PROLOGO

Se pretende que sea éste un espacio dedicado a entretener y deleitar (... a través de la fotografía fundamentalmente) ... a dar a conocer (...o traer al recuerdo) ciertos monumentos o espacios situados en el término o cercanías de Lahiguera. ...a llamar la atención por el estado de abandono y deterioro de muchos de ellos, ...y si llegara el caso, a remover la conciencia de todos los que somos "herederos" de tales monumentos y espacios, y que con nuestra aportación ayudásemos a la conservación de los mismos.

martes, 25 de octubre de 2016

El ataúd de las ánimas


El ataúd de las ánimas



        

          Triste y tétrico es el tema que abordamos, pero eran costumbres de nuestro pueblo y las debemos recordar, ahora aprovechando estas festividades de difuntos. De todas formas, queramos o no, algún día a todos llegará, nuestra hora.

          El ataúd de las ánimas era una caja que se guardaba en la iglesia de arriba, la principal; la de abajo no estaba hecha. Había otros dos lugares en los que se rendía culto: la ermita de Santa Clara, en el lugar del mismo nombre, ya también muerta, poco recordada y casi no conocida, probablemente anterior en su construcción en el tiempo al templo morisco; y la ermita del Santo, moribunda.






          La función de este ataúd era la de transportar los mortales restos de los más pobres, de la gente más necesitada, aquellos que no tenían ni para pagarse un entierro.

          En una entrada de este blog vimos que a los difuntos, por temor a que el diablo se les llevara el alma, les daban sepultura en las iglesias o conventos, a los más ricos, y en sus cercanías a los que no lo eran tanto. Carlos III, con sus ilustrados, fue el que da las primeras disposiciones para la construcción de cementerios, a lo que el pueblo es reacio. Nuestro cementerio, el ahora parque, se debió construir no antes del XIX, seguramente tras la Guerra de la Independencia; parece mentira que en dos siglos haya muerto tanta gente, pero así fue. Muchos fueron llevados en el ataúd de las ánimas.

           El ataúd era de apariencia tan pobre como los caudales en los bolsillos del que llevaba. Tablas de madera mala con un forro de tela negra; la tapa igual o peor, con unas juntas que el tiempo había abierto. Las malas lenguas, cuando había un entierro de alguien más pudiente que no necesitaba el servicio de este ataúd, decían: mira en qué caja va, qué entierro, tiene menos lustre que el ataúd de las ánimas. Dicho que pasó a generalizarse para desprestigiar cualquier otra cosa.



          El ataúd se llevaba a la casa del difunto para que este fuera trasladado a la iglesia, de la iglesia al cementerio. Cuando se llegaba a la fosa se sacaba el cadáver del féretro, y al muerto se le daba cristiana sepultura. Le ponían, por delicadeza, un pañuelo tapándole la cara, otras veces una teja. Los familiares, amigos o acompañantes, cogían, a modo de adiós, un puñado de tierra y se lo tiraban en silencio, o con unas palabras de despedida. Una vez terminado el entierro el ataúd volvía, vacío y sacudido, a la iglesia. Había quien se guardaba de ir a los entierros, por temor a que el fallecido lo convidara.

          Pedro Galán, por una de las actas de mediados del XIX del ayuntamiento, nos menciona el pleito de Felipe Martínez para apropiarse de la casa de los animeros. Esta casa estaba situada muy cerca de la iglesia, cerca del cementerio y de la fábrica de aceite. Estos animeros se encargaban, cuando el pobre era tan pobre que ni familia tenía, o esta no quería hacerse cargo de él. Eran, los animeros, los que le daban sepultura. Igualmente a cualquier persona desconocida que muriera en e campo o el pueblo: pastores, transeúntes, romeros...


          En Lahiguera había cuadrillas de animeros, también llamados auroros o campanilleros. Iban tocando, en diferentes épocas de año, pequeñas campanas y pidiendo; a veces cantando. Una de las fechas en las que salían eran en estas de difuntos. Mi abuela nos contaba que había uno, de estos animeros, que pronunciaba muy mal por un defecto congénito, o por lo que fuera. El hecho es que cuando declamaba limosna con la fórmula pertinente:

          —Una limosna para el ánima de tu padre que por ti penando está.

          El paisano decía: «Una limosna pal animá de tu padre que por ti penando está». Mi abuela Paca reía, le tenías que dar una limosna para el animal de tu padre.

          Se pedía para salvar a las almas del Purgatorio, que constituían la inmensa mayoría; las del infierno no tenían solución, las del cielo nada necesitaban.

          La familia que podía, al llegar a cierta edad, todos los miembros tenían preparada su mortaja; guardada para cuando llegara la hora. A veces consistía en el «traje de los domingos», otras en un hábito de una orden religiosa; muchas, la ropa de diario.

          Para terminar, un poco de humor negro, un relato que no aconteció en nuestro pueblo, sí en uno cercano; fue real.

          Sucedió que una señora mayor les tenía dicho a sus hijas el lugar donde guardaba su mortaja para cuando llegara su hora: encima del armario, en una talega. Cuando la hora llegó buscaron en el lugar indicado. Cuál no sería su sorpresa cuando vieron que era un vestido de gitana, también peinetas, pendientes, pulseras; en fin, todos los aderezos que el menester conlleva.

          La familia, al ver semejante atuendo, se sobrecogió de sorpresa, de espanto. Pero, «si es lo que mama quería, si esa era su voluntad… ¿Y qué raro?, con lo seria que ella era y esas cosas de vestidos nunca le habían llamado la atención». Total, que se fue al otro mundo como una folclórica.

          Al llegar la romería de la Virgen de la Cabeza, vienen los vecinos que viven en Cataluña. Van a la casa de una de las hijas de la difunta, le dan el pésame y preguntan por un vestido de gitana que les habían dado a su madre para que se lo guardara. Efectivamente, llegan a la casa, miran encima del armario y allí estaba la mortaja.


3 comentarios:

PEDRO GALÁN GALÁN dijo...

Ahora que comienza el Puente de Todos los Santos y son miles las miradas que se dirigen hacia los cementerios para recordar a los difuntos, nada más adecuado que recordar las Cofradías de Ánimas. Durante estos días se multiplican los cultos a las ánimas del purgatorio, una tradición que se extiende durante siglos; porque las cofradías relacionadas con las almas del purgatorio estaban presentes en la práctica totalidad de las parroquias.
El culto a estas se desarrolla sobre todo a partir del Concilio de Florencia en el año 1459, alcanzando una gran evolución en los siglos XVI y XVII. De este modo fueron numerosas las iglesias parroquiales y conventuales con altares dedicados a las Ánimas Benditas del Purgatorio, así como también fueron abundantes las capillas que a esta advocación surgieron en el mundo católico. También se propagarían pronto cofradías y hermandades de ánimas del purgatorio, dedicadas rezar por las almas de los fieles difuntos, para que cuanto antes fueran aceptadas en el paraíso. Los siglos bajo medievales XIV y XV habían sido difíciles, las guerras, epidemias, crisis económicas y años de malas cosechas en la agricultura, causaron un incremento importante de la mortalidad y un descenso demográfico acusado. En una sociedad profundamente religiosa, este contexto dramático hizo aumentar la preocupación por la muerte y el deseo de un rápido y seguro acceso al cielo, la morada eterna de los justos. Pero, antes de llegar al Paraíso, el hombre debía pulgar sus faltas. La preocupación por la vida futura propiciaría el desarrollo del culto en rogativa por los fieles difuntos, en especial a las Ánimas Benditas del Purgatorio. Tanto es así, que casi todas las parroquias urbanas y rurales llegaron a tener una hermandad de Ánimas.
La mayor parte de las cofradías de Ánimas se fundaron en la segunda mitad del siglo XVI y a lo largo del XVII. Y es que desde el Concilio de Trento se reforzó la idea de la intercesión de los vivos sobre las almas de los difuntos. Los protestantes habían negado la existencia del Purgatorio, al estimar que el destino de las ánimas no dependía de los hombres sino exclusivamente de Dios.
En contraposición, en Trento se reafirmó la existencia del purgatorio y la necesidad que había de que los vivos rezasen por los muertos para facilitar su salida del purgatorio y su ingreso en el cielo. El purgatorio católico se representaba exactamente como el infierno y allí iban las almas a purificarse antes de pasar al cielo. La única diferencia real con el infierno era el alivio que suponía que fuese solo un período transitorio. Se ratificó la existencia del purgatorio y la necesidad que había de que se rezara por las ánimas de los difuntos para una más rápida salida hacia el cielo. En contraposición a que los vivos nada podían hacer por los muertos, en Trento se reafirmó la existencia del purgatorio y la necesidad que había de que los vivos rezasen por los muertos para facilitar su salida del purgatorio y su ingreso en el cielo.
Continúa…

PEDRO GALÁN GALÁN dijo...

Continuación:
En la mayoría de las poblaciones eran los concejos municipales los que actuaban como patronos de las cofradías de Beneficencia o de Ánimas, y contrataban a los sacerdotes que hacían misas por el alma de los difuntos del pueblo. Además de las aportaciones municipales, la bacía o cepillo de las limosnas recibía aportaciones de los vecinos en sus disposiciones testamentarias.
La clase pudiente se empeñaba en prolongar la desigualdad más allá de la muerte. Las pompas fúnebres y las misas a perpetuidad intentaban que los ricos tuviesen un mejor lugar en la otra vida, frente a los pobres desheredados que no disponían de recursos para pagarse una mísera misa por la redención de su alma. La muerte no igualaba porque era el último acto social del finado. Un enterramiento acorde a su rango social, con acompañamiento de frailes, clérigos, capellanes y hermandades, con blandones y con memorias perpetuas de misas. Hasta en la muerte había obligación de hacer una ostentación social acorde con el rango de cada cual.
Cuando se muere algún pobre,
¡Qué solito va el entierro!
y cuando se muere un rico
va la música y el clero.

La Cofradía de Ánimas nació varios siglos atrás para financiar el funeral de las personas sin recursos y acompañarles hasta el cementerio la fecha de su defunción. Hoy, aquel loable objetivo ya carece de sentido por la mejora de la situación económica y el cambio de la sociedad.
“A las Ánimas benditas,
no hay que cerrarles la puerta,
y diciendo que perdonen,
se van ellas tan contentas”.

“Las Ánimas te lo piden,
las Ánimas te lo paguen,
cuando de esta vida vayas,
a gozar las eternidades”.

La devoción a las Ánimas del Purgatorio fue una de las más populares y extendidas en la España de los siglos XVI al XIX. Rara fue la parroquia que no contó desde finales del siglo XVI o principios del XVII de una Hermandad de Ánimas.
Creo recordar que en la sala de autopsia del cementerio viejo, situada a la izquierda, como en la mitad, se podía ver la Caja de los muertos de la Hermandad de la Beneficencia en Lahiguera.
A mediados del siglo XIX en el cementerio antiguo se cayeron las paredes y se abrieron las tumbas, a consecuencia de un fuerte temporal, y los perros sacaban parte de los cadáveres para comérselos, dejando los trigales de su alrededor sembrados de trozos de cadáveres. El Jefe Político Provincial (El Gobernador) reaccionó a la petición del Ayuntamiento y adjudico una cantidad de dinero para remediar esa situación. Todo eso lo explicaré en detalle cuando de a conocer la citada acta.
Muy oportuno tu artículo. Mis felicitaciones.

Kunkache Juan José Mercado G. dijo...

Desconocía esto de "El ataúd de las ánimas"...soy de otros tiempos. Como es de costumbre por tu parte, un relato sencillo ... que engancha y que a la misma vez nos hace conocer parte de nuestro pasado no tan lejano. La anécdota del traje mortuorio con el traje de gitana no puede ser más propio de nuestra tierra: suceden las cosas más risorias (...en el buen sentido de la palabra)e increibles; ya me hubiera gustado presenciar esa estampa...para no olvidarla.

Estoy algo ausente en el Blog. Otras cosas me ocupan. Pero no lo olvido ni abandono. Buenas noches a TODOS.