PROLOGO

Se pretende que sea éste un espacio dedicado a entretener y deleitar (... a través de la fotografía fundamentalmente) ... a dar a conocer (...o traer al recuerdo) ciertos monumentos o espacios situados en el término o cercanías de Lahiguera. ...a llamar la atención por el estado de abandono y deterioro de muchos de ellos, ...y si llegara el caso, a remover la conciencia de todos los que somos "herederos" de tales monumentos y espacios, y que con nuestra aportación ayudásemos a la conservación de los mismos.

lunes, 12 de octubre de 2015

Cuentos de Lahiguera

Los cuentos


    Era una de las costumbres de nuestro pueblo, ahora lamentablemente perdida, la de contar cuentos. En los meses de invierno al calor del brasero de picón, o al fuego de la chimenea; o, tantas veces, a la luz de un candil de oloroso y requemado aceite. En el verano, en los patios, entre los lirios y galanes. Los días de lluvia en los pajares.

    Había uno tenebroso, me encantaba, aunque luego no me dejaba dormir, el de la mujer que cogió la asadura de un difunto y luego venía el muerto por la noche y comenzaba la tétrica retahíla:

    – ¡Ay, maridito mio mio, ¿quién será?

    —¡Calla so retontona tona, qué ya se irá! Entonces el muerto respondía con voz de ultratumba: ¡Qué no me voy, qué subiendo las escaleras estoy!

    Seguro que os acordáis qué debajo la cama estoy”, no es solo de nuestro pueblo, en toda Andalucía se narra.

    Vamos a recordar cuatro cuentos de nuestros abuelos: La mula mansa. La mula coja. ¡Qué viene la chacha Catalina! El abuelo y los pitos.

    Los dos primeros tienen como protagonistas a animales de labor, cosa lógica. El último, tengo que decir que también, además de en Lahiguera, lo he oído en Andújar. Veréis que cada uno trae una moraleja, una de las cosas que se perseguía era enseñar para la vida.


La mula mansa

    En una casa grande, digo grande por referirme a la de un rico; que contaba al menos con cinco pares de mulos. Había una mula muy buena, mansa y trabajadora. Todos la querían mucho; cuando pasaban a su lado le hacían carantoñas en la frente y cosquillas en el hocico, le decían dulcerías.

   En aquella misma casa, además de otros animales de labor, había también una mula pingona1, se las deseaban y veían solo paran ponerle la albarda; para llevarla a trabajar. Al ver venir a alguno de los criados aguzaba2 las orejas, enseñaba los dientes y se ponía en posición de cocear. Todos le daban de lado, nadie la quería, y si la miraban era para guardarse, por temor a una coz; una mula odiosa.

   La mula mansa era la primera que todos cogían para ir a trabajar; arar, barcinar, trillar, tirar abono; acarrear sacos de aceituna, serones de estiércol, angarillones de paja... cargas de agua a los Grifos, a la Pozuela... hasta las mujeres la llevaban para traerse los líos de ropa lavada en Lo Morales.

   La mula pingona era el último recurso, nada mástrabajaba cuando todos los demás animales estaban ocupados. Allí se quedaba, en el pesebre, en el rastrojo, comiendo tranquilamente.

   La mula mansa, la pobre, poco duró, mermada de tanto trabajo comenzó con dolores en un remo, en otro. Ya ,un mal día, no se pudo levantar y el amo llamó a unos gitanos. Se la llevaron en un carro viejo, decían que la venderían a un matadero para hacer salchichón con ella.

   La mula pingona sobrevivió muchísimos años, aguzando las orejas y enseñando los dientes, dando una coz de vez en cuando.



La mula coja

    Ocurrió en un haza situada en la Cuesta la Dehesa. Una yunta de mulos araba la tierra, al poco de perfilar una besana sabiamente trazada por el mulero, una de las mulas comenzó a cojear. El yuntero levantó la pata coja para mirar el casco, escarbó con sus dedos para ver si tenía alguna herida, alguna piedra; nada vio. Contrariado, soltó la pata y quitó el ubio del cuello del animal. No sabía qué hacer y paró a un prematuro cigarro3.

    No había transcurrido ni el tiempo de una colilla cuando, casualmente, por allí pasó el amo subido en un borriquillo. Tras una breve charla decidieron que el asno ocupara el lugar de la lesionada mula.

    El burro las estaba pasando canutas; daba pena verlo con la collera grande y encogiendo el lomo cada vez que el mulero levantaba, amenazante, el vestoguillo para que anduviera más rápido. El amo, parado en medio del surco, intercambiaba impresiones con su criado cada vez que se cruzaban. La mula coja pastaba en la linde; hacia ella, el pobre pollino, echaba unas miradas entre suplicantes y furibundas.

    Tras un tiempo de labor, el mulero, viendo los sudores del borriquillo, decidió dar un descanso a los animales; los llevó junto a la otra mula y se volvió con el amo.

    Al quedar solos los animales la mula coja preguntó.

    —¿Qué dice el amo? —A lo que el sabio burro respondió rápidamente.

    —Pues, dice que si la mula sigue coja mañana la vende para la carne.

    No hay ni que decir que antes de que comenzara el revezo la mula coja ya no cojeaba, milagrosamente había sanado.

    Y, amo y borrico, siguieron su camino hacia la Cañada de las Nieves.




¡Qué viene la chacha Catalina!

    Los tiempos no eran nada de buenos, tiempos de hambre. Pero, si en estos días el hacer y comer migas es casi una fiesta, en aquellos años de hambruna era el supremo éxtasis.

    Micaela estaba terminado su ración, aún le quedaba lo mejor; el medio chorizo que le correspondía. Todos sus hermanos ya se lo habían comido, ahora ella lo saborearía ante los envidiosos ojos de todos. Todavía tenía en la retina el entusiasmo de su hermano mayor dando la voltereta a las migas en la sartén, era la primera vez que lo hacía, le salió perfecta. Ahora, su hermano pequeño, golpeaba la sartén vacía con una lamida cuchara, decía que sonaba cono las campanas de la iglesia. Mientras sonaban las campanas en la sartén también se oyó llamar a la puerta. Fueron a abrir y se oyó una voz entusiasmada: ¡La chacha Catalina!

    La chacha Catalina era una hermana de la abuela que vivía en Arjonilla. No eran raras sus visitas, siempre lo hacía en la época de la aceituna.

    —¡Qué alegría verte! decía la dueña de la casa. Mira, migas ya no quedan, pero la niña todavía no se ha comido el chorizo; ni lo ha tocado. Con el medio chorizo y un huevo que te fría ya tienes la comida, otra cosa no hay.

    La pequeña Micaela, compungida, vio como su esperado y postergado manjar se volatizaba, desaparecía entre las fauces de la chacha.

    Desde entonces, Micaela, siempre se comió primero lo mejor. Sus hermanos, con sorna, le decían. ¡Ya no te pilla la chacha Catalina! O al poner la comida. ¡Qué viene la chacha Catalina! Y lo más apetitoso desaparecía en un santiamén.



El abuelo y los pitos

    Antes, no hace muchos años, a los padres se les tenía tanto respeto que nunca se les tuteaba; siempre se les hablaba de usted. Igual ocurría con los abuelos; como con el abuelo de nuestro cuento.

    Eran las fiestas de la Virgen de la Cabeza, la entrañable romería para todos nuestro paisanos. El abuelo, para subir al Cerro, atalajaba un caballo con los más bellos adornos.

    —¡Abuelo, tráigame usted un pitico!

    —¡Sí! respondía, apretando una cincha.

    —¡Abuelo, tráigame un pitico! Decía otro niño.

    —¡Sí, sí! Asentía el abuelo.

    —¡Abuelo, tráigame un pitico!

    —¡Sí, otro pitico para ti!

    Ya se acercó un nieto, con cara de espabilado, y le dijo.

    —¡Abuelo, tráigame un pitico! ¡Y aquí tiene los cinco céntimos que vale!

    Entonces, el abuelo se volvió de sus quehaceres con el caballo y al nieto le contestó sonriente.

    —¡Tú pitarás! ¡Los otros no pitarán!

    Por eso, cuando a alguien se le encarga algo, se le dan lo dineros y se dice: ¡Y yo pito!

 

1Así se decía del animal que daba coces.
2Con las orejas muy pegadas al cuello. Es un signo de ataque.
3El cigarro era una pausa que se hacía en el trabajo, duraba algo más que el tiempo que transcurría en fumarse uno. Otra unidad de tiempo menor que el cigarro era “la colilla”.

3 comentarios:

Eva Maria Mercado Gavilan dijo...

Muy interesante leer estas sencillas historias que enseñaron tanto en la vida de otros tiempos. Y aún hoy...

PEDRO GALÁN GALÁN dijo...

Los cuentos reflejan la vida misma, nos muestran diferentes facetas de la vida de los hombres: nuestra convivencia con los demás, la posibilidad de elección en las conductas y sus consecuencias, sentimientos y valores contrapuestos que se presentan en nuestras vidas y la posibilidad de elegir y aprender a tomar decisiones propias, que vienen inspiradas por la moraleja más o menos explícita que siempre tiene un cuento. La moraleja, es la enseñanza que podemos sacar de la narración que, aunque en muchas ocasiones sean enseñanzas o valores en apariencia insustanciales o estereotipados, son en muchas ocasiones verdaderamente útiles para nuestras vidas. Existe un cuento para mostrar cada cosa de la vida del hombre: amor, compromiso, generosidad, lealtad, amistad, comunicación, esfuerzo, superación, sinceridad, respeto, perdón, gratitud, honradez, tolerancia y un largísimo etcétera. A través de los valores contrapuestos que presentan los cuentos, se aprende a elegir cuál es el que le será realmente útil para manejarse por la vida.
En el cuento los personajes reciben un castigo, no de parte del personaje bueno, que es bueno en toda ocasión, sino de las ocasiones y circunstancias de la vida. La culpa es responsabilidad única del personaje que no actúa correctamente y naturalmente las acciones tienen consecuencias, somos libres pero tenemos que responder de nuestros actos. Así el lector aprende y asimila a través de los cuentos conductas y actitudes que hace suyas porque han partido de su propia reflexión, no de lecciones impuestas, comparaciones o situaciones irreflexivas.
Género simple y corto este del cuento pero lleno de provecho, concebido para divertir y para instruir,… uno de los más viejos mensajes de los hombres.
Para un educador como tu, Manolo, el cuento será de mayor aprendizaje que cualquier otra unidad de los recargados programas escolares. ¡¡¡Aprovéchalo!!!
¡Enhorabuena por el lenguaje tan cercano a la gente!

Cordiales saludos.

Kunkache dijo...

Sin lugar a duda...hay cosas que nos cuentan los cuentos (valga la redundancia) y que nuncan cambian ni les acusa el paso de los tiempos. Me ha gustado especialmente el cuento de la Chacha Catalina; supongo que se trata de una historia tan real ...como amarga para Micaela (...). Me gusta mucho esta linea de publicaciones, que nos traen el vivir más llano de los anteriores habitantes de nuestro pueblo. Saludos para todos los lectores del Blog.
Juan José Mercado G.