum secundario de Loma del Perro y el centro matriz de Iltiraka, que constituye un caso paradigmático.
Daniel Rodríguez Consuegra.

Lahiguera dijo...

Mi enhorabuena por este otro artículo tan interesante para el conocimiento de nuestro pueblo y sus alrededores.
A unos nos hace conocer…a otros recordar. Así pues, decir que casi todos estos yacimientos mencionados los he visitado: quizás el de Puente Tablas sea el más desconocido por mi parte, nunca llegué a visitarlo.
El yacimiento de Cerro Maquiz, tuve la inolvidable vivencia de presenciarlo durante su más devastadora expoliación. No se me borra de la memoria que cuando lo visité, casi no se podía transitar por el lugar: lo abundantes hoyos realizados por aquellos “buscadores de tesoros” no dejaban casi caminar por aquel lugar. Permanece en mi “mal recuerdo” aquellas innumerables vasijas rotas, arrojadas sobre el suelo de labor entre los olivos, puesto que lo “importante” era aquella moneda u objeto metálico que apareció al lado de aquella vasija. Recuerdo que mi visita, en moto, se me hizo casi interminable por no poder circular con la misma dada la gran cantidad de agujeros. Esas galerías que aparecen en las fotografías también las presencié. No se me olvida un pequeño depósito al final de esa galería de medio punto, con sus paredes forradas de mármol. Hoy…todo eso ha sido enterrado por las mismas piedras que han salido de las antiguas edificaciones: se ve que nada de importancia se le ha dado al lugar ni al hallazgo (…es mi opinión personal).
Respecto al Poblado o Cerro de Villagordo, me llamaron la atención…entre otras cosas… los pozos existentes en el poblado: eran angostos y no muy profundos, situados algunos de ellos en la ladera que da al norte geográfico, y con agua casi hasta su boca sin que en sus alrededores más inferiores se viera derrame alguno de tales veneros. Su situación es “espeluznante”, teniendo avistados gran cantidad de pueblos actuales que antaño fueron antiguas poblaciones ibéricas y romanas. Este enclave lo sobrevolé en una ocasión desde el paramotor…pongo enlace: http://vimeo.com/46143162
Ojalá algún día se le diera a estos lugares la importancia que se merecen, por su olvidada historia …y por lo que han supuesto para el presente de nuestra realidad.
Juan José Mercado G.

José Luis Muñoz Baena dijo...

Las voces que nos hablan directamente desde el pasado de los pueblos ibéricos son escasas. Hay abundantes indicios del uso de la escritura, pero ésta no nos ha llegado en forma de textos amplios, en los que los iberos contaran su propia historia y tradiciones. Además, aunque podemos leerlas, la traducción de estas lenguas muertas está aún en pañales. Para complicar más el problema, los narradores más locuaces no siempre fueron testigos directos de lo que describen. Hay un tiempo largo, que abarca varios siglos, entre los límites convencionales que separan la cultura ibérica del final de la Prehistoria, por un lado, y de la inclusión de dicho mundo dentro del ámbito de la cultura romana, por otro. Los cambios en las formas de vida a través de ese largo período son unas veces notables, con modificaciones revolucionarias en las técnicas de explotación del campo, la dieta, las formas de producir energía, etc. Sin embargo en muchos lugares las circunstancias favorecen la continuidad durante siglos de las mismas soluciones, por cuanto no entran en contradicción con las necesidades de los grupos humanos. Para una gran mayoría de campesinos ibéricos la memoria a largo plazo está más relacionada con la genealogía familiar (los antepasados). En realidad, su percepción del tiempo está determinada en mucha mayor medida por la repetición constante del ciclo anual en torno al cual giran las necesidades esenciales: las estaciones del año. Es pues este tiempo repetitivo el que nos va a servir para mostrar la vida diaria de los iberos.
José Luis Muñoz Baena.

Mari Nieves Rojas dijo...

Durante los primeros tiempos de la cultura ibérica la habitación del hogar será casi el único espacio construido de la mayoría de las casas. Sus tamaños rondan los 20 metros cuadrados, y un mismo espacio hace las veces de comedor, cocina, dormitorio, despensa e incluso refugio de algunos animales (esta idea que nos resulta extraña, fue moneda común en las culturas campesinas de Europa hasta apenas hace 50 o 60 años: el ganado que convive con la familia aporta su calor natural). Aunque esta versatilidad del uso de las habitaciones se mantiene, con el tiempo aparecen esquemas de vivienda más complejos. Se disponen habitaciones para la realización de las tareas diarias, como el tejido, la preparación de alimentos, o el almacenaje de los víveres. No existe en todo caso ninguna noción próxima a la del bienestar hogareño de nuestras casas del mundo occidental industrializado. La abundancia de luz y aire se sacrifica a favor del mantenimiento de un equilibrio térmico para preservar el calor en invierno y el frescor en verano (no olvidemos las virtudes de la construcción con tierra).
Mari Nieves Rojas.

Marcos Navarro Moya dijo...

No se han encontrado evidencias de chimeneas o sistemas de ventilación y salida de humos (estos últimos cumplen una función, ayudando a preservar ciertos alimentos). En todo caso, no todo transcurre entre las paredes de las habitaciones. Aunque en invierno el exterior no es propicio, en un mundo de clima benigno los patios e incluso las azoteas se aprovechan para trabajar, reunirse y realizar múltiples tareas .Tampoco parece que los interiores ibéricos fueran ricos en mobiliario, aunque su naturaleza perecedera escamotea certezas al arqueólogo. Conocemos, a través de objetos o de su representación plástica, versiones con finalidad ritual de lechos, tronos, escabeles, cofres…muebles elaborados para la ostentación del poder en palacios y tumbas. En cambio en la mayor parte de las casas, salvo en espacios muy concretos, domina la sobriedad y lo funcional. Sin embargo gracias a la buena conservación de materiales como la cerámica, queda claro que a veces se gustaba de la exhibición de artículos valiosos, tales como una vajilla para el servicio y consumo del vino venida desde Grecia, o grandes contenedores decorados con recargadas escenas de caza, realizados seguramente por encargo a un alfarero especializado.
Marcos Navarro Moya.

Natalia Hurtado Quesada dijo...

La elaboración de la harina era el punto de partida de muchas “recetas”, y una tarea documentada en casi todos los hogares. Este es uno de los aspectos en el que la tecnología experimentó un cambio fundamental durante el período ibérico. Hasta entonces se empleaba fundamentalmente una superficie abarquillada de piedra como base, en la que se depositaba el grano, para triturarlo con otra piedra con un movimiento de vaivén. Aún con molinos de gran tamaño, este sistema no permitía una gran producción de harina, lo cual exigía dedicar diariamente mucho tiempo y esfuerzo, incluso para las demandas de una economía doméstica. Pero a partir del siglo V a. C. aparecen los primeros ejemplares de un nuevo tipo de molino. Consta de dos partes, ambas de piedra: una pasiva, de forma cónica, que permanece fija, sobre la que se encaja otra pieza circular giratoria con un orificio en el centro. El grano se introducía poco a poco por ese orificio entre las dos piedras, que al frotarse entre sí lo pulverizaban. La arqueología ha sacado a la luz en multitud de viviendas ibéricas pequeños molinos de este tipo, que podían ser accionados por una sola persona haciéndolos girar con ayuda de un enmangue o asidero. Con menos frecuencia nos encontramos con molinos de mayores dimensiones, en lo que parecen ser estancias dedicadas a la producción de harina para varias familias. Estas piezas grandes y pesadas tenían que moverse empujando gruesos travesaños abrazados a la piedra giratoria.
Un saludo.
Natalia Hurtado Quesada.

Lurdes Maza Cabrerizo dijo...

A medida que la organización social y la división del trabajo se hicieron más complicadas, se requirió una mayor especialización en el uso del espacio. Algunos ámbitos se dedican a una actividad predominantemente económica, mientras que en otros se destaca el sentido ideológico y simbólico de su función. En todos sin excepción los protagonistas de las diferentes actividades desempeñan un papel y configuran su espacio de acuerdo con su género, edad, parentesco y clase social.
Además de un refugio, la casa ibérica es una unidad de producción: en ella se elabora de manera autónoma una buena parte de las cosas necesarias para la vida diaria. La autosuficiencia es sinónimo de una economía doméstica próspera. En las casas más sencillas casi todas estas labores se realizan en un mismo ámbito. En las casas más complejas de poblados se han descubierto habitaciones con varios telares y molinos.
Lurdes Maza Cabrerizo.

Javier Mesa dijo...

Como dice el historiador Josep Fontana, fueron los escritores griegos y latinos los que observaron a estos pueblos como un espejo en el que veían reflejados los elementos que definían su propia identidad frente a lo “bárbaro”. Resultaba inevitable para ellos resaltar lo que encontraban raro e inusual, o traducir a sus propias categorías las instituciones y costumbres que descubrían. Así las cosas, la gran mayoría de los testimonios con los que se ha compuesto este relato son los vestigios materiales que estudia la arqueología. Propongo un ejercicio para comprender las dificultades que esto entraña. Imaginen una escena campesina de su niñez y comprobaran que en ella se muestra un conjunto nutrido de herramientas para la realización de importantes labores del campo, y como se pueden imaginar, están casi enteramente hechas de elementos perecederos. A continuación traten de “borrar” con la imaginación todo lo que, en el caso de quedar soterrado, no sobreviviría mas allá de unos años. La magra fracción de objetos que restaría de aplicar ese filtro, es la materia prima con la que tiene que trabajar el arqueólogo en su intento de interpretar y explicar las sociedades pasadas. Objetos mudos e inertes, desafían su capacidad de interpretar y comprender el pasado. Plantean a veces silencios insalvables, sobre todo, cuando esa evidencia no aparece, pero no hay modo de asegurarse de que nunca ha estado ahí…es preciso, en definitiva, ser conscientes de lo difícil que a menudo es ofrecer un discurso coherente y completo de cómo sucedieron las cosas.
Javier Mesa.

Víctor Herrera Esteban dijo...

La Arqueología, como el propio término sugiere, consiste en un proceso de indagación sobre fenómenos y sucesos del pasado. Esto necesariamente obliga al investigador a diseccionar su objeto de estudio, definir conceptos, categorías y ámbitos de conocimiento.
Existe así, en el caso del mundo ibérico, una arqueología centrada en el culto religioso, otra volcada en la producción de alimentos, otra interesada en la arquitectura… Pese a ello, dentro del ámbito académico la mayoría de los estudiosos comparten una concepción unitaria de ese mundo que analizan. Cuando el arqueólogo presenta al público el resultado de su trabajo, a veces se olvida del abismo que separa la forma de entender la realidad de los ciudadanos del mundo desarrollado y globalizado, de aquella otra que movía a los sujetos de una sociedad preindustrial como la ibérica.
Lo que pretendo en mi comentario es plantear una faceta específica de la vida de estas comunidades como es el mundo del trabajo y la obtención del sustento diario, pero enfatizando el hecho de que desde la perspectiva de sus protagonistas jamás existieron barreras entre actividades económicas diferenciadas. Salvo en casos muy concretos tendríamos que hablar de tareas a las que tenía que enfrentarse todo aquel que tuviera que trabajar para vivir. Además deberíamos intentar mostrar cómo la dimensión económica no tenía en este mundo un status diferenciado y objetivo, y que la explicación, justificación o legitimación ideológica y religiosa se nos aparece a cada momento a lo largo del ciclo de los trabajos en nuestra mentalidad de la modernidad. En cada una de las facetas de lo cotidiano está presente la pertenencia de los humanos, iberos o de cualquier otra parte del mundo, a diferentes formas de identidad y filiación, desde el pequeño círculo de la familia más próxima hasta las amplias áreas culturales y territorios étnicos.
Víctor Herrera Esteban.

Mateo Chica Díaz dijo...

La cultura ibérica abarca una extensa área geográfica, con paisajes, formas de vida y expresiones de identidad variopintas. De este modo si descendemos a la evocación de escenas concretas, siempre correremos el riesgo de ofrecer una imagen limitada de cómo se desarrollaba la existencia cotidiana de estos pueblos tan extendidos en nuestra provincia de Jaén. Así pues, en el relato se deberá en lo posible buscar ejemplos representativos, tal y como son conocidos a través de la arqueología o los textos antiguos, procurar mantener la coherencia a la hora de mostrar las relaciones entre los trabajos, las costumbres o las instituciones, e intentar ilustrar o iluminar ese discurso con el apoyo de los conocimientos que aportan disciplinas como la etnoarqueología o las fuentes históricas. De hecho debe estar en el ánimo de todo investigador, en todo momento, mostrar que, con toda la caleidoscópica variedad de los particularismos, la ibérica es una sociedad que participa de un mundo cultural mediterráneo, un sistema económico preindustrial y unas formas de organización en el umbral de las formaciones estatales. Porque estimaríamos que comprender la universalidad de muchos de sus rasgos es una manera de conocerla realmente.
Mateo Chica Díaz.

Bartolomé García Montes dijo...

La principal fibra animal empleada por los iberos fue la lana. Antes de llegar al hilado, el producto del esquileo requiere un laborioso proceso de limpieza y procesado: lavar, desengrasar, blanquear, cardar…al igual que en el caso del lino y el esparto, las primeras fases del trabajo se desarrollarían al aire libre, durante la primavera y el inicio del verano, mientras que la elaboración de las fibras y el tejido serían tareas propias del invierno.
La fabricación del hilo para tejer ha dejado una huella material casi ubicua en los poblados ibéricos: las fusayolas. Así son llamadas unas pequeñas piezas (generalmente de arcilla) con una perforación para encajarse en el huso y hacerlo girar. Este era una varilla, de hueso o madera, que se empleaba para retorcer las fibras.
El hilado es una de las tareas universales de las sociedades preindustriales, y sin ir más lejos la iconografía del Mediterráneo en la Antigüedad proporciona abundantes testimonios de cómo se hacía el trabajo. Lo mismo puede decirse de la maquinaria empleada para tejer. Conocemos abundantes representaciones de telares en la cerámica griega. Enmarcada por una serie de travesaños, la trama de hilos se coloca verticalmente y se mantiene tensa con ayuda de unos contrapesos. Estos últimos aparecen también en abundancia en las excavaciones arqueológicas, a veces agrupados delatando el emplazamiento de un telar. Como las fusayolas, se fabrican habitualmente con barro cocido. Los iberos también emplearon pequeños telares horizontales.
Bartolomé García Montes.

Juan Alonso Lorente dijo...

Algunos autores han destacado la trascendencia de la innovación en los molinos. Es, junto con el torno de patada para la alfarería y otras herramientas, el arranque de un uso sistemático del movimiento rotatorio continuo que constituye un hito en la historia de la tecnología. Junto al molino, aparecen otros enseres como los accesorios para procesar los frutos antes de cocinarlos. Es frecuente encontrar así recipientes cerámicos de tamaño medio o grande, con la forma de grandes platos pero con el fondo lleno de estrías profundas o pequeños guijarros incrustados. Se trata de morteros, que se utilizarían para machacar y mezclar condimentos. En algunos lugares, como en los poblados ibéricos de Puig de Sant Andreu o Alorda Park (ambos en Cataluña), se han encontrado morteros elaborados en piedra. Son pequeños (unos 30 cm de diámetro) y poco profundos. A través de imágenes del mundo griego y algunas descripciones, sabemos que existía un tipo de mortero más profundo, elaborado en madera, que se utilizaba para quitarle la cascarilla al grano de los cereales vestidos como el mijo o la cebada.
Juan Alonso Lorente.

Nani Miranda Jiménez dijo...

Estudiosos modernos han observado el uso de este mortero de madera en sociedades agrarias de África y el Próximo Oriente (constatando incluso que este tipo de elaboración producía luego una harina de más calidad y más nutritiva).Las harinas, ya sean de cereal o de otros productos como las legumbres o la bellota, se mezclan con agua, leche y otros condimentos. Como siempre la arqueología nos ofrece algunas pistas valiosas acerca de las maneras de preparar estas mezclas. Si nos fijamos en el tipo de recipiente más común en las cocinas ibéricas, veremos que son ollas con la base plana, el cuerpo en forma de globo y una boca estrecha, a menudo preparada para encajar una tapadera. Es razonable pensar que uno de sus usos principales sería la preparación de gachas: una mezcla cocida de avena y otros cereales con leche y agua. También sería el contenedor apropiado para hervir legumbres y verduras. Este proceso se realizaba directamente sobre las brasas del hogar. La gran mayoría de estos fuegos se construyen de una manera muy sencilla, apenas una pequeña superficie reservada en el centro o los laterales de la habitación principal de la casa. A veces cuentan con un acondicionamiento más cuidado para aislar la zona de combustión y preservar su calor.
Nani Miranda Jiménez.

Esteban Casado Porcel dijo...

De manera indirecta, otra evidencia arqueológica que confirma la práctica del uso del horno de arcilla para preparación de las tortas de mezclas de cereales y de la comida es el hallazgo de pequeños hornos en las casas ibéricas. Estos hornos tienen forma circular, en ocasiones con una base de piedras y una preparación de arcilla para aguantar altas temperaturas. Hay un único espacio cubierto por una cúpula elaborada con barro para meter el combustible y luego el alimento que se quiere cocer. Se localizan en el ángulo de una estancia, adosadas a la vivienda o en patios y porches de la casa ibérica. Algunas terracotas del Próximo Oriente y Norte de África muestran modelos en miniatura de otro tipo de horno. Se trata de estructuras también circulares, pero con una pared modelada en barro que forma una cavidad. La combustión se produce en el fondo, y las paredes sirven para adherir las tortas, que se hacen con el intenso calor. Aún hoy en el Magreb se utiliza este tipo de cocinas, denominadas “tabula”. Otro sistema para transformar el cereal en alimento era la elaboración de tortas y panes. Sabemos de la existencia de este tipo de masas a través de abundantes testimonios escritos y materiales en todo el entorno mediterráneo. En el caso ibérico existen algunos indicios directos de su utilización. En una sepultura de un yacimiento de Albacete se encontraron restos carbonizados que, tras un examen al microscopio, revelaron la presencia de levadura y granos de almidón característicos de este tipo de alimentos.
Esteban Casado Porcel.

Juan Casal García dijo...

Aunque el grueso de la alimentación ibérica tendría una base vegetal, la carne se mantuvo como un componente minoritario pero constante, es importante subrayar el papel del ganado como fuente de alimentación de estas poblaciones. Se han recuperado calderos elaborados en metal para hervirla. Para asarla se empleaban ganchos y morillos (soportes para evitar el contacto de la carne con las llamas y cenizas). Tenemos algún ejemplo conservado de parrillas elaboradas en hierro, como en el poblado de Castellones de Céal, en la provincia de Jaén.
Juan Casal García.

Laurita García Casas dijo...

Tenemos que no olvidar o mejor destacar el papel en la alimentación ibérica de los productos de larga duración, alimentos importantes en un mundo sin refrigeración ni conservantes. Ya se ha hablado en otro comentario del pan de levadura, que según el método de elaboración podía conservarse por mucho tiempo. Otro importante grupo serían los derivados lácteos, principalmente el queso. La sal y la miel eran conservantes naturales que se aplicaban a carnes, pescados y frutos. Finalmente hemos de citar los alcoholes. Ignoramos hasta qué punto los iberos dominaron las artes de extraerlo de las muchas plantas y frutos que conocían. Lo que sí está probado con datos arqueológicos es que fabricaban cerveza a partir de la cebada y otros cereales. Su consumo sería muy posiblemente amplio y cotidiano, en realidad una manera más de convertir el cereal en alimento, siendo un aporte nada despreciable de hidratos de carbono, proteínas y vitaminas.
Laurita García Casas.

Francisco Jiménez Campoy dijo...

El vino es un alimento, cuya producción y consumo es una novedad que se introduce en la Península en los inicios del período ibérico. Existen datos arqueológicos sobre el consumo de uvas desde mucho antes (la vid es una planta nativa en el Mediterráneo occidental). Pero todo parece indicar que la primera vez que estas comunidades probaron el vino, era un caldo procedente del exterior y venía envasado en un ánfora fenicia o griega, allá por el siglo VII. a. C.
En menos de un siglo se inicia la producción local del vino, que pronto es controlada directamente por las comunidades ibéricas. El testimonio más claro de ello se ha encontrado en el asentamiento amurallado del Alt. de Benimaquía (Alicante), con una serie de lagares. Entre otras propiedades el vino es un excelente aporte energético en la alimentación humana. En cualquier caso, a lo largo del período ibérico este producto no llega a ser un componente de la dieta cotidiana. Su consumo quedará mediatizado por una importante función social.
Francisco Jiménez Campoy.

Serafín Gómez dijo...

Durante la primera mitad del primer milenio antes de nuestra era se produce en toda la cuenca del Mediterráneo y en zonas de la Europa templada un proceso de concentración de la población y urbanización que acaece siguiendo sus propios ritmos y modalidades en las distintas regiones. En el caso del sur y la fachada mediterránea de la Península Ibérica este proceso se produjo como convergencia de los procesos de transformación de las sociedades locales y de las influencias llegadas del Mediterráneo oriental, de manos de fenicios primero y griegos después, donde el fenómeno urbano se había producido con anterioridad. Los primeros procesos de urbanización en los territorios de
Iberia se había iniciado en el sur en fechas muy tempranas. La sociedad tartésica, dinamizada por las explotaciones de los recursos minerales de la Baja Andalucía, acogió las primeras colonias fenicias atraídas por tal riqueza. Las nuevas fórmulas urbanas se adaptarían tempranamente en este espacio regional, pero fue a partir de fines del siglo VI. a. C. con la aparición de la Cultura Ibérica cuando se produjo la plena consolidación de las ciudades. En efecto, la etapa más temprana de la Cultura Ibérica ya muestra la existencia de asentamientos de tamaño considerable, con formas urbanísticas regulares articuladas a partir de una arquitectura en piedra de estructura cuadrangular que permite la adyacencia de las viviendas y la ordenación de los espacios de tránsito en calles rectilíneas. La mayor parte de esos centros urbanos poseían poderosas obras de defensa
compuestas por murallas, torres y puertas fortificadas.
Serafín Gómez.

Juan Luis Mata dijo...

Los romanos se refirieron con la denominación de oppidum al núcleo urbano ibérico y con frecuencia aludieron a su carácter de fortaleza por su ubicación estratégica sobre altozanos y sus poderosas fortificaciones. Buenos ejemplos de esos oppida completamente configurados desde época ibérica antigua serían Puente Tablas en Jaén o el de menores dimensiones de El Oral en Alicante, por citar únicamente algunos ejemplos tempranos. Más allá de las dimensiones de la aglomeración y de su configuración física, que muestra una extraordinaria variedad, queremos señalar el significado social que suponen los procesos de concentración de la población y la emergencia de las formas embrionarias de vida urbana. La cultura ibérica es consustancial al proceso de urbanización entendido en un sentido tanto físico, consolidación del oppidum y enclaves concentrados, como en su vertiente social y política, es decir el desarrollo de economías complejas y diversificadas, el afianzamiento de desigualdades sociales y la aparición de grupos dirigentes de carácter hereditario. Podemos interpretar el proceso como una transformación regional de un paisaje rural formado por núcleos indiferenciados con población más o menos homogénea en la edad del Bronce que se transforma en un patrón de asentamiento en el cual un entorno agrícola soporta unas pocas aglomeraciones con funciones especializadas en su carácter económico, en la representación social de la comunidad y en la dirección política.
Juan Luis Mata.

María Aranda Carreño dijo...

Los arqueólogos han interpretado las casas más grandes y compartimentadas de los poblados ibéricos como las residencias de los grupos dirigentes de la sociedad. Estos lugares se distinguen del resto por disponer de estancias específicas para la realización de ceremonias que reúnen al señor de la casa con un grupo de personas más allá de los límites de la unidad familiar. Puede tratarse de ofrendas de tipo religioso, o de rituales relacionados con la bebida y la comida. Aquí el vino y el consumo de carne parecen jugar un papel más allá de la mera alimentación. Al margen de estos actos excepcionales en el tiempo y el espacio, el consumo diario de alimentos tampoco era una mera cuestión de satisfacer las necesidades fisiológicas. Se organizaba de acuerdo con usos y costumbres que variaron a través del tiempo, pero que dejan una huella material poco tangible. Se ha hablado en otro comentario de la materia prima y su transformación. Podemos tratar la cuestión de los residuos y basuras dejadas por el consumo, o buscar en ciertos indicadores químicos “almacenados” en el esqueleto humano los hábitos alimenticios predominantes. Pero todo esto nos deja aún lejos de las “normas de etiqueta” a la hora de sentarse en torno a la comida. Si nos fijamos en el repertorio de la vajilla cerámica que utilizaban los iberos, podríamos deducir algunas cosas.
María Aranda Carreño.

Carolina Peralta Bernal dijo...

Antes de abandonar la casa ibera deberíamos de pararnos a reflexionar sobre un aspecto capital de la vida en su interior. Se ha dado referencia de la gente que cocina, teje, muele el cereal,…pero no nos hemos parado a pensar en si hay una división por edades y sexos de estas tareas. Las fuentes escritas y la iconografía plantean que en el mundo mediterráneo (en el que estaba imbuida la cultura ibérica) las protagonistas del mundo doméstico son las mujeres. El hombre centra su actividad en el exterior de la vivienda, participando de los asuntos públicos. Esta diferenciación queda igualmente manifiesta en el registro etnográfico de numerosas comunidades campesinas de este ámbito. Gracias al interés creciente de los arqueólogos en las tareas cotidianas, la mujer ibérica se ha hecho más visible, y se ha ponderado la trascendencia de su aportación para el desarrollo de la vida de estas comunidades. En todo caso, mas allá de estas dualidades, las casas ibéricas contienen el complejo universo de unidades familiares extendidas, en las que pueden convivir varias generaciones y cada uno contribuye con su esfuerzo.
Carolina Peralta Bernal.

Juan José Cañabate dijo...

Los procesos y los ritmos que llevaron a las sociedades ibéricas hacia la consolidación de las formaciones urbanas no fueron las mismas en todas partes, e incluso hubo experiencias fallidas en algunos territorios. Los oppida de la Alta Andalucía muestran fuertes procesos de centralización de la población que aglomeran a la totalidad de los habitantes en el interior de los oppida. Podemos decir que en líneas generales la mayor parte de los territorios de Iberia habían desarrollado procesos de urbanización a la llegada de Roma a fines del siglo III a. C. Algunos de estos proyectos se truncaron, mientras que la mayor parte de la estructura generada durante la época Ibérica fue la horma sobre la que intervino la nueva administración romana, lo que da cuenta de la madurez de los proyectos de centralización ibéricos. En pocas centurias se había producido la transformación de las comunidades campesinas de pequeña escala en aglomeraciones urbanas o en asentamientos concentrados que sin alcanzar esta categoría poblacional serían el embrión de las fórmulas urbanas, al ser los referentes espaciales de los territorios donde se ubicaban.
Juan José Cañabate.

Patricia Sáez dijo...

Es difícil tratar de caracterizar el tipo de ciudad ibérica, habida cuenta de la diversidad de esta cultura debido a la gran extensión espacial del ámbito al que nos podemos referir, los distintos sustratos locales y condicionamientos geográficos. Sin embargo, más allá de estas variables, debemos tratar de describirlos rasgos comunes que caracterizarían el modelo de ciudad ibérica en el seno del Mediterráneo Antiguo. Como norma general, las ciudades ibéricas eran de dimensiones más reducidas y de aspecto menos monumental que sus contemporáneas griegas o cartaginesas, donde se desarrollaron formas muy organizadas de estructura urbana con trazados muy regulares y obras públicas singulares. Las ciudades ibéricas se articulaban a partir de ordenamientos muy variables y en ocasiones con adaptaciones a terrenos muy irregulares, lo que daba al asentamiento una apariencia muy rústica. Tampoco son frecuentes los espacios públicos de representación como amplias plazas, templos destacados o centros cívicos. La principal construcción colectiva frecuentemente era la fortificación urbana que además de proteger el hábitat se erigía como símbolo de la comunidad.
Saludos para los lectores y ¡Enhorabuena a los colaboradores del blog!
Patricia Sáez.

Ana Rosado dijo...

El modelo urbano ibérico mostraba un carácter de ciudad-fortaleza donde resaltaba el factor estratégico y defensivo. A pesar de las limitaciones en la morfología urbana y la escala de la aglomeración no cabe ninguna duda de la función urbana de los oppida ibéricos en cuanto a centros de decisión política y puntos articuladores de economías complejas. Estos centros fortificados son las residencias del poder político que ejercen unas elites aristocráticas de carácter guerrero que se entierran en las necrópolis de las proximidades del hábitat, acompañados de sus familias y clientelas. Algunas de las más importante ciudades fueron Sagunto o Cástulo, por citar unos pocos ejemplos de la amplia extensión de Iberia.
Ana Rosado.

Juan Francisco Alonso Román dijo...

Las ciudades ibéricas tenían una naturaleza principalmente agraria y aunque debieron ser la sede de los intercambios, concentrar actividades artesanales y otras actividades económicas, su principal orientación económica fue la explotación del campo y la transformación de los productos agrarios. Hasta las ciudades costeras que desarrollaron importantes funciones comerciales debieron contar con importantes grupos de productores agrícolas. Así las cosas, no tiene ningún sentido definir la ciudad como el re
verso del campo, en el sentido moderno de oposición campo-ciudad, sino que en la antigua Iberia, como en el Mediterráneo clásico y premoderno, siempre hubo una simbiosis equilibrada .Los territorios ibéricos raramente se encontraban ocupados únicamente por ciudades, exceptuando la Alta Andalucía en época clásica. Los núcleos urbanos eran las capitales que ordenaban espacios más o menos amplios donde se emplazaban otros asentamientos subordinados de naturaleza y función variables. Así podemos encontrar desde núcleos urbanos menores a simples aldeas y casas de labor, pasando por centros artesanales o enclaves defensivos al modo de fortines, sin olvidar los centros ceremoniales y santuarios que ordenaban el paisaje sacro. En definitiva, asentamientos variados que se organizaban en redes de poblados insertos en unidades de paisaje para constituir los distintos espacios políticos ibéricos. Estas unidades territoriales siguieron el modelo de la típica ciudad-estado mediterránea, como la
Polis-chorá griega o el binomio Civitas-territorium de los romanos. Esta unidad territorial adquirió modalidades propias en cada una de las regiones de
Iberia.
Juan Francisco Alonso Román.

Paula Molina dijo...

Según he podido deducir por diferentes comentarios las características generales de las ciudades ibéricas adquirieron formas concretas en las diferentes regiones que constituían el amplio espacio de Iberia. Los condicionantes del medio físico, las formas de organización sociopolítica, las modalidades económicas o las diferentes tradiciones culturales contribuyeron a dar forma concreta a los diferentes territorios ibéricos.
Paula Molina.

Salvador Alcaide dijo...

Los grupos del sur de Iberia, de un área correspondiente aproximadamente a la actual Andalucía se organizaron desde época temprana a partir de una densa red de ciudades que ordenaron un mosaico de territorios urbanos que se extendía por todo el valle del Guadalquivir, mientras en las áreas costeras se emplazaban los núcleos coloniales. Buena parte de la explicación del elevado grado de urbanización de esta región debe derivarse de la temprana relación de las poblaciones locales con los comerciantes fenicios que establecieron estas colonias. Ya los escritores antiguos, como Estrabón, aludieron al elevado desarrollo del urbanismo en la región, la más civilizada a ojos de este escritor grecolatino. De hecho, esta fuerte influencia semita caracterizó la cultura de los iberos de la baja Andalucía, denominados turdetanos por las fuentes clásicas, que contaron con florecientes núcleos como Carmona, Nabrissa o Celti, por citar unos pocos ejemplos.
Salvador Alcaide.

Gonzalo Segura dijo...

Según vamos remontando el Guadalquivir hacia su nacimiento, encontramos toda una trama de territorios de la Alta Andalucía en la provincia de Jaén, una de las mejor conocidas en sus características particulares y su evolución histórica. Se trata de grandes centros urbanos, por lo general en torno a 10 has. de extensión, poderosamente fortificados y que concentraban toda la población de sus territorios. A diferencia de otros ámbitos geográficos, en esta región el apogeo de la Cultura Ibérica congregó a toda la población en grandes oppida donde las relaciones de vecindad posibilitaron el dominio político y la gestión de la mano de obra campesina por parte de los príncipes locales. Ejemplos destacados de estas ciudades serían Cástulo en la región minera de Linares o la ampliamente excavada Plaza de Armas de Puente Tablas, en las proximidades de Jaén, que ha reseñado Pedro Galán en este completo artículo. Mi ¡Enhorabuena para el autor!
Gonzalo Segura.

Juan Ignacio Ruiz dijo...

Los oppida de la región de la Alta Andalucía se situaban a 15-20 Kms. de distancia de lo que se deduce la extraordinaria densidad urbana y una reducida extensión de los dominios de estas ciudades circunscrita al ámbito local del entorno. En ocasiones se produjo la expansión de los dominios de una ciudad a partir de la colonización de una porción cercana donde se situaba un oppidum secundario, dependiente del núcleo principal. Esos proyectos políticos ampliados, configuraban un espacio político en torno a un valle o fuente hídrica común, un “pagus” en expresión de Arturo Ruiz y colegas. Así se documenta con la expansión de Cástulo y la fundación del oppidum de Giribaile o en el caso de Úbeda la Vieja, la Iltiraka ibérica, con la fundación del oppidum de La Loma del Perro. En ocasiones este proyecto político se sancionaba con el emplazamiento de un santuario en los límites del dominio de la ciudad, a modo de marcadores fronterizos.
Saludos para todos.
Juan Ignacio Ruiz.

Nicolás Álvarez dijo...

Podemos hacer un alarde de imaginación y nos situamos fuera de cualquier poblado ibérico, en los campos que lo rodean. Ya se ha dicho que la ibérica fue una sociedad fundamentalmente agraria, pero las formas y estrategias variaron mucho según cada etapa y región. Comunidades pequeñas y aisladas seguramente tuvieron poca capacidad (y necesidad) de transformar gran cantidad de terreno en su entorno. Tan sólo lo necesario para proveer de víveres al grupo hasta el año siguiente, mas un espacio reservado para las semillas que se destinarán a la nueva cosecha. Todo dependió, como es fácil suponer, del número de brazos disponibles para el trabajo y del número de bocas que pedían alimento. Sin embargo en algunos casos existieron motivaciones externas para incrementar la producción, como han propuesto algunos autores. Lógicamente crear esos excedentes, que estarían destinados al comercio, implica incrementar la presión sobre los recursos y extender la superficie de las áreas cultivadas.
Nicolás Álvarez.

José María Casanova dijo...

Los príncipes que regían los oppida se relacionarían mediante pactos de clientela que aupaban a poderosos mandatarios al liderazgo de verdaderas federaciones de ciudades. Un buen ejemplo es el del rey Culcas citado por los textos antiguos que se refieren a la época de la segunda Guerra Púnica y al que ha hecho alusión A. Ruiz para estudiar estas relaciones políticas. En un primer momento se le describe como líder de 28 ciudades y unos años después tan sólo manda sobre 17. Este tipo de pactos nos permite comprobar cómo la ciudad constituye la unidad territorial básica y cómo por encima de ella existían agregaciones que se conformaban o disolvían en función de las relaciones sociales y políticas y el discurrir de la Historia.
José María Casanova.

Gracia Hinojosa dijo...

El espacio correspondiente al área oriental de la Península Ibérica, aproximadamente desde las actuales provincias de Murcia hasta Castellón, muestra una configuración espacial en parte semejante y en parte diferente a la reconocida en el Sur Peninsular. La similitud se encontraría en que los espacios locales están presididos por asentamientos concentrados fortificados que dominan cada unidad natural de esta zona geográfica. En algunas comarcas montañosas los espacios se encuentran claramente parcelados por relieves que delimitan los dominios de cada oppidum. Por lo general estos centros son de dimensiones más modestas que los localizados en el Alto Guadalquivir y a diferencia de estos, no concentran toda la población del entorno. La ocupación campesina de poblaciones dispersas por el valle se identifica a partir de aldeas, caseríos o instalaciones rurales de variada morfología y función.
Gracia Hinojosa.

Pilar Pastor dijo...

Los territorios locales iberos no siempre funcionaron de forma autónoma, pues en distintos momentos del proceso histórico, pero fundamentalmente en época plena, se configuraron espacios políticos mayores que abarcaron un ámbito comarcal de aproximadamente 700-1000 km2. Estas circunscripciones se formaron por la agregación de diversos oppida pequeños presididos por uno de mayor tamaño e importancia que logró imponer su autoridad sobre los restantes asentamientos. De ese modo, las ciudades se encuentran en la cúspide de un sistema claramente piramidal en el que encontraríamos la ciudad, poblaciones urbanas de segundo orden, aldeas o caseríos dispersos.
Algunas de estas ciudades acogieron santuarios o lugares de culto que permitirían cohesionar la población de sus territorios a partir de vínculos religiosos. Las gentes del lugar acudirían periódicamente al santuario de la comunidad ubicado en la capital, lo que afianzaría el papel de la ciudad desde el punto de vista simbólico y representativo.
Un saludo y mi agradecimiento a los colaboradores del blog.
Pilar Pastor.

Verónica Padial dijo...

En la región noroeste de Iberia, correspondiente básicamente a las actuales tierras catalanas, se distingue un tercer modelo territorial. En la fachada costera se han identificado cuatro grandes espacios correspondientes a los territorios de las regiones mencionadas por las fuentes: Indigecia, Layetania, Cosetania e Ilercavonia con las capitales de Ullastret, Burriac-Ilturo, Tarragona- Tarracon-Kese y Tortosa-Dertosa o El Castellet de Banyoles, respectivamente. A ellas habría que añadir el territorio interior de los ilergetes, con su capital Ilerda, posiblemente Lleida, aunque este caso no ha podido corroborarse con datos arqueológicos y es posible que se articulase únicamente a partir de aglomeraciones secundarias. Los territorios de esta región septentrional presentan diferencias en los tipos de asentamientos y especialmente en lo que respecta a las dimensiones del espacio político, cuyos aproximadamente 2200-2600 km2 triplican la superficie de los territorios del área oriental y superan con creces los espacios geopolíticos de la Alta Andalucía. En el seno de estos espacios se ubican otros enclaves urbanos que pudieron dominar sus respectivos entornos locales, pero bajo la autoridad de los centros mayores que articulan la región.
Verónica Padial.

Simón Mendoza dijo...

El terreno alrededor de los asentamientos ibéricos estaba habitualmente presidido por los campos cultivados. Hay que hacer un esfuerzo mental para recrear el aspecto de este paisaje. Desde mucho antes, durante la Prehistoria, está consolidado un sistema de agricultura estable, que implica la permanencia y la apropiación de la tierra por parte de un grupo humano durante generaciones.
Esto lleva implícito trazar unos límites, marcar unas lindes, que separan unas propiedades de otras. Aunque es muy difícil que estas efímeras barreras lleguen a nuestros días, lo cierto es que cuando se dan las circunstancias adecuadas esto ocurre. En los campos de la Europa templada se han descubierto muchos vestigios de estos sistemas de parcelación, algunos fechados en la Prehistoria. Durante la Edad del Hierro aparecen entramados que cubren áreas muy grandes y que parecen seguir una organización previa. Esto demuestra que estas comunidades tenían la capacidad de planificar la ordenación del territorio a una escala muy amplia. En el caso de los iberos, conocemos algunos indicios de que existieron sistemas de este tipo. Ha sido posible incluso proponer que en esta labor de trazar las lindes se utilizaría un sistema de medida propio, lo cual da una idea de la complejidad alcanzada. Una cuestión diferente, y de respuesta difícil, es qué tipo de acuerdos y derechos entre las gentes están ligados al disfrute de esas parcelas.
Simón Mendoza.

Aurelia Patón dijo...

En esta zona noreste de la península se produce la correspondencia de los espacios urbanos constatados por la arqueología con las menciones de los pueblos citados por las fuentes clásicas, mientras que tal equivalencia no se da más al sur, donde una región antigua acoge varios de los territorios. Tal es el caso de la bien conocida Edetania que las menciones de los textos describen como una amplia región que ocupa aproximadamente la actual provincia de Valencia. Sin embargo esta región no constituye un único espacio político, sino que la arqueología ha podido identificar al menos cuatro territorios urbanos correspondientes a las ciudades de Kelin -Caudete de las Fuentes, Edeta -San Miquel de Llíria, Arse -Sagunto y La Carència de Turís, posiblemente la antigua Gili ibérica. Como ha propuesto C. Mata, la regio Edetana de las fuentes clásicas tendría un sentido cultural o geográfico, pero agruparía distintas entidades políticas.
Aurelia Patón.

Isabel Bellido dijo...

Existían una amplia diversidad de oppida y territorios, que debemos relacionar con la gran variedad de grupos y comunidades, que se ubicarían en la extensa franja que conocemos como Iberia, y que en definitiva nos sitúan ante comunidades de carácter urbano o, cuanto menos, protourbano. Es decir, nos encontramos con comunidades de varios cientos o miles de personas con unos grupos sociales dominantes, que tienen en las relaciones de vecindad la base de sus relaciones supra familiares, que cooperan intensamente en sus actividades cotidianas y desarrollan formas asimétricas de relación política. Además, por el propio carácter de los oppida ibéricos en posiciones estratégicas y con recintos claramente delimitados por defensas naturales y construidas, otorgaría a sus habitantes un sentido de pertenencia a un lugar y una colectividad. Esta relación sería más intensa en aquellos grupos, como entre los iberos del Alto Guadalquivir, donde el oppidum en nuestra tierra es la residencia principal y exclusiva y la nucleación del poblamiento es absoluta, favoreciendo la cohesión de la comunidad por la coresidencia en el mismo centro urbano.
Isabel Bellido.

Jesús María Carrascosa dijo...

Es muy posible que la gente ibera no poseyera la tierra de manera individual, tal y como entendemos la propiedad hoy día. Su uso estaría condicionado por la pertenencia, en primer lugar, aun grupo familiar entendido en un sentido amplio. Por encima de ese nivel existió un acceso diferenciado en función de la adscripción a redes clientelares que organizan la vida de toda la comunidad residente en un poblado. Finalmente, a estas estructuras de dependencia llega a superponerse en algunos casos un poder capaz de abarcar varias comunidades. Esto significa que todo o parte del producto de las parcelas que cultivan los campesinos es obligatoriamente destinado a un pago o aporte periódico que se acumula en grandes silos y almacenes.
Jesús María Carrascosa.

Erika Balbuena dijo...

En otros ámbitos geográficos el oppidum se acompaña de otros asentamientos de carácter rural. En tal caso la vinculación de la comunidad se establece también por relaciones de vecindad pero no a partir del oppidum sino del territorio local, es decir, las gentes se sienten miembros de una comunidad no por residir en una ciudad, sino en un valle. Ese es el espacio ocupado, recorrido y, en definitiva, vivido.
Un saludo de reconocimiento a todos.
Erika Balbuena.

José Antonio Olea Romero dijo...

En el paisaje que podríamos contemplar en el poblado ibérico deberían emerger algunas columnas de humo. Procedentes de hogares que no se encuentran tras las murallas del poblado, sino dispersas en el campo. Este tipo de construcciones no siempre existieron. Como en los paisajes agrarios actuales, hay regiones en las que toda la población permanece concentrada y sólo va al campo durante la jornada de trabajo, mientras que en otras la gente vive al pie del terreno, bien en pequeñas cortijadas, bien en casas familiares. Se ajusta por ejemplo, al primer caso, el sistema de organización que prevaleció en nuestra zona del Alto Guadalquivir entre los siglos V y III a. C. Sin embargo en los últimos tiempos de la etapa ibérica comenzamos a tener evidencias de un paisaje más poblado, con pequeños sitios a lo largo de los arroyos. Es el caso de territorios bien estudiados, como el que dependería del oppidum de Giribaile, o el del entorno de la ciudad romana de Aurgi, ambos en la provincia de Jaén.
José Antonio Olea Romero.

Sonia Luque dijo...

No cabe duda de que existen obvias diferencias entre residir en un centro urbano y un núcleo rural. Convendría comentar cómo son estos enclaves rurales para tratar de aproximarnos a las diferencias entre las formas de vida urbana y rural. El gran desarrollo de los trabajos de campo en la mayor parte de las regiones de Iberia nos permite disponer de documentación arqueológica que nos muestra una extraordinaria variedad de enclaves rurales. Desde aglomeraciones de comunidades rurales hasta asentamientos de familias dispersas. Existen una serie de núcleos rurales que comparten características con los oppida, pues se dotan de murallas y de un ordenamiento regular de su traza urbanística. Tal es el caso de la aldea de La Sènia en Valencia, o el núcleo de Els Estinclells en Cataluña. Posiblemente se trata de comunidades de campesinos tenentes o poseedores de las tierras de los alrededores.
Sonia Luque.

Juan Al. Montoro dijo...

Hola, Juanjo. Muchas gracias por todo. Ahora estoy un tanto convaleciente, neumonioso y "haciendo nada", la prescripción médica que como comprenderás estoy haciendo lo posible por llevar a cabo plenamente, que en eso, como los demás funcionarios, tengo experiencia. Tu página ha servido para que volvamos a saber y sentir de nuevo sobre el San José; desde que lo arrendaron, hará unos 30 años creo que no hemos ido por allí;hace unos meses llegué a acercarme al salado , por cargar la batería del Land Rover más que nada, y enseñarleso a mis primos aunque fuera de lejos. En cuanto vaya por Fuerte del Rey hablo con mi familia, para que me cuenten cosas sobre la "intrahistoria" de estos cortijos y lugares. Creo que estás haciendo una gran labor, nadie antes había pensado que los cortijos también tenían su historia, su alma... y si no se recoge en estos años me temo que se va aperder para siempre. Gracias. A ver si nos vemos en una de las peñas "culturales", en la de Lahiguera o Fuerte del Rey, y nos echamos unos "biscutes".
Juan Alonso Montoro Ramiro (menor).

Nuria Zafra Salamanca dijo...

Otro de los tipos de asentamiento rurales ibéricos bien conocidos son los cortijos en Andalucía. El cortijo es un sólido asentamiento de reducido tamaño y fuertemente defendido por un recinto con fuertes moros en el que se instaló un colectivo de varias decenas de personas. Se trata de una finca rural de un terrateniente en la que viven las familias dependientes. Instalaciones de señores del campo semejantes se podrían encontrar en las casas-fuertes de la protohistoria. Otros núcleos rurales de carácter más sencillo serían las instalaciones de plantas complejas y articuladas en torno a patios que se asemejan a los cortijos actuales. Posiblemente corresponden a familias, más o menos extensas, con ciertos derechos adquiridos sobre la tierra, pues construyen sólidas edificaciones en piedra con una clara intención de permanecer en el lugar. Por el contrario, existen una serie de asentamientos campesinos que son hábitats poco estables de carácter semipermanentes. Están formados por cabañas de forma oval o de tendencia rectangular pero sin ángulos, que se excavan en el sustrato geológico y elevan sus paredes mediante amasados de barro y troncos. Ejemplos de este tipo de chozas los encontramos en Marroquíes Bajos (Jaén) o en l’Alt del Punxó (Alicante). Posiblemente son poblados que se ocupan temporalmente en tiempos de gran intensidad del trabajo agrícola, durante la siembra o la cosecha, por poblaciones residentes en el oppidum.
Nuria Zafra Salamanca.

Teresa Contreras dijo...

En el entorno de la ciudad romana de Aurgi en la provincia de Jaén, las excavaciones extensivas han sacado a la luz todo un paisaje agrario de las etapas finales de la cultura ibérica. Siguiendo la interpretación de sus excavadores, en esa etapa pequeñas unidades familiares que residen en sencillas chozas de planta ovalada, acometen la explotación de las tierras bajas desarrollando un sistema de agricultura de regadío. El agua es canalizada con un sistema de acequias y embalsada en pequeñas charcas. En todos los casos el aumento de la población dispersa en pequeños núcleos tiene que ver con una necesidad creciente de producir más, exigiendo a la naturaleza un esfuerzo suplementario. Las gentes del siglo XXI hemos aprendido, a nuestro pesar, los frágiles límites de ese balance de fuerzas entre las necesidades humanas y la capacidad del medio para satisfacerlas. Aunque los iberos nunca llegaron a romper ese equilibrio (al menos a una escala amplia), no cabe duda de que el resultado de ese proceso transformó completamente la fisonomía de su entorno. Los bosques retrocedieron, el paisaje se humanizó, y en algunos sitios (zonas mineras, canteras, áreas especializadas en la metalurgia) se degradó y contaminó a un ritmo creciente.
Teresa Contreras.

Jacinto Figueras dijo...

A finales del siglo I después de nuestra era se fundó el municipio Flavio Aurgitano, acreditado en los monumentos epigráficos y en los cambios en la estructura urbana y en el territorio. El caso puede seguirse en el asentamiento de Los Robles, en Marroquíes Bajos de Jaén, un enorme complejo donde se integra un área residencial con una “Pars urbana” ubicada estratégicamente sobre una pequeña elevación en el centro de una fértil depresión regada por los arroyos que confluyen desde las cotas más altas de la ciudad, y una parte industrial con una almazara, con prensa de viga y contrapeso de grandes dimensiones similares a otras localizadas en sus inmediaciones. El conjunto se completa con varias necrópolis. Los Robles nos sirve como pocos sitios para comprender los cambios que demuestran el impacto de la fundación del municipio. El contexto espacial y material de la Necrópolis 1 nos permite reflexionar sobre el mismo concepto de romanización, dadas las especiales características y circunstancias de su origen y desarrollo.
Jacinto Figueras.

Sebastián Soria Cuadrado dijo...

Durante el invierno la tierra descansa, pero no así el agricultor ibero. Pese a que no hay tanto trabajo como durante las cosechas, hay que mantener los campos en buen estado y sembrar los cereales que constituyen el grueso de la producción. Hay que airear la tierra, voltearla, limpiarla de malas hierbas. Una de las grandes innovaciones tecnológicas que se produjeron durante el desarrollo de la cultura ibérica fue la introducción de un variado conjunto de herramientas agrícolas de hierro. Sin duda entre todas ellas la que tuvo un papel más significativo fue la reja del arado, por su capacidad para domesticar una gama más amplia de terrenos e incrementar la eficacia en la gestión del suelo.
Más allá de una dimensión estrictamente económica, el arado posee un fuerte valor simbólico, como expresión de la labor civilizadora y la conquista del mundo salvaje. Sin duda existió una narrativa que vincula estos actos con el papel desempeñado por antepasados, cuya naturaleza estaba acaballo entre lo divino y lo humano. Estos mitos no surgen por el capricho de la imaginación, sino que juegan un importante papel en la legitimación de las nuevas y más sofisticadas formas de poder político que surgen en este momento de la Historia de la Península Ibérica.
Sebastián Soria Cuadrado.

Felisa Garrido dijo...

Los iberos conocieron útiles para airear la tierra, como las layas. Se trataba de una herramienta que se encajaba en el astil con un enmangue en forma de tubo y tenía un filo estrecho, o bien terminaba en dos puntas curvas (a diferencia de otros muchos aperos ibéricos su forma tiene poco que ver con las fangas y layas utilizados en la agricultura tradicional. Estos últimos se parecen más a dos gruesas hojas de espadas sujetas por un mango). La laya se hinca profundamente en el suelo para voltearlo, y al ser un útil manual es más apto para trabajar pequeñas parcelas o con el concurso de un grupo amplio de trabajadores
Otra tarea importante en los campos durante el invierno es sembrar los cereales que se denominan de “ciclo largo”, es decir los que maduran y se recogen a finales de la primavera. Guiándonos por algunas referencias escritas y por las cualidades digestivas de los distintos tipos de cereal, teóricamente es el trigo el mayor protagonista. Sin embargo la arqueología ofrece una imagen diferente. Aunque es una opción menos adecuada para el consumo humano, en casi todas partes el cereal de invierno más cultivado es la cebada vestida. Diversos autores han explicado esto por las propiedades de esta planta, menos exigente en agua y más resistente a los suelos poco favorables para la agricultura.
Felisa Garrido.

María Dolores Delgado dijo...

La gran variedad de estructuras rurales del mundo ibérico es un rasgo compartido con las culturas del Mediterráneo Antiguo. Tanto en el ámbito griego, itálico, como púnico se identifican estos complejos patrones de ocupación rural que deben corresponder a distintas lógicas productivas, modos de organización del territorio y formas de tenencias y posesión de la tierra. De lo que no cabe duda es que los asentamientos rurales y sus habitantes vivirían según modos y prácticas distintas a los pobladores del centro urbano Al menos señalar dos aspectos en los que la vida rural y la urbana se distinguirían claramente. La primera se referiría a las formas de relación interpersonal. El reducido número de personas que habitarían las aldeas y cortijos o caseríos ocasionaría que la mayor parte de las relaciones interpersonales fueran de carácter familiar o de linaje, con gran intensidad social. En las comunidades urbanas las relaciones serían más complejas y variadas, pues a las propias de los contextos anteriores se incorporarían las de facciones y bandos compitiendo o colaborando entre ellos. El segundo aspecto al que podemos aludir es la relación de dependencia en términos económicos y estratégicos que se establecería entre los núcleos rurales y urbanos. Los productores rurales acudirían al oppidum a canalizar sus excedentes, acceder a las redes de intercambio y a las actividades especializadas, como las artesanías de cerámica y metales.
María Dolores Delgado.

Gonzalo Lafuente Navarro dijo...

La dependencia entre los pequeños núcleos rurales y los núcleos urbanos mayores adquiere una importancia crucial en términos defensivos, pues los asentamientos rurales acudirían a refugiarse tras las murallas del oppidum en caso de peligro ante la incursión en el territorio de un grupo enemigo u hostil. La evidencia física de este papel de refugio se encuentra en los dominios visuales sobre los accesos y la ínter visibilidad con las aldeas ejercida por el oppidum desde su estratégico emplazamiento que le permite refugio en caso de necesidad.
Este espacio socialmente construido con complejos patrones de asentamiento y las relaciones espaciales establecidas entre ellos, recrean la desigualdad social a partir de pautas cotidianas de acción y percepción inscritas en el paisaje. Vivir en un determinado lugar facilitaría determinadas prácticas y comportamientos sociales que contribuirían a definir los papeles en el seno de la sociedad.
Gonzalo Lafuente Navarro.

Juan Salvador Pulido dijo...

Los procesos de configuración territorial que se han descrito en otros comentarios pueden analizarse desde dos puntos de vista. La primera perspectiva se fijaría en el centro del territorio que estaría configurado por el núcleo central, el oppidum. Sin embargo, también podemos analizar el territorio a partir de sus límites exteriores, sus fronteras. El correlato lógico del proceso de fijación de territorios y de adscripción de espacios a cada una de las comunidades es la delimitación de sus confines. Recientemente A. Ruiz y M. Molinos han reflexionado sobre las posibilidades de lectura arqueológica de las fronteras y algunas de sus propuestas pueden servirnos para aproximarnos a los confines territoriales ibéricos. En concreto, podemos referirnos a dos tipos de delimitaciones que parecen especialmente significativas. La primera de ellas es la que se basa en propiedades del medio físico para fijar los límites, denominada frontera ecológica por Ruiz y Molinos. La segunda es la que emplea construcciones que permitan reconocer la frontera del territorio y se denomina delimitación con hito singular, cuya modalidad más significativa es la de los santuarios ubicados en la periferia. Empezando por el primer modo de delimitación, las fronteras naturales permiten configurar el territorio a partir de un curso de agua, río o valle, que daría lugar al pagus, forma territorial tradicional de la antigüedad mediterránea.
Saludos.
Juan Salvador Pulido.

José Ignacio Peláez dijo...

Un valle es una cubeta natural enmarcada por la geometría de su soporte físico que tienen en sus realces periféricos, montañas o lomas, claros delimitadores naturales. La existencia de relieves periféricos en ocasiones puede ejercer un efecto de bloqueo de los horizontes visuales cotidianos. A partir de esa evidencia natural se podría codificar culturalmente el sentido de la polaridad entre espacio propio y ajeno. La delimitación por hitos singulares pudiera funcionar como refuerzo de los límites naturales anteriores. En el mundo ibérico encontramos algunos ejemplos de gran interés, pues al igual que en otros espacio territoriales del mundo Mediterráneo, en Iberia se configuró el paisaje de la comunidad a partir de la ubicación en sus límites de los espacios sacros. Los trabajos clásicos para el mundo griego, o referidos al mundo etrusco, aportan luz en la construcción de los límites sacros del paisaje mediterráneo. Se distinguieron claramente los santuarios urbanos y los situados en los confines del territorio. Mientras los primeros reforzaban el carácter de la colectividad los segundos robustecían la relación ciudad- campo, definían los lazos de la comunidad y su territorio frente al vecino, y establecían los límites de la esfera humana y divina.
José Ignacio Peláez.

José Domingo Martínez Flores. dijo...

Los santuarios tenían un papel sancionador de los procesos geopolíticos en la esfera sacra. Un buen ejemplo de este tipo de santuarios con función delimitadora se sitúa en la Alta Andalucía, donde los principales santuarios jienenses de El Collado de los Jardines y Los Altos del Sotillo en Jaén han sido caracterizados como los santuarios de delimitación del pagus de Cástulo. Situados en el confín del territorio, estos santuarios fueron los marcadores territoriales que sancionaban la expansión del territorio inmediato al oppidum hacia las tierras más alejadas mediante la creación del pagus político en el siglo IV. a. C. Otro ejemplo de expansión y delimitación territorial se reconoce en el valle del Jandulilla, con el santuario de El Pajarillo. En este caso el territorio se constituye en torno a un curso fluvial que es el camino de penetración y eje de articulación del territorio.
José Domingo Martínez Flores.

Julia Ferrer Guerrero dijo...

La elección del sitio de Los Robles en Marroquíes Bajos de Jaén no es baladí: una suave ladera orientada al sur que domina el cauce del arroyo El Molinillo y el humedal de su entorno, además de ser muy visible desde la lejanía, desde Aurgi. El límite norte vino dado por la construcción de la tumba 223, alrededor de la cual, durante poco más de un siglo, se fueron construyendo otras treinta y cinco en fosa simple con cubierta de tégula. Posteriormente se amplió con motivo de la construcción de otros enterramientos monumentales, pero el desarrollo de la necrópolis hacia el sur a lo largo de los siglos II e inicios del III después de nuestra era, se hizo siempre alrededor del referido a la tumba 223, hasta llegar al borde del arroyo. El eje de la necrópolis es un camino que la recorre hasta desembocar en el arroyo en una zona ligeramente rehundida, que provocaría su estancamiento, dando lugar a una pequeña laguna estacional: la simbología del tránsito tuvo en cuenta las características del paraje de forma que, el descenso al mundo de los muertos se realizaba siguiendo el camino hasta que éste moría junto a la laguna.
Julia Ferrer Guerrero.

Víctor Manuel Herrera González dijo...

La tumba que se ha citado en otro comentario como tumba 223, la única de incineración, construida a finales del siglo I después de nuestra era, inaugura y ordena la necrópolis. Es una estructura rectangular de 9 × 5 metros que se construye excavando una zanja en la base natural que se rellena de argamasa de cal, arena y piedras, “opus caementicium”, que acaba formando un muro perimetral, pero carece de suelo construido, de forma que los muros se hunden profundamente en el terreno con el objeto de proteger una cámara funeraria. En el lado oeste una plataforma de 4 x 5 metros, constituye una rampa escalonada con peldaños descendentes hacia el camino. El espacio así delimitado está parcialmente vaciado para construir un gran “ustrinum” donde se localizaron dos recipientes en cerámica común, una ollita de borde almendrado y una jarra de tipo Vegas 44, así como un total de 145 tachuelas de hierro, que formaron parte de un par de “caligae”. Grandes clavos de hierro indicaban el uso de un “lectus funebris” durante la cremación del cadáver. Tras ésta, la estructura fue limpiada en la zona central y allí se excavó la cámara funeraria, hasta una profundidad de unos 40 centímetros. No se conoce el aspecto de la estructura emergente del monumento, salvo que estaba revestido de placas de mármol de color azul con cenefas rosadas. Alrededor de esta tumba se realizaron posteriormente otros enterramientos de inhumación, dispuestos de forma que buscaban la mayor proximidad posible a la tumba principal, de hecho algunas, posiblemente las más antiguas, prácticamente se adosan a ella, eso sí, sin alterarla en absoluto, proximidad y respeto como objetivo. Las tumbas son simples fosas con cubierta de tégulas, y se alinean a lo largo de los lados sur, este y norte, quedando el acceso por el oeste completamente despejado.
Víctor Manuel Herrera González.

Benita Quiles dijo...

Se deduce que el proyecto político incluía en algún caso la fundación de un segundo oppidum como es el caso que se da en la Loma del Perro y se sanciona con la ubicación del santuario en el confín, junto a la vía de comunicación. En este caso se expresa la construcción cultual del límite a través de pautas de monumentalización visual de una historia fundacional y mítica. Más hacia el este, en las tierras granadinas, una serie de lugares de culto recientemente dados a conocer, como el santuario periurbano vinculado a las ciudades ibéricas de Tutugi y los santuarios en las proximidades de Basti, marcan o limitan las áreas de dominio de los oppida. Se trata de espacios de culto sin determinación arquitectónica, ubicados en laderas y cimas cercanas al hábitat y donde el ritual atestiguado es el depósito de vajillas formadas por platos y ollas, es decir, la ofrenda sería lo que pudieron contener estos recipientes cerámicos, básicamente productos agrícolas.
Benita Quiles.

Leonardo Jorquera dijo...

Si bien nos es fácil imaginar cómo se comportaba un romano en la mesa, qué comía o cómo y dónde lo preparaba, dado que disponemos de bastantes y diversas fuentes de información que nos hablan de ello; en cambio ver a un ibero participando o tomando parte en tales acciones nos resultaría, como mínimo, un poco más inconcreto. O digamos requiere de nosotros mucha más imaginación...Los textos antiguos que hacen referencia a aspectos alimentarios en el mundo romano son numerosos, desde recetarios hasta la descripción de los mismos alimentos, cualidades y maneras de comerlos. Y para completar el panorama contamos con la arqueología, que nos brinda un interesante añadido: sólo hay que pensar en Pompeya, en las casas, en sus pinturas y mosaicos, en sus triclinios y cocinas; en las casas de comidas o tabernas diseminadas por las calles (los famosos thermopolia) o las panaderías, con sus grandes molinos y hornos; incluso podemos contar con muestras de panes carbonizados, pasteles, fruta... Y, naturalmente, con la batería de cocina o la vajilla usada para su consumo.
Leonardo Jorquera.

Juan Bautista Melgar dijo...

En el espacio del oppidum, se puede constatar una distribución concéntrica en la que se atisba una demarcación de límites. En el caso de Tutugi y de los santuarios de El Perchel y Salazar en Basti, se localizan a una escasa distancia de 1200-2500 m. Son lugares de culto que pueden demarcar el ager, o territorio cultivado, y que a partir de prácticas rituales, como las procesiones y los traslados sacros individuales o colectivos, vincularían religiosamente la ciudad con el espacio inmediato. Otros santuarios más alejados hacia la periferia de Basti como el de la Cuesta Blanca y el de la Ermita Vieja, son los demarcadores del “espacio de acción directa del oppidum, el espacio económico de explotación y control directo, un territorio totalmente ideológico”. Sería un remedo de los santuarios de confín de la Alta Andalucía, pero en este caso asociados al espacio local y no a la expansión de un pago político más allá del núcleo principal. Carecen, por otra parte, de la representación iconográfica de aquellos, ni en la monumentalidad de los programas escultóricos del Pajarillo, ni en la riqueza semántica de los exvotos de Castellar y Collado.
Juan Bautista Melgar.

Salvador Muñiz dijo...

La necrópolis se crea a veces al margen de otros espacios funerarios que deben vincularse con el propio “oppidum” en este caso de Santa Catalina en Jaén y al asentamiento indígena posterior a la Segunda Guerra Púnica, tiene que relacionarse necesariamente con la fundación del municipio latino de Aurgi y su organización municipal, y desde luego tiene directa relación con los otros elementos del complejo, de hecho forma parte de éste. Para explicarlo hemos de entender porqué Los Robles, un sitio muy próximo al municipio, de clara proyección económica, dada la industria aceitera que controla, no creó un espacio funerario junto a la propia ciudad, donde la función representativa tendría mayor impacto que en el ambiente rústico donde se definió. La clave puede encontrarse en las circunstancias de la fundación de los municipios flavios de menor entidad urbana: la promoción de Vespasiano aspiraba más a ampliar la base social que apoyaba la nueva dinastía y a redefinir el sistema impositivo, que a ampliar la ciudadanía romana como sistema de integración indígena en el imperio. Nos encontramos ante una necrópolis privada, tan cerca pero a la vez tan lejos simbólicamente de la ciudad, diseñada para la representación pública de los antepasados familiares, que sólo puede explicarse por el limitado valor que los propietarios dan a la función representativa del municipio, pero sobre todo confiere un valor especial a la propiedad, al linaje, sus antepasados y a las relaciones de clientela.
Salvador Muñiz.

Natalia Espinosa dijo...

Al hablar de romanización se ha querido ver la aspiración del ibero por convertirse en romano, pero la arqueología confirma, sin lugar a dudas, la resistencia indígena a los cambios en determinados aspectos sociales, entre los que los ideológicos y simbólicos fueron muy importantes. De hecho la sociedad provincial mantendrá en su seno unas relaciones de corte tradicional, tanto en la organización de las comunidades como en las relaciones entre individuos, y con la propia Roma. Lo confirma la no existencia de poblamiento rural de tipo itálico hasta finales del siglo I después de nuestra era, lo que indica que todo el campesinado habita en el oppidum, como había ocurrido en las fases plenas iberas, lo que obliga a pensar en la propiedad de la tierra y posiblemente de los medios de producción como un factor controlado por la aristocracia ibera. En Los Robles la reafirmación en la tierra y su vinculación al linaje queda sellada mediante la creación del espacio funerario. La arqueología advierte que los modelos de reparto de tierras mediante centuriaciones fueron, en el entorno de Aurgi, un breve episodio que no perduró más allá de un siglo, entre Vespasiano y Cómodo en el mejor de los casos. Al mismo tiempo, la reafirmación de los lazos con la tierra en el periodo de eclosión municipal tiene que ver con la realidad económica del imperio más que con la cuestión política, porque en la tierra residía el verdadero poder.
Natalia Espinosa.

Abel Ruiz Diez dijo...

Los aspectos rituales de la ordenación del espacio, la fundación de la necrópolis con una tumba de incineración relevante respecto al resto de las sepulturas, tiene un significado más que simbólico. Es cierto que la incineración está presente en la tradición ibérica, pero también en la romana, y es muy difícil definir a cual de ellas responde. El uso del lecho funerario durante la cremación y la propia técnica empleada en la edificación, una estructura en forma de altar elevado, accesible con peldaños y marmorizado, es muy romano; la ubicación del “ustrinum” dentro de la propia estructura es un hecho también presente en las necrópolis romanas, igual que la excavación de la cámara dentro de él. Sin embargo, casi todos esos elementos forman parte también de la tradición indígena, como sucede en Cástulo o en Baza, aunque en Los Robles adoptan formas más urbanas. El diseño de la tumba se realiza para delimitar una porción de tierra virgen, y a pesar de la profundidad que alcanzan los muros perimetrales que delimitan el edificio, no existe tratamiento en su base, quedando la cámara encajada en la tierra natural. En opinión de los arqueólogos, se trata de un ritual deliberado que pretende vincular al difunto con la tierra que lo acoge y más allá del contenido y forma de la tumba, destaca al hecho de que la inauguración de la necrópolis se hace sobre el rito tradicional, y que a partir de ese momento, todas las tumbas que se construyen responden al nuevo rito oriental de la inhumación, una forma de enterramiento ajeno a la tradición indígena, pero cuya extensión coincide con la consolidación del sistema municipal y de la nueva dinastía Flavia.
Abel Ruiz Diez.

Germán Gómez Fonta dijo...

La referida tumba 223 cierra un ciclo de vida de una sociedad tradicional enfrentada a una renovación política y social muy rápida, con contradicciones evidentes, abierta a nuevas expectativas pero conservadora de las antiguas identidades. Los aspectos ceremoniales representados en los espacios residenciales de la fase flavia del complejo, donde destacan las esculturas dispuestas alrededor del “impluvium” de la fuente monumental, reafirman los fuertes lazos que unen la aristocracia indígena con la nueva dinastía, incluso más allá de los que se habían establecido en el periodo julio-claudio, cuando se construyen las primeras almazaras de Aurgi. Ahora bien, la ideología en el complejo Los Robles se representa de forma parcialmente pública, porque el público al que va dirigida se circunscribe a la propiedad, pero con toda seguridad el poder de la clase aristocrática romanizada se manifiesta en el foro municipal de Aurgi, donde, como conocemos, se expondrán las imágenes del poder en los espacios públicos, con vocación de trascender a toda la comunidad. La dualidad de espacios de representación es el reflejo de la concepción ideológica del poder indígena. Se ha cedido parte de él al municipio, pero se reserva el espacio pseudo privado del complejo, donde reside el verdadero poder, en el centro mismo de la tierra.
Germán Gómez Fonta.

Esteban Castro Pérez dijo...

La necrópolis de Aurgi inaugura no sólo una nueva forma de ritual, la inhumación, sino que constituye la primera manifestación funeraria fuera de los espacios consignados a tal fin en la Aurgi republicana romana y de la primera edad imperial. Pretende enlazar con la tradición, y más aún tratándose de un personaje de peso en la escena municipal de Aurgi, como sugieren las características del ritual fúnebre. La sepultura 223 es la de un personaje revestido de autoridad, próximo al poder o imbuido de él, pero enraizado en la tradición indígena y en los valores de esta. En definitiva ¿romano o ibero? Compleja pregunta y difícil respuesta, porque en todo caso un ibero completamente romanizado, si eso llegara a ser posible, difícilmente llegaría a convertirse en un verdadero romano.
Esteban Castro Pérez.

Federico Torres Salazar dijo...

La zona de Marroquíes había sido, hasta finales del siglo IV antes de nuestra era, un espacio de huerta, pero esa situación se trastocó seguramente como consecuencia de un conflicto entre el oppidum de San Catalina y el de Puente Tablas, este vinculado con el secano y con los modelos nuclearizados dominantes en la Campiña de Jaén desde el siglo V. Pero Puente Tablas se abandona a finales del siglo III antes de nuestra era, en el marco del conflicto de la Segunda Guerra Púnica, y en esa coyuntura, quizás algo después, a principios del siglo II, la huerta y la agricultura de regadío vuelven a Marroquíes coincidiendo con la conquista. En paralelo se produce una nueva concentración de población en las terrazas bajas del cerro en lo que será el germen del futuro municipio romano de Aurgi.
Federico Torres Salazar.

José Mario Arroyo Baena dijo...

En el caso del mundo grecorromano disponemos para informarnos sobre su alimentación, de la combinación que nos aportan las fuentes escritas y la arqueología. Sin embargo, para los iberos, ese primer elemento fundamental que son los textos, nos falta. La lengua ibérica no ha sido todavía descifrada y a pesar de disponer de bastantes textos en diferentes soportes (cerámica, plomo o piedra), no podemos determinar a ciencia cierta qué se hallaba escrito en ellos. Aunque seamos medianamente capaces de otorgar un sentido y significación globales a los escritos en ibero, resulta imposible identificar palabras tan básicas para los procesos alimentarios como “fuego”, “carne” o “agua”. Así pues, toda nuestra información procede de la arqueología, de las diferentes evidencias halladas en las excavaciones de poblados, hábitats y necrópolis ibéricas, a saber, estructuras arquitectónicas, contextos, espacios y equipamientos; mobiliario y artefactos; o restos orgánicos.
José Mario Arroyo Baena.

Alberto Rodríguez dijo...

Las mismas pautas de emplazamiento en la periferia del espacio local próximo o más alejado del oppidum pueden proponerse para algunas cuevas-santuario del área oriental de Iberia, especialmente en tierras valencianas. Un buen ejemplo sería el de La
Cova dels Pilars en el Valle de Agres, al norte de Alicante. Esta cavidad sacra se emplazaba en el límite territorial de dos oppida: La Covalta y El Cabeçó de Mariola ubicados respectivamente al este y oeste del valle. En esta cueva se reconocieron ofrendas asociadas a ritos de tránsito de edad. El análisis permitió proponer que durante el siglo V a.C., la cueva se empleó como espacio de agregación territorial y demarcación de confines, en un proceso que iría parejo a la cohesión de los linajes aristocráticos emergentes y se expresaría en los rituales de iniciación de los jóvenes. Algo semejante parece vislumbrarse en la cueva-santuario del Puntal del Horno Ciego en la comarca de Requena-Utiel, en el interior de la provincia de Valencia. Esta cueva se localiza en la zona de sierras que supone el extremo occidental del territorio político de la ciudad de Kelin (Caudete de las Fuentes). La pauta espacial de esta cavidad de nuevo repite el emplazamiento liminal, en la periferia del territorio que articula esta ciudad. En estas cavidades en los márgenes del territorio se adentrarían los jóvenes para efectuar sus rituales de iniciación y tránsito de edad. Prácticas y espacios liminales se unen íntimamente en estos lugares.
Alberto Rodríguez.

Hilario Arellano dijo...

Los cultivos de huerta de la zona de Marroquíes, digamos que ibero romanos, ocupan una vasta superficie ordenada por los arroyos que configuran la depresión de La Magdalena, que sugiere la división del territorio en pagos aristocráticos, uno de los cuales es Los Robles, en la zona más centro-oriental de aquella. Este sistema de explotación del territorio perdura hasta finales del siglo I antes de nuestra era, momento en el que documentamos de nuevo el abandono de los sistemas de irrigación y la destrucción de las estructuras de hábitat dispersas. ¿Pero esto bajo qué circunstancias? Lo que es seguro es la reimplantación de los cultivos de secano, en particular con el desarrollo del olivar, lo que solo puede entenderse por la transformación de la aristocracia ibera en una clase propietaria interesada desde ese momento por nuevas formas de apropiación y enriquecimiento, un modelo muy próximo al de las clases propietarias romanas. El negocio generado por la afluencia de productos a Roma y el limes a partir de Augusto fue suficiente estímulo para los provinciales con capacidad de inversión en la tierra, es decir, para los aristócratas iberos propietarios de los medios de producción. (Se entendía por limes en el mundo romano el alineamiento trazado sobre una superficie y el camino que se construía sobre él y, finalmente, las vías militares con fortificaciones en los confines del Imperio Romano, los limes fueron iniciados con los Flavios y los Antoninos).
En este contexto, la fuerza de trabajo se resistió a desvincularse de una forma tradicional de explotaciones que aseguraba productos básicos, aunque no almacenables o exportables, salvo en ámbitos muy reducidos, como es la huerta.
Hilario Arellano.

Marisa Suárez Consuegra dijo...

El mismo hecho del conflicto que tuvo lugar en Aurgi, recogido en la documentación arqueológica con niveles de destrucción violenta del hábitat, sugiere la resistencia del campesinado a la nueva orientación económica que se pretendía para la tierra de Aurgi. El resultado del conflicto fue la implantación de la producción de olivar y cereal, la desecación de las zonas pantanosas de Las Lagunillas y el abandono del hábitat campesino. Es el momento en el que se construyen las primeras almazaras en la zona y cuando se advierte un importante desarrollo de la aristocracia indígena. Hablamos de aristocracia ibera y no de oligarquía municipal entre otras razones porque la “deductio” de Aurgi y la creación del municipio latino no se producirán hasta un siglo después, y porque aunque desconocemos el ordenamiento político de esta pequeña ciudad, la arqueología demuestra una escasísima presencia de los parámetros que definen la romanidad.
La urbanización de la ciudad seguía mostrando la vigencia de los modelos iberos y estos mismos se aplicaron en la explotación de nuevas tierras, como queda demostrado en el caso de la colonización de la depresión Víboras-Guadajoz, realizada en esas mismas cronologías mediante núcleos tipo “oppidum” netamente ibéricos.
Marisa Suárez Consuegra.

Inés Pérez López dijo...

Lo que se ha dicho sobre los límites en otros comentarios nos sirve para ubicar algunas prácticas rituales en las fronteras, y observar cómo están directamente relacionadas con la consolidación de los dominios territoriales de la ciudad. Según este planteamiento, el establecimiento de localizaciones externas para realizar rituales respondería a las necesidades de construcción activa de fronteras y su sanción sacra en modalidades ampliamente reconocidas en el Mediterráneo Antiguo. Con ello no pretendemos decir que todos los lugares de culto se encuentren en las fronteras del territorio, ni tampoco que esos espacios sacros liminales o limítrofes fueron los únicos que contribuirían a la sanción de los proyectos geopolíticos. Son frecuentes los lugares de culto que se emplazan en los principales oppida que ejercen de capitales de los territorios, como el santuario de La Luz en Verdolay, en la provincia de Murcia, el de La Serreta, en la de Alicante o el templo urbano de Edeta, en Valencia. De ese modo, el lugar de culto adquiriría la función de símbolo de identidad de la comunidad y favorecería la agregación social de las poblaciones locales.
Inés Pérez López.

Natalia Benavides Espínola dijo...

El decreto de Emilio Paulo de 189 antes de nuestra era, demuestra la autoridad de Roma para resolver problemas de dependencia entre comunidades indígenas, pero también que aquella autoridad y la incorporación del territorio provincial a Roma recogidos en los términos de los pactos “in fidem”, implican que las comunidades indígenas conservarán su núcleo urbano, sus estructuras de hábitat, su ordenamiento social y su organización económica tradicional. También la cultura material: hasta el 70% del total del material cerámico, durante la segunda mitad del siglo I después de nuestra era y como se ha documentado en recientes intervenciones en Porcuna, es de tipología y matriz ibera. Solo hay una excepción en esta realidad: la arquitectura vinculada con determinadas actividades productivas, en particular la industria del aceite de oliva que a partir del Siglo I antes de nuestra era generaliza el uso de características claramente romanas: mampostería regular, cubiertas con tégulas y uso del arco de medio punto.
Natalia Benavides Espínola.

Antonio Camacho dijo...

Aparentemente se mantenía la situación nacida del final de la II Guerra Púnica, de un ordenamiento político ibero, posiblemente evolucionando hacia escuetas magistraturas urbanas, donde el poder seguía en manos de quienes detentaban el control de la tierra. Con otras palabras, quienes impusieron el final de la huerta tradicional en Marroquíes fueron los mismos que dirigieron las nuevas plantaciones de olivos y quienes construyeron y administraron los complejos oleícolas que allí aparecen: la aristocracia de origen ibero, una definición más apropiada que oligarquía urbana, más propia del fenómeno municipal.
Y si eso sucede en una pequeña ciudad como la futura Aurgi, el caso es más llamativo en los grandes oppida como Castulo. Allí, las dos necrópolis que simultáneamente están en activo durante el siglo I después de nuestra era: Puerta Norte y Cerrillo de los Gordos presentan diferencias notables en su estructura y en la composición y cualificación de sus ajuares, algo que recuerda lo que ocurría en el mismo asentamiento durante el siglo IV antes de nuestra era con las necrópolis del Estacar de Luciano, Molino de Caldona, Los Patos o Baños de la Muela, donde se advertían importantes diferencias que se han interpretado como consecuencia de la presencia de diferentes linajes, en una estructura de pirámide clientelar propia de un gran centro como Cástulo.
Antonio Camacho.

Manuel Jesús del Moral dijo...

Una intervención arqueológica en plena Campiña de Jaén, puede ayudar a comprender esta contradictoria situación que no podemos concretar aún en algunos aspectos. Se trata de la necrópolis excavada en la localidad de Arjona, con una cronología que, a falta de confirmar algunos extremos debe situarse en el siglo I antes de nuestra era: la necrópolis de Piquía, que ha mostrado Pedro en el presente artículo.
En cualquier caso, en paralelo con esta situación en el poblamiento, es a partir de finales del siglo V y sobre todo en los inicios del siglo IV antes de nuestra era cuando se desarrollaron las autenticas necrópolis ibéricas. Una de ellas se excavó a comienzos del siglo XX cerca de Peal de Becerro, en un cerro frente al oppidum de Tugia, al otro lado del río Toya y a unos dos kilómetros de distancia. No podemos valorar la distribución espacial de la necrópolis pero sí la estructura de lo que es el lugar central de aquella: la cámara principesca.
Manuel Jesús del Moral.

Fernando Gálvez dijo...

Una de las innovaciones de la agricultura de este período de la historia fue el desarrollo de una estrategia que combinaba los cultivos de cereal y huertas con la arboricultura. Sabemos de la presencia de especies como la higuera o el granado, pero sin duda los protagonistas de este grupo son la viña y el olivar. La viña estaba presente en el medio natural desde mucho antes de ser explotada. Como planta domesticada se utiliza con intensidad creciente durante el período ibérico para la producción de vino. Tras la vendimia en otoño, en los meses fríos la principal tarea que requieren es la poda de los sarmientos. Esta labor de mantenimiento se realizaba con un útil llamado podadera. La forma de la podadera era la de una pequeña hoz, y es realmente la herramienta que se encuentra con más frecuencia en los poblados ibéricos. Sin embargo ello no se debe a la gran importancia de la viticultura, sino al hecho de que, cual si se tratara de una navaja multiusos, se empleaba para otras muchas labores cotidianas (cortar madera, podar otros cultivos leñosos, limpieza…). Solo a partir de época romana conocemos podaderas específicamente diseñadas para el trabajo en las viñas.
Fernando Gálvez.

Cristian Bermúdez Castillo dijo...

La cámara de Toya tiene planta cuadrangular y su interior se divide en tres naves longitudinales, la central abierta al Oeste presenta la única puerta de acceso. Las dos naves laterales a diferencia de la central están divididas en dos espacios cada una de ellas, el primero a modo de antecámara es el que comunica en ambos casos con la nave central. Los sillares de la construcción perfectamente labrados se montaron en seco y el espacio se cubrió con grandes losas que se apoyan en los muros de las estancias. Nichos rectangulares labrados en las piedras de los muros y un poyo corrido sirvieron de soporte para el ajuar. La cámara estaba cubierta por un túmulo que lo señalaba como un hito en el paisaje, algo muy similar a lo que ocurre en Galera, en Granada, donde el paisaje tumular se convirtió en una referencia del paisaje funerario aristocrático. Algo similar ocurrió en Cástulo con el monumento del Estacar de Robarinas, pero aquí la sepultura venía definida por una plataforma de piedra sobre la que se levantaba un monumento no conservado por causa del expolio del excepcional conjunto. Algo similar al caso de la tumba 200 de El Cigarralejo, en Mula (Murcia) definidas como de empedrado tubular por Emeterio Cuadrado, o al localizado mucho más recientemente en los Villares (Albacete) por Juan Blánquez. Tumbas de cámara y empedrados tubulares evidencian dos tradiciones diferentes, una en la zona de Cástulo y al Norte de la Loma de Úbeda, y otra en el río Guadalquivir y los afluentes que en dirección norte corren desde el sur, como ocurre con el caso de Toya.
Cristian Bermúdez Castillo.

Roberto Baquero Villatoro dijo...

El enterramiento en cámara lo encontramos en Castellones de Céal, junto al Guadiana Menor, aunque aquí la excavada por Fernández Chicarro presenta una sola nave, construida con mampostería y enlucida con cal, decorándose su zócalo con una guirnalda pintada en rojo. También fue cubierta, como en los casos citados, por un túmulo.
Otras tumbas de cámara han sido documentadas en Puente del Obispo, la Bobadilla o en las Eras de San Sebastián de la Guardia. Junto a la cámara se han definido otras tipologías de sepulturas. En Castellones, junto a la cámara, en un segundo nivel de rango de dificultad constructiva, se sitúa la tumba de fosa o tumba de pozo, con entrada por la cubierta y no por un lateral, como las documentadas en Baza o en Gil de Olid en Puente del Obispo. También se citan para Castellones otros tres modelos, en escala de rango constructivo, como son los empedrados tumulares, escasamente representados al Sur del Guadalquivir, la cista y el simple hoyo excavado en el suelo. En todo caso no puede hacerse una lectura directa entre rango constructivo y riqueza del ajuar, porque en ocasiones las tumbas de simple hoyo, en el mismo Castellones o en la necrópolis del Cigarralejo, han ofrecido un mayor número de vasijas griegas y otros elementos excepcionales. Y no hay que olvidar que cada necrópolis ibera ofrece diferencias significativas respecto a otras vecinas, lo que demuestra que cada oppidum estableció variables distintas para ordenar el paisaje funerario.
Roberto Baquero Villatoro.

María Rita Utrera dijo...

La historia de los iberos ofrece un buen ejemplo de las formas de articulación política correspondientes al modelo de ciudad-estado. Como en otras regiones de la cuenca del Mediterráneo, las unidades de adscripción territorial ibérica corresponden a regiones naturales de reducido tamaño. Ese es el paisaje que constituyó una pléyade de comunidades, con referentes espaciales y signos identitarios inscritos en el paisaje: desde fortificaciones y espacios sacros hasta el mosaico de campos de labor y redes de caminos que confieren una textura especial a cada territorio. Rasgos que los habitantes de un territorio tendrían como propios y les permitirían reconocer su lugar en el mundo.
María Rita Utrera.

Anabel Palacios Raya dijo...

Los restos de estructuras que se descubren nos informan sobre las casas, cómo se organizaban los espacios y cuál debía ser su función primordial en base al contexto material y a los equipamientos presentes; determinar el espacio “cocina” en una casa ibera, por ejemplo, resulta harto difícil dado el alto grado de multifuncionalidad que presentan los espacios de la viviendas iberas. El mobiliario y los artefactos nos aportan información sobre los objetos involucrados en las operaciones alimentarias, sean estas relacionadas con la preparación y elaboración, con el consumo o bien con el almacenamiento. Y los restos orgánicos nos ofrecen datos directos sobre los alimentos propiamente dichos, plantas y animales, o su tratamiento (tostado, cremación, marcas, patrones de despiece, residuos); pero también mediante los estudios de antropología física y los análisis de los elementos, es posible obtener pistas sobre la dieta de los individuos iberos que poblaban nuestras tierras.
Anabel Palacios Raya.

Laura Monteverde Rubiño dijo...

Si bien existen numerosos ejemplos de escultura y estatuaria ibéricas, orfebrería y objetos metálicos, así como de representación pictórica figurativa, fundamentalmente como decoración de vasos cerámicos, son pocos los casos que pueden relacionarse con algún estadio de la cadena alimentaria: a veces se identifican directamente alimentos, como los pescados del plato de cerámica de Edeta /Tossal de Sant Miquel (Valencia); en otros, procesos de producción u obtención de los mismos, como las escenas de labranza del cálato de Alcorisa (Teruel) , de recolección de granadas de una tinaja de Edeta /Tossal de Sant Miquel (Valencia) , de cacería del vaso Cazurro (Ampurias) o incluso de sacrificio de animales que vendría a ilustrar, por ejemplo, la figurita o exvoto de bronce del sacrificante de Bujalamé (Jaén) y, por último, productos ya elaborados, si consideramos como pastelillos lo que algunas figuritas o exvotos de bronce, tanto femeninos como masculinos hallados en los santuarios de Despeñaperros (Jaén) presentan en sus manos, a manera de ofrenda .
Laura Monteverde Rubiño.

Manolo Ruiz Lorente dijo...

Si para las cepas es época de sanear y limpiar, para el olivar es época de cosecha. Este árbol en su variedad silvestre (el acebuche) es también endémico en esta parte del Mediterráneo, y su fruto se consumía mucho antes de emplearlo para producir aceite. Los especialistas han discutido largamente sobre la posibilidad de determinar la fecha para los primeros olivos cultivados. El trabajo de recoger la aceituna no implica la utilización de herramientas susceptibles de dejar una huella material reconocible por la arqueología. La recolección se realizaría manualmente (lo que en el mundo rural denominan “ordeño”), sistema que evita causar daño tanto al fruto como al árbol. No obstante conocemos algunas imágenes de este trabajo en el mundo griego en las que se representan campesinos vareando los olivos, es decir, sacudiendo las ramas con una larga vara y recogiendo los frutos del suelo. Estos métodos, han sido los empleados en la agricultura tradicional del Mediterráneo hasta el advenimiento de la maquinaria especializada, apenas hace medio siglo.
Manolo Ruiz Lorente.

Emilio Cerezo Morales dijo...

Se dan casos de mecanismos estructurales y rituales muy diferentes en los distintos poblados, como ocurre con Cástulo, donde se han caracterizado varias necrópolis funcionando simultáneamente, Muchas menos diferencias se refieren al ritual de enterramiento, siendo general, desde el siglo VI antes de nuestra era, la incineración de los muertos, bien mediante la cremación del cadáver “in bustum”, en el que la pira y la estructura constructiva del enterramiento se realizaban en el mismo lugar aunque en dos fases distintas, y la cremación en “ustrinum”, en una pira funeraria desde donde los restos eran trasladados a la tumba y normalmente depositados en una urna cineraria. Mayoritariamente las tumbas son individuales, y sólo las tumbas más ricas y complejas desde el punto de vista constructivo contienen más de un individuo, a veces una madre y un hijo pequeño. Sólo las situadas en la cúspide jerárquica en el primer nivel presentan el cadáver de una pareja y en ocasiones, como pudiera suceder en Toya, de toda una familia. Lamentablemente conocemos muy pocas necrópolis excavadas en extensión y con el número suficiente de sepulturas para poder valorar con cierto detalle su estructura espacial.
Emilio Cerezo Morales.

Francisco García Plaza dijo...

Puede discutirse de las evidencias de olivo a partir de leños y semillas carbonizadas el carácter cultivado o no de la utilización de este árbol para la alimentación ibera, pero la arqueología ofrece otros indicios incontestables de la existencia de una olivicultura entre los iberos: las almazaras, instalaciones para la fabricación de aceite. Estas son en su mayoría sumamente sencillas: cubetas o balsas recubiertas de arcilla en las que se prensa la aceituna, a veces simplemente mediante pisado. Conocemos ejemplos en los que la eficacia de la extracción se incrementa moliendo primero el fruto e introduciendo luego la pasta resultante bajo una prensa. En ella la presión se ejerce con la ayuda de contrapesos, que pueden ser sencillamente bloques de piedra que penden del extremo de una viga. Debajo de la pasta de la aceituna se colocaba un bloque de piedra de forma circular con varios canalillos y un pico vertedor labrados para facilitar la recogida del líquido resultante. Conocemos piezas de este tipo en poblados ibéricos de Valencia (La Seña, Villares de Caudete), Andalucía (Castellones de Céal) o Cataluña, (Estinclells, Lérida) por poner algunos ejemplos.
Como ya se ha comentado, en casi todas las casas ibéricas había un espacio para transformar el cereal en harina. Sin embargo la producción de aceite no estaría tan extendida. Algunos investigadores han propuesto que la almazara, junto con el lagar o el molino harinero de mayor capacidad, son espacios que controlan y gestionan grupos minoritarios de cada comunidad, requiriendo contra prestaciones por su uso a los que no poseían almazara.
Francisco García Plaza.

Santiago Hernández Reyes dijo...

Partiendo de la casa y después de atravesar las tierras labradas, nos podemos referir ahora a las otras tierras situadas en la frontera del poblado con la naturaleza transformada: el monte. Esta es la reserva de combustible para el fuego, el territorio de caza y un recurso complementario, a veces el último al que recurrir en tiempos de escasez. La arqueología indica que con el paso a la etapa ibérica el porcentaje de huesos procedentes de animales salvajes (conejos, liebres, cérvidos, jabalíes…), se reduce hasta valores muy bajos. Mirando desde el imaginario asentamiento en el que iniciamos el recorrido, se nos puede ocurrir que el elenco de plantas y frutos que fueron aprovechados por los iberos quedaría muy incompleto, sin tener en cuenta que, como en otras sociedades agrarias, existió un vasto conocimiento sobre las propiedades de infinidad de especies silvestres. A decir verdad, es muy posible que la contraposición tan estricta entre las categorías de lo “salvaje” y lo “domesticado” que manejamos hoy día en nuestras vidas, no tuviera mucho sentido para la mentalidad de los iberos.
Santiago Hernández Reyes.

Elisa María Serrano dijo...

Con la llegada del buen tiempo el ritmo de la vida se aceleraría en el poblado ibérico, y sería preciso aprovechar cada oportunidad para obtener sus frutos. En los terrenos cultivados era el momento de sembrar de nuevo, esta vez con variedades de cereal de ciclo más corto como el mijo, la avena y algunas variedades de cebada. No son especies que tengan una gran representación en la evidencia arqueológica, aunque su papel es creciente a medida que el sistema agrícola ibérico se hace más complejo. La primavera es también la época de siembra de las leguminosas. A través de la arqueología hemos determinado el cultivo de lentejas (la especie que se identifica con mayor frecuencia), guisantes, habas, almortas y garbanzos. Algunas como todos sabemos son adecuadas para el consumo humano, y de hecho constituyen una importante fuente de proteínas. Como ya vimos la dieta ibérica incluye un porcentaje bajo de productos cárnicos, por lo que las leguminosas suplen estas deficiencias. No obstante, especies como las arvejas o los yeros son mucho más indigestos y su consumo reiterado podría ser fuente potencial de enfermedades, por lo que la opción preferente (pero no siempre posible) sería destinarlas a alimentar el ganado.
Elisa María Serrano.

Juan Carlos Espigares dijo...

Otro motivo importante para que los iberos cultivaran legumbres era su efecto beneficioso sobre el rendimiento de los campos. Al fijar el nitrógeno en sus raíces “recargaban” la fertilidad del terreno, algo muy necesario tras ciclos prolongados de explotación. Esto introduce un concepto importante en la estrategia de los agricultores iberos: la alternancia de cultivos. En un sistema de explotación muy elemental, en el que existe una gran cantidad de terreno virgen y probablemente un modo de vida no del todo sedentario, la tierra se rotura, se explota y cuando está exhausta se abandona para abrir un nuevo terreno. Pero para los iberos las opciones son más restringidas, los espacios y los territorios se van fijando, y las demandas de producción aumentan. Esto lleva a la rotación (los barbechos y el “año y vez” de nuestro castellano).
Juan Carlos Espigares.

Gabriel Román Cortés dijo...

El papel del ganado tanto para la alimentación como para el trabajo fue fundamental en la economía ibérica. Mucho antes, durante la Edad del Cobre, las comunidades peninsulares aprendieron a combinar los beneficios de la agricultura con los de una cabaña variada, que cubría múltiples necesidades gracias a muy diversos productos. Como en esos tiempos pretéritos, el ganado es fuente de leche y sus derivados, fibra para el tejido, fuerza de tiro para el transporte y la roturación de los campos, y fertilizante para el campo. En época ibérica no se producen grandes cambios, mas allá de la introducción de alguna especie nueva como el Gallus domesticus (gallos y gallinas), relacionada con la colonización fenicia. La gran mayoría de los animales documentados se reparten entre tres grupos fundamentales: bóvidos (vacas, bueyes), ovicaprinos (que es una manera rápida de decir ovejas y/o cabras) y suidos (cerdos). La diferente proporción entre ellos varía de un lugar a otro y no siempre, los arqueólogos bien los saben, debido a variaciones reales en la composición de los rebaños que se criaban. Pero cuando esa información no es sesgada, contamos con un buen indicador de la estrategia general de adaptación al medio de estas comunidades humanas.
Gabriel Román Cortés.

Luisa María Cepero Frías dijo...

Un caso excepcional para la Alta Andalucía es la necrópolis de Baza, donde el estudio realizado por Arturo Ruiz, Francisca Hornos y Carmen Rísquez, lo han convertido en paradigmático. Particularmente por la confirmación de que la relación entre estructura de la sepultura, tipo de ajuar y disposición espacial en la necrópolis es socialmente significativa, lo que ha permitido concluir la existencia de diferentes grupos o niveles sociales, hasta cinco, dos correspondientes a la escala interna del componente aristocrático y otros tres al grupo de los clientes. Una escala que representa la estructura de un grupo gentilicio clientelar, donde la jerarquía y la desigualdad en la riqueza de los ajuares y en su cualificación, y las relaciones espaciales de distanciamiento-proximidad entre los diferentes grupos, marcaban una ordenación de la necrópolis en una estructura organizada en torno a los niveles aristocráticos.
Luisa María Cepero Frías.

Gonzalo Segovia Cruz dijo...

En este periodo de tiempo había una cabaña ganadera en la que predomina el vacuno, siempre más exigente en cuanto a la extensión y calidad de los terrenos de pasto, que una basada en el ganado ovino. El cerdo se va convirtiendo poco a poco en la principal fuente de proteínas animales de la dieta doméstica. Resulta muy razonable la analogía con el papel que desempeñan estos animales en la economía rural tradicional como “despensa andante”, cuya matanza es una celebración clave del ciclo anual. Mención aparte merecen los équidos, categoría en la que encontramos especies poco productivas y costosas de mantener pero con una importante función social, como el caballo, frente a otras como los burros, más humildes pero esenciales para el acarreo y transporte de bienes y personas. Uno de los aspectos en los que mejor queda expresada la complementariedad de ganadería y agricultura es el del aprovechamiento del estiércol como fertilizante.
Gonzalo Segovia Cruz.

Fabián Arenas Correa dijo...

Está claro que las limitaciones de nuestro conocimiento sobre la alimentación de los iberos son muchas, aunque sí estamos lo suficientemente pertrechados de datos como para poder determinar los productos que consumían y las condiciones de su elaboración, así como de su consumo; pero no nos es posible precisar cómo se articularía o combinaría la preparación de los productos, su grado de elaboración, o cuál habría sido el resultado final de los guisos o platos. Tampoco estamos en condiciones de hablar de la frecuencia o la secuencia diaria que los iberos seguían para alimentarse, para comer, o qué comida era la destinada a cada momento del día. O quién tenía derecho a comer qué o de qué manera. Las incógnitas son, pues, muchas. Pero al menos podemos sentar las bases de una dieta y de una manera de comer. Podemos reunir un importante volumen de información suficientemente diversificada y complementaria, incluso con datos analíticos directos, pero que en la mayoría de los casos resulta difícil de gestionar esa información. Por otra parte, nos queda el recurso de la antropología y la etnología comparada para aproximarnos a situaciones y comportamientos que ni la arqueología ni las fuentes de información anteriores pueden solucionar, y que tienen más que ver con dinámicas culturales generales o incluso con procesos de toma de decisiones particulares de los mismos individuos.
Fabián Arenas Correa.

Miguel Gil Recio dijo...

La conclusión principal que se deriva del estudio de la necrópolis de Baza es que el estamento aristocrático había generado una doble escala para reflejar la contradicción que marcaba el ejercicio del poder en una sociedad que fundamentaba su acceso a la propiedad en la comunidad y que basaba la capacidad política de sus príncipes en la cantidad de clientes que les reconocían como patronos. Por esta razón la integración del estamento clientelar con el cuerpo aristocrático a partir de la práctica de la proximidad en la vida cotidiana y en la muerte era absolutamente necesaria, como también que los príncipes dispusieran de un cierto distanciamiento para visualizar su existencia. Un caso que puede relacionarse directamente con lo que conocemos para el espacio del hábitat es el de la Plaza de Armas de Puente Tablas donde también se definen tres niveles jerárquicos, dos escalados en la zona del caserío y un tercero, segregado del resto de la zona urbanizada, la residencia del príncipe, realmente un complejo palacial que expresa cómo la jerarquía que observábamos en la muerte era una consecuencia especular de lo que sucedía en la vida del oppidum.
Miguel Gil Recio.

Luis Cifuentes Muñoz dijo...

Muy cerca de Toya se investigó en 1998 una cámara sepulcral excavada en la roca de una pequeña colina situada en el corazón del valle del río Toya, enmarcada en un paisaje que define el límite de la Campiña Alta y la Sierra de Cazorla. La sepultura, completamente aislada, supuso el modelado de un pequeño cerro y la definición a partir de este trabajo de una plataforma de forma ovalada con 33 metros de eje principal y 22,5 de ancho. Sobre este óvalo se dejó en piedra caliza una estructura cilíndrica de 17 metros de diámetro en su base con un desnivel medio de 2,90 metros. Todos los elementos que definen su imagen exterior están pensados para que el sitio fuera visible desde cualquier punto del valle del río Toya. No hay intención de ocultar el sepulcro, al contrario, el objetivo de los constructores fue construir un hito en el valle.
En el lado oeste de esta construcción, una prolongación en codo, define el acceso desde el exterior hasta un espacio, igualmente tallado en el cerro-base, que constituye el enterramiento propiamente dicho: la cámara. La parte superior del tambor estuvo cubierta por una capa de enlucido que en ocasiones conserva un tono fuertemente rojizo por la utilización de una mezcla de óxidos de hierro. En el centro de la parte superior del túmulo se construyeron con una mezcla de arcilla y guijarros cubiertos con una depurada capa de arcilla de color ocre, dos plataformas cuadradas, concéntricas entre sí, con una altura bastante desigual pero en ningún caso sobrepasan los 30 cm. entre los dos niveles. Se trata en realidad de un “ustrinum”, una pira funeraria en la que se utilizó como combustible madera de pino y encina, y lentisco para el encendido, en un único acto ritual donde se incineraron dos cadáveres colocados en paralelo sobre la pira.
Luis Cifuentes Muñoz.

Mercedes Romacho Guerrero dijo...

En este tiempo hay que pensar en un mundo sin abonos industriales, en el que la única estrategia posible para incrementar artificialmente la fertilidad de la tierra era el aporte de materia orgánica. Una sencilla estrategia utilizada desde tiempo inmemorial es la de hacer pastar a los rebaños en los barbechos o los campos de rastrojo, ya segados, controlando incluso el dónde y cuánto tiempo por medio de rediles. Pero la arqueología sugiere que otra práctica ampliamente utilizada a lo largo y ancho del Mediterráneo habría consistido en transportar el estiércol y otros residuos desde las zonas habitadas (establos, pozos negros, vertederos…) a los campos, sobre todo a las zonas de huertos cercanas al asentamiento. Un indicador de ello sería la gran cantidad de cerámicas rotas y otros restos que, mezclados con el abono, son finalmente encontrados durante las prospecciones arqueológicas. Hasta ahora esta posibilidad apenas ha sido valorada en el caso de la cultura ibérica, aunque la realidad es que en ciertas regiones encontramos una verdadera “alfombra” de restos que más allá de los asentamientos, aparecen por doquier en los campos. Sean o no restos de estercolado, lo cierto es que estos indicios no alertan sobre el hecho de que el uso y la transformación del paisaje por parte de los grupos humanos en todo tiempo es variado y complejo, y que la huella material que nos deja es mucho más amplia (y a la vez difícil de interpretar) de lo que a menudo nos imaginamos. Por otro lado, el estudio etnográfico de comunidades rurales tradicionales también sugiere un importante uso del estiércol en otras tareas como un material plástico que, combinado con arcilla, podía ser empleado para sellar, enlucir e incluso pavimentar. Es además una fuente alternativa de combustible para los hornos y hogares.
Mercedes Romacho Guerrero.

Carlos Alberto Valero dijo...

Una cuestión ampliamente debatida en relación con el ganado es la de los desplazamientos a través de territorios extensos. Al igual que ocurre en Italia, en nuestra península la complementariedad entre valles amplios y resguardados y zonas de montaña ofrece una oportunidad para contar con pastos aptos durante todo el año. El problema que esto plantea es que, en el contexto político fragmentado del mundo ibérico, eso conllevaría circular a través de diferentes jurisdicciones territoriales. No está claro que tal cosa fuera posible. Por otro lado la arqueología se ve muy limitada para localizar a los pastores, ya que su mundo material (enseres, aperos) es, por la naturaleza de este trabajo, escaso y elaborado con elementos
perecederos. Es por tanto muy especulativo definir el alcance y recorrido de esas rutas ganaderas, y resulta peligroso apoyarse demasiado en los datos que aporta la historia medieval y moderna referentes a la Mesta. Lo más probable es que se produjeran desplazamientos temporales de alcance medio, lo que tradicionalmente se denomina transtermitancia. Finalmente hay que decir que los iberos fueron pastores de animales…y de insectos.
Carlos Alberto Valero.

Beatriz Rosillo Martínez dijo...

La apicultura o cuidado de las abejas fue uno de los trabajos desarrollados por estos pueblos, tal y como atestigua la arqueología. La evidencia más clara son las colmenas. Como ya escribieron los tratadistas de agricultura del mundo antiguo, estas pueden ser elaboradas de muy diversos materiales, siendo uno de los menos recomendables la cerámica. Paradójicamente las leyes que imponen la perdurabilidad de los objetos hacen que sean estas las únicas que han sobrevivido. Tenemos abundantes ejemplos de estas piezas, elaboradas a torno, en diversos poblados del área valenciana (como por ejemplo el Puntal dels Llops). Eran de forma cilíndrica, abierta por ambos lados, con una longitud de no más de un metro y con un diámetro de unos 25centímetros. En la cara interna tienen profundas incisiones, realizadas para facilitar la fijación de los panales. Se tapaban por los extremos con yeso, cerámica, corcho o madera, sellando los huecos con estiércol y tierra, y dejando unos orificios para el paso de las abejas. Algunos de estos detalles los podemos deducir de la comparación con colmenas de barro que han seguido utilizándose en el Mediterráneo, casi sin variaciones formales, hasta un pasado muy reciente.
Beatriz Rosillo Martínez.

Fernando Amador Carrillo dijo...

A la luz de las evidencias de que disponemos podemos afirmar, de manera generalizada, que la dieta ibérica se basaba en el consumo de cereales. Es decir, que el componente fundamental de las comidas, el elemento recurrente de guisos y preparados era el cereal, con diversas variaciones y complementos. El cereal que mayoritariamente se documenta en los hábitats ibéricos es la cebada, que hoy en día no reconocemos como un cereal vinculado a la alimentación humana puesto que su valor nutricional es menor que el del trigo y no resulta tan apto para la elaboración del pan; pero sí, en cambio, para la preparación de bebidas fermentadas como la cerveza, o para forraje. El trigo, en sus variantes desnuda o vestida (como el almidonero y la escaña), aparece también con asiduidad, sobre todo la primera variedad, que se relaciona más directamente con el consumo humano. Su valor nutritivo queda fuera de toda duda: fuente de energía primordial ante el esfuerzo físico continuado debido a su contenido en hidratos de carbono y vitamina E, también es fácil de digerir. Otros cereales reconocidos en los hábitats ibéricos, aunque a un nivel mucho menor, fueron la avena o el mijo, que si bien pueden ser consumidos por los hombres, se relacionarían mejor con la alimentación animal.
Fernando Amador Carrillo.

Juan Manuel Salguero López dijo...

En la cultura ibérica no existían fechas específicas para dedicarse a la construcción de nuevas viviendas. Hemos dejado para este punto el tema más por sentido común, aunque en estas sociedades la primavera evoca la formación de los nuevos hogares. Por otra parte no es menos cierto que la gran mayoría de la arquitectura ibérica tiene un carácter privado: los constructores son albañiles, arquitectos y futuros moradores a la vez. Esto supone que el tiempo dedicado a esta actividad no puede entrar en conflicto con las demandas del calendario agrícola en general, la arquitectura ibérica utiliza técnicas y materiales sencillos, optimizando las posibilidades del entorno. No se documentan grandes obras de cimentación, aunque la adaptación a espacios de ladera con acusada pendiente obliga a realizar voluminosos aterramientos.
Juan Manuel Salguero López.

José Antonio Lechuga Abellán dijo...

Las legumbres también jugaron un papel destacado en la nutrición ibérica dado su alto valor proteínico, que complementa a la perfección los hidratos de carbono aportados por los cereales. Las más importantes fueron la lenteja y el guisante, seguidas por el haba, la almorta, la arveja, el yero, y muy esporádicamente el garbanzo. Otro grupo de vegetales documentados es el de los frutos, complemento también, a nivel nutritivo, de los hidratos de carbono (cereales) y las proteínas (legumbres) por su contenido en grasas y azúcares. El fruto por excelencia en el mundo ibérico fue la bellota, procedente de la recolección en encina o derivados, cuyas evidencias como alimento de consumo humano, sobre todo como harina, son claras. La granada y el higo aparecen también en el registro arqueo-botánico, sin que pueda determinarse con absoluta certeza si proceden de recolección o cultivo.
José Antonio Lechuga Abellán.

Virginia Robles dijo...

Como en toda sociedad agraria, en la ibérica el momento de mayor actividad para el campo era el de la cosecha. Puede decirse que del éxito de la misma dependía la supervivencia de toda la comunidad, y que la sombra del hambre (con su consiguiente ciclo de enfermedad y mortandad) planeaba sobre todos si los elementos se aliaban para arruinarla. Que esto sucediera no era nada improbable, pues en el mundo ibérico no se contaba con grandes medios para prevenir la escasez. Históricamente tan solo a partir del siglo XVIII se vio libre Europa de las hambrunas, y no hay más que verlas noticias diarias para darse cuenta de la fragilidad aún hoy de la subsistencia de millones de personas. Sin embargo ante la eventualidad de una sucesión de malas cosechas podían hacerse algunas cosas. La más obvia era almacenar alimentos a largo plazo, sería necesario ver como lo hacían los iberos. Otro importante mecanismo de defensa era fomentar la diversidad de las producciones agrícolas. La idea es sencilla: si se cuenta con una variedad de recursos, aunque uno o varios fallen, será posible apoyarse en otros. De esta manera en el espacio agrícola no existían los monocultivos de grandes extensiones (aunque se dieran algunas producciones de una única especie orientadas a la exportación). La mayoría de la gente trabajaba una combinación de diferentes tipos de cereal, frutales, huertos y pastos. Es razonable pensar además que la localización de esos cultivos también intentara minimizar riesgos: la tormenta que arrasa los sembrados de una zona puede pasar de largo en otras. Finalmente, nos parece importante el terrazamiento y recortes en el terreno.
Virginia Robles.

Jesús Ordóñez Leyva dijo...

Suponemos que las colmenas se colocarían apiladas horizontalmente, buscando una ubicación idónea en las zonas en las que las abejas pudieran disponer de las plantas más adecuadas para la producción de miel. Las pequeñas instalaciones apícolas, de carácter doméstico, podían emplazarse en los terrados o en la cercanía de las casas. Nos parece interesante pensar en el hecho de que, como ocurre con las modernas colmenas, esto determinaría la elección de localizaciones aisladas en los montes. Esto ofrece un nuevo ejemplo de cómo la explotación del medio natural esparce pequeñas cantidades de artefactos mas allá de los lugares habitado El trabajo de la miel en el tiempo de los iberos podría haber dejado otros testimonios materiales, como la castradera para la extracción de los panales, de la que conocemos algún ejemplar elaborado en hierro, o los embudos y otros recipientes de cerámica para el filtrado y refinado. En cuando al almacenaje, se ha dicho con insistencia que existe un tipo de recipiente en el repertorio cerámico ibérico diseñado para esta función específica. Se trata del kalathos, cuya forma se parece bastante a un sombrero de copa invertido.
Jesús Ordóñez Leyva.

María Victoria Romero dijo...

En Toya los restos fueron colocados en dos urnas, procurando que cada una de ellas contuviera los de cada uno de los dos individuos, un hombre y una mujer. El que se trató de un único acto queda demostrado en que parte de los restos óseos de ambos individuos se mezclaron entre sí, y aunque los oficiantes de la ceremonia intentaron separar los de cada uno de ellos en una urna diferente, no lo hicieron de manera completa. Ambas urnas fueron depositadas al fondo de la cámara, junto a un pequeño banco de arcilla depurada construido en el exterior en un único bloque. La entrada a la cámara está marcada por un dintel de piedra soportado por dos ortostatos. A la altura del dintel se colocaron otros dos ortostatos que lo sostienen y enmarcan la primera parte de la cámara creando una entrada lateral en codo. Por último, se colocó un betilo, que debió constituir un hito que señalaría el acceso a la cámara. La tumba no es especialmente rica, salvo en la construcción porque exigió una inversión de trabajo descomunal, algo que podría ser consecuencia de un antiguo expolio, pero tampoco podemos descartar que este no existiera. No es este un dato general porque en otros lugares, como en Cástulo, una estructura de cámara de similar cronología, escavada por Blanco, en este caso con tres incineraciones, contaba con un clásico ajuar principesco con panoplia guerrera compuesta por lanza y espada, caldero de bronce, un “thymiaterion” con representaciones de Hathor, trípodes, asadores y un broche de cinturón.
María Victoria Romero.

Andrés Rodríguez Ballesta dijo...

Existe abundante documentación sobre el cultivo de la vid y el olivo. A pesar de que los ejemplos de almazaras son numerosos, parece que el uso del aceite en el mundo ibérico no tuvo un carácter excesivamente culinario, y su producción habría que vincularla a un uso en calidad de combustible, lubricante o incluso cosmético-medicinal; de hecho, en la batería de cocina ibérica no aparecen con asiduidad utensilios relacionados con la fritura, y habrá que esperar hasta la consolidación de la hegemonía romana para hallarlos de manera generalizada. Por su parte, la vid sería ya cultivada desde el período ibérico antiguo, aunque no es hasta los siglos V-IV antes de nuestra era cuando la producción parece expandirse; sin duda, se destinaría a la fabricación de vino, aunque tampoco hay que descartar un consumo directo de los granos como fruto.
Andrés Rodríguez Ballesta.

Gonzalo Olmedo dijo...

El caso de Toya es buen ejemplo de las tendencias que se desarrollaron a partir de este momento y que dieron lugar entre el Siglo VI antes de nuestra era y fines del siglo V antes de nuestra era, a tumbas con enterramiento doble, aisladas o con pocos o ningún enterramiento en su entorno. El momento es de gran interés porque confirma un desajuste consensuado con el mundo de los vivos, ya que al tiempo que los príncipes mostraban su mayor aislamiento en el paisaje funerario, en el territorio se estaba fortaleciendo el sistema de clientela al imponerse un modelo de poblamiento exclusivamente formado por oppida. Sin embargo era evidente que los años inmediatamente posteriores tenían que ajustar el espacio funerario al modelo social que implicaba el nuevo patrón de asentamiento, toda vez que los aristócratas poseían ya la legitimidad, y quedaba como un lejano sueño la pretensión de construir un poder sacro que hiciera de los aristócratas dioses al margen del cuerpo social. El desarrollo de los modelos de poder de tipo heroico, la estructura político parental de la clientela y las redes de vecindad creadas en el oppidum, terminaron por dar la forma al paisaje funerario, pero para ello hizo falta un último acto que diera entrada de nuevo a la comunidad al espacio funerario creado por los príncipes.
Gonzalo Olmedo.

Juan Pedro Gallego dijo...

En cuanto a la carne, fuente primordial de proteínas, los iberos complementaban su dieta con ella, pero el uso de los animales como alimento no fue tan importante como su empleo en calidad de fuente de energía (tiro y transporte) o como productores de derivados. La cabaña que se documenta con mayor asiduidad en los contextos ibéricos y, en consecuencia, fuente de carne a consumir en primera instancia, es la ovicaprina: así nos lo indican los numerosos restos de cabra/oveja hallados en los poblados, con marcas de cortes o despiece, claramente indicativos de consumo. Otro grupo presente en los contextos es el bovino, que si bien fue efectivamente consumido por los iberos, su cría y uso hay que relacionarlo asimismo con las labores del campo, como animal de tiro y transporte. En ambos casos, también se podría contar con productos lácteos como la leche de cabra, de oveja o de vaca, así como sus derivados (queso y mantequilla, por ejemplo, que podrían haber sido elaboradas en los famosos “toneles” de cerámica ibérica).
Juan Pedro Gallego.

Mari Loli Castro López dijo...

Sabemos que la crianza del cerdo fue intensa en época ibérica, sobre todo a partir del siglo IV antes de nuestra era, cuando se detecta un incremento de la explotación del cerdo en los hábitats, lo cual lo convertirá en la segunda especie en importancia; como es bien sabido, del cerdo se aprovecha prácticamente todo, y es casi seguro que la motivación fundamental de su crianza fuese la del consumo cárnico. A un nivel casi testimonial, habría que mencionar la presencia de aves de corral. Existe, sin embargo, un animal que entraría igualmente en el grupo de la fauna doméstica, cuyo consumo también está documentado pero del cual no podemos confirmar una cría sistemática con finalidades alimentarias: se trata del perro, con ejemplos claros de consumo, aunque de manera esporádica y seguramente relacionados con prácticas rituales. Otra fuente de aportación cárnica, complementaria, fue la caza, cuyos indicios es posible detectar tanto a partir de la iconografía presente en la cerámica, la escultura y la orfebrería (como, por ejemplo, las escenas del vaso Cazurro o de los relieves de Porcuna), como por los restos de fauna hallados en los yacimientos. Sabemos de la caza, y consumo, de ciervo, jabalí, cabra montesa, perdiz y conejo, siendo este último el animal que aparece con más frecuencia en el registro arqueozoológico relacionado con la caza.
Mari Loli Castro López.

José Francisco Molina Ramos dijo...

En las fases más antiguas de los túmulos sevillanos de Setefilla, durante el
siglo VII antes de nuestra era, la presencia de las gentes de la comunidad se legitimaba en su pertenencia a un linaje y por ende a la comunidad aldeana, en las nuevas necrópolis el espacio funerario había sido privatizado por los príncipes y la presencia de las tumbas de gente de la comunidad exigía la existencia de un pacto de fidelidad para con el aristócrata que permitiera alcanzar el gentilicio de aquel y con ello se alcanzaba la legitimidad que les permitía incorporarse al espacio de la muerte cuando esta llegara. Aparentemente la presencia en las necrópolis se justificaba en el parentesco por el uso del gentilicio, pero en la práctica se lograba por su conversión en clientes. Un detalle lo confirma: en ningún momento sus tumbas se depositaron bajo el túmulo que cubría la tumba principesca. Los objetivos que los aristócratas habían logrado en los siglos anteriores, apropiación del túmulo y el enterramiento familiar en cámara, no se pusieron nunca en cuestión.
José Francisco Molina Ramos.

Bernabé Morcillo Fuentes dijo...

En Cerrillo Blanco de Porcuna, en el mismo lugar donde en la segunda mitad del siglo V antes de nuestra era se construyó y posteriormente se destruyó y enterró, el monumento ibero más importante de los conocidos hasta ahora, se localiza un túmulo funerario. La estructura tenía diecinueve metros de diámetro y estaba delimitado por lajas de piedra. Encerraba el túmulo un total de veinticuatro tumbas de fosa y una de cámara de planta poligonal. Todas seguían el rito de la inhumación y eran individuales, salvo la cámara que tenía un enterramiento doble: un hombre y una mujer. Se podía analizar una distribución de los enterramientos según el género como ya se había constatado en el túmulo A de Setefilla. Sin embargo en Cerrillo Blanco la cámara formaba parte del proyecto constructivo inicial, es decir el enterramiento doble no se impuso sobre el túmulo destruyendo parte de las tumbas de la necrópolis de base porque, desde un primer momento, se reservó un espacio excéntrico del círculo para ubicar en él la cámara y se marcó un espacio de respeto en torno a ella en el que no se excavó ninguna tumba. Es posible incluso que fueran los enterrados en la cámara los que inauguraron el espacio fúnebre.
Bernabé Morcillo Fuentes.

Jesús Bueno García dijo...

El túmulo en Cerrillo Blanco reúne muchos de los ingredientes que serán moneda común en la emergencia de las aristocracias ibéricas. El primer factor a valorar lo constituye el enterramiento de una pareja (hombre-mujer) en la cámara, lo que no deja lugar a dudas del papel que está cobrando el linaje en el seno de la nueva sociedad, pero sobre todo que el hacer visible la estructura de parentesco a través de la aparición de la pareja de antepasados, pretende ordenar el espacio funerario. Se hace patente la oposición entre lo representado por el grupo de tumbas individuales, donde la legitimación del linaje descansaría en el conjunto de mujeres, y la asociación cámara-pareja que también reclama la legitimación del linaje. A mediados del siglo V antes de nuestra era la recuperación del espacio funerario del túmulo para cuidadosamente enterrar un conjunto de esculturas que representa la historia del linaje confirma el éxito del segundo de los modelos expuestos, porque confirma el tiempo largo que el lugar tendrá para la historia funeraria del grupo. En todo caso, es este el primer capítulo, si se quiere la introducción a lo que fue la sociedad aristocrática ibera de la Alta Andalucía, una historia de largo recorrido, cuanto más largo mejoren la legitimación de un linaje.
Jesús Bueno García.

Andrés Arenas Gallego dijo...

Es difícil pensar que el aristócrata-oligarca enterrado ocho siglos después en Los Robles conociera la larga genealogía que había definido las relaciones sociales, en el tiempo y el espacio, pero de lo que no cabe duda es que cuando creó la necrópolis en su propiedad, en el centro mismo de la tierra, estaba pensando en un tiempo más largo, igual que sucedía en Piquía. Es posible que sus comportamientos y actitudes públicas fueran básicamente romanos, pero también que en el ámbito privado y en sus relaciones con “su casa”, es decir con sus clientes y con el verdadero poder, el que reside en la tierra, su pensamiento y desde luego su modo de vida, continuara siendo el de un ibero.
Andrés Arenas Gallego.

Aurelio Herranz dijo...

El pescado debe también considerarse como un aporte complementario en cualquier régimen alimentario, el cual se localiza en ámbito ibérico, aunque con un peso muy menor, tanto en contextos interiores fluviales como costeros. Existen indicios evidentes de pesca, y del consiguiente consumo de pescado, a partir del hallazgo de instrumental (anzuelos y pesos) o de representaciones pictóricas como las de Edeta /Tossal de Sant Miquel (Valencia), anteriormente mencionadas. Los restos hallados en algunos yacimientos, que se conservan con dificultad, permiten reconocer la presencia de anguila, dorada y sepia como especies más destacadas. Sin embargo la batería de cocina ibérica a veces no ofrece muestras de utensilios necesarios para la elaboración de algún alimento concreto o desarrollar una modalidad de preparación determinada (caso de las frituras); el caso del pescado podría muy bien entrar en esta excepcionalidad, puesto que no se conocen en cerámica ibérica las ollas o cacerolas que deberían ser la contrapartida de las citras o cacabos grecorromanos y púnicos destinados, precisamente, a la preparación del pescado. De los alimentos derivados del pescado tendrían un peso importante los preparados en salmuera y las salazones, como productos elaborados de cierta calidad y exquisitez.
Aurelio Herranz.

Enrique Henares dijo...

Sin duda alguna el agua fue la bebida por excelencia de los iberos, necesaria para la existencia y obtenible como recurso natural directo a partir de ríos y manantiales, o instrumentalizada su obtención por el ser humano a partir de la construcción de fuentes, pozos o aljibes. Quizá también fuera consumida con cierta frecuencia la leche de cabra, por sus importantes propiedades alimenticias y digestibilidad. No obstante, las bebidas de cuyo consumo hay claros indicios, tanto directos como indirectos, son el vino y la cerveza .En cuanto al vino, las primeras evidencias de consumo proceden de las ánforas vinarias fenicias orientales, del siglo VIII antes de nuestra era, halladas en el Castillo de Doña Blanca (Cádiz); y un siglo más tarde, de distribución de vino importado desde el ámbito del Estrecho de Gibraltar como muestran los ejemplos de ánforas fenicias occidentales y de la parafernalia conectada con su consumo en Aldovesta o Sant Jaume-Mas d’en Serra (Tarragona).
Enrique Henares.

Patricia Ramírez dijo...

A partir del siglo VI antes de nuestra era, hace su aparición el vino griego (ánforas procedentes de Quios, Corinto y Masalia) e incluso etrusco, y ya a partir de los siglos V- IV antes de nuestra era el vino producido en la isla de Ibiza, y en la Magna Grecia y Sicilia, momento también en que los vasos importados relacionados con su consumo (jarras, cráteras, enocoes, cílicas y copas) van siendo más frecuentes en los yacimientos. Su producción en ámbito local se documenta ya a inicios del siglo VI antes de nuestra era en Alt de Benimaquía, aunque no será hasta los siglos V-IV antes de nuestra era cuando hallaremos muestras más generalizadas de producción en el mundo ibérico: la Illeta de Banyets (Alicante), Kelin /Los Villares de Caudete (Valencia) y su territorio, Edeta /Tossal de Sant Miquel o La Monrovana (Valencia), serían buenos ejemplos de espacios productivos. Sin embargo, hay que tener presente que el vino no sería una bebida, en principio, accesible a todas las capas de la población, y que los caldos importados estarían restringidos a una élite, entre la que se difundiría el ritual diacrítico del simposio, como banquete y espacio de relaciones sociales.
Patricia Ramírez.

Pablo Hernández dijo...

La piedra, en pequeños bloques irregulares, suele ser la base de los muros, para dar solidez y aislar de la humedad en las construcciones de viviendas. Sin embargo la mayoría de los alzados se construyen con tierra. Esta puede aplicarse empleando un molde o encofrado de madera que se va alzando a medida que van fraguando las sucesivas tongadas (tapial), o en forma de ladrillos secados al sol que luego se traban con arcilla. Para evitar el deterioro de las paredes se recubren con un enfoscado, a veces con una sencilla decoración pintada. La mayor parte de los pavimentos son sencillas superficies de tierra apisonada, aunque conocemos ejemplos de empedrados, enlosados de adobes o decoraciones con conchas y guijarros. Las cubiertas son de vigas de madera, rellenándoselos huecos con cañizo y paja. Un examen atento de los restos de los derrumbes ha inducido a plantear que en algunos poblados las casas no estarían rematadas con techumbres a dos aguas, sino con un terrado plano similar al que se utiliza en la arquitectura tradicional de algunas regiones del Norte de África o en la Alpujarra granadina. Como ya se ha comentado estos espacios se aprovechaban como una parte más del ámbito doméstico en la vivienda ibera. Por lo que respecta a algunos detalles técnicos, como los sistemas de ventilación o drenaje, la gran mayoría de las casas carecían de ellos. El humo salía por entre las rendijas de la cubierta, y otras pequeñas aberturas en la base de los muros servían de aliviaderos en caso de que se acumulase el agua de la lluvia. Apenas hay evidencias de sistemas para la gestión de los residuos, y es muy posible que la principal solución consistiera en el acarreo periódico hacia los bancales de cultivo en torno al poblado.
Pablo Hernández.

Juliana Lindes dijo...

Me parece importante resaltar otra faceta de la estrategia del ibero agricultor: la diversidad genética de las especies vegetales, en su adaptación a las diferentes calidades de los suelos. Esta se conseguía a través de la selección directa por parte de los agricultores de la simiente para la siembra.
Por lo que respecta a la siega de los cereales, la herramienta principal que se utilizaba era la hoz. Durante milenios estos útiles se habían elaborado engarzando varias piezas de sílex con filo cortante en un enmangue de madera. Pero con la generalización de la metalurgia del hierro empezaron a utilizarse hoces de este material, con la hoja de una sola pieza, que engancharía con el mango mediante remaches o con una espiga. Se han recuperado muchas en las excavaciones de poblados, y la verdad es que su diseño se mantiene sin apenas cambios hasta que fueron sustituidas por las segadoras mecánicas en el siglo xx. Hay que tener en cuenta que con este sistema de siega se recolectan a la vez espigas y tallos, que van juntos a la era para el proceso de trilla.
Juliana Lindes.

Esperanza Vilches dijo...

Existen en la agricultura tradicional otras herramientas para recoger el cereal que serían difíciles de reconocer a través de la arqueología. Se trata de dos palos de aproximadamente 50 centímetros unidos en un extremo por una cuerda. Utilizando este sistema las espigas se recolectan por separado, dejando los tallos en el campo para su siega con otras herramientas, como la guadaña. Así la paja, en lugar de ser triturada por el trillo, puede emplearse en un sinfín de necesidades de la vida diaria. Las gavillas del cereal tenían que ser procesadas en un corto espacio de tiempo para dejar el grano a buen recaudo. Esta es otra de las tareas universales de toda sociedad agraria, aunque la verdad es que las evidencias que tenemos para el caso ibérico son más bien indirectas. La paleocarpología y la paleoetnobotánica enseñan así a reconocer la huella de estas tareas en función de las partes de la planta que se identifican en los restos arqueológicos y su frecuencia relativa (sí hay en cambio testimonios arqueológicos de la trilla en diversos lugares y períodos, desde el Neolítico del Próximo Oriente hasta la Grecia Clásica). Así pues la descripción de este proceso es más una reconstrucción basada en analogías.
Esperanza Vilches.

Nuria Ferrer Yelamos dijo...

La cerveza podría haber sido una bebida más popular debido a la accesibilidad del producto base la cebada y también por su relativamente fácil proceso de elaboración, que puede realizarse a nivel doméstico. Se tiene constancia de su presencia en ámbito ibérico únicamente a partir de los análisis de residuos realizados en algunos contenedores aparecidos en yacimientos, como por ejemplo en Alorda Park (Tarragona) o Moleta del Remei (Tarragona), los cuales nos informan sobre la existencia de una bebida elaborada en base a la fermentación del cereal. Se ha supuesto tradicionalmente que algunos vasos típicos del repertorio de la cerámica ibérica, como el famoso vaso con borde vertedor inferior o los embudos, podrían haber estado relacionados con dicho proceso de elaboración; sin embargo, las evidencias analíticas no lo corroboran puesto que sólo se ha detectado en recipientes de almacenaje.
Nuria Ferrer Yelamos.

Manuel López Palomo dijo...

El objetivo de la trilla es separar, como se dice coloquialmente “la paja del grano”, así como retirar la cascarilla que recubre a este último, en el caso de los cereales vestidos. La técnica más simple es la percusión, amontonando las espigas y golpeándolas con un objeto pesado y contundente. Ya hablamos del uso de morteros de piedra y madera, y existe una herramienta específica, el mayal, consistente en una vara larga de la que pende, enganchado con una caperuza de hierro o cuero, un madero grueso y corto con el que se sacude la parva. No sabemos si este apero se utilizaba en época ibérica, ya que no se ha identificado ningún resto que se le pueda atribuir. Otra técnica basada en la percusión sería el pisoteo de la paja y el grano haciendo pasar reiteradamente sobre él a unos animales (bueyes, mulos, caballos…). Este proceso requiere un espacio más amplio, que se denomina era. Puede consistir simplemente en una zona explanada y limpia sobre la que depositar la parva, o disponer de un acondicionamiento más cuidado, con suelos empedrados y bien delimitados, construcciones auxiliares… el problema es que como estas instalaciones se localizan en las afueras de los poblados es muy difícil que puedan ser documentadas por la arqueología (hay en todo caso ejemplos en asentamientos prehistóricos, de la Grecia clásica, época romana y por supuesto del medioevo).
Manuel López Palomo.

Rodrigo Pedraza García dijo...

La alfarería es una de las muchas actividades artesanales que se desarrollaron en esta etapa histórica, siendo sin duda una de las más relevantes por la vasta utilización de los productos cerámicos en los más diversos ámbitos de la vida cotidiana. Uno de los grandes cambios que se producen en este trabajo durante la Edad del Hierro es el desarrollo de un proceso de fabricación especializado y complejo, que implica la existencia de talleres desde los que se abastece a gran número de personas. El torno de patada es otro de los cambios tecnológicos importantes que se generalizan en el periodo ibérico (ya se ha hablado en otros comentarios de otra variante del aprovechamiento de este movimiento de giro continuo: el molino rotatorio). Con este sistema se incrementa el ritmo de la producción en los alfares y los resultados se hacen más homogéneos, aunque no llegamos a ver el régimen industrial de los grandes talleres de época romana. Después del torneado y antes de la cocción las vasijas recibían diversos tratamientos. Las de uso más común recibían sencillos alisados para eliminar imperfecciones, y en algunos casos un baño en arcilla líquida denominado engobe. También en la tecnología del fuego los iberos adoptan importantes innovaciones. Desde mucho antes las piezas de barro se cuecen en sencillos hoyos practicados en el suelo, cubriéndolos luego con el combustible, revestido a su vez en ocasiones con una capa de arcilla.
Rodrigo Pedraza García.

Elías Crespo Zayas dijo...

Una bebida alcohólica de la cual tenemos constancia es el hidromiel o vinagre de miel, cuyos restos se han documentado en ánforas ibéricas procedentes de los poblados de Puig Castellar (Barcelona) o Edeta /Tossal de Sant Miquel. Se ha hablado poco de lo dulce y lo salado, de la miel y de la sal. La miel se nos presenta como un alimento de alto valor nutritivo, con múltiples aplicaciones, entre las que destaca el hecho de ser el edulcorante por excelencia de la antigüedad; pero también resulta un buen conservante o incluso cabe destacar sus propiedades medicinales. Las evidencias para considerar la presencia de la miel proceden de la identificación arqueológica de colmenas. Sin embargo, si bien hay que pensar que su uso y consumo habrían sido corrientes a lo largo de la época ibérica, no es hasta un momento avanzado, ya en el período ibérico tardío, con la presencia de Roma, que se documenta un aumento de colmenas. Igualmente interesante es la tradicional asociación de un vaso tan típico y característico del repertorio de la cerámica ibérica como es el cálato o “sombrero de copa” con la miel. Se plantea que podría haber sido el contenedor para su almacenaje y transporte, o para conservas con base de miel: la fosilización de la forma, que se transformaría en un identificador primario, la diversidad de formatos, y la prolífica y variada decoración de que hace gala, han llevado a pensar que se trataría siempre del mismo producto, o de algo con él relacionado, con una calidad también digna de diferenciación.
Elías Crespo Zayas.

Marcos A. Molina Valenzuela dijo...

La técnica de trilla que puede ser más familiar para todos nosotros es la frotación. Consiste en triturar la parva con una serie de filos cortantes (de piedra o metal) engastados en un soporte de madera parecido a un trineo del que tira un animal, recorriendo circularmente una y otra vez la era. Este tipo de apero ya se empleaba en Mesopotamia, y en el Mediterráneo occidental contamos con piezas prehistóricas de piedra tallada que muestran el desgaste característico de dicha actividad. Los romanos lo denominaron tribulum, y su uso se preservó en la Península. En el caso ibérico la arqueobotánica se sirve de las diferencias en la composición de los restos vegetales (qué partes de la planta y qué especies se documentan) para plantear de un modo indirecto la existencia de esta práctica. Aunque nunca se han recuperado restos de un trillo, lo cierto es que existe abundante material lítico de este período que podría corresponder, entre otras, a esta tarea agrícola. Cuando se trillaban conjuntamente los tallos y las espigas, el resultado era una mezcla de grano, paja machacada, cascarillas y otras partes de la planta. Había que limpiar y separar el cereal cribándolo y aventándolo. Esta última labor consistía en lanzar al aire el producto de la trilla con ayuda de una pala (bieldo es el término tradicional), dejando que el viento se llevase las partes más volátiles. El cereal limpio estaba entonces listo para su almacenaje.
Marcos A. Molina Valenzuela.

José María Maldonado dijo...

El escaso control de las técnicas de cocción de la cerámica que los iberos poseían, sobre la atmósfera de cocción, provocaba entradas de aire y cambios de temperatura, unas incidencias que se traducían en una coloración y calidad irregular de la cerámica. El tono dominante de las pastas es el gris, debido a la limitada presencia de oxígeno durante el proceso. En la Edad del Hierro empiezan a construirse hornos de estructura más compleja. En ellos se diferencian claramente dos elementos. En primer lugar, en la base se habilita un espacio específico para introducir y quemar el combustible, que de este modo no entra en contacto directo con las piezas. En segundo lugar, se crea un compartimento para depositar las vasijas que se van a hornear. El calor pasa desde la zona de combustión a través de una serie de orificios practicados en el suelo de la cámara de cocción (que se denomina así “parrilla”). En algunos casos esos agujeros se han descubierto taponados por piedras o fragmentos cerámicos, demostrando que los artesanos ibéricos controlaban cuidadosamente el proceso de horneado de su cerámica.
El espacio para la cocción podía contar con una apertura para la carga de los cacharros, aunque en ocasiones esta labor se realizaría directamente desde el extremo superior de la cámara, cerrándola luego con una falsa cúpula de arcilla. En su parte más alta este cierre tendría un orificio que permitiría controlar el tiro de las llamas y el calor, un medio más utilizado para regular las condiciones de separación de la cámara de cocción y el combustible en dos espacios bien diferenciados.
José María Maldonado.

José López Ortuño dijo...

Al final del verano llegaba la hora de cosechar otros frutos como la uva. Al igual que ocurría con la poda, la recogida de la uva se realizaría con herramientas de funcionalidad genérica como cuchillos y otros útiles afilados de hierro, aunque conocemos algunos ejemplares de corquetes, que son como pequeñas hoces de hoja curva y enmangue de madera. Una vez recolectado, el fruto se transportaba a los espacios de producción vinícola. Las instalaciones dedicadas a este fin se denominan lagares. Contamos con ejemplos bien documentados desde el inicio de la cultura ibérica. El caso más antiguo hasta ahora conocido es el ya mencionado de Alt de Benimaquía, y ya en plena etapa ibérica encontramos restos en asentamientos como l’Illeta dels Banyets (Alicante), o Sant Miquel de Llíria (Valencia). Todas estas estructuras tienen dos elementos básicos: una balsa para el pisado de la uva, y una cubeta conectada con esta a una altura inferior en la que se acumulaba el mosto. En los lagares construidos en el interior de espacios habitados estos receptáculos se construían con adobes o piedra revestida de arcilla. Sin embargo también conocemos ejemplos, como el de Las Pilillas (Requena, Valencia), en el que las cubetas están directamente talladas en la roca viva. Como es bien sabido el producto del pisado se denomina mosto. Es posible que en los lagares más antiguos éste se dejara en la cubeta inferior durante varios días para una primera fermentación. Posteriormente sería envasado en ánforas o tinajas parcialmente cerradas, en las que permanecería durante unos cuarenta días antes de estar listo para su consumo.
José López Ortuño.

Marisol Bustos Hita dijo...

La sal es un elemento indispensable para la vida, condimento de primer orden de las co-midas y también para la conservación de los alimentos. Pero como en el caso del agua, no disponemos de evidencias directas sobre su consumo cotidiano, sino que sabemos por referencias en los textos clásicos grecorromanos para qué se usaba y cómo podía conseguirse. Así, es de suponer que los iberos podían haberla obtenido de yacimientos de sal gema, como el de las famosas minas de Cardona (Barcelona), las cuales podrían relacionarse con referencias que sobre la sal aparecen en los textos de Tito Livio y Estrabón; o también del litoral marítimo, zonas de albufera, marismas o deltas, que confirmarían la presencia de espacios destinados a la producción de salazones en el área costera. Igualmente la sal podría haber sido objeto de intenso comercio.
Un cordial saludo para todos.
Marisol Bustos Hita.

Esperanza Luque dijo...

Aún hoy existen en la Península grandes extensiones de dehesa, en las que la bellota es una fuente de alimentación esencial para el ganado, sobre todo porcino. Sin embargo es muy probable que a muchos les resulte extraño pensar en este producto fuese parte de la alimentación cotidiana de los humanos. Autores como Juan Pereira nos han enseñado que ese estigma es una herencia de penurias pasadas, que choca con la abrumadora evidencia del consumo de bellotas a lo largo de la Prehistoria y Protohistoria peninsular. Esta no sólo consiste en abundantes restos orgánicos, sino también en manifestaciones artísticas en las que se la representa con profusión. Lo que es innegable, en todo caso, es que la bellota no es tan apta para la digestión humana como los cereales más panificables, y que además contiene en su composición algunas toxinas, como los taninos, que es preciso eliminar. Una vez logrado esto la forma de consumo más común sería en forma de harina, bien para la elaboración de gachas o para preparar masas en forma de tortas o panes.
Saludos.
Esperanza Luque.

Mencía Cascallana dijo...

Resulta difícil afirmar que existieran cocinas en el mundo ibérico. O al menos cocinas tal y como ahora las entendemos, es decir, espacios especializados, dentro de las casas, destinados a la elaboración y preparación de los alimentos, en donde es posible encontrar todos los utensilios relacionados con el proceso. Si bien el mundo clásico se acercó ya a este modelo, sobre todo en casas acomodadas o de cierta posición (como nos muestran algunos ejemplos de Pompeya), entre los iberos el uso del espacio doméstico presenta un importante grado de multifuncionalidad que impide otorgar aisladamente o en exclusividad una sola actividad específica a cada lugar en la mayoría de los casos. No obstante, en algunas casas en que se registra una compartimentación del espacio ciertamente compleja, la convergencia de diferentes elementos (presencia de un hogar, batería de cocina o utensilios diversos) ha llevado a proponerla existencia de espacios efectivos de preparación y elaboración de alimentos, pero no especializados.
Mencía Cascallana.

Juan Villegas Megías dijo...

Hay indicios claros de hornos situados en el exterior, en calles o plazas, como los del Puig Castellet (Girona) o El Oral (Alicante), pero también dentro de departamentos de dimensiones mayores, los cuales habrían tenido un carácter colectivo. En cuanto a los demás equipamientos, existen estructuras de mampostería, como las banquetas corridas, que podían ser lugares tanto de descanso como de colocación o almacenamiento de objetos a la manera de una repisa; tampoco hay que descartar la existencia de estanterías o mobiliario de madera. Asimismo, se han documentado estructuras aisladas, también de mampostería, de forma cilíndrica o cúbica, que se relacionan con la molienda; al igual que algunos conjuntos de lajas dispuestas sobre el piso, en los rincones. Tanto en las estructuras elevadas como en los enlosados se ubicaría un molino, y su cometido sería, en el primer caso, facilitar la operación de molienda y también la recogida del producto, mientras que en el segundo, habilitar un espacio en que la recogida y aprovechamiento del producto fuese más eficiente De hecho, la molienda parece haber sido, entre los iberos, una de las labores más importantes relacionadas con la alimentación , algo del todo comprensible si tenemos en cuenta que la base de la dieta era cerealista.
Juan Villegas Megías.

Alberto Millán Zurita dijo...

Me pregunto ¿cuáles serían, pues, los elementos que de manera más o menos segura nos ayudarían a definir un espacio de “cocina”? En primer lugar, tendríamos los equipamientos propios de un sitio donde hay que preparar comida, a saber, superficies o estructuras sobre las que sea posible manipular o transformar alimentos; pero por encima de cualquier otro elementos estarían los hogares, a veces simples puntos de combustión, pero mayoritariamente lugares bien delimitados donde tener un pequeño fuego controlado o un conjunto de brasas. En el hogar se guisaban los alimentos, se les daba su formato comestible final, pero también era un punto de luz y calor para la familia, de reunión, a cuyo alrededor se articulaban muchas de las vivencias cotidianas del grupo familiar, lo cual trascendía la simple función culinaria del fuego. Los hogares de los iberos, fuesen éstos eventuales o fijos, se disponían sobre los suelos de tierra de las casas; en los casos fijos, encontramos formas rectangulares y ovales, con preparación a base de capas, a veces con estructuras o paredes elevadas a la manera de las tahonas norteafricanas, que delimitaban el espacio de combustión, que incluso podían presentar decoración. También se tiene constancia de hornos, identificables por la presencia de los restos de la cúpula de adobe que los cubría o bien por una base elevada de piedras. Pero pensar que cada grupo doméstico sería autosuficiente respecto de las estructuras de combustión necesarias para elaborar todos los alimentos resulta un tanto problemático.
Alberto Millán Zurita.

Juan Manuel Quiñones dijo...

Cuando se acercaba de nuevo el invierno y era imperativo asegurar las reservas alimenticias hasta la siguiente cosecha, y la simiente para la nueva siembra. ¿Qué soluciones adoptaron los iberos para afrontar este problema? La arqueología ha sacado a la luz numerosas estructuras dedicadas al almacenaje de granos a lo largo de toda la geografía ibérica. La mayoría fueron dedicadas a guardar la producción cerealística, aunque las soluciones dependieron mucho de la cantidad y la finalidad del depósito. Quisiera insistir en esta idea: cada tipo de trabajo de la vida cotidiana se planea y ejecuta de maneras muy diferentes atendiendo a las razones que lo justifican. Podemos pasarnos la vida describiendo pintorescas escenas de iberos arando la tierra, pastoreando con sus ganados o cocinando junto al hogar, sin realmente ofrecer una explicación de porqué se adoptaron unas estrategias y técnicas u otras. Para eso tenemos que mirar más allá del día a día y analizar el progreso general de las formas de organización social y económica del mundo ibérico a una escala amplia. Con ese esquema en mente, podemos ahora pensar en las razones de la gente para almacenar.
Juan Manuel Quiñones.

Bosco Zorrilla Povedano dijo...

El molino era una pieza fundamental, usado para triturar tanto el cereal como algún fruto, como la bellota, y obtener harina panificable o bien destinada a la elaboración y aderezo de guisos. Si bien los molinos podían ser del tipo más sencillo, de vaivén o barquiforme, el más extendido y usado fue el molino rotatorio, quizá una invención precisamente ibérica, que se documenta en la Península Ibérica desde el sigloVI antes de nuestra era, y que nada tiene que ver con los molinos típicos de las culturas mediterráneas: se trata de un conjunto de dos piezas de piedra, circulares, una muela activa sobre otra pasiva, que forman un cuerpo cilíndrico; con ayuda de un mango, se activa manualmente el movimiento rotatorio de la muela superior: el cereal introducido por el eje superior queda triturado y es escupido por la juntura intermedia.
Bosco Zorrilla Povedano.

José Luis Ávila Garzón dijo...

Pensando en lo que se podía considerar la batería de cocina ibera, si bien no hay que descartar la existencia de calderos o potes metálicos (como los documentados en Kelin /Los Villares de Caudete), la pieza por excelencia entre los iberos destinada a la elaboración y cocción de los alimentos fue la olla de cerámica, hecha a mano o a torno; se trata de tarros de perfil cóncavo-convexo o medianamente globular, y base plana. La olla se complementaba con tapaderas troncocónicas con un asa o agarradero en la punta; algunos ejemplares presentan un orificio en la pared, seguramente pensado para la salida de los vapores generados por la cocción. El uso de ambas piezas fue generalizado, con ejemplos en todos los hábitats del ámbito ibérico. Pero además, en función de su forma resulta posible obtener pistas inequívocas tanto de las modalidades de cocción más usuales utilizadas por los iberos como sobre los alimentos y los guisos teóricamente resultantes: la olla se colocaba sobre la superficie del hogar y se rodeaba de brasas, recibiendo así el calor más intenso por los lados; la tapadera ayudaba a mantener la temperatura y el ambiente necesarios para la cocción de los alimentos en el interior, que no debía de resultar muy uniforme.
José Luis Ávila Garzón.

Fernando Garcés Vázquez dijo...

A partir de los alimentos que se han ido enumerando en los diferentes comentarios y del tipo de vasija usada para su preparación, hay que pensar que el resultado final sería el de un preparado semisólido a base de vegetales (cereales y legumbres), con agua y quizá leche, muy parecido a las gachas, en que podrían incorporarse o combinarse legumbres y piezas de carne alternativamente, a la manera de guisados o cocidos. Tal apreciación la confirmarían en cierto modo las cerámicas destinadas al consumo, que se nos presentan mayoritariamente dominadas por formas de cuenco y escudilla, de diferentes tamaños, y que son precisamente las vasijas ideales para servirse y comer, individual o colectivamente, estos tipos de guisos. Otra modalidad de cocción, que ha sido documentada, por ejemplo, en El Tossal Montañés (Teruel) o El Castellet de Bernabé (Valencia), es la que se realizaba depositando los alimentos sobre las paredes de los hornos y soleras de los hogares, sobre todo destinada a la elaboración de panes ácimos o tortas: se disponía la masa preparada directamente sobre la superficie caliente, donde se cocía.
Fernando Garcés Vázquez.

Ángel Luis Castillo Vargas dijo...

El hallazgo, aunque no muy extendido, de asadores, parrillas (metálicas o de cerámica) y morillos (también cerámicos) en contextos domésticos nos da indicios de asado o tostado, sobre todo de carnes o pescados. Sin embargo, en algunos yacimientos, a partir del siglo IV antes de nuestra era, se detecta la presencia de cerámicas culinarias ajenas a la tradición ibérica, conectadas con el mundo mediterráneo (griego y púnico). Se trata de ollas y cazuelas con base convexa y asas, las cuales necesitarían de hornillos o algún tipo de llar para situarse sobre el fuego, y que nos indican otras modalidades de cocción en que predominaría el hervido. Si bien a partir del siglo III antes de nuestra era algunas de estas cerámicas son imitadas por los alfareros ibéricos, indicio claro de que su uso había comenzado a difundirse, no será hasta la llegada de los romanos que estas modalidades de cocción se irán imponiendo.
Ángel Luis Castillo Vargas.

José Alfredo Prieto Valera dijo...

Quizá también se tenga que considerar la aparición de los morteros como uno de los útiles más utilizados para la preparación de la comida ibera. Piezas tradicionalmente destinadas al triturado y machacado de los alimentos, e involucradas en la preparación de los ingredientes de los guisos o salsas, parece que deberían relacionarse, en primer término, con la parafernalia del consumo del vino, para preparar y mezclar los condimentos a él asociados. De hecho, en su mayoría, se trata de piezas importadas (de origen griego y púnico), a pesar de aparecer en el repertorio cerámico ibérico.
José Alfredo Prieto Valera.

María Victoria Montero dijo...

Pienso en primer lugar en la estrategia de almacenaje de una familia para garantizar la satisfacción de sus necesidades nutricionales básicas a lo largo del año hasta la recolección de una nueva cosecha. Como ya se ha comprobado en excavaciones, la despensa es un elemento presente en casi todas las viviendas ibéricas, ya fuera como un espacio independiente, ya como una zona de la vivienda de un solo ámbito. La diversidad de los productos almacenados determina una amplia gama de recipientes. Como siempre en nuestro medio mediterráneo, los realizados con materiales perecederos sólo han llegado hasta nuestros días cuando un incendio los ha carbonizado o una sequedad extrema los ha momificado. Es fácil suponer que existirían contenedores de madera, cuero o tela. En algún caso se ha sugerido la existencia de compartimentos delimitados por muretes de poca altura, parecidos a los trojes de los almacenes de grano tradicionales. Sin embargo casi lo único que ha sobrevivido al paso del tiempo es la cerámica. Con dicho material los iberos fabricaron grandes contenedores con capacidades medias de entre 30 y 40 litros. Su uso primordial sería el almacenaje de áridos como el grano de cereal, aunque algunas variantes como los toneles son diseñados ex profeso para contener líquidos. Una gran mayoría tienen la pared exterior lisa, apenas recubierta con una fina película de arcilla líquida (engobe). Sin embargo en muchos casos estas ánforas y tinajas se recubren con una rica decoración pintada. En cuanto a los sistemas de cierre, hemos encontrado piezas conservadas in situ junto a tapaderas o tapones de yeso. Se depositaban semienterradas en el suelo, o se apoyaban en pasillos y despensas.
María Victoria Montero.

Juan José Moya Sánchez dijo...

No sabemos mucho sobre la manera en que comían los iberos: las fuentes escritas no nos hablan de ello y en las viviendas no parece definirse un lugar concreto y especializado donde consumir la comida a la manera del triclinio grecorromano, dado el importante grado de polivalencia que muestran las estancias de las casas ibéricas. Y, sin embargo, el consumo, la situación y el modo en que los individuos toman los alimentos, comen y beben, es el momento culminante y más importante de todo el proceso alimentario. El acto y la práctica de comer y beber en la misma mesa o entorno pueden corresponder tanto a acciones rutinarias relacionadas con la supervivencia como también entenderse en clave de celebraciones extremadamente eficaces para el establecimiento, consolidación y reproducción de la estructura y relaciones sociales de los grupos humanos. Desde los momentos iniciales de la vida, la alimentación es un acto biológico, pero también un acto social que sirve para formar lazos de identidad, afectivos y de pertenencia, donde intervienen y se encuentran múltiples circunstancias de orden nutritivo, comunicativo, dietético, religioso, estético e incluso gastronómico. La conducta alimentaria se despliega, pues, bajo la influencia de un gran número de factores biológicos, psicológicos, ambientales, sociales y culturales, lo cual lleva a considerar el acto alimentario comensal como una acción sujeta a una serie de ritos a pesar de su aparente simplicidad.
Juan José Moya Sánchez.

Elvira Molinero Martínez dijo...

La comida y la bebida en el marco del banquete son la expresión del consumo comunitario, pero, al mismo tiempo, también el vehículo de un lenguaje simbólico específico, escenario para la representación y manipulación de las relaciones sociales, así como de dominio de la acción política. La celebración festiva con un propósito específicamente conmemorativo, de representación o de diferenciación que se refleja en el acto de compartir los alimentos entraña, en consecuencia, una evidente significación normativa expresada mediante unas pautas rituales o ceremoniales, como bien queda reflejado en el caso particular del simposio griego. Esta forma de actividad social centrada en el consumo comunitario de comida y bebida con un propósito concreto o con objeto de una ocasión especial, es una actividad simbólicamente diferenciada de la que se desarrolla de manera cotidiana en términos de acción y propósito.
Elvira Molinero Martínez.

Alba María Sanz dijo...

Si entendemos el concepto de comensalidad como el conjunto de principios que rigen las medidas o disposiciones relativas al acto y la acción de comer, y aplicamos tal definición de manera estricta al mundo ibérico de la Península Ibérica, habría que tener en cuenta una primera distinción basada en la consideración cualitativa del acto, es decir, en la existencia de una comensalidad de orden excepcional (vinculada a las celebraciones y los banquetes) y otra cotidiana. Ésta última, que se establece y desarrolla en el marco del hogar, del grupo doméstico, ha de corresponder a una codificación más de las relaciones de consumo que se establecen dentro de dicho grupo, es decir, la determinación de las partes que controlan y gestionan los alimentos, la manera en que se organiza el proceso de consumo terminal y los criterios culturales relacionados con la percepción de las necesidades nutricionales atribuibles a los diferentes miembros del grupo doméstico.
Alba María Sanz.

Jaime Pajares Márquez dijo...

Los sistemas de almacenaje aseguraban la conservación de alimentos, pero sólo a medio plazo. La razón es que en estos contenedores es difícil mantener controlados algunos factores que son determinantes para frenar la caducidad: la humedad y las plagas que se ceban en el grano. El almacén doméstico puede convertirse en algo más sofisticado. Todos hemos visto alguna vez un hórreo: un edificio pequeño y exento, elevado sobre cuatro pilotes que lo aíslan del suelo. Las paredes tienen orificios y rendijas que permiten la circulación del aire, para mantener una atmósfera ventilada en el interior. En lugares como Francia o Inglaterra se han localizado vestigios de construcciones independientes de este tipo datados en la Edad del Hierro (bueno, en realidad lo que queda de ellas es apenas algo más que cuatro agujeros redondos en el suelo que servirían de base para los pilotes).
Jaime Pajares Márquez.

Herminio López Gómez dijo...

En el mundo ibérico los almacenes de granos tipo hórreo son construcciones de gran tamaño, destinadas como ya se ha referido a concentrar los excedentes de toda una comunidad en ese oppidum. Estos edificios se reconocen por la forma de sus cimientos, consistente en una serie de muros colocados en paralelo y a una corta distancia, que sirven de base para un entarimado de madera. Se consigue así una circulación del aire controlada en el interior de estos almacenes, reforzada con aperturas también en las paredes. El cereal se acumularía en sacos de tela, y junto con él se concentrarían e incluso procesarían otros productos como la carne. Los ejemplos más elocuentes que ha documentado la arqueología proceden del poblado ibérico de la Moleta del Remei, en la provincia de Tarragona, aunque existen otros casos en Cataluña, la Meseta Sur (Alarcos, Cerro de las Cabezas de Valdepeñas) o la costa alicantina (Illeta dels Banyets)
Herminio López Gómez.

Josue Diéguez dijo...

La comensalidad cotidiana de los iberos no sería otra cosa que una manifestación más de las relaciones de poder y diferenciación que se establecen en los hogares de los grupos domésticos. Pero ¿tenemos indicios de banquetes en el mundo ibérico que puedan interpretarse en este sentido? ¿Y sobre las relaciones de comensalidad que se establecían en el interior de las casas de los iberos? Para el primer caso, quizá sirvan como ejemplo más destacado los restos del banquete detectados en la fosa 362 del Mas Castellar de Pontós, construida sobre las ruinas del poblado fortificado poco después del abandono de éste en el siglo IV antes de nuestra era. En la excavación se identificaron diferentes fases de deposición a partir de pequeños cambios en el proceso de vertido según el contenido de los mismos y el grado de conexiones entre los restos cerámicos y faunísticos, los cuales corresponderían a actos separados: la primera fase, que ocupaba la mitad inferior de la fosa, contenía gran parte de los restos de consumo de carne y un número importante de vasos cerámicos usados (vajilla de mesa destinada al servicio y consumo de líquidos, sobre todo copas del escifo); mientras que la segunda, o nivel superior, estaba formada por un sedimento ceniciento, con mucho carbón y residuos siderúrgicos, que cerraba la fosa. El contenido presentaría, pues, indicios claros de un comportamiento pautado entre el consumo cárnico y la bebida a lo largo de la secuencia del ágape, es decir, que nos encontraríamos ante un banquete cuyas partes se presentarían bien definidas e incluso ritualizadas. Esto ha llevado a los excavadores a interpretar que la actividad que originó la fosa fue la de un banquete entre dos colectivos de igual rango social, relacionados con el “gremio” de los herreros, y que sirvió posiblemente para cohesionar las relaciones sociales establecidas entre las personas que participaron en él.
Saludos de Josue Diéguez.

Bernardo José Atienza dijo...

Cuando nos acercamos a estudiar los intercambios en el mundo antiguo sabemos que obtendremos, por fuerza, una visión reducida: podemos sospechar la existencia de intercambios de servicios, pero el registro arqueológico únicamente nos proporciona evidencias del intercambio de bienes concretos, que es lo que resulta accesible por la propia naturaleza del registro arqueológico. Así que, más que el intercambio en su totalidad, lo que podremos analizar es la circulación de bienes concretos, algo de por sí bastante complejo.
Para nuestra sociedad contemporánea, el intercambio o comercio es sobre todo una actividad económica que se caracteriza por la concentración de productos, servicios, y materias primas en las manos de especialistas que aseguran su distribución y se imponen como intermediarios entre el productor y el consumidor.
Estos especialistas obtienen un beneficio de este trabajo, que es su principal motivación. La relación directa entre el productor y el consumidor es cada vez más rara. En las sociedades antiguas, no industriales, el intercambio pudo tener un significado completamente distinto. A menudo no puede reducirse a una dimensión económica, aunque ésta pueda estar presente. En estas sociedades, el intercambio de bienes o de servicios es, sobre todo, una forma de crear los lazos sociales. Esta función prioritaria se entremezcla con otras, pero frecuentemente es la más importante. Por tanto, el intercambio es a menudo un medio para crear jerarquías, para estructurar las sociedades.
Bernardo José Atienza.

Rocío Mata Cienfuegos dijo...

Cabe preguntarse respecto a lo que sucedería en el interior de las casas, pues resulta difícil de determinar a la luz de los restos arqueológicos conocidos, pues si bien un banquete es de por sí un acto excepcional y puntual en el tiempo, cuyos restos pueden quedar fosilizados, la misma dinámica cotidiana del “comer en casa” enmascara los detalles de dichas acciones a pesar de su recurrencia. Lo cual se complica aún más si tenemos en cuenta que los objetos hallados en los contextos arqueológicos no son siempre el resultado de una “fotografía” exacta de lo que allí sucedía en el momento en que los habitantes del lugar abandonaron el sitio. En este sentido, el registro de los objetos y los equipamientos en los espacios destinados a la elaboración y consumo de alimentos, su reconocimiento, podría servir de punto de partida para pautar un comportamiento mínimo común que, en cada caso, se construiría de manera diferente en función de las relaciones establecidas dentro del grupo doméstico y sus necesidades. Podemos aproximarnos y dar forma a la comida de los iberos, a los recipientes en que la preparaban y los vasos en que la consumían, pero llegar a determinar quién comía qué, de qué manera, en qué cantidad, qué posición ocupaba y lo que tales actos cotidianos significaban es ya harina de otro costal, que no conocemos.
Rocío Mata Cienfuegos.

Mari Carmen Martín dijo...

En el caso de la necesidad de preservar los alimentos por un tiempo más largo y a una escala aún mayor, lo cual exigía un cerramiento hermético, se acudía a realizar otro tipo de construcción para almacenaje de comida. En el mundo ibérico esto fue sinónimo de un sistema en particular: el silo. Es cierto que a una escala doméstica estas estructuras pueden representar el esfuerzo de una familia por contar con una reserva estratégica para casos de necesidad. Pero en contextos concretos los silos formaban grandes agrupaciones en puntos estratégicos para encauzar la producción cerealista hacia el comercio mediterráneo, con Emporion y Rhode como puertos de salida. ¿Cómo se construían? Era preciso en primer lugar buscar un tipo de terreno impermeable y estable, adecuado para prevenir filtraciones de aire y humedad. Se excavaba en el suelo una oquedad, la mayoría de las veces de forma panzuda y boca estrecha, que en los silos más grandes podía alcanzar unos cinco metros de profundidad. Antes de introducir el cereal se regularizaban las paredes y se recubrían primero con arcilla y luego con paja. A fin de dejar el menor número posible de huecos entre los granos se apelmazaban, y finalmente se sellaba el depósito con una capa de paja y arcilla. Era necesario que se consumiera todo el oxígeno del interior para lograr una atmósfera estable, en la que el producto pudiera conservarse por largo tiempo. No obstante, y en esto la etnografía acude en nuestra ayuda, una fracción del contenido, la situada más cerca de las paredes del silo, germinaba y quedaba inutilizable. Sólo el grano situado en la parte central conservaba bien sus propiedades y era el más preciado. Este sistema de almacenaje sería el utilizado quizá en el Yacimiento Los Pozos de Lahiguera.
Saludos para todos.
Mari Carmen Martín.

José Manuel Puerta Jover dijo...

Los iberos intercambiaban entre ellos, pero también con diversos grupos griegos, púnicos y, más tarde, romanos. Las cráteras áticas aparecidas en la necrópolis de la Cuesta del Parral en Arjona pueden ser buena prueba de ello. Estos intercambios unían por tanto a individuos que podían provenir de ambientes próximos, pero también de regiones muy distantes. De orígenes muy diversos, cada uno de los actores de estos procesos de intercambio se vio impulsado por motivaciones específicas.
Las motivaciones, separando cuidadosamente las de los comerciantes, que transportaban mercancías hacia el litoral mediterráneo de la Península Ibérica y del sur de la Galia y las de sus interlocutores iberos. Este razonamiento se basa en los datos del registro arqueológico, que siempre necesita de una interpretación, una especie de “traducción” que permite pasar de la observación de los restos a un discurso histórico sobre estas sociedades. Este proceso es bastante específico. Se pueden hacer dos consideraciones: la primera es que, cuando estudiamos sociedades tan distantes de nosotros como las iberas, es necesario mantener la humildad y una mente abierta, al tiempo que debemos intentar no proyectar sobre ellas nuestra lógica contemporánea. Desde este punto de vista, la mejor garantía suele ser no separarse excesivamente de los datos arqueológicos, no forzarlos, y no añadir lo que falta para configurar un modelo que nos parezca sugerente. La segunda advertencia es que cada día se produce el descubrimiento de nuevos datos arqueológicos, de modo que toda síntesis puede quedar obsoleta con bastante rapidez.
José Manuel Puerta Jover.

Bárbara Llanes Carrero dijo...

Cada grupo cultural produce un cierto número de objetos a partir de prácticas y técnicas que le son propias por el desarrollo cultural del pueblo. Así, la cerámica de pasta clara o beige, fabricada a torno y decorada con pintura rojiza es sin duda uno de los objetos más relacionados con los iberos. Si identificamos en el territorio de un grupo cultural un objeto fabricado mediante tradiciones tecnológicas de otros lugares, podemos argumentar que ha sido llevado hasta allí mediante el intercambio: así, si encontramos una cerámica de barniz negro y de figuras rojas en Alicante, podemos estar bastante seguros de que esa cerámica ha llegado hasta allí mediante el intercambio, desde Grecia o el sur de Italia. La ventaja del material arqueológico es que puede contabilizarse, y por tanto pueden cuantificarse las aportaciones ligadas al comercio (por ejemplo, una décima parte de la cerámica encontrada en tal asentamiento de la provincia de Alicante viene de Grecia), y se puede de esta forma estudiar el flujo del intercambio comercial, la inserción de una comunidad en el negocio mediterráneo. Otra ventaja del material arqueológico es que su forma nos indica su función: un ánfora, por ejemplo, no tiene más función que el transporte de alimentos, es un contenedor sin valor por sí mismo, al contrario que una copa que es un utensilio que sirve para beber y tiene por tanto un uso cotidiano.
Saludos para los lectores de este extraordinario blog.
Bárbara Llanes Carrero.

Humberto Alcalá Ruiz dijo...

El problema que se presenta siempre, cuando alguien quiere analizar los intercambios es que el lugar donde descubrimos un objeto es aquél donde se utilizó por última vez, ya sea porque se rompió o porque se depositó en una tumba o en un santuario. Por tanto, el objeto en sí no nos dice nada sobre el trayecto que ha seguido o las prácticas de intercambio que permitieron su circulación: el comercio, y la redistribución. Para explorar el ámbito del intercambio, es necesario trabajar con los restos arqueológicos dejados por la actividad. Estas huellas pueden ser de dos tipos. En algunos casos, ciertos espacios se dedican específicamente al intercambio, como nuestras plazas de mercado o centros comerciales. Normalmente a determinados tipos de intercambio le corresponden ciertos restos específicos. El intercambio comercial se apoya frecuentemente en un sistema de pesos y medidas por lo que para llevarlo a cabo hacen falta balanzas y pesas. Con bastante frecuencia el intercambio comercial también viene acompañado por el desarrollo de normas que facilitan las transacciones. La moneda, estándar universal de valor, es una. La metrología, que permite saber con precisión qué cantidad de producto se compra, es otra.
En las sociedades que utilizaban la escritura, algo que entre los iberos se produce a partir del siglo V antes de Cristo, la actividad del comercio conllevaba la redacción de documentos de varios tipos: cartas, registros contables, intermediarios, etc. Trabajar sobre estos elementos y sacar conclusiones de su ausencia en el registro arqueológico nos permite abordar diversas cuestiones relacionadas con el intercambio.
Saludos.
Humberto Alcalá Ruiz.

Julián Casas Sola dijo...

Entrando en el tema del intercambio comercial de los iberos, es necesario decir que a la hora de estudiar el área ibérica es preciso distinguir entre tres tipos de intercambio. En primer lugar, el que ha sido con mucho el más estudiado: el comercio a larga distancia, que unía a los iberos con individuos procedentes de otras esferas culturales, como griegos, púnicos o romanos. Estos intercambios implicaban el desplazamiento de objetos a escala continental y son por tanto muy visibles en el registro arqueológico: es difícil pasar por alto una cerámica ática de barniz negro dentro de un conjunto de cerámica ibérica...
El segundo tipo de intercambio se refiere a los productos fabricados en el mundo colonial occidental. En este caso, el producto viaja dentro de distancias más reducidas desde un punto de vista geográfico (de Rosas a Badalona, de Cádiz a Alicante...), pero no desde un punto de vista cultural: se trata siempre de una transferencia de una esfera cultural a otra, y nuevamente es muy fácil de identificar: las cerámicas de barniz negro más difundidas en el siglo III antes de Cristo se fabricaban en un taller del norte de Cataluña, en Rosas (antigua Rhodè ), en el centro del espacio ibérico septentrional. Pero se trata de cerámicas de tradición claramente helénica, fabricadas en alfares situados dentro de un establecimiento griego, que por otra parte acuña una moneda con leyenda griega.
El tercer tipo de intercambio es con mucho el más difícil de identificar: se trata del intercambio más próximo, el que une a dos socios en el seno de una misma comunidad, o entre comunidades vecinas o cercanas. Es precisamente esta proximidad la que nos dificulta la observación de este tipo de práctica: ¿cómo identificar, cuando se excava un asentamiento, una cerámica que proviene de la comunidad vecina cuando ambas se fabrican de la misma forma? Estos intercambios, que además debían efectuarse sobre grandes cantidades de materiales perecederos (grano, tejidos, etc.) son difícilmente accesibles para cualquiera a pesar de que debían ser, con mucho, los más importantes, tanto en frecuencia como en cantidad.
Julián Casas Sola.

Rosa María Toledano dijo...

En gran parte de la fachada mediterránea de la Península Ibérica, los intercambios se apoyaron en importantes colonias de origen fenicio, denominadas como «púnicas», de las que la más importante era Cádiz (ubicada en el margen atlántico del área ibérica). Pero poco después de su creación en el siglo VII antes de Cristo, Ebusus (Ibiza) se impondría como un punto central en las navegaciones que tenían como destino la costa oriental de la Península Ibérica. Estas colonias se insertaron precozmente en un horizonte económico y político cuyo centro estaba ocupado por Cartago, que fundaría la última colonia prerromana de Hispania: Cartagena. Después de una primera fase con producciones que se adscriben plenamente a las tradiciones fenicias (en los siglos VII y VI antes de Cristo), estas colonias desarrollaron sus propias tradiciones productivas y sobretodo una importante actividad de transformación de alimentos (aceite, salmueras, etc.). Estos productos se envasaron en ánforas cuya forma se alejaría de las anteriores ánforas fenicias. Estas ánforas, salidas de las colonias púnicas de la Península Ibérica o de las Islas Baleares, como Ebusus, de África occidental o del Mediterráneo central, contendrían la mayor parte de los productos distribuidos a las comunidades iberas.
Rosa María Toledano.

Juan Rafael Arquero García dijo...

La única colonia griega identificada con seguridad en la Península Ibérica es Emporion
(Empúries, Girona), fundada en el sur del Golfo de Rosas en el siglo VI antes de Cristo. Es el asentamiento griego más occidental de los documentados después del 600 antes de Cristo en el noroeste del Mediterráneo, donde la principal sería Massalia (Marsella). A finales del siglo IV antes de Cristo, otra instalación emerge al norte del mismo golfo, Rhodè (actualmente Rosas). Si Emporion fue un centro activo del comercio marítimo desde el primer momento, fue sobre todo en Rhodè donde se desarrolló una producción de manufacturas de tipo colonial, como las producciones ya mencionadas de cerámica de barniz negro de tradición griega.
Estas colonias suponen la llegada y proyección, en la Península Ibérica, de poblaciones originarias del Mediterráneo oriental. En cierta medida, podemos pensar que su presencia ayuda a “reducirla distancia» entre esta región del extremo occidente mediterráneo y el resto del mundo antiguo.
Juan Rafael Arquero García.

Juan Rafael Arquero García dijo...

La única colonia griega identificada con seguridad en la Península Ibérica es Emporion
(Empúries, Girona), fundada en el sur del Golfo de Rosas en el siglo VI antes de Cristo. Es el asentamiento griego más occidental de los documentados después del 600 antes de Cristo en el noroeste del Mediterráneo, donde la principal sería Massalia (Marsella). A finales del siglo IV antes de Cristo, otra instalación emerge al norte del mismo golfo, Rhodè (actualmente Rosas). Si Emporion fue un centro activo del comercio marítimo desde el primer momento, fue sobre todo en Rhodè donde se desarrolló una producción de manufacturas de tipo colonial, como las producciones ya mencionadas de cerámica de barniz negro de tradición griega.
Estas colonias suponen la llegada y proyección, en la Península Ibérica, de poblaciones originarias del Mediterráneo oriental. En cierta medida, podemos pensar que su presencia ayuda a “reducirla distancia» entre esta región del extremo occidente mediterráneo y el resto del mundo antiguo.
Juan Rafael Arquero García.

Conchi Melero Cabezas dijo...

Las colonias son desde el momento de su fundación nuevos puntos de enlace dentro del circuito marítimo antiguo. Los marineros operaron a partir de estas colonias, todas ellas con buenos puertos, y aprendieron a navegar en estas zonas marítimas de los confines. Otros, procedentes de los puertos “clásicos” del Mediterráneo, los recorrían y dominaban cada vez mejor la navegación a lo largo de estas nuevas rutas. Podemos decir sin temor a arriesgarnos demasiado que la tendencia a largo plazo es la intensificación de los intercambios, pues cada vez llegan más barcos y más a menudo, especialmente porque el Occidente se fue imponiendo progresivamente como una región económicamente dinámica desde el punto de vista del comercio marítimo y bajo el impulso sobre todo de Cartago. Esta es una de las diferencias fundamentales entre los iberos y sus interlocutores del mundo colonial: no parece que los iberos practicasen la navegación comercial de largos trayectos. Esto no quiere decir que la navegación como tal fuese desconocida para ellos, pero no parece que desarrollaran barcos de carga, especializados en el transporte de bienes. La consecuencia es que tampoco encontramos las infraestructuras asociadas a la construcción, al mantenimiento y al armamento de este tipo de barcos, aspectos totalmente ausentes del contexto indígena ibero.
Conchi Melero Cabezas.

Tulia Sánchez Domínguez dijo...

Las estructuras relacionadas con la carga y descarga de los barcos parecen inexistentes, sobre todo en los territorios al norte del Ebro. En esta zona los asentamientos se ubican sobre todo en altura, y la elección del sitio no parece relacionada con la navegación: ninguno de ellos dispone de un buen puerto. Esta ubicación es distinta al sur del Ebro: por ejemplo, el Tossal de las Balsas de la Albufereta (Alicante) parece haberse dotado de un pequeño muelle fabricado en mampostería. De aquí procede un objeto escasamente documentado: un exvoto en cerámica que representa un barco de guerra, sin duda púnico. Este ejemplo muestra que las necesidades del comercio marítimo habían sido mejor asumidas por los iberos de la actual Comunidad Valenciana que por los de Cataluña y el Languedoc. No obstante, sólo las colonias griegas o púnicas proporcionaban un apoyo eficaz para todas las operaciones técnicas ligadas a la construcción naval.
Tulia Sánchez Domínguez.

María Amparo Gámiz Santana dijo...

Las colonias iberas de la actual Comunidad Valenciana constituían una especie de enlace, un punto de unión entre las sociedades del Mediterráneo central y oriental, por una parte, y los iberos del extremo occidente, por otra. Pero sería un error creer que los comerciantes que operaban desde las colonias púnicas sólo estaban involucrados en la difusión de los productos púnicos, o que los comerciantes griegos sólo comerciaban con bienes griegos: dado que en el pecio de El Sec encontrado en las costas de Mallorca, encontramos un barco que en el siglo IV antes de Cristo operaba en ámbito púnico y que se hundió con un cargamento de más de 400 ánforas griegas, greco-itálicas y púnicas, acompañadas de piezas de vajilla ática de barniz negro y figuras rojas.
El Sec muestra claramente que los comerciantes púnicos actuaron en la distribución de productos griegos en el ámbito ibérico. Y, a su vez, el ejemplo de El Sec nos permite proponer que lo contrario también pudo ocurrir. Este tipo de comercio a larga distancia unió ámbitos culturales diferentes.
María Amparo Gámiz Santana.

José Vicente García Plaza dijo...

Los intercambios comerciales contribuyeron a mitigar algunas de sus diferencias culturales entre los pueblos que lo desarrollaban. Podemos imaginar que este «umbral cultural» es algo parecido al umbral de una puerta: cuanto más frecuentemente se traspasa, cuanto más se usa, más disminuye la separación entre los dos ámbitos. Con el tiempo, el cruce se hará más y más regular, hasta tal punto que hemos constatado que en la región de Tarragona se aprendió a fabricar ánforas a imitación de las de Ebusus, y que en la zona del curso inferior del Ebro se adoptó la costumbre de beber en vasos fabricados localmente pero que imitaban la forma de las copas áticas. Al comercio económico se superponen también determinados intercambios culturales. Los objetos que circulan se convierten en instrumentos, concebidos en función de prácticas socioculturales propias de los lugares de origen: la copa y la crátera áticas como las del yacimiento de la Cuesta del Parral en Arjona, están entre estos “instrumentos” del banquete griego. La difusión de estos instrumentos entre los iberos no quiere decir que la nueva práctica en los hábitos de vida se adoptara necesariamente. Pero sí creemos que significa que se estaban desarrollando nuevas prácticas, que toman prestados elementos de ambas tradiciones culturales. Posiblemente, algunas antiguas prácticas locales están evolucionando al tiempo que integran un nuevo soporte material. Por otra parte, y como muestra el ejemplo de El Sec, si estos intercambios aproximan a los negociantes mediterráneos y a los interlocutores iberos, también acercan a los comerciantes entre ellos: púnicos, griegos, itálicos… Todos ellos actúan en una esfera común y colaboran entre sí.
José Vicente García Plaza.

Juan José Gálvez Peregrina dijo...

Uno de los problemas a los que se enfrentaron los comerciantes era que tenían que operar en un mundo construido con prioridades muy diferentes según su cultura y disponían para ello de instrumentos físicos (barcos, dinero) y conceptuales (obtener un beneficio económico en las transacciones realizadas) que eran propios del área mediterránea clásica. Su tarea requería, inevitablemente, una cierta capacidad de adaptación a las culturas con las que comercialmente mantuvieron contactos frecuentes, contactos que debían ser la clave del éxito comercial.
Juan José Gálvez Peregrina.

Leonor Gutiérrez Tapia220 dijo...

El objetivo del recorrido de los barcos era, claramente, aumentar el valor final de su cargamento, que desembarcará al final de su recorrido en el puerto convenido. Para ello, en sus paradas intermedias se deshace de algunas mercancías a cambio de otras cuyo precio de venta será, al final del viaje, más elevado. El riesgo que se corría era que el valor de una mercancía, que había sido muy alto cuando se fue de ese lugar, podía haberse hundido a su regreso. Era precisamente en este puerto donde se “daría cuenta”, vendiendo la totalidad de sus mercancías, del beneficio o de las pérdidas que había conseguido con su viaje. Dicho de otra forma, si la información con la que había partido de viaje se había quedado obsoleta a su vuelta, perdería dinero. Podemos suponer que un comerciante griego o púnico que operaba en el Mediterráneo occidental estaba sujeto a limitaciones del mismo tipo. Actuaba sin duda desde una colonia, donde podía comprar sus mercancías y donde disponía de todos los instrumentos del comercio marítimo: técnicos (construcción naval), financieros (posibles préstamos para equipar el barco), ideas... Allí era donde recopilaba la información básica sobre la que apoyar su estrategia comercial: ¿qué es lo que se vende bien entre los iberos, pero tiene poco valor en las colonias? ¿Qué es lo que uno puede procurarse fácilmente entre los iberos y que tiene un alto valor en el mundo colonial? Muy a menudo, los arqueólogos dan a estas preguntas una respuesta “estructural”: las colonias habrían buscado atraer hacia ellas, de forma constante y regular, bienes siempre idénticos, principalmente materias primas, metales y grano. Estas materias primas se habrían intercambiado por productos manufacturados (cerámica, sobre todo) o alimentos apreciados (como el vino).
Leonor Gutiérrez Tapia.

Manolo Manzano Aguilar dijo...

Hay pocas dudas sobre el hecho de que las ciudades griegas y púnicas de Occidente tuviesen necesidad de materias primas, y estamos seguros de que la cerámica griega y los alimentos de origen griego o púnico circulaban en gran cantidad en los ambientes púnicos, pero el tipo de relación económica que se imagina se parece mucho a la que se suponía entre un país desarrollado y otro del Tercer Mundo hace algunos años: los bienes de consumo se intercambiaban por materias primas que seguían siendo las mismas año tras año. Ésta sería la única contribución de los “dominados” a la cultura material de su época. Esta idea se basa en un supuesto: la superioridad tecnológica de una parte (el mundo “desarrollado”) sobre la otra (el” tercer Mundo”).Sin embargo, podemos olvidarnos de esta idea, o al menos ponerla en duda, cuando analizamos el mundo ibérico: no parece haber nada que se hiciese en el mundo griego que no pudieran hacer los iberos de los siglos IV-III antes de Cristo. La cerámica ibérica no es de menor calidad que la producida en el mundo clásico, y algo similar ocurre con la producción metalúrgica. Por lo tanto, tenemos que imaginar que la relación económica entre púnicos, griegos e iberos era mucho menos asimétrica de lo que hemos creído tradicionalmente.
Manolo Manzano Aguilar.

Eduardo Segovia Martín dijo...

Las manufacturas de origen ibérico también podían jugar un papel importante en estos intercambios, los tejidos, por ejemplo, sin que dejaran mucho rastro, aunque sólo sea por lo que conocemos de forma fragmentaria de la cultura material de las colonias. Podemos, por ejemplo, subrayar que uno de los productos que más parece haber circulado es un producto autóctono, las ánforas ibéricas, que debían contener alimentos elaborados en la zona ibérica. Si bien fueron los comerciantes del área colonial quienes las difundieron en sus barcos, fueron los iberos quienes fabricaron tanto las ánforas contenedoras como su contenido. Por otra parte, cuando observamos que los comerciantes griegos de Occidente (de Massalia-Marsella, en este caso) comercian con materias primas ciertamente intercambian grano, pero entre ellos, entre Siracusa (donde compran el grano) y Atenas, como relata el Contra Zenotemis de Demóstenes. En otras palabras, en el mundo griego se producen por supuesto materias primas, en Sicilia por ejemplo, y los griegos de extremo occidente intervinieron en su comercio, al menos de vez en cuando, en beneficio de su ciudad de origen. Es decir, un comerciante griego podía comprar productos manufacturados a los iberos y materias primas a los griegos.
Eduardo Segovia Martín.

David Giménez dijo...

De hecho es fácil pensar que los productos que un comerciante marítimo podía adquirir debieron variar mucho de una región a otra. En general, podemos suponer que los bienes disponibles en un asentamiento de la costa ibérica eran por una parte los que se fabricaban allí, y por otra, los que llegaban desde las regiones del interior, ya que una parte importante de los territorios iberos estaban muy alejados de la costa (como la Alta Andalucía con la gran expansión que tuvo la cultura ibera, el interior de la Comunidad Valenciana, el Bajo Aragón, la región de Lérida, etc.). Un primer factor de esta variabilidad de los productos era, por tanto, la interconexión entre el interior y las zonas costeras. En algunas regiones de Cataluña esta interconexión parece haber sido bastante más estrecha que en el Valle del Ebro o el Languedoc, dos regiones donde encontramos escasa cultura material griega o púnica a medida que nos alejamos de la costa. El segundo factor de variabilidad se basa en lo que fabricaba cada una de las comunidades costeras, algo que dependía de la cantidad de mano de obra, de las técnicas y procesos aprendidos o de las materias primas disponibles.
David Giménez.

Daniel Sánchez Orozco dijo...

Para tener una somera visión de la variabilidad de los productos disponibles para el comercio en función de las características propias de los asentamientos, podemos citar la importancia de la metalurgia del hierro en Pech-Maho (Sigean, Aude), una actividad que sin duda era posible por los cercanos recursos minerales de Corbières. Los metales preciosos, sobre todo la plata, podían encontrarse en la desembocadura del Ebro y, sin duda, en la región de Tarragona, pero también se producían en el pequeño asentamiento del Puntal dels Llops, cerca de Valencia, lo que significa que también debían poder encontrarse en Sagunto. Observemos que en estos dos casos, referirnos al mineral como materia prima es probablemente erróneo, ya que parece poco probable que fuera el mineral en bruto lo que se intercambiaba.
Daniel Sánchez Orozco.

Virgilio Cuesta Benítez dijo...

El Oppidum Sala de Galiarda situado entre los municipios de Villanueva de la Reina y Baños de la Encina, corresponde a la Edad del Hierro II y cultura Ibera. Consta de murallas y de los inmuebles de las minas. Este sitio arqueológico se ubica en la zona oriental de Sierra Morena, en el límite de los términos municipales de Baños de la Encina y Villanueva de la Reina.
Se trata de un recinto fortificado de 0,3 hectáreas destinado a la actividad minera, que podría definirse como mina fortificada, aunque tradicionalmente este tipo de recintos se han denominado castilletes.
Sólo se conservan el lienzo de cerramiento Sur, de unos sesenta metros, y el lienzo oeste compuesto por tres bastiones. También hay vestigios de un cerramiento lateral, muy dilapidado. Todo ello está construido con grandes sillares de granito que forman muros de casi un metro de grosor y con alzados superiores a 2,5 m.
Se conserva también un pozo y una gran cisterna recubiertos de opus signinum, que se utilizaban para la extracción y aprovisionamiento de agua.
Virgilio Cuesta Benítez.

Pilar de la Vega Rivera dijo...

El hierro debió circular más bien en forma de barras forjadas y la plata en forma de lingotes, dos tipos de objetos que los arqueólogos denominan “semiproductos”, porque el mineral (la materia prima) ya había sido transformado (reducción y afinado para el hierro, copelación de la galena argentífera para la plata), en operaciones complicadas que requerían una experiencia considerable.
En Mas Boscà (Badalona), la fabricación de grandes cantidades de textiles muestra que este producto fue objeto de intercambio, y es probable que estuviera disponible en muchas zonas del litoral, quizás con especificidades regionales (fibra trabajada, colores, motivos, espesor, etc.) que harían que unas telas fuesen más buscadas que otras.
Los alimentos fueron también unos claros objetos de intercambio, disponibles en casi todas partes y envasados en ánforas generalmente, pero también en diversos recipientes perecederos.
Pilar de la Vega Rivera.

Lorena Moreno Gabaldón dijo...

Los recursos que un comerciante podía adquirir eran muy variables. Podemos dudar de que fuesen abundantes: las comunidades ibéricas eran a menudo pequeñas, especialmente en comparación con otras sociedades protohistóricas, y su capacidad de producir excedentes sería en realidad bastante limitada. Un comerciante marítimo debía por tanto reunir su carga en un mundo en que los productos disponibles eran muy variados, pero en el que éstos estaban disponibles en cantidades moderadas. Baste decir que la práctica más evidente en el mundo antiguo, embarcar una carga en el puerto de partida y desembarcarla entera en el puerto de llegada a cambio de otra carga, no tiene mucho sentido aquí. Más bien se intercambian sin cesar diferentes mercancías, tanto aquellas con las que se había salido del puerto de partida como las adquiridas en ruta, por otras de un supuesto valor superior.
Lorena Moreno Gabaldón.

Laura Becerra Giménez dijo...

Los comerciantes del ambiente colonial Mediterráneo que actuaron antes de finales del siglo III a. C. en ámbito ibérico no habrían tenido acceso al recurso de uso de la moneda apreciada como valor para todos los pueblos de su recorrido marítimo. En estas condiciones, ¿cómo saber el valor de una mercancía? El trueque, el intercambio de una mercancía por otra, era sin duda la solución más fácil. Implicaba que el valor de una mercancía respecto a otra se calculaba de una forma relativa. Si el comerciante griego proponía cinco vasos de barniz negro por una barra de hierro era porque sabía que el precio final de la reventa de la barra de hierro sería superior al precio de la compra de los cinco vasos. Por otro lado, esto significaba que para el ibero con quien hacía la transacción, el valor de cinco cerámicas de barniz negro era superior al de una barra de hierro. Un delicado equilibrio que se convierte en más inestable si tenemos en cuenta el número de veces que se repite la operación. ¿Qué sucede si en la siguiente transacción se está dispuesto a intercambiar dos ánforas de cerveza ibérica por una barra de hierro, mientras que el comerciante sabe que venderá el ánfora de la cerveza al precio de una barra y media de hierro de vuelta en su colonia? Entonces se deshará de la barra en favor de la cerveza, que venderá más cara que sus cerámicas de barniz negro. ¿Quizás os habéis perdido en la complejidad de la operación? ¡Imaginad entonces cómo debía ser el trabajo del comerciante!
Laura Becerra Giménez.

Margarita Navarro Rubiño dijo...

Imaginemos un viaje de esta época en el que el barco se encuentra en una colonia griega, a cambio de una determinada suma de dinero, el comerciante compra un cargamento de ánforas massaliotas y greco itálicas. El barco se dirige entonces al sur y llega cerca de un pueblo nativo, donde el comerciante intercambia una parte de su cargamento de ánforas greco-itálicas por unas barras de hierro. La ruta continúa hacia el sur, hasta que el barco llega al puerto de una colonia griega, donde intercambia (sin duda en el marco de una transacción monetaria) sus ánforas massaliotas y una parte de las barras de hierro por cerámicas de barniz negro de producción local. Con esta carga, la nave se dirige de nuevo hacia el sur, hacia un segundo núcleo indígena donde el comerciante intercambia una parte de las ánforas greco-itálicas y cerámica de barniz negro por alimentos locales envasados en ánforas y sacos de grano. El viaje hacia el sur continúa, hacia otro asentamiento indígena, donde intercambia el resto de ánforas greco-itálicas y la cerámica de barniz negro por fardos de telas. A partir de ese momento, la carga del barco ya no tiene nada que ver con la que tenía al inicio de la ruta. Y con este cargamento, el barco se dirige a una colonia púnica. Allí intercambia ánforas ibéricas y barras de hierro en una transacción monetaria en la que adquiere ánforas púnico-ebusitanas con las que el comerciante espera obtener un buen margen de beneficio. Pone rumbo al norte y, de nuevo entre los iberos, el comerciante se entera de que un barco púnico ha llegado a la colonia griega de la que partió, con un cargamento de ánforas púnico-ébusitanas, causando una caída en el precio de este producto. Por el contrario, el hierro escasea en la colonia griega ubicada más al sur, donde se espera ansiosamente la llegada de alimentos iberos. El comerciante se entera también, por la misma fuente, de que el grano se vende en esa colonia a un buen precio, así como los tejidos de lino que realizan las mujeres ibéricas. Así que decide vender en ese momento su carga de ánforas púnico-ebusitanas, y cambiarlas de nuevo por hierro y ánforas ibéricas antes de navegar finalmente hacia el puerto griego. Allí vende todos sus productos con un margen considerable en comparación con su inversión inicial.
Margarita Navarro Rubiño.

Alfonso Chacón Senovilla dijo...

Entendemos que una expedición rentable desde el punto de vista del comerciante se apoya en dos principios: el primero, una contabilidad rigurosa y, sobre todo, en este segundo punto, el comerciante debe tener informaciones de calidad sobre el valor de las mercancías con las que puede negociar en cada una de las escalas; sobre su valor no en el punto de escala, sino en el puerto colonial donde terminará su viaje y materializará su beneficio de forma monetaria. El riesgo es que, desorientado por la diversidad de los sistemas de valores a los que debe hacer frente, el comerciante vuelva con una carga de valor inferior a aquélla con la que partió. Este problema de la circulación de información no era por tanto secundario. Tenemos alguna evidencia arqueológica de cómo podía circular esta información: en Emporion (Empùries, Girona) y en Pech-Maho (Sigean, Aude) se han encontrado textos en griego grabados en láminas de plomo. Se datan en los siglos VI y V antes de Cristo respectivamente. Si el segundo es el registro de una transacción que sin duda tuvo lugar en Emporion, el primero es una carta en la que se dan instrucciones aun personaje, tal vez un socio dependiente. El escritor informa a su socio de que un ibero, Basped (sin duda Baspedas) aceptaría realizar una tarea a cambio de una retribución. El encargo consiste también en comprar cierta cantidad de productos en un lugar determinado (aparentemente denominado Saigante)...Podemos imaginar otros documentos de este tipo circulando en las redes del negocio colonial, como muestra el reciente descubrimiento de otras dos cartas en Lattara, en el límite norte del área ibérica.
Todos estos documentos se escribieron en griego jónico, el dialecto hablado por los colonos foceos establecidos en Massalia y Emporion. Este sería el dialecto que permitió la comunicación dentro del área colonial.
Alfonso Chacón Senovilla.

Raquel Arranz Santos dijo...

Planteo el problema que genera esta pregunta: ¿qué idioma se hablaba en el contexto de los intercambios entre griegos e iberos? Una vez más, el problema es crucial: las dos lenguas, griega e ibera, no tenían ninguna similitud, y además estas lenguas diferentes podían utilizarse para expresar percepciones de la realidad muy distintas, incluyendo todo lo referente a la cuestión del “valor”. De momento, no parece que se pudiera tener respuesta a esta pregunta, pero podemos subrayar que desde el siglo IV antes de Cristo, el uso de la escritura ibérica se desarrolla y que utilizaba como soporte las láminas de plomo. ¿Podemos imaginar que poco a poco, los comerciantes griegos y púnicos adoptaron como lengua de su práctica comercial la de sus interlocutores comerciales iberos? Esta posibilidad no parece improbable, ni descabellada.
Raquel Arranz Santos.

Teresa Nieto Díaz dijo...

¿Quiénes fueron los socios de estos comerciantes griegos, púnicos, o más tarde, itálicos? En la literatura arqueológica, ya sea especializada o de divulgación, vemos a menudo cómo aparece la figura de un “negociante ibérico”, que habría aprendido a comerciar a partir de sus “maestros” mediterráneos. De hecho, para los arqueólogos, su presencia parece ser obvia, a pesar de las escasas evidencias arqueológicas a las que realmente podemos recurrir para determinar su existencia y precisar exactamente el ámbito de su actividad
Esta idea comporta ciertos prejuicios y se ha construido, como muchas veces ocurre en arqueología, a partir de determinadas interpretaciones de algunos descubrimientos. Entre ellos, los textos escritos en ibero sobre láminas de plomo se han interpretado de forma parecida a los documentos en griego ya mencionados. Estos textos se han encontrado en bastantes lugares de la costa mediterránea, tanto en los asentamientos como en las tumbas.
Teresa Nieto Díaz.

Patricia Coronado Ruiz dijo...

A menudo los textos escritos en ibero sobre láminas de plomo se describen como “cartas comerciales”, aunque su contenido sigue siendo muy vago para nosotros. Uno de los lugares más importantes de su descubrimiento es Pech-Maho, en la costa del sur de Languedoc, cerca de Narbona. Allí, en una casa destruida junto al resto del asentamiento en torno al 200 a. C., se descubrieron cuatro de estos documentos y una cantidad importante de ánforas, unas veinte, importadas del sur de Italia y con graffiti en escritura ibérica. La interpretación de este conjunto parecía clara: se trataba de productos comerciales y documentos de negocios. Estábamos frente a la casa de un comerciante. Además, se supuso que no era el único en practicar esta actividad: en la casa de al lado se descubrieron ánforas con las mismas características. Sin embargo, una reciente revisión de las ánforas reveló un hecho que discrepa con esta interpretación. La mayoría de ellas habían sufrido ciertas mutilaciones destinadas a cambiar su morfología: a veces se había eliminado el fondo, o el cuello, en ocasiones los dos, o la parte inferior del cuerpo... Todas estas operaciones se realizaron sin romper el envase. Se habían transformado los contenedores con la finalidad de modificar su uso. La consecuencia de este hecho es clara: es imposible eliminar el fondo de un ánfora que está llena, o al menos, no seguirá estando llena mucho tiempo si alguien la desfonda. Dicho de otro modo, cuando las ánforas se colocaron en el lugar donde los arqueólogos las encontraron... ya no contenían el producto que habían transportado. Su historia comercial se había interrumpido antes de depositarse en esas habitaciones y asociarse a esos documentos grabados en plomo. La casa del comerciante de Pech Maho no sería tal y los textos escritos sobre láminas de plomo, uno de ellos es quizás una carta, no tendrían porqué tener un carácter comercial.
Patricia Coronado Ruiz.

Daniel Calvo Cano dijo...

En general, las huellas que podemos asociar con una práctica regular del comercio son poco frecuentes en el mundo ibérico, sobretodo en la zona norte. Se ha demostrado que, cuando el peso del comercio se incrementa en una economía determinada, aparecen nuevos instrumentos y nuevas prácticas para facilitar el intercambio. Sin embargo, estos instrumentos no tienen una verdadera relevancia geográfica: los contenedores cerámicos (ánforas, kalathos) presentan volúmenes bastante regulares, pero con tales márgenes de error que podemos descartar que esta regularidad estuviera ligada a la puesta en marcha de una metrología. Más bien debemos atribuir estas regularidades a los hábitos de trabajo de los alfareros. Las balanzas son escasas, aunque hayamos encontrado varias al sur del Ebro, sobre todo en contextos funerarios. Si existieron ciertos sistemas de medición de peso (juegos de pesas, de nuevo al sur del Ebro), parece que no debieron aplicarse en áreas geográficas extensas (con la excepción de Contestania).
Daniel Calvo Cano.

Miguel-Ángel García Millán dijo...

La moneda no se acuña entre los iberos antes de finales del siglo III antes de Cristo, momento en que se impone debido a la expansión romana. Difícilmente podemos identificar un sistema de moneda arcaico, del tipo del “aes rude” itálico o de las conchas cauris del África precolonial, para los siglos VI-III antes de Cristo.
Este tipo de moneda pudo constituirse a partir de bienes perecederos, pero esto parece poco probable, o al menos, parece poco probable que éste fuese el único sistema de pago de los iberos de cara a sus intercambios con griegos y púnicos, que vivían en un mundo en que la moneda era corriente. Entramos así en una de las cuestiones más debatidas: los iberos ven, tocan, incluso tienen puntualmente monedas desde finales del siglo VI antes de Cristo. Pero, ¿por qué no la acuñan? ¿No son lo bastante inteligentes como para comprender su uso? Podemos descartar rápidamente esta idea: su capacidad de razonamiento era sin duda similar a las de sus interlocutores mediterráneos... ¡y a la nuestra! No, la solución puede ser más simple: no acuñan moneda porque no la utilizan, porque su economía no tiene moneda. Es una economía que funciona muy bien sin dinero, o sin ningún otro tipo de estándar aceptado de manera más o menos universal y destinada a medir el valor de las mercancías.
Miguel-Ángel García Millán.

Magdalena Fuente Bermejo dijo...

El comerciante ibero es, definitivamente, una figura discreta. Hemos intentado adivinar su presencia detrás de nombres no griegos que aparecen en las cartas escritas en griego sobre láminas de plomo de Emporion (Baspedas) y de Pech Maho (Basigerro, Blerias, Golobiur, Sedegon), pero estas identificaciones siguen siendo dudosas: los personajes que aparecen en el plomo de Pech-Maho se citan como testigos de una transacción (es decir, no eran protagonistas del intercambio). Basped (as) parece ser más un socio “técnico” (que debe “arrastrar” o “remolcar”un barco) que un comerciante que participase en el intercambio propiamente dicho, incluso si su implicación en la red griega fuese importante. Por lo tanto, no podemos atribuir a ninguno de estos personajes un estatuto de comerciante sin forzar los textos. Sin embargo, no debemos descartar completamente la posibilidad de que algunos iberos hubiesen formado parte de las redes de intercambio mediterráneo para crear valor y, como diríamos hoy, para “hacer dinero”.
Magdalena Fuente Bermejo.

Jesús Javier Peña Gallardo dijo...

Una tumba en la necrópolis de Orleyl (Castellón) ha permitido documentar ofrendas consistentes en tres textos sobre plomo y una balanza. Podría tratarse de la tumba de un comerciante, si asumimos que los textos tienen una función económica. Pero no podemos argumentarlo con seguridad, ya que no podemos comprender el contenido del texto. Y la balanza puede tener otros muchos usos además del comercial: la presencia de un utensilio de este tipo en la “tumba del orfebre” de Cabezo Lucero(Alicante) demuestra que puede utilizarse también como parte de las actividades artesanales especializadas, en este caso posiblemente para la realización de aleaciones metálicas. Debemos además tener en cuenta que los instrumentos de medida aparecen a menudo asociados a contextos “aristocráticos”. Es el caso, por ejemplo de Cancho Roano (Badajoz): la balanza es aquí un símbolo de estatus social, un instrumento ligado al poder, a la capacidad de medir, de evaluar los bienes, no solo en el marco del comercio, sino más ampliamente en la evaluación y gestión de todo tipo de bienes. Es el instrumento de un noble más que el instrumento de un comerciante.
Jesús Javier Peña Gallardo.

Clara Martínez Hernández dijo...

Podemos decir que el comerciante ibero es una figura sin una consistencia real, sobre todo en el noreste de la Península Ibérica. En el mejor de los casos es una figura limitada a unos pocos individuos que trascienden del contexto social inmediato en el que operan para llegar a formar parte de una especie de “macroeconomía” mediterránea. Sin embargo, sí podemos afirmar que los iberos intercambian, esto es innegable. Si no había comerciantes, ¿quiénes, entre los iberos, estuvieron involucrados en estas transacciones que les unen a los comerciantes griegos y púnicos? ¿En qué contextos?
Clara Martínez Hernández.

Luis Manuel Fernández del Campo dijo...

En términos generales podemos identificar dos prácticas de intercambio diferentes entre los iberos: una que se basa en ciertas instituciones específicas, y otra que se integra en una red de relaciones personales. En otras palabras, un soporte público o comunitario en un caso y un soporte privado en el otro. En las regiones ibéricas del sur y del levante mediterráneo, el marco comunitario del comercio parece haber sido muy importante. En estas regiones se han excavado enclaves específicos, muy ligados al medio marítimo “abierto”. Buen ejemplo de ello es el sitio de la Picola (Santa Pola, Alicante, del 450 al 350 a. C.): un enclave de trazado regular y forma cuadrangular, muy próximo a la costa, bien conectado con el comercio marítimo. Con poco menos de 100 metros de lado, es un asentamiento bastante pequeño, demasiado para poder ser autónomo. Parece por tanto que estaría subordinado a un sitio más importante, posiblemente La Alcudia de Elche (Ilici). Sus características son extrañas: la forma general deriva de la aplicación de un trazado regular de origen griego, la unidad de medida utilizada es un pie griego de 30 cm. Sus murallas también están inspiradas en modelos griegos y entre las cerámicas destacan las importadas de Grecia, abundantes y muy variadas. La hipótesis de los arqueólogos, que se corresponde bien con el registro arqueológico, es que La Picola es el puerto de La Alcudia. Es decir, se trataría de un establecimiento destinado específicamente a servir de enlace entre el comercio marítimo mediterráneo y el gran asentamiento indígena del interior.
Luis Manuel Fernández del Campo.

Olvido García Palacios dijo...

Las características específicas de La Picola se deberían a la intervención directa de poblaciones griegas en su diseño urbano, pero la población sería indígena. En otras palabras, griegos e iberos se habrían puesto de acuerdo para diseñar conjuntamente un centro destinado a facilitar el comercio entre unos y otros. Cierto es que este establecimiento no se parece a un puerto del Mediterráneo “clásico”, y que tampoco aquí encontramos más rastro de los comerciantes que en otros lugares. No se trata, por tanto, de un lugar de mercado libre, sino más bien de un espacio creado como lugar de intercambio entre un mundo, el de los comerciantes griegos y otro, el de los iberos. Un lugar neutral, si se quiere, creado por una comunidad ibérica para facilitar su comercio con el mundo mediterráneo. Es decir, una institución creada por una comunidad para regular la circulación de mercancías de procedencia lejana. Otro sitio cercano, la Illeta dels Banyets (El Campello, Alicante) parece estar también ligado a las actividades comerciales. Allí, en una pequeña isla (actualmente península) se desarrolló entre los siglos IV y III antes de Cristo un pequeño núcleo que, en su fase final, estaba formado por un almacén, dos edificios públicos de carácter cultual (se encontró un pequeño altar de piedra en uno de ellos, el “Templo B”) y un área aparentemente residencial. Ya en tierra firme, este establecimiento se completaba con un importante centro de producción cerámica. Dentro del almacén, los productos se colocaban en un piso sobreelevado, un tipo de arquitectura generalmente asociada con la conservación del grano almacenado.
Olvido García Palacios.

Trinidad González Bueno dijo...

En el caso de la Illeta dels Banyets, podemos estar seguros de que fue utilizado para almacenar alimentos envasados en contenedores cerámicos, sobretodo ánforas. La mayoría de estos contenedores es de tipo ibérico y aproximadamente la mitad son sin duda de producción local. El resto son sobre todo ánforas púnico-ebusitanas, aunque un ejemplar procede de un lugar lejano como es Corinto. Este lugar parece haber sido, por tanto, un punto de concentración de mercancías provenientes tanto del comercio marítimo como de actividades productivas regionales (incluso locales, como las ánforas ibéricas producidas a un centenar de metros de distancia). El conjunto se ubica en la periferia de un santuario. Desde hace muchos años, este pequeño establecimiento se ha venido comparando con lugares de morfología similar y ligeramente más antiguos excavados en ámbito etrusco: Pyrgi (el puerto de la antigua ciudad de Caere) y Gravisca (el puerto de Tarquinia). Ambos sitios son, en esencia, santuarios situados en la costa. Tanto uno como otro parecen haber sido frecuentados por comerciantes y navegantes griegos: sabemos que en Gravisca un tal Sostratos, procedente de Egina, dedicó un ancla de piedra a las divinidades locales. Pero sabemos por Herodoto (IV, 152) que Sostratos de Egina, hijo de Laodamante, era a finales del siglo VI antes de Cristo el único comerciante griego que había tenido más beneficios que Kolaios de Samos, el primero de los helenos que había llegado a Tartessos.
Trinidad González Bueno.

Gabriel Vílchez Sánchez dijo...

Interpretamos estos santuarios como “emporia”, lugares ligados al comercio marítimo donde los marineros habrían disfrutado de la protección asociada al santuario. Es decir, lugares donde la religión y el intercambio estaban muy interrelacionados, favoreciendo la primera el desarrollo del segundo. La Illeta dels Banyets sería por tanto la versión ibérica de este tipo de instalación: un santuario costero, neutral y dotado de infraestructuras que permitían el almacenamiento de las mercancías desembarcadas por los comerciantes o preparadas para ser embarcadas por ellos. Como en los casos etruscos mencionados o en el de La Picola, hay que imaginar que La Illeta de Banyets se situaba en el límite del territorio de un centro más importante, para garantizar un acceso directo y privilegiado al comercio marítimo, sin duda principalmente al de origen púnico. Sin embargo, La Illeta dels Banyets constituye por ahora más la excepción que la regla: es sin duda el único establecimiento donde hemos podido identificar estructuras diseñadas específicamente para, como diríamos hoy,“gestionar el flujo comercial”. Además, podemos señalar que la mayoría de los productos difundidos en el Mediterráneo a partir de La Illeta dels Banyets se habían producido en su periferia inmediata.
Gabriel Vílchez Sánchez.

Caridad Rosas Abellán dijo...

Paralelamente a los enclaves preparados para gestionar el comercio, parecen haber sido las redes de las relaciones personales las que mayoritariamente proporcionaron un marco para los intercambios comerciales. Fueron, quizás, el único marco para los intercambios realizados al norte del Ebro. Esta observación contradice aparentemente otra: en las regiones del norte la dispersión de los productos comerciales, como la vajilla cerámica y las ánforas, muestra que la población tenía un acceso notable a estos productos. Los encontramos, de hecho, en cada casa, como en las regiones meridionales, y la desigualdad en la distribución de las mercancías comercializadas parece deberse más a situaciones geográficas específicas que a diferencias sociológicas.
Las distribuciones que observamos desde la arqueología pueden ponerse en relación con un espacio determinado. Pero es más difícil establecer su relación con los individuos que vivían en ese espacio.
Caridad Rosas Abellán.

Mari-Luz Duran Mateos dijo...

Podemos saber que los habitantes de una casa tenían acceso a la vajilla ática. Pero no sabemos cómo llegó allí o quién tenía acceso a ella entre los que habitaban esa casa. No debemos olvidar que la unidad doméstica también estaba estructurada en jerarquías: basta pensar en la imagen del pater familias romano. Además, no todos los grupos domésticos tienen el mismo rango: las diferencias en el tamaño y en la arquitectura de las casas de algunos sitios (como el Puig de Sant’Andreu de Ullastret) basta para advertirlo. Así pues, en las casas más ricas es común encontrar objetos relacionados con una actividad productiva que conlleva un alto dominio tecnológico: la forja (en Pech-Maho, en el Puig de Sant’Andreu), la metalurgia de metales preciosos (en el Castelletde Banyoles de Tivissa), una producción textil cuantitativamente significativa (en Mas Boscà, donde también se ha encontrado un grafito que representa un barco de guerra del siglo III antes de Cristo.
Actividades que sólo tienen sentido si imaginamos que tenían sobre todo una distribución fuera del ámbito doméstico. Dicho de otro modo: cada grupo doméstico “dominante” intercambia, dentro de su comunidad y, sin duda, con las comunidades vecinas, los productos cuyos procesos de producción domina. Y los intercambia por otros productos que necesita. Se crea así una red muy densa de intercambios, dentro del propio ámbito ibérico, a corta y media distancia.
Mari-Luz Duran Mateos.

María Luisa Valverde Bravo dijo...

Las mercancías no parecen pasar una evaluación digamos “objetiva” de su valor: las balanzas para medir con precisión el peso son escasas o inexistentes, al igual que las monedas o los medios de pago premonetarios. Sin embargo, no debemos imaginar un sistema de trueque igualitario, sino más bien un doble sistema de circulación de mercancías, horizontal y vertical: horizontal entre los grupos domésticos dominantes y vertical entre los grupos domésticos dominantes y aquellos que son dominados. El objetivo de estas prácticas pudo ser crear jerarquías sociales. Aquellos que aceptan los regalos sin tratar de devolverlos de otra forma que no sea mostrando su deferencia se colocan a sabiendas en una posición de deuda, y aceptan ser dominados. En cambio, aquellos que proponen una mercancía en contrapartida se colocan como iguales, como socios y aliados. Se produce más, se da más, para distribuir más y tener más amigos y deudores, para aumentar una red de relaciones: el intercambio no se realiza por el beneficio económico o por crear valor, sino que es un soporte fundamental de las redes sociales.
María Luisa Valverde Bravo.

Carlos Vergara Cazorla dijo...

Cuando se mencionó en un comentario el intercambio a corta distancia, el intercambio local, se hablaba de un tipo de intercambio que debió ser muy frecuente. Podemos resaltarlo a partir del registro arqueológico, pero es muy difícil cuantificar el volumen de los bienes que intervienen en él. Para ello deberíamos ser capaces de identificar, al excavar una casa, todo lo que se había producido fuera de ella. Lo más probable es que este intercambio más próximo fuese el dominante en el funcionamiento económico de las comunidades ibéricas, tanto respecto a su importancia económica como por su importancia sociológica. Hay argumentos para suponer que los iberos habían integrado este tipo de intercambio colonial en sus estrategias de constitución de patrimonio y acumulación de riqueza. En otras palabras, comprar productos lejanos permitía disponer de bienes con un “valor simbólico añadido”, cuyo uso y cuya redistribución permitía asentar o mantener un estatuto social privilegiado: el uso de productos exóticos permitía demostrar que se tenían “conexiones” lejanas, que uno formaba parte de un “universo amplio”. Asimismo, la redistribución de estos productos permitía colocar al otro en una situación de deuda especialmente grave. ¿Cómo adquirirían los iberos estos bienes? Hipotéticamente, podemos argumentar que es posible que para ellos hubiera poca diferencia entre el comercio que se hacía en el interior del área ibérica y el que les unía a los comerciantes griegos o púnicos. Todo era una cuestión de relaciones personales y un ibero podía tener entre sus socios a ciertos individuos pertenecientes al ámbito colonial
Carlos Vergara Cazorla.

Juan Alfonso Muñoz Díez dijo...

El comerciante ibero negociaría con los comerciantes foráneos como intercambiaba con otros iberos, sobre la base de un intercambio no monetario. Negociaría con ellos porque les conoce y les reconoce como amigos y como socios. Sancionaría esta colaboración mediante un intercambio no comercial, un intercambio de bienes destinado a mantenerle dentro de esa red, teniendo quizás en su mente la idea de poder reivindicar el hecho de que sus relaciones llegan hasta el ámbito colonial, algo que podemos suponer le permitiría obtener prestigio.
Para los comerciantes mediterráneos, la dificultad consistía en penetrar en las redes sociales indígenas, en identificar a los socios importantes no en función de su oficio, sino en función de su estatus social (es decir, los “nobles” y no “los mercaderes”). Después, debían desarrollar estas relaciones: recordemos a Basped(as) citado en un comentario anterior, y la referencia del plomo de Emporion, sin duda un buen ejemplo de estos socios privilegiados. Se trataba de obtener de ellos productos que podrían venderse en las colonias más caros que lo que llevaban a los iberos. Todo ello conforma un marco de acción en el que las relaciones personales desempeñan un papel prioritario. Estas relaciones se asemejan a una práctica que los antropólogos denominan mediante la fórmula del “don/contradón”, donde bajo la apariencia de un intercambio desinteresado se esconde la búsqueda por ambas partes de un bien que para ellos tenga un valor superior al de la mercancía que ellos mismos “dan”.
Juan Alfonso Muñoz Díez.

Pedro Cañada Narváez dijo...

Para el comerciante mediterráneo la práctica del intercambio no es igual que cuando lo realiza con otras ciudades mediterráneas. En el extremo occidente se encuentra ante un mundo exótico al que, como muchos de sus colegas en épocas sucesivas, tendrá que adaptarse. El estudio del mundo antiguo se ha focalizado tradicionalmente en el Mediterráneo “clásico”, un concepto que se refiere más bien a la zona central y oriental. Este marco no se adapta bien a la realidad de los iberos. En el extremo occidente, los iberos estaban en el centro de su propio mundo, donde sus prácticas sociales prevalecían sobre todas las demás. Entre estas prácticas sociales, las vinculadas al intercambio tenían una importancia social crucial. Desde un punto de vista económico, estas prácticas significarían la puesta en circulación de mercancías de naturaleza muy diferente. Griegos, púnicos, y más tarde itálicos, comprenderían muy bien la ventaja que tenían si “capturaban” una parte de estos flujos de intercambio.
Pedro Cañada Narváez.

María Goretti Barroso Vicente dijo...

Desde la perspectiva del funcionamiento social, el intercambio comercial se utilizó para crear tanto lazos de solidaridad como una estructura social jerarquizada. Según esta lógica, mostrar que se poseen productos que vienen de lugares lejanos equivale a mostrar que las redes que uno domina llegan muy lejos. Esta lógica sobrepasa el marco del mundo mediterráneo. En Cataluña, los guerreros llevaban en ocasiones cascos de hierro realizadas en el mundo céltico, al norte de los Pirineos, objetos realmente raros que podemos excluir que llegasen mediante el comercio. Se trata sin duda de objetos que se intercambiaron en el marco de relaciones de intercambio entre las elites: el don de un noble galo a un noble ibero, su igual.
María Goretti Barroso Vicente.

José Ignacio Martínez García dijo...

El problema de la influencia griega en la escultura ibérica ha cobrado nuevos bríos con el descubrimiento del mayor caudal de piezas escultóricas aparecido en España en lo que va de siglo (Blanco, 1988: 42). En efecto, y como el propio autor reconoce, el hallazgo de Pozo Moro y el reconocimiento de la actividad fenicia en el área valenciana habían causado un descenso en la valoración del impacto griego, que sin embargo volvió con renovadas fuerzas a raíz del hallazgo del Cerrillo Blanco (Blanco, 1981: 40). La novedad residía tanto en la extraordinaria calidad de las piezas, como en el hecho de que procedieran de un contexto centro-andaluz, lejos del territorio que antes se había defendido como propio de estas influencias iniciales, en el área contestana con El Guerrero con caballo (Porcuna, Jaén).
El trabajo de Langlotz parecía premonitorio, hasta el punto que llegó a hablarse de una escuela artística focense en Porcuna (Blázquez y González Navarrete, 1985). Sus orígenes no se situarían propiamente en la ciudad de Focea, sino más bien en sus colonias occidentales, proponiéndose Velia más que Marsella o Emporion como foco de irradiación de esta corriente (Almagro Gorbea, 1990: 349). La presencia de escultores procedentes de áreas lejanas o formadas en ellas tuvo una cierta aceptación, aunque moviéndose siempre en opiniones de carácter intuitivo (Chapa, 1982). Otras obras, como la leona de Elche, el león de Villadonpardo o el caballo de Casas de Juan Núñez (Chapa, 1986) evidencian la extensión de este estilo por la mayor parte del territorio ibérico.
José Ignacio Martínez García.

José Manuel Guerrero dijo...

No deja de llamarme la atención el hecho de que las mercancías de alto valor pueden carecer de rastro arqueológico, es extraño que haya mercancías que no dejan rastro arqueológico, porque ni ellas ni el embalaje utilizado para hacerlas viajar pueden resistir el paso del tiempo. Y esto no tiene nada que ver con el valor que estas mercancías tuvieran.
José Manuel Guerrero.

Jesús Fernando Sánchez Cobos dijo...

Otras piezas aparecidas en excavaciones abrieron la puerta a la posibilidad de que en contexto colonial se pudiera haber empleado también la escultura con fines funerarios. Dos eran los casos en los que se basaba esta hipótesis: la esfinge de Villaricos (Almería) y los leones de Puente de Noy (Almuñécar, Granada). La primera se encontró en un área de sepulturas, pero al igual que otros fragmentos escultóricos, parecían estar alejados del monumento al que pertenecieron (Astruc, 1951: 81).
La Dama de Baza estaba revestida de cal, lo que Siret (1907: 27) interpretó como prueba de que la pieza había sido empleada -reutilizada- en una obra. El estudio de su diseño revela modelos de raigambre oriental, asemejándose a importaciones seguras como las pequeñas esfinges que flanquean el trono de la Dama de Galera (Chapa, 1980: 329), y que se remiten a aquella procedencia. Su cronología, basada en argumentos de estilo, se viene manteniendo en el s. VI a.C.
De los dos leones que debieron formar el conjunto de Puente de Noy sólo se conserva un ejemplar, que con rasgos muy simples sigue también prototipos orientales, asociándose a las sepulturas hipogeas de esta necrópolis. Por su tipología, ya que tampoco fue hallado in situ, se le ha llegado a asignar una fecha del s. VII a.C., por lo que pasaría a ser un precedente claro del monumento de Pozo Moro (Almagro Gorbea, 1983b). Paralelamente en Italia se defendía también la presencia de artistas sirios que conformarían las primeras expresiones figurativas monumentales del entorno etrusco, mientras que la influencia griega no aparecería sino en segundo lugar (Colonna y Hase, 1986: 53).
Jesús Fernando Sánchez Cobos.